Los esfuerzos de Trump

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  /A la pregunta sobre si llevan a la paz, la respuesta breve es no. Las iniciativas promovidas por Donald Trump no constituyen un proceso de negociación sino una escenificación política diseñada para proyectar liderazgo y obtener rédito interno. Ninguna mediación es viable sin la presencia del país agredido —Ucrania— ni sin actores con credibilidad diplomática. Ambos elementos están ausentes. Basta con observar a algunos actores.

Marco Rubio, hoy secretario de Estado, ha sido miembro de alto rango en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado y posee una trayectoria crítica frente a Putin. Es el único integrante del grupo con experiencia política sustantiva y con conocimiento del ecosistema estratégico ruso. Su presencia introduce un cierto contrapeso técnico, pero no determina la agenda, que está definida por Trump.

La inclusión de Steve Witkoff —empresario inmobiliario y operador del mundo cripto— revela la desinstitucionalización del proceso. Su desconocimiento de la historia y geografía del conflicto, sumado a su disposición a utilizar el traductor y la narrativa proporcionados por el Kremlin, lo convierte en un vector de influencia rusa, no en un interlocutor independiente. Su descripción de Putin como “súper inteligente” y su rol como portador de regalos simbólicos refuerzan esa asimetría.

Por su parte, Donald Trump concibe la política exterior como una transacción simbólica, no como una estructura de intereses nacionales, alianzas y compromisos multilaterales. Para él, un acuerdo es válido si permite proclamar una victoria narrativa. De ahí su obsesión por la palabra “PAZ” como suficiente en sí misma, incluso si implica ignorar la correlación de fuerzas, la legalidad internacional o las consecuencias estratégicas para Europa y la OTAN.

El plan de Vladimir Putin es elocuente sobre el líder ruso. El Kremlin presentó un borrador de 28 puntos que equivalía a una rendición de Ucrania, acompañado de garantías que consolidarían territorios ocupados y debilitarían a la OTAN. Ante la reacción negativa de la UE, de la Alianza Atlántica y del propio Rubio, surgió un borrador alternativo más favorable a Kiev. Putin lo rechazó sin examinarlo: su objetivo no es negociar, sino mantener la iniciativa militar y la narrativa de que Rusia ofrece paz y Occidente la bloquea.

El juego estratégico de Putin pasa por proyectar la imagen de un líder razonable dispuesto al diálogo, sabiendo que cualquier negociación sin Ucrania equivaldría a legitimar la violencia territorial. A su vez, busca crear fisuras entre Washington y Bruselas. Trump, con su falta de comprensión del conflicto y su inclinación a responsabilizar a Ucrania por su propia tragedia, es funcional a este propósito.

Así las cosas, lo que se presenta como “proceso de paz” es, en realidad, una operación política paralela a la guerra, útil para el Kremlin y para la campaña interna de Trump, pero irrelevante para la resolución del conflicto. Nada indica que la dinámica estratégica vaya a cambiar a corto plazo.

 

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