Mítico Tiempo

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En Historias atemporales, de la profesora de Geografía, comunicadora y escritora María García Marichal, hay un conjunto de quince cuentos breves, con un lenguaje arcaico de reminiscencias bíblicas, que abordan una elaboración literaria sobre los mitos. Como sabemos, el mito es un relato tradicional y fundacional de carácter sagrado o simbólico que establece la base de las creencias y los valores de una cultura dada.

Si en los primeros libros de cuentos de García Marichal predominaba el escenario rural, con personajes que resultaban extraordinarios no por lo que eran sino por lo que hacían, aquí nos muestra personajes, a menudo femeninos, ubicados en aldeas dispersas que, al ser aglutinadas en una serie de historias con un hilo común, da forma y conforma la narrativa de un mundo. Ese mundo es parte de nuestro pasado y de nuestro presente, en su costado más humano, del positivismo humanista.

La autora, oriunda de Los Cerrillos, en el departamento de Canelones, ha publicado El poeta y otros cuentos (2010), Cuentos de la siesta (2011), El ciruelo del general (2013) y Una luz en el arcón (2015), además de su primera novela Alter ego (2022), que tendrá una continuación con Absentia (que está en su etapa final). Ha recibido varios premios y ha participado, además, en numerosas antologías en Argentina, Chile y Uruguay y en páginas literarias de España, México e Italia. Es una de las fundadoras de los Desayunos Literarios que funciona en el Centro Cultural Carlitos de la ciudad de Las Piedras, donde reside actualmente. También trabaja en la Radio El Libertador (de Vergara) y en Radiociudad FM (de Los Cerrillos).

El tiempo es un gran misterio

El 24 de abril pasado hizo la primera presentación de Historias atemporales en el Centro Cultural Miguel Ángel Pareja de la ciudad de Las Piedras, con una gran participación de público que desbordó la sala. La mesa estuvo representada por Marilez Espinosa, ensayista que ha estado abordando la creación literaria del grupo Ariel, y Gabriel Arias, licenciado en Informática, que cuenta con una maestría en Administración y ha publicado, recientemente, Mar de los romanos (2025), siendo Paola Bianco la maestra de ceremonias. Hubo una silla vacía en honor al poeta Marcelo Pareja, fallecido el año pasado, quien iba a presentar originalmente el libro. En una pantalla se proyectaron imágenes de Paso de las Cuchillas y cuadros de Fourment adornaron las paredes.

La primera de las mencionadas, Marilez Espinosa, destacó que el libro era un objeto estético, y que este es de los libros que “te atraviesan, te buscan y te encuentran”, y leyó, con emoción, el Prólogo del viajero, texto que abre el libro, un prólogo itinerante que designa el camino hecho y que, a la vez, nos invita a recorrer: “…las historias que aquí están guardadas, las que en el mejor de los casos algún lector curioso encontrará, son las de otros hombres y mujeres; no es mi diario de viaje: es la aventura que los viejos contaron a los niños” (pág. 6). En tanto Gabriel Arias, que tuvo contacto con el manuscrito y escribió las líneas de la contratapa, reflexionó en torno al tiempo, que es ilusorio y “es la medida del cambio”, según planteaba Aristóteles, y destacó la calidad humana de la escritura, en un recorrido por la geografía, los viajes y los mitos.

En tanto la autora agradeció la presencia del público, así como de los mensajes recibidos (entre otros de Irene Vallejo, con quien intercambian mensajes de correo habitualmente) y la puntual asistencia del ministro de Educación y Cultura, José Carlos Mahía.

La segunda presentación del nuevo libro de cuentos, se dio en el Ateneo de Montevideo el 29 de mayo, en un ambiente que mezcló solemnidad y calidez, y la mesa estuvo representada por Marilez Espinosa y Paola Bianco. En esta oportunidad Marilez Espinosa se preguntó si “hay algo más solemne que un mito”, en tanto la escritora, María García Marichal destacó que estas son “historias mínimas, que comienzan en un costado de la Historia”, y enumeró los mitos a que se hace referencia: los pueblos nómadas del desierto, la búsqueda del Paraíso en la Amazonia, sobre la tribu yanomami, de los pescadores romanos en el mediterráneo, la leyenda de El dorado, la grandiosidad de Aztlan y de los Sioux, la búsqueda del camino de su padre Ulises, de Mauritania, tradiciones hinduistas, del norte de América del Sur y la Patagonia, en torno a los vascos, acerca de los últimos neandertales y la tradición del pueblo wayuu, en el sur de Colombia y el norte de Venezuela.

Una tercera presentación se realizó en el espacio UFA de la ciudad de Los Cerrillos, el 27de junio pasado.

Todo ocurre “en la conjunción del tiempo y el espacio”

En este libro de cuentos, como hemos dicho, se cuenta por medio de historias breves que sugieren más que lo que dicen y tienen un grado de encantamiento, de magia. Por momentos nos hacen recordar a Sherezade y sus Mil y una noches. Son cuentos míticos que nos muestran la ruta que el hombre debe recorrer para llegar al conocimiento, a la iluminación, siempre en el camino de la búsqueda del Paraíso perdido, el Edén. Y si bien los personajes, a menudo mujeres, no son diosas ni poseen poderes inusuales, sí cuentan con habilidades extraordinarias pero dentro de una lógica humana, basada en la experiencia, en el acierto y el error.

Lo interesante de esta propuesta es que todos los personajes tienen una misión que cumplir, un destino que trasciende a su propia persona y que cumple la realización del mito común de su pueblo o comunidad, porque sólo así se cumplirán los designios ancestrales. Y esto nos conecta con una serie de investigaciones en torno al mito que, sintéticamente, trataré de esbozar.

El más serio estudioso sobre los mitos, a partir de las leyendas antiguas y tradiciones,  de los griegos, las tribus amazónicas y de la Polinesia, fue el antropólogo, etnólogo y filósofo francés Claude Lévi-Strauss. Para él, el mito “se define por referencia a un esquema temporal que combina las propiedades de la diacronía y la sincronía, pues los acontecimientos desplegados en el tiempo conforman una estructura perdurable. Pero el valor intrínseco atribuido al mito proviene de que estos acontecimientos, que se supone ocurridos en un momento del tiempo, forman también una estructura permanente que se refiere simultáneamente al pasado, al presente y al futuro” (Lévi-Strauss, 1955). Es decir, se define por el conjunto de todas sus versiones, y es un patrimonio común de la cultura. Y dice, en Psicopatología de la vida cotidiana: “Gran parte de la concepción mitológica del mundo, que se entiende muy lejana, cuyo alcance se extiende hasta las religiones más modernas, no es más que psicología proyectada sobre el mundo exterior”.

Una de las contribuciones más originales, fue sobre los mitemas, que serían “grandes unidades constituidas por “haces de relaciones”, relaciones entre relaciones, fragmentos de historia, que combinados entre sí las dotarían de su función significante, y que, además, expresarían la característica del mito a partir de los discursos comunes, todavía atados al orden del lenguaje”.

El médico y psiquiatra Carl Jung, mientras tanto, elaboró el concepto de los arquetipos y el inconsciente colectivo. Los arquetipos serían los patrones universales de conductas y símbolos que residen en el inconsciente colectivo de la humanidad. Y entre ellos destaca una serie de arquetipos fundamentales: la sombra, aspectos reprimidos o inaceptables de nosotros mismos que ocultamos a los demás; la persona, la máscara, imagen pública que mostramos para encajar en la sociedad; el Ánima/Ánimus, imagen femenina en la mente del hombre, la vertiente masculina en la psique de la mujer; el sí mismo, punto central de equilibrio, integra el consciente y lo inconsciente. Dice también de que estos son símbolos de transformación, y afirma que “toda la mitología sería una especie de proyección de lo inconsciente colectivo”.

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, nos ilustra sobre los mitos, como parte del análisis y la interpretación de los sueños, y en la literatura, en especial en Hamlet de Shakespeare, y en otra de sus obras principales: Tótem y tabú. El principal de ellos, y el más conocido, es el complejo de Edipo, basada en la obra Edipo rey, de Sófocles. Dice Freud que “muchos hombres han soñado que compartían el lecho de su madre”, y que, “si esto es así uno comprende el cautivador poder de Edipo Rey, que desafía todas las objeciones que el intelecto eleva contra la premisa del oráculo y comprende por qué el posterior drama del destino debería fracasar miserablemente” (…); “la saga griega captura una compulsión que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella” (S. Freud, 1897). Otro mito conocido, el mito de Narciso, que está relatado en su forma clásica en la versión de Ovidio (43 a.C.) en su Metamorfosis, expresa que la superficie del agua es un espejo tan perfecto que ningún objeto la alcanza; es “una fuente cristalina, plateada, de aguas transparentes, que no habían tocado ni los pastores, ni las cabrillas que pastan en el monte, ni otro tipo de ganado, que no había perturbado ningún ave, ni fiera, ni una rama caída de un árbol”. Y ese espejo no reflejará nada más (ni nada menos) que la imagen de Narciso, y, atraído por la imagen de la belleza contemplada, “ama una esperanza sin cuerpo, piensa que es un cuerpo lo que es agua”. Ahogado por su propia imagen, Narciso muere al no poder obtener el objeto de su deseo.

El psiquiatra y psicoanalista francés Jacques Lacan, por su parte, nos refiere a la función del mito: “(…) el mito opera a través de la equiparación, bajo una forma significante, de una problemática que necesariamente ha de dejar algo abierto, respondiendo a lo insoluble significando la insolubilidad, proporcionando así el significante de lo imposible”. Además, postuló que cada síntoma neurótico es un mito privado. El sujeto organiza su historia familiar y sus fantasmas inconscientes como un guion personal que determina su destino y su relación con el mundo.

En uno de los últimos cuentos de Historias atemporales, “Allá”, se habla del mito del fuego(1), que es uno de los mitos fundacionales de nuestra civilización, puesto que este dotó de luz, calor, fundamental en la cocción de los alimentos, uno de los elementos que nos diferencia de lo puramente animal.

En El mito del nacimiento del héroe, del psicoanalista austriaco Otto Rank (1909), señala que “…El mito cuenta cómo gracias a las hazañas de los seres sobrenaturales una realidad ha venido a la existencia sea esta la realidad total, el cosmos o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución”. Y, también, “Se ha convenido en llamar “mito” en sentido estricto, a una narración que se refiere a un orden del mundo anterior al actual, y destinado no a explicar una particularidad local y limitada, como es el contenido de la sencilla “leyenda etiológica” sino a una ley orgánica de la naturaleza de las cosas”.

Por último, con Aristóteles hemos de decir: “La historia cuenta lo acaecido y la poesía lo que podría acaecer; así que la poesía es más filosófica e importante que la historia, pues esta se ocupa de lo particular, pero aquella de lo general”. (Poética, 51b)

Miradas y pulsiones interiores

Historias atemporales comienza con un cuento que se titula “Aban”, compartiendo la particularidad de que cada relato refiere a una característica singular que designa ya sea al personaje o al hecho que se menciona. En este caso, un oasis en el desierto plantea el tiempo detenido al que, cada tanto, arriban las caravanas, con noticias que ya envejecieron. Y allí, Abdul el insomne, espera el milagro de la lluvia que una vez, “cuando era niño”, había visto y escuchado, “deslumbrado en la belleza del agua que caía desde la inmensidad”. Como si no bastara el hecho fantástico, pero probable, de una inminente lluvia, surge un dromedario y su jinete. Abdul “veló el sueño del extranjero y el del animal castigado de arena y viento”. Y, por supuesto, “cuando abrió los ojos, mucho después, unos filamentos de nubes doradas presagiaban el atardecer. El hombre y su dromedario se habían ido”. Porque la vida, en el concierto del universo, tal vez sea un espejismo.

En “Wira”, el personaje se lanza al camino para poder llegar, si Pagé Abé, la divinidad luminosa lo guía, al lugar “donde su memoria se perdiera para siempre y naciera otro hombre distinto a éste que debió abandonar en la profundidad de la tierra a la mujer que fue su mitad”. Allí está el mito de la creación, del ser que es uno (la unidad) y que se integra en lo masculino y lo femenino, en la acción (el caminar, el perseguir el lugar indicado), y en el sentir, en sí mismo, lo humanamente divino de la plena realización. Para ello, debía dejar atrás el pasado, y lanzarse al futuro: “salió a la luz intensa olvidando definitivamente a los espíritus que dejaron de cuidar su casa”. Ahora tenía una nueva morada: la que iba a ser, definitivamente, la suya.

El camino a “Mansul”, mientras tanto, está empedrado de nuevos infiernos, porque “comprendió que algo o alguien escribía por él historias de otro espacio y otro tiempo, que le mostraba lugares que jamás había visto y que dudaba que existieran”. Porque Mansul, entonces, era, condensado, el terreno de sus propios miedos y de sus esperanzas, y a medio camino algo nuevo nacería. O, si no, moriría definitivamente. Este mito es el que, según ha manifestado la autora, le corresponde como propio.

“Mar cuajada”, trata del mito de “el cuélebre”, que es una criatura de la tradición asturiana, cántabra y leonesa, y se describe como una gigantesca serpiente alada, similar a un dragón, que custodia tesoros y doncellas, de escamas impenetrables, aliento venenoso y que duerme, únicamente, en la noche de San Juan. Dice, en una frase que tiene una reminiscencia del mundo griego, homérico, con cierta belleza formal: “La madrugada era tan clara que las luces de las estrellas se podían tocar con los dedos” (me recuerda a “la aurora de rosáceos dedos” que aparece varias veces en La Odisea, y que refiere al amanecer, antes de la salida del sol. En la mitología estos dedos abrían las puertas celestiales cada mañana para dar paso al carro solar). Pero, nos preguntamos, entonces: ¿cómo se desmonta un mito? Como hace Allen, que zarpó una mañana, “con dos barcos y una tripulación de hombres desahuciados por la soledad o soñadores de tesoros”, y luego, perdiéndose más allá del horizonte, “Allen Morgan se hizo leyenda”. La Mar Cuajada refiere a la madre, a la leche materna, al seno de la mujer al que todo hombre vuelve, aunque sea en sueños.

En “El Dorado”, está el sueño mítico que encantó a los aventureros y conquistadores y los hizo desvariar por tierras inhóspitas y peligros extremos bajo la seducción del oro y la gloria eterna. También, para Ginés de la Higuera y Escobar, el personaje del cuento, nos recuerda que fue capaz de matar, sin remordimiento, para obtener el mapa que lo llevara al sitio de la abundancia. Pero El dorado es el mito por excelencia que atrajo la codicia desaforada durante dos siglos y que condujo, por un lado, a la exploración de vastos territorios de la amazonía y, por el otro, a una sed de sangre y poder que hizo sucumbir a quienes persiguieron el sueño –el mito, la quimera– de una ciudad en donde el oro –es decir la riqueza sin par– los convertiría en felices poseedores de un sitial de honor en la Historia. Pero claro, eso nunca sucedió, porque el mito es, también, aquello que, pudiendo obtenerse, se escapa de las manos, una y otra vez, hasta convertirse en ilusión y se desvanece en el aire.

En “Altansarnai” el territorio es la estepa y los lugares cercanos al Himalaya, donde pasea el yak, un bóvido mamífero y los hombres construyen las yurtas, viviendas circulares desmontables utilizadas por los pueblos nómadas. Al principio, la autora nos pinta el escenario en el que se van a desarrollar los acontecimientos: “La meseta era una interminable extensión amarilla infinitamente sola. El viento no encontraba paz. En la delgada atmósfera, cortante como una navaja, arrasaba y barría sin piedad las matas pardas y el suelo pedregoso. Silbaba, golpeaba con guijarros minúsculos los flancos de los caballos que se refugiaban en su propio calor, las cabezas resignadas de los yaks, las paredes de la yurta”. A partir de allí, se nos adentra en el mito: “Altansarnai era un cuento de los viejos jinetes, un mito que los mantenía en la vigilia previa a la partida final…”, y es un lugar “…que destellaba en la cordillera arropada entre glaciares que el viento desconocía, la de paredes doradas de sol”. Y ese lugar, mágico, existe en la perseguida esperanza, en la resurrección de la vida que se presenta cuando todo parece perdido.

El mito de “Aztlán”, palabra que viene del náhuatl y que significa “lugar entre las garzas”, es la legendaria isla de la cual partieron los aztecas para fundar Tenochtitlán en el año 1325 de nuestra era. Es, de alguna forma, un paraíso, un Edén. El cuento narra la aprehensión de Iztli, que puede ser conducida al sacrificio, aunque ser sacrificada era visto como un honor. “Estaba segura de que la reclamaría el dios emplumado [Quetzalcóatl], como a tantos otros cuya sangre manchaba la roca del sacrificio para la eternidad; dormir era imposible, comer se hacía una obligación, llorar una cobardía que no iba a permitirse”. Quizás, su sacrificio “sería lluvia para los pozos y el maíz que esperaban desde hacía mucho tiempo” (porque los sacrificios se hacían para un fin determinado, para que, por ejemplo, las cosechas fueran abundantes). Estaban situados “en aquel tiempo largo de pobreza”, y por eso debían realizarlos. En todo caso, lo que se narra es el preludio del éxodo en busca de la tierra sagrada y, en vez del sacrificio del puñal de obsidiana, habrá el amor, sacrificado.

“Hanwi” nos habla sobre la nación sioux. “Sintió el cansancio de las jornadas pasadas andando desde un lugar tan lejano en el espacio como en la memoria”, y, además, hanwi es la palabra que “era todo: la realidad, el objeto, el lugar. Tal vez era la génesis…”. El hombre lleva, sobre su espalda, “los huesos de los últimos guerreros lakota”, que son parte de la Gran Nación Sioux. Estos se organizaban en hermandades como los Tokala (zorros): lakota, dakota y hakota. Por debajo del texto, que es poético y melancólico, nos cuenta la tragedia de su pueblo. Una tragedia que continúa hasta nuestros días.

“Orbis Alia” es el territorio mítico de la felicidad. “Se embarcó antes del amanecer. Una sola vez se volvió para mirar la tierra firme, la roca golpeada por las olas, la casa de postigos cerrados en la que dormía su historia al abrigo del viento. Lejos, lo esperaban las voces, confusión azul y fluida que se prolongaba hacia la eternidad irremediable. Hacia Orbis Alia”. El pescador vuelve al “punto exacto en el que su historia reunía las de los que fueron antes que él y los que se proyectaban hacia adelante”. Es la historia de un pescador que encuentra que lo que está incrustado en la roca, Orbis Alia, es su hogar.

“Sigui” nos habla de la vida de los dogon en la selva. “Algo iba a suceder en su vida de días iguales y cansancios agotadores, en los que lloraba a escondida la pérdida de los niños de sus amigos y el éxodo de los hombres más fuertes”. Porque, además, “había que temer a los Nommos, a sus seducciones de espejismo, a sus mentiras”. Y, por supuesto, Sigui “era el destino” de todos ellos, la cuna, el origen, donde en la profundidad del cielo podrían encontrar a los ancestros. Samba, el elegido, aguardaba: “No sabía qué, pero aguardaba”, con esa certeza que da la inminencia de algún suceso extraordinario que está por suceder. Y un día ese momento llegó. “En la soledad de la choza, la madre de su madre sonreía sin decir nada: la certeza de que, por fin, el hombre que llevaba su sangre había logrado llegar al mundo de los antepasados, al que giraba alrededor de la luz más brillante, la inundó de paz. Y el tiempo largo de la vigilia, tuvo sentido”. Porque para la madre de su madre sabía que “él sería elevado más allá de la dureza de la tierra castigada a la luz que era uno de los soles de otra tierra, menos áspera, menos dolorosa. Podríamos hablar del mito del origen, que se ubica en la estrella más brillante del cielo (que debería ser Sirio, Alpha Canis Majoris), un mito que es común a varias culturas. De alguna manera, aunque sea metafísicamente, venimos de las estrellas.

“Sanjiv” nos dice que, al recuperarse de una extraña enfermedad, “que nadie pudo explicar”, Ana persigue el recuerdo de Radha, “quien la hizo recorrer los jardines perfumados y exuberantes de Sanjiv cuando hablaba con su hermana, que la cuidaba con esmero…”, y es por eso que se lanza en la búsqueda de Sanjiv. En el camino tendrá dificultades, pero también sorpresas, y estará a punto de ahogarse, arrastrada por la corriente. Pero de esa manera llegará a Sanjiv: “…la luz era tan diáfana que sorprendía  en la definición de cada árbol, cada brizna de hierba, cada hoja. Una música de pájaros se elevaba desde la floresta, oía el agua en algún lugar bajando entre las piedras, sentía perfumes imaginados en un tiempo distante… y allí, donde el viento hacía temblar las flores del loto azul, una silueta fina la aguardaba; Ana jamás la había visto, pero lo supo. Radha la recibía en Sanjiv”. Es, de algún modo, recuperar el paraíso perdido y, a la vez, cumplir su destino.

“Hawaiki”. A veces, en la isla, se desencadenaban “tormentas que azotaban las aldeas y cambiaban la costa; ellos volvían a construir y a cultivar, las cabañas resurgían a la sombra de los árboles y las palmeras crecían de nuevo al sol del trópico”, que nos muestra la continuidad de la vida. En la familia había felicidad, “pero los pueblos del continente estaban al acecho. Incursionaban en las aldeas para raptar a las niñas y llevarse las cosechas, matando a los hombres…”. Y, entonces, ellos “llegaron a tierra con la tempestad desencadenada. El viento llevaba olas enormes que lo arrastraban todo. La ferocidad de los invasores hacía que la sangre y el agua se confundieran en la lucha, los alaridos de dolor y furia se perdían en el empuje atronador del vendaval”, entre relámpagos y truenos, como si la explosión de la naturaleza implicara el decurso natural de la guerra. Al morir su esposa, “su grito fue tan fuerte que hasta los enemigos vacilaron”, pero “…su destino era Hawaiki, el lugar al que vuelven las almas, el origen y el final de los hombres y las mujeres de las islas”. Y “era su pueblo que entonaba las leyendas que eran suyas desde la creación”.

En “Mariurrika Kobea”, donde la sociedad se rige por el matriarcado, la voluntad vence todas las pruebas, pero no hay perdón posible que salve el corazón. Cuando la herida es profunda, no puede cicatrizar. No debe cicatrizar. Hay una tozudez vasca, donde el dolor es un rayo que no cesa (como quería Vallejo), que no se olvida. Está, allí, el concepto “cueva” que, simbólicamente, representa tanto el útero materno como el inconsciente, e incluso podríamos ir al mito de la Caverna, de Platón, que nos muestra la dualidad de la sombra y la luz, la oscuridad y la iluminación.

En “Allá” está el mito del fuego, que viene desde la Grecia antigua. Prometeo le robó el fuego a Zeus y este lo castigó doblemente. Acá es la luz –la iluminación, la revelación de la verdad como don para la continuidad de la existencia– y, a la vez, el temor por la posibilidad del incendio y con ello la muerte, pero que, al dominarlo, al circunscribirlo, les da calor y refugio seguro ante las bestias. Una mujer del grupo, en base a la observación empírica y la intuición, va en busca del hallazgo de “la luz blanca en la oscuridad, la que crecía y se empequeñecía una y otra vez…”, el rescoldo: “la pequeña hembra acercó unas briznas, que ardieron de pronto; y rieron”. Nos refiere a una tribu neanderthal, como parte de nuestra propia constitución humana.

“Jorotui”. Desde la comunidad wayúu, en el norte de Venezuela y el sur de Colombia, nos llega su cosmovisión y algunas palabras (como amuyapa, estructura vertical para construcción, y serrapia, un árbol de uso medicinal). “La vida lo esperaba en la luz de la mirada de la mujer que sería su wayúu”. Pero, ya lo sabemos, el destino es algo irrevocable que desoye las voces que intentan detener el impulso irrefrenable, aunque también, de esa manera, al cumplirse, inexorable, le permite alcanzar, por única vez, y para siempre, aquello que siempre había perseguido, lo manifestado en sueños, como una promesa, y lo que se había ocultado, el dolor de la pérdida.

Por Sergio Schvarz

Notas

  1. El mito del fuego es por el que Prometeo roba el fuego a los dioses para entregárselo a la humanidad y por desobedecer a Zeus este lo castiga doblemente, por un lado un águila devora su hígado y, al ser inmortal, el órgano se regeneraba, de modo que esta acción se producía constantemente (será liberado de este castigo por Hércules) y, por otra parte, Zeus crea a Pandora, cuya caja o ánfora, abierta por Epimeteo, su hermano, por curiosidad, disemina el mal por el mundo, quedando únicamente la esperanza, atrapada en el fondo del ánfora. Simboliza la búsqueda humana del conocimiento y el sacrificio.

Bibliografía

LÉVI-STRAUSS, Claude, El pensamiento salvaje, Méx., Fondo de Cultura Económica, 1994.

JUNG, Carl, Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, Obras completas, vol. 9/1.

FREUD, Sigmund, Tótem y tabú (Algunos aspectos comunes entre la vida mental del hombre primitivo y los neuróticos), 1912-1913. En https://web.seducoahuila.gob.mx

FREUD, Sigmund, La interpretación de los sueños, Alianza editorial (en 3 tomos), 1966.

BODNER, Guillermo, Apuntes sobre la función del mito en el psicoanálisis, en https://www.temasdepsicoanalisis.org

LACAN, Jacques, El mito individual del neurótico, Paidós, 2013.

RANK, Otto, El mito del nacimiento del héroe, Paidós, 1961.

HESÍODO, Teogonía,Trabajos y Días, editorial Gredos, 1978.

(Historias atemporales, de María García Marichal, Ginkgo editora, 2026, Montevideo, 72 páginas)

 

 

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