La educación amorosa como parte del aprendizaje vital

Tiempo de lectura: 12 minutos

Por Sergio Schvarz

Casi al mismo tiempo que el autor de El buen amor, Sebastián Rivero, era designado miembro de número de la Academia Nacional de Letras de Uruguay, apareció este libro de poemas tan particular, tanto por su temática como por su fina elaboración, sobre uno de los temas que más interesan a hombres y mujeres de todas las épocas: el amor y el deseo.

“El buen amor”, que da título al poemario, nos dice
el buen amor
aquel que como
una fogata
todo lo consume
–el que la poesía
canta en sus artes
amatorias–
se construye
de deseo
espera
y desesperación.
la amada en principio
es
toda imagen
una sonrisa
iluminando los días
y el sabor
de unos labios
cuyo éxtasis
abofetea en la cara
cuando el cuerpo
amado
reposa en la cama
y atruenan ronquidos
como consagración
del breve acto
y deseo.
entonces
amar el sonido
bronco
del fuelle de su boca
es prueba
de paciencia que traspasa
el idilio
del romántico amor
en descalabro
en agonía.
es prueba
de eso que aún
no se quiebra
(ilusos niños vamos adorando
prendidos a la nada,
de un sudor, los despojos)
de algo todavía angélico
metido en el cachondo
animalejo.
en ese momento
el lazo está tendido

y la trampa
en lo cotidiano
–el ronquido aunque
a compás
una sinfonía no construye–
nos devora
en el centro del alma
–o la entraña
o la tripa que chorrea–
en ese momento
en la noche
el amor se consagra.
mejor es echarlo
por la borda
huir del inconcluso
gesto
que traza
la curva de su cuerpo.
Aquí hay una serie de imágenes que nos muestran el recorrido completo del (buen)
amor, iniciando en el pensamiento de la amada, en su imagen que es, ya, el escozor del
cuerpo y las ansias de verla, y pasa al momento posterior, la pausa del ronquido en que
renacerá el deseo, ese sonido bronco que anuncia la pasión. Ya no será el idílico amor
sino la agonía, prendidos a un sudor, “de algo todavía angélico”, esa sensación de petit
mort cuando el amor se consagra y por último, al desprenderse, culmina en una huida
que hará que el ciclo vuelva a repetirse, una y otra vez: recuerdo, deseo, satisfacción;
recuerdo, deseo, satisfacción…

Tomando prestado el título del Libro de buen amor, de Juan Ruiz, arcipreste de Hita, que es el relato de la autobiografía ficticia de los asuntos amorosos del autor, donde aparecen representadas todas las capas de la sociedad española de la baja Edad Media (aunque en el texto medieval el buen amor se lo confronta al loco amor, es decir: el amor espiritual, que es el bueno, frente al amor carnal, que se lo asocia al pecado), el coloniense Rivero hace, en cuarenta poemas, un repaso sobre el amor, el desamor y el deseo desde un Yo lírico con referencias que remiten a Ovidio, Tibulo,  Némesis, Perseo; Cernuda, Bernini, David, Escila y Caribdis o Platón; Morandi, Cellini, Bruno y François Couperin, un repertorio que escala los acentos y las derivaciones que ha tenido el amor y el erotismo durante nuestra Historia, con citas que hablan sobre la gozosa desesperación que provoca el amor y el deseo.

De lo general a lo particular

En ese sentido, en Rivero, al igual que en el arcipreste, hay un relato sobre las falsas aventuras amorosas, pero ya no para contraponer el amor a Dios frente al amor carnal, sino que por medio del deseo y el erotismo nos hace llegar a otro estadio de realización y sublimación transpersonal. Pero comparte con aquel el tono burlón, libertino e (in) moralizador, a veces urbano, citadino, y otras en medio de la naturaleza, aunque bajo la forma de verso libre.

La fin´amor, el amor cortés, que es el ideal amoroso de la baja Edad Media, en la que se sostiene el Libro de buen amor del arcipreste de Hita, persigue un deseo mundano dirigido a una dama inaccesible. Esta, que es la obra más importante del siglo XIV, utiliza a los apólogos latinos y orientales, las fábulas, Virgilio y sus leyendas, y el pensamiento de Ovidio, con moralejas, extrayendo el jugo y el vigor de las relaciones humanas y, como hemos dicho, elaborando, poéticamente, un registro de la sociedad picaresca (ÁLVAREZ DE LA VEGA).

En La Divina Comedia, Dante, pasando por el dolce stil novo, “había espiritualizado a la dama convirtiéndola en donna angelicata, criatura mediadora entre el amante y lo divino” (ORDOÑEZ, F.). Beatrice es convertida, así, en la vía hacia Dios. Aquí, el cuerpo amado, en todos sus detalles, expresa el camino para realizarse en la pasión.

Una característica de la poesía de Rivero es que los títulos de los poemas están en minúscula y no usa las mayúsculas en el comienzo de los versos que, aunque no tienen métrica y rima, sí acusan un ritmo entrecortado, como las palabras que se dicen los amantes en las pausas, aún agitadas, del amor.

Antes de este libro, el autor publicó Cuerpo y sombra de la voz (2003), La cárcel del silencio (2005), Pequeños crímenes cotidianos (2008), Respública (2012), La viajera (2016), Imagen en la piedra (2019), Jinetes del final (2021) (en este último poemario el autor maneja la profundidad filosófica y las sutilezas del lenguaje, según consigna una reseña de mi autoría publicada en el semanario Sol y Luna de Salto en el año 2023), además de otros libros que tienen temática histórica.

Sebastián Rivero fue, además, cofundador de la revista U, junto a Patricia Díaz, Elena Lafert y Luis Carro.

La poética del amor y del desamor en nuestro país, sin embargo, no es tan exhaustiva como podría parecer a primera vista. A los nombres de Mario Benedetti e Idea Vilariño, e incluso de Ida Vitale, como parte de la llamada Generación del 45, podemos sumar las voces modernistas de Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, o bien el poemario Erótica mía de Saúl Ibargoyen Islas, el Ejercicio de amar, de Jorge Arbeleche, algunos poemas de Hugo Achugar, sobre todo en Textos para decir María y otros que están repartidos entre los cuatro volúmenes de Poesía (in)completa, y el erotismo particular de Cristina Peri Rossi, que transversaliza toda su obra tanto poética como narrativa. En los últimos años quien escribe este trabajo crítico publicó un libro sobre el amor y el erotismo (“Del Polonio a Sayago. De orillas a veredas”), así como la poeta y profesora de Literatura doloreña Malena González hizo lo propio con el poemario Con simple forma de ser.

A nivel general, podemos mencionar a Safo de Lesbos, Sor Juana Inés de la Cruz, Quevedo; Octavio Paz y Pablo Neruda; los poetas románticos Byron, Shelley y Keats; Blake, Wordsworth y Coleridge, o los sonetos amatorios, tan particulares, de Fernando de Herrera, compuestos en su mayoría en versos endecasílabos, sin olvidarnos de Alfonsina Storni.

El cuerpo como sujeto del deseo

En el inicio será el vértigo, el vaivén, acompañándose del violín, con su música, que es “igual/ al deseo del cuerpo”. Porque es el cuerpo el protagonista del deseo, no es la voluntad pero sí el reflejo que provoca “el amor/ de unos ojos/ de unos labios”; la mirada y la promesa. Es la piel ajena. ¿Es arte o es técnica?, se pregunta el poeta, porque “desprenderse de uno mismo/ es aceptar la eternidad/ de aquello que controlamos/ y nos controla”. Porque en el goce del cuerpo –ya está escrito– dar es recibir, es el compás exacto, y el vértigo, para entrar en el abismo, “de un Morandi/ más eterno y personal/ que Cellini y su Perseo”. Es decir, la profunda quietud de las pinturas de Morandi frente a la brutalidad de la escultura sangrienta de la decapitación de Andrómeda, la Medusa.

Sin embargo, mientras el poema avanza, también habla sobre la propia construcción del poema, como metaliteratura: “(esto no es un poema/ es un cuerpo medido y desmenuzado”, o “acá no se hace un poema/ esto es un manual sexual/ un tratado de filosofía”) (y pensaremos, por analogía, en Filosofía en el tocador, del divino marqués de Sade, y la introducción de la joven Eugenia en el libertinaje); una metaliteratura que busca, como si el propio cuerpo se despegara del lecho y considerara las circunstancias que rodean al hecho amatorio, una pretendida objetividad dentro de lo terriblemente subjetivo de los sentidos concibiendo, en sí mismo, el placer. Es el mecanismo mismo, autónomo de toda intención externa.

En contrapartida, también puede existir, y existe, el no-deseo, una estatua estoica, alejada de los placeres mundanos:

a una estatua

para estar ciega
te dieron ojos
manos para que
fueran escarcha
y la blancura de los pianos
una lengua muda
para seguir
la ruta de los caracoles
enroscada a tu cuello
dejando sus marcas
una duda
una sombra
para estar siempre sola
sin esperar nada.

El primer y el último amor “son putrefactos y angélicos,/ son un sorbo de eternidad/ que nos hunde (a dos manos)/ en el marasmo del sinsentido”, y amar “es someterse a un mar/ tempestuoso”; el primer amor “no tiene/ dique”, es irrefrenable, pletórico, y en su recuerdo “naufraga la entera/ desesperación/ la cúspide del deseo”, en cambio el último amor, “–que nunca es el último–/ trae la constante pesadumbre/ de la pérdida”. Allí está la miseria “de lo alguna vez ganado/ y por siempre, al recordarse/ ya perdido”.

En “Cernudianas”, el poeta explora el recuerdo como algo doloroso que no puede evitarse recordar, porque lo que se amó una vez perdura para siempre, es “martirio y deleite/ templo de carne y ceniza”, un cuerpo como volumen, pero también con “bordes cortantes”, con fronteras decididas, “ahora me entrego/ a este mar/ el olvido/ a estos sacudones/ el recuerdo”. Y es visual, necesita ver y verse, “una imagen clavada/ en la retina”, “la noche en tus ojos”, “ojos fijos en la nada”, “una mirada casi entera”, “lo que abarcan tus ojos”, y “quedan la imagen de otro tiempo/ en tus ojos/ nuestros ojos…”, por lo que el recuerdo se compone de imágenes y estas recomponen el objeto deseado, el cuerpo de la amada. No sólo se necesita sentir al otro, por el tacto, por sus sonidos, por sus sudores, hay que verlo desde afuera hacia adentro. Lo que está afuera, un frío que recorre la espalda, “un cuchillo afilado/ goteando besos”, deja de existir porque “no hay regreso/ puertas ni salidas/ en otros cuerpos”, se está atrapado en un silencio que consume la noche.

Pero también:

me diste una llave para abrir todas las puertas
en ellas estabas vos
y una playa
y un río en calma
es duro dar un rodeo para volver
al mismo sitio
será que nunca me fui
que siempre estuve enfrente
de las mismas puertas
lugares donde se guarda tu imagen.

En “Bernini”, como un símil, el cuerpo en movimiento está detenido ante la imposibilidad de “dar en mármol, el mordisco”, así, la amada está fijada en una pose a medio camino del abrazo o del beso. El poeta, mientras tanto, “en medio de la desesperación/ recompone textos”, ya que no puede recomponer el cuerpo de la amada. No hay peor deseo que en la soledad, “ardiendo en la piel”, y entonces “náufrago soy/ en postergadas noches/ ardores imposibles soñando/ que al alba perecen”, y en la lejanía inalcanzable, sólo “con palabras, con imágenes/ al descuido robadas/ tejí los confines/ amorosos de tu cuerpo”, porque, finalmente, “sólo tú estás en imagen y palabra”.

La naturaleza del deseo

Hay cercanía y distancia, el amor se consuma y luego es recuerdo, un recuerdo doloroso y a la vez placentero. En “Retamas”, tenemos:

amarilla guardiana del ocaso
amarilla retención del margen
al pie de las vías
en el borde de barrancos
trémula estrella amarilla
soportas el derrumbe.
viento y río te sacuden
sin moverte.
grácil planta tan humana
enraizada en claro signo
que custodia
(tu humildad verde-amarilla
es presencia rescatada del descuido)
sos aquello que titila en el instante
perdurable raíz
fulgor fijo en el paisaje.

Además, del reverso la letra
no se pueden ver los goznes
del reverso del amor
el óxido los goznes arrebata
del cuerpo en su trasfondo
sin puertas ni cerrojos
queda un hueco.

Porque hemos de comprender que la luz y la oscuridad caminan juntos, por eso “dicen que la luz/ ayuda a ver mejor/ pero solo la noche/ sabe la verdad/ de tu cuerpo”, eso que está en lo interior, mientras que “el yo/ tu conciencia/ dependerá de la oscuridad/ del cuerpo”, que es otra manera de decir esto, porque antes que verlo, el cuerpo necesita ser recorrido (con el tacto o con los besos) para aprehenderlo.

Hay algunos sonetos, tres en particular, en donde desde la naturaleza se nos describe el sentimiento de pérdida, de derrota, de lo inútil de una espera en medio de una “agreste llanura”, “árido polvo”, una tierra que “se pudre y hiede”, que “ruge y agrieta”: es la sequía. Digamos “adoro eso/ que habita en la noche/ cuando la planicie/ del lenguaje/ escapa a la mirada/ de los otros”, y aquí está inscrita la palabra lenguaje siendo lenguaje, propiamente, a partir de la lengua como órgano sensorial. Y la memoria como “materia de fragmentos” que conduce a “este deseo/ nunca saciado”, como si saciarlo fuera imposible, porque al recordar uno puede saber que nada ha sido completo y que, de alguna manera, también se lo añora.

Y nos dice el poeta: “el cuerpo es un instrumento en tensión”. Primero, como instrumento, es un vehículo para el sufrimiento, pues “sufre con cada pulso, con cada melodía”, y además está, y es, tensión, como la cuerda del arco preparada para lanzar la flecha capaz de provocar una “plena herida en el conjunto/ manchado del paisaje”. Pero aquí el sentido del poema se explica a través de la cita de Manuel Bandeira, poeta modernista brasileño (cuyo poema “Os sapos” resultó todo un éxito en la Semana de Arte Moderno de Sao Paulo, en 1922, contemporáneo de Mario de Andrade u Oswald de Andrade. El poema, fechado en 1918, criticaba a los poetas rígidos que hacían un uso exclusivo del metro y la rima en vez de expresar sentimientos verdaderos): “Deixa teu corpo entender-se com outro corpo”, porque allí ya no interviene la razón (ni las razones, interesadas) sino el músculo, “el recuerdo con fibra y músculo”, que se agota en su propia misión hasta que el arco se quiebre o se distienda (que a ambos impulsos atiende).

El deseo como fuente creadora

Como una vez me enseñó Zel, en el amor no ha de haber nada más importante que el deseo, porque sin este no fructifica el amor. Por ello “la entrega/ es hija del deseo/ es hija de la noche./ en sus profundidades/ como un eco/ solo el golpear/ contra los muros/ nos es dado”. Allí el amor, como el primer impulso, puede entregarse a “toda la pasión/ del cuerpo/ y el extraño recurso/ del tiempo”, porque “saben los amantes (…)/ que límites no tiene” el deseo. Y Eros, que es un “dios en las sombras”, “hila la trama/ más simple/ de este cosmos/ conocido”: el amor.

Además, en la búsqueda del amor, se atiende a las señales desparramadas en la naturaleza, como si ésta se confabulara: “zorzal calandria/ y benteveo/ cuando se pone el sol/ hacen una breve/ sinfonía/ en mi patio// ¿sabrán cantar/ en conjunto por instinto/ o será la tarde que/ en sus magias/ los amalgama?, es la naturaleza presente en un jardín florecido de madreselva, donde todo brilla, es el aroma, “punzante aguja en el recuerdo”.

Por eso, quizás, no encontramos nuestra propia imagen, o esta está distorsionada, y al filo de la noche, cuando “ninguna luz le llega”, quedará “sin rostro/ sin palabras/ sin reflejos”, como si nada tuviera sentido, como si la ausencia pesara tanto como para ensamblar, “con la angustia de los días”, la construcción de “una prisión/ (nuestra ciénaga)”.

Acaso el beso sea eso que sella, de modo unívoco, esa decisión de entregarse al deseo y compartir las ansias pero, como el poeta dice –y desdice– con lenguas no se hacen poemas. La cita de Juan Ramón Jiménez, sin embargo, lo desmiente: “…dardo que huele a tu sangre,/ lengua, espada dulce y roja”, y entonces se pondrá a la tarea de describir “el estilo de tus besos”: “tu lengua ejerce/ un torniquete/ sobre la lengua/ ajena/ la apresa y la frota/ en una danza/ de dominio y ternura/ que invita/ a prolongar/ el apretón./ (se puede pensar/ en alguna gigante serpiente/ amazónica/ o en aladas figuras barrocas/ de Bernini)”. Y además, “siempre entendí/ que entrar en tu boca/ era igual/ al extraño ingreso/ de Virgilio y la Sibila/ (…)/ por los vastos dominios/ de una ciudad extranjera”.

Y sin embargo, no hay modo, desde el lenguaje, de decirlo todo sobre el amor, que es deseo pero también su ausencia y la postergación del mismo, que es experiencia pero también carencia, porque “el amar teje una red/ donde el olvido y memoria/ proyecta su infinito” y, entre otras cosas, “una despedida se consagra/ a quien vivió en hilachas/ de fe/ en cariños siempre truncos”. La memoria siempre nos traiciona, “traga el abismo/ lo que somos y sufrimos/ algo similar al amor/ con asco nos devuelve”, y ese “asco” es porque recordar, incluso con las imágenes del placer en la retina o más adentro aún, el pasado del encuentro y la pasión, nos desnuda en la ausencia presente de la amada y nos ubica en la soledad de una especie de despedida que, inevitablemente, “se consagra”.

En el poema “dulce efebo”, con el trasfondo de la mitología griega y la tríada de Helena, Patroclo y el divino Aquiles, se nos muestra la otra cara del amor en estos dos últimos personajes, bajo el manto del drama de Helena y la sangre derramada de los heroico troyanos, donde debemos destacar que la homosexualidad, entre los griegos, no existía como concepto. Es Patroclo, en definitiva, el dulce efebo amado por Aquiles. De alguna forma nos está mostrando, y este poema lo reafirma, todas las caras posibles del amor y del deseo.

En “Vaivén”, mientras tanto, se nos expresa la consustanciación de los cuerpos, el ritmo y las pausas del placer, el pliegue y el repliegue, el ir y el volver. Es “no medir el impulso”, “ingresar/ en las aguas/ del sueño”, “adentrarse/ en lo profundo/ vaivén del sueño”, como un “caracol que se enrosca”. La repetición de la última imagen, es el repliegue, la calma, que el “dulce vaivén/ el sueño consagra”. En tanto el rostro de uno mismo, “empañado en el estanque”, es el doble, el oculto, el que no sale a la luz pero también existe, y es bello no por ser como Narciso, extasiado en la autocontemplación, ahogado en su propia imagen, sino por la ausencia del Yo, “es el sueño cuando se olvida el sueño”.

De esta manera Rivero intenta adentrarse en lo que el amor lo transforma, en su mecanismo, intentar explicarse, y explicarnos, la serie de sentimientos, a veces encontrados (o desencontrados) que lo atraviesan, y como, entonces, todo es distinto, nuevo y ajeno. Porque el amor nos deja dando tumbos, entre la espera y el desespero, entre la esperanza y la des-esperanza, confundidos, mareados, y con una sensibilidad tan exacerbada que, o todo nos parece maravilloso –las obras de la naturaleza, magníficas– o nos parece terrorífico –señales del apocalipsis y la soledad que anuncia la distancia, cuando “–contar el tiempo es lastimera manía” – “fueron días o meses, ya no importa”– y “una solitaria sílaba como el acero corta”, la sílaba única de la negación. Porque el amor lleva consigo, como la cola del vestido de novia, el desamor.

El buen amor es, en definitiva, el que se vive en toda su plenitud; comienzo y final.

Por Sergio Schvarz

Bibliografía
ORDOÑEZ, Fernando, La Red Literaria, ensayo inédito, material de estudio de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
ÁLVAREZ DE LA VEGA A., Biblioteca Económica de clásicos castellanos, Sociedad de Ediciones Louis-Michaud, París. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, en https://www.cervantesvirtual.com
Agradecimiento especial a Gerardo Ciancio por sus aportes.
(El buen amor, de Sebastián Rivero, Hurí arte y edición, 2026, Montevideo, 73 páginas)

 

 

 

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