Andrés Alsina
Uruguay rechazó formalmente el acuerdo marco de cooperación en defensa y seguridad con EEUU por el que Washington había presionado durante los últimos 18 meses. Este acuerdo habría otorgado a Estados Unidos acceso privilegiado a bases militares uruguayas, coordinación de inteligencia directa y lo más crucial, autorización para operaciones militares conjuntas en territorio sudamericano.
El presidente Yamandú Orsi resolvió el 28 de diciembre y aparentemente difundió el 2 de enero la decisión, que reafirma la independencia uruguaya en base al respeto mutuo y la no intervención. El tema no figura en la difusión efectuada por Presidencia, según se informó telefónicamente el lunes a este periodista, y el director del departamento de Prensa no pudo ser localizado para comentar la stuación.
La información fue confirmada por un video del profesor John Mearsheimer (https://www.youtube.com/
A criterio de Mearsheimer, «es la manifestación visible de un cambio tectónico en el balance de poder hemisférico». Agregó que «cuando las naciones pequeñas comienzan a decir no a Washington es porque han encontrado alternativas y esas alternativas tienen nombres. China, Rusia y el sistema BRICS».
Tras mencionar el apoyo de EEUU a la dictadura civil militar uruguaya y sus efectos, Mearsheimer señala que «la intervención estadounidense no terminó con el retorno a la democracia. En 2002, durante la crisis bancaria uruguaya, el FMI, bajo presión directa del Tesoro de Estados Unidos, impuso un programa de ajuste estructural que exigió la privatización de servicios públicos valuados en 840 millones de dólares. Las empresas que compraron estos activos, curiosamente, eran en su mayoría corporaciones norteamericanas o fondos de inversión con sede en Nueva York. El desempleo en Uruguay saltó del 11% al 17% en un solo año. Las pensiones fueron recortadas en un 22%. Y mientras los uruguayos sufrían, los bonos del tesoro uruguayo fueron reestructurados en términos que favorecieron masivamente a los tenedores de Wall Street».
También recuerda esta eminencia en materia de política internacional que «Estados Unidos presionó a Uruguay para que se uniera a la declaración del grupo de Lima que desconocía al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela y reconocía a Juan Guaidó como presidente legítimo. El entonces presidente uruguayo Tabaré Vázquez rechazó esta presión manteniendo relaciones diplomáticas con Caracas».
Y la independencia soberana de criterio tuvo su costo, señala Mearsheimer. «La respuesta de Washington fue inmediata. El Departamento de Comercio bloqueó 340 millones de dólares en préstamos del Banco Interamericano de Desarrollo destinados a proyectos de infraestructura en Uruguay. El mensaje fue claro: ‘obedece o sufre las consecuencias económicas’. Y luego está el tema de la vigilancia. En 2013, las revelaciones de Edward Snowden expusieron que la NSA había instalado equipos de espionaje en la embajada estadounidense en Montevideo, monitoreando las comunicaciones del gobierno uruguayo, incluyendo las conversaciones privadas del presidente José Mujica».
Cuando Uruguay protestó formalmente, el embajador estadounidense respondió con
lo que los diplomáticos llaman ‘preocupaciones de seguridad compartida’; esto es, un eufemismo para decir que Washington tiene derecho a espiar a sus aliados sin consecuencias. Estas no son teorías conspirativas, cabe señalar: son hechos documentados en cables diplomáticos filtrados, informes desclasificados de la CIA y testimonios ante comisiones del Congreso estadounidense.
«La relación entre Estados Unidos y Uruguay, como con toda América Latina, ha sido una relación de dominación disfrazada de cooperación», afirma Mearsheimer. La negativa uruguaya, el académico señaló, es la opción de independencia «ante un Washington que enfrenta ahora el dilema estratégico de un hemisferio multipolar donde compite en igualdad de condiciones con China y Rusia o intenta mantener la hegemonía a través de la fuerza, lo cual solo acelerará el alejamiento de la región. Uruguay acaba de votar y votó por la independencia.»
Mucho indica que la posición asumida por Uruguay no es un suceso aislado, sino parte de un proceso. La crisis que esto implica para Washington tiene en su centro a la general Laura Richardson. comandante del Comando Sur de Estados Unidos, cuyo trabajo es mantener la influencia militar estadounidense en América Latina. Su presupuesto para 2024 fue de 12,000 millones de dólares, una fracción de lo que Estados Unidos gasta en otras regiones y ahí radica el problema. Richardson ha estado advirtiendo al Congreso durante dos años que Estados Unidos está perdiendo América Latina ante China. En su testimonio de marzo de 2023 reveló que China tiene ahora acuerdos de cooperación militar con nueve países latinoamericanos, ha establecido centros de investigación en seis naciones de la región y está construyendo infraestructura portuaria en 14 países que podría en teoría dar acceso a la marina China. Sus palabras fueron directas. «Si perdemos América Latina, perdemos nuestra posición como potencia global.»
La razón de la posición de Uruguay, un país históricamente afín a EEUU tras serlo a Europa, está segun Mearsheimer «en la emergencia de un orden mundial alternativo que le da a las naciones pequeñas algo que Washington nunca les dio. Opciones reales». Ellas vienen de Moscú, Beijing y específicamente BRICS. Si Uruguay no se alinea ya con EEUU, es que ya no lo percibe como su amenaza más
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.