En noviembre de 1945, apenas seis meses después del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, se instaló en la sede del antiguo Palacio de Justicia de Nuremberg el Tribunal Militar Internacional (TMI).
En la zona de ocupación estadounidense de la ex Alemania Nazi, ondeaban las banderas de los cuatro países que habían derrotado al nazismo: Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética y guardias de honor de esos países custodiaban la entrada y la sala en que por primera vez, en la historia de la humanidad, algunos de los principales responsables de crímenes de lesa humanidad serían juzgados por sus actos.

Sobre este juicio se desarrolló rápidamente un mito propio de la Guerra Fría entre los países capitalistas encabezados por Estados Unidos (EUA) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Con el correr de los años se han producido películas y series de televisión reafirmando el papel protagónico, virtualmente único, que habrían jugado los Estados Unidos, como míticos campeones de la libertad y la justicia con el papel central en la derrota del nazismo.
Ese mito se había propuesto ocultar la verdadera historia del Juicio de Nuremberg, su legado y lo que realmente había sucedido antes, durante y en la inmediata posguerra. El mito apuntaba a distorsionar y confundir el papel de la Unión Soviética, sus pueblos y sus fuerzas armadas, tanto desde el punto de vista de los terribles daños causados por la invasión alemana como la verdadera magnitud de la derrota de la Wehrmacht a manos de los soviéticos.
Sin embargo, la instalación del TMI (con cuatro jueces, uno por cada una de las potencias vencedoras, y otros tantos equipos fiscales y asesores jurídicos) en modo alguno era sorpresiva para los soviéticos. En efecto, durante los días más oscuros de la guerra, a principios de 1942, cuando ni siquiera se podía asegurar que la URSS sobreviviría, José Stalin y su ministro de relaciones exteriores, Viacheslav Molotov
habían hecho un llamado para la convocatoria de un tribunal internacional para juzgar a los dirigentes nazis.
Ahora, terminada la guerra, varios de los principales dirigentes como Hitler, Goebbels y Himmler se habían suicidado. La mayoría de los jerarcas nazis habían huído a entregarse a los estadounidenses o a los británicos para evitar caer en manos de los soviéticos.
Según los acuerdos adoptados en las conferencias de Yalta y Potsdam, en los últimos meses de la guerra, 21 jerarcas nazis encabezados por Herman Goering fueron reunidos para el juicio en Nuremberg (Martin Bormann fue juzgado en ausencia porque hasta 1972 no se supo que había muerto intentando escapar de Berlín).
En el campo Aliado no hubo unanimidad instantánea acerca de la necesidad de someter a juicio a los nazis. Personajes como el Secretario del Tesoro de los EUA, Henry Morgenthau, proponía que los altos jefes debían ser ejecutados al ser capturados. Primó el criterio de los soviéticos de someterlos a juicio porque, además de aquel temprano llamado de 1942, los juristas soviéticos, especialmente Aron Trainin (1883-1957) habían escrito, desde 1937, calificando como crímenes de lesa humanidad los cometidos por los hitlerianos.
Los acontecimientos pronto se distanciaron de las expectativas de los soviéticos porque las naciones que juzgaban a los nazis no solamente se enfrentaban a los acusados sino que competían entre si. Cada uno de los países había experimentado la guerra de distinta forma y mantenía preocupaciones diferentes.
Los franceses debían enfrentar el colaboracionismo de Vichy y la guerra había exacerbado las divisiones políticas internas. La ocupación alemana había hecho un saqueo sistemático de la economía francesa y había empleado a millones de prisioneros de guerra y trabajadores contratados que mandaba el gobierno de Vichy como mano de obra para mantener la producción fabril y la agricultura en Alemania. Había sufrido la deportación de los judíos franceses enviados a los campos de exterminio y la resistencia había enfrentado a la milicia colaboracionista, a la Gestapo y a las SS.
Los británicos que se habían enfrentado en soledad a Alemania durante un año habían sufrido bombardeos pero no invasión pero a causa de la guerra estaban en bancarrota y muy preocupados por la pérdida de su imperio colonial. Los estadounidenses, cuya tardía entrada en la guerra era la culminación de una larga etapa de aislacionismo, habían desarrollado su economía enormemente mientras se mantenían a salvo de cualquier ataque en el continente (en ese marco Pearl Harbour fue un episodio menor). Había sufrido bajas civiles minúsculas comparadas con las de otros países y se preparaba para desempeñar un papel primordial como la gran potencia mundial con el terrible poder de las bombas atómicas.
Los soviéticos se habían visto arrasados por el ataque y la ocupación por los alemanes. Sus bajas y sus pérdidas eran inimaginables (27 millones de muertos en su mayoría civiles, miles de aldeas arrasadas, cientos de ciudades destruidas). Los soviéticos querían ocupar un lugar apropiado en la mesa de los vencedores.
Cada uno de los Aliados intentaba usar el Juicio para presentar su propia historia de la guerra y para promover sus proyectos de posguerra pero también tenían ideas diferentes y en algún caso opuestas respecto al significado mismo de la justicia y a la forma en que esta debía aplicarse.
Fiscales y jueces provenían de países con sistemas y tradiciones legales diferentes e ideas distintas sobre cuestiones tan básicas como las evidencias, los testimonios y los derechos de los acusados. Por parte de estos últimos y sus defensores no había y no hubo arrepentimiento alguno; para ellos el juicio era una farsa.
De entrada quedó claro que no había abogados que se avinieran a defender a los acusados que no fueran nazis o que no hubieran ocupado puestos destacados en el poder judicial del Tercer Reich. De modo que los vencedores debieron conceder que los defensores fueran nazis confesos que además desafiaban con vehemencia la legitimidad los procedimientos y explotaban permanentemente cualquier diferencia o fisura que percibieran entre los equipos legales de los acusadores.
En los últimos años la investigación histórica se ha dirigido a desvelar el mito clásico sobre el Juicio de Nuremberg, el primer juicio y el único donde actuó un tribunal compuesto por las cuatro naciones vencedoras. Es muy destacable el libro publicado por la historiadora estadounidense Francine Hirsch, en el 2020. Su título Soviet Judgement at Nuremberg; A New History of the International Military Tribunal after World War II, editado por la Oxford University Press.
La obra abarca un panorama completo acerca del papel que jugó la Unión Soviética en los juicios de Nuremberg y tiene los mayores detalles sobre todo el procedimiento. Trae a cuento miles de documentos y muestra la inesperada contribución de la URSS de Stalin al desarrollo del derecho internacional en la posguerra. En él hemos abrevado en esta oportunidad.
El trabajo de Hirsch no es un panfleto y además de presentar a personajes clave poco conocidos por quienes somos legos en derecho, como Aron Trainin, Román Rudenko o Iona Nikitchenko, reune el testimonio de destacados intelectuales como el documentalista Roman Karmen y su película Los Juicios de Nuremberg (1946) o los escritores Ilya Ehrenburg y Boris Polevoi. El filme de Karmen pronto fue olvidado en los Estados Unidos aunque era frontal e intenso, sobre todo porque su visión de la URSS como salvadora de Europa chocaba con la visión estadounidense que se consideraba como benefactor, liberador y protector de Europa.
Las imágenes de Karmen sobre la Guerra Civil Española, de todos los frentes de la Segunda Guerra Mundial – fue el único que filmó la rendición de Paulus en Stalingrado – de la Revolución Cubana, de la Guerra de Vietnam y hasta una entrevista a Salvador Allende, pueden verse hoy en día).
Después hubo otros juicios promovidos por una o dos de las partes y abarcando a los grandes industriales, a los médicos y a los miembros de organizaciones criminales como las SS, la Gestapo y la SD, o los Einsatzgruppen (o batallones de la muerte) pero esos juicios, tanto en sus virtudes como en sus limitaciones, que tuvieron lugar en Polonia, en Yugoslavia, en la URSS, e incluso en Alemania, no habrían sido posibles sin el proceso que se desarrolló por casi un año entre 1945 y 1946.
El TMI fue el último acto de cooperación de las potencias aliadas durante la guerra. Fue también uno de los frentes de la Guerra Fría en la que se había generado el mito del “Momento de Nuremberg” que borraba el papel de la URSS en la concreción de los juicios.
Al referirse al Juicio de Nuremberg, en los Estados Unidos, cosa que sucedía raramente, se hablaba de una especie de pacto fáustico, lamentable e inevitable, que estadounidenses y británicos habían debido celebrar para concluir la guerra y llevar a juicio a los jerarcas nazis.
En películas, como Juicio de Nuremberg (1961) de Stanley Kramer, el fiscal estadounidense Robert H. Jackson (personificado por Alec Baldwin) es presentado como el héroe absoluto del juicio. Los británicos y los franceses aparecen como comparsas y los soviéticos apenas aparecen como rústicos, brutales y vengativos, verdaderos obstáculos para una elevada noción de la justicia. En algunas escenas los alemanes eran presentados más empáticamente que los soviéticos. Es una típica película de la Guerra Fría.
La más reciente película sobre el juicio, titulada Nuremberg: el juicio del siglo, es del año pasado (2025) y el director Vanderbilt presenta una trama totalmente secundaria, en gran medida ficción, acerca del enfrentamiento entre el psiquiatra estadounidense Kelley y Herman Goering (personificado por Russell Crowe).
Naturalmente después de casi un año de duro trabajo hubo muchas versiones, memorias, publicaciones y correspondencia por parte de los jueces y fiscales occidentales (sobre todo los británicos y
estadounidenses) que veían la participación soviética en el TMI como una amenaza a la legitimidad del juicio y su legado. Para muchos integrantes de las delegaciones y periodistas occidentales, los soviéticos no eran mucho mejores que los nazis. Se sospechaba de la masacre de Katyn y acerca del protocolo secreto que acompañó el Pacto de No Agresión germano-soviético de agosto de 1939.
Esas tesituras ocultaban un olvido muy conveniente acerca de la política de apaciguamiento de británicos y franceses hacia Hitler que implicó la entrega de Checoslovaquia en 1938 y aún, poco antes, la llamada Política de No Intervención para estrangular a la República Española (1936-39) y mirar para otro lado ante la intervención de nazis y fascistas (como los bombardeos de Guernica y Barcelona) apoyando a Franco. También se ocultaba el rechazo que habían recibido reiteradamente los soviéticos desde 1935 cuando proponían a Francia y a Gran Bretaña pactos de asistencia mutua contra el fascismo y el nazismo (o la condena al ataque italiano a Etiopía).
La idea de que en Nuremberg triunfó el liderazgo británico y estadounidense y las concepciones liberales ha sido muy resistente a pesar de que este mito ha enfrentado nuevas investigaciones históricas sobre el papel que desempeñaron los expertos juristas en el funcionamiento de los juicios.
Por ejemplo, el jurista franco británico Philippe Sands (nacido en 1960) publicó East West Street: On the Origins of Genocide and Crimes Against Humanity (2016) que ganó numerosos premios. En ese libro expuso las contribuciones al derecho internacional del abogado judeo estadounidense Raphael Lemkin (que acuñó el término Genocidio) y de su colega polaco británico Hersch Lauterpacht (sobre crímenes de lesa humanidad) pero apenas menciona al abogado soviético Aron Trainin cuyas contribuciones precedieron a las de los anteriores y hoy en día se consideran como las más significativas.
Los tres juristas provenían de familias judías que vivían en el antiguo Imperio Zarista pero Lemkin y Lauterpacht emigraron al Occidente y pertenecen a la tradición legal liberal mientras que Trainin permaneció en Rusia y sirvió al gobierno soviético, trabajó en la URSS de Stalin y sus escritos tempranos ayudaron a justificar los Juicios de Moscú (1936/1937) y no encaja en la tradición liberal.
Sands no es un ignorante pero hay cosas que son olvidos y otras son cosas no más. En el 2020, Sands publicó The Rat Line – a Nazi on the Run (2020) y el año pasado 38 Londres Street , que se refiere a Pinochet en Londres y al nazi Walter Rauff en la Patagonia.
La URSS de Stalin fue fundamental para configurar el TMI y fue clave para su éxito porque puso en marcha una verdadera revolución en el derecho internacional al criminalizar las guerras de conquista y procurar la protección de los individuos en Estados represivos.
La historia completa de Nuremberg – dice Hirsch (op.cit.) – nos confronta con dos incómodas verdades: estados autoritarios no liberales, en ocasiones han configurado positivamente el derecho internacional y la justicia internacional es un proceso inherentemente político.
De todos los Aliados fueron los soviéticos los que impulsaron más vigorosamente el juicio de los nazis y no solamente por los crímenes que cometieron durante la guerra sino por el crimen de haber lanzado “una guerra de agresión”. La experiencia de la guerra total, que no es solamente entre ejércitos sino entre civilizaciones, inspiró a los juristas soviéticos para dejar su legado en una forma que cambió para siempre al derecho internacional.
Precisamente fue Aron Trainin el primero en establecer el concepto de “crímen contra la paz” al describir la planificación y la puesta en práctica de una guerra de conquista no provocada como un acto criminal pasible de ser penado. Este cargo fue el más importante de la Acusación en Nuremberg y estableció el marco legal para todo el Juicio. Trainin también aportó los conceptos acerca de responsabilidad criminal y complicidad para la discusión de los crímenes de guerra, mucho antes de que se hubiese producido la victoria de los Aliados.
Sin embargo, el Tribunal que se puso en marcha no fue el que los soviéticos reclamaban. Los crímenes de los nazis eran tan horrendos, la evidencia de las atrocidades tan masiva y amplia, que Stalin y Molotov habían supuesto que los veredictos serían contundentes. Estaban tan convencidos de esto que no dudaron en agregar sus propios crímenes de guerra – la masacre de oficiales polacos en Katyn – al documento de Acusación.
A esto se agrega una preocupación obsesiva de los anglosajones, especialmente de los británicos, por evitar la acusación de “justicia de vencedores” que permanentemente esgrimían los nazis. Esta era una variante del “tu quoque”, es decir “yo delinquí pero tu también”.
Los jueces occidentales permitieron a los acusados desafiar los informes oficiales, convocar a jefes militares y de las SS como testigos, ocupar el estrado para lanzar contra acusaciones y hacer largas tiradas una y otra vez (como hizo Goering muchas veces). En agosto de 1945, en la Carta de Londres que establecía las bases procedimentales para el Juicio se había señalado que no se permitiría discursos encomiásticos ni propaganda; sin embargo los jueces actuaron con gran leniencia y muchas veces permitieron impertinencias pretendiendo dar garantías de juicio justo a los acusados.
Los soviéticos tampoco anticiparon que los otros aliados tendrían opiniones significativamente diferentes acerca del desarrollo del Juicio o acerca de la eficacia de los estadounidenses para establecer y llevar a cabo su propia agenda. Asimismo enfrentaron otra serie de dificultades entre las que hay que destacar la centralización extrema del sistema soviético. Stalin pretendía controlar todo desde Moscú y eso le planteaba al equipo soviético en Nuremberg la necesidad de consultar a hasta los mínimos asuntos. La capacidad para enfrentar situaciones inesperadas o argumentos sorpresivos era ínfima.
Además había un enorme problema con las traducciones y los intérpretes. Todos los documentos debían presentarse en los cuatro idiomas del juicio: inglés, ruso, francés y alemán. Los rusos siempre estuvieron escasos de intérpretes y la solvencia de los mismos no era
óptima lo que causaba grandes problemas de interpretación, no solamente a los equipos legales sino a los periodistas.
Para dirigir los trabajos desde Moscú, Stalin designó a la cabeza de una Comisión Extraordinaria a Andrei Vyshinski, que había sido el fiscal en los espectaculares Juicios de Moscú. Para jueces y fiscales en el TMI, Stalin escogió a personal con experiencia en tales juicios. Los asistentes tenían credenciales similares. El control era deficiente y lento y de su error se dieron cuenta cuando las sesiones del Tribunal estuvieron funcionando. En suma, la estructura de mando altamente centralizada de la URSS fue el mayor obstáculo para poder alcanzar los objetivos planteados.
El equipo soviético tenía buenos profesionales pero muy poca capacidad para enfrentar lo inesperado y en verdad, desde la perspectiva soviética, mucho de lo que sucedió fue inesperado. Las rivalidades entre los aliados condujeron a lo que se trató en la Sala. Ninguno de los países que acusaban quería que sus políticas exteriores fueran abordadas en la escena internacional y de este modo el Estatuto de Nuremberg circunscribió la jurisdicción del TMI a juzgar a las potencias europeas del Eje.
Una vez que el proceso se puso en marcha, los estadounidenses desplegaron su iniciativa y energía para desarrollar la agenda, Los soviéticos que habían hecho tanto para que el juicio se llevara a cabo se encontraron siempre corriendo de atrás. También estuvieron crecientemente aislados, especialmente cuando se trató de refutar las contra acusaciones de la Defensa.

El Tribunal se convirtió en un foro no solamente para juzgar a los nazis sino para censurar a los soviéticos. Por esto Hirsch dice que “la URSS había ganado la guerra pero en Nuremberg perdió la victoria”. Lo que sucedió en Nuremberg tendría repercusión durante décadas y en tal sentido, incluso las condenas que resultaron fueron también un efecto de la Guerra Fría. El Juicio aportó evidencia más que suficiente para que todos los acusados fueron condenados a la horca pero, como se sabe, hubo absueltos y algunos condenados a penas reducidas de
prisión que pronto serían conmutadas. Albert Speer por ejemplo, un hábil declarante, salió librado con 20 años de prisión pero años después se supo de su participación en los campos de exterminio y esa evidencia le habría acarreado la horca en Nuremberg.
Cuando la Guerra Fría terminó, las Naciones Unidas volvieron a retomar la idea de una Corte Penal Internacional y se ratificó el Código de Crímenes contra la Paz y la Seguridad de la Humanidad en 1996 (50 años después del Juicio de Nuremberg). La Corte Penal Internacional se estableció en La Haya en 1998. Entonces ya hacía mucho tiempo que se había olvidado que la Unión Soviética había jugado un papel fundamental en la organización del Juicio de Nuremberg y para la existencia de los principios que allí se aplicaron.
El mito de Nuremberg celebraba el poder y el liderazgo de los Estados Unidos pero los ideales del liberalismo occidental solamente habían contado una parte de la historia. Al colocar de nuevo a la URSS en la historia de Nuremberg no solamente aparece la masacre de Katyn y los protocolos secretos de 1939 sino también el decisivo aporte de los soviéticos al desarrollo del derecho internacional.
Es una historia de cooperación y rivalidad y ambas son verdaderas. Hay liberadores y perpetradores pero esas categorías a menudo se confunden. Hay momentos de humor negro como cuando se ve la debilidad de la URSS de Stalin en la escena internacional. Pero esta impresión es neutralizada por la fuerza y la humanidad de testimonios que resonaron en la Sala del Juicio como el de Abraham Sutzkever, la brillantez de artistas como Roman Karmen y el dibujante Boris Efímov y los esfuerzos de los delegados Roman Rudenko (fiscal) e Iona Nikitchenko (juez), entre muchos otros.
Los diplomáticos y juristas soviéticos usaron el lenguaje de la ley tanto para justificar los juicios espectáculo de Moscú como para promover un movimiento internacional por los derechos humanos y Aron Trainin fue central en ambos esfuerzos.
Al poner de nuevo a la URSS en la historia del Juicio de Nuremberg se ha obtenido una comprensión mucho más profunda del TMI y del movimiento por los derechos humanos. “Nos confronta con todas las contradicciones de Nuremberg y nos coloca cara a cara con todas las formas en que la justicia internacional es un proceso inherentemente político” – dice Hirsch – así es que conceptos como “genocidio”, “crímenes de lesa humanidad” y “crímenes contra la paz” adquieren significado. Esto recuerda que esos términos tienen orígenes tanto políticos como humanitarios y han sido usados en diferentes momentos por distintos actores y con finalidades también diferentes.
Nada de esto opaca o empercude la naturaleza revolucionaria del Juicio de Nuremberg. La historia real es entreverada, llena de intrigas, negociaciones de trastienda y compromisos pero los representantes de cuatro naciones encontraron un terreno común para avanzar. Allí se estableció un conjunto de principios que fueron el fundamento de un nuevo derecho internacional que pese a los actuales intentos por desmantelarlo sigue respaldando la posibilidad de nuevos juicios que inevitablemente se deberán llevar a cabo.
Lic. Fernando Britos V.
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