Cuba en: El Padrino, Parte II, cuando la mafia corta un pastel que representa la isla

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La cuestión es si el Estado cubano cuenta o no con la capacidad de aguantar lo suficiente como para alcanzar un nuevo terreno estratégico. Además de la ampliamente difundida exigencia expresada el 11 de enero —que Cuba «llegue a un acuerdo, ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE»— y de haberse mantenido el habitual tono amenazador, Trump ha dejado transparentar cierta ambivalencia sobre las perspectivas de Estados Unidos en ese sentido, quizás sobre la base de alguna evaluación realizada por los propios servicios de inteligencia estadounidenses:

No creo que sea posible ejercer mucha más presión, salvo entrar y arrasar con el lugar. Mira, los cubanos… todo su sustento, todo lo que los mantiene con vida lo tenían por Venezuela [. . .] Creo que Cuba pende de un hilo [. . .] Mira, Cuba obtenía todo su dinero por proteger [a Maduro]. Eran como protectores. Son gente dura, fuerte. Son gente estupenda. Marco tiene un poco de sangre cubana […] Creo que Cuba está realmente en serios problemas. Pero, para ser justos, hay que decir que la gente lleva muchos años diciendo eso de Cuba. Cuba lleva 25 años con problemas. Y, aunque no han caído del todo, creo que están muy cerca de hacerlo por su propia voluntad.

Fragmento de la ¿Llave al cuello? por Rob Lucas/ para Revista Jacobin/ Traducción: Rolando Prats

¿Cuenta el Estado cubano con la capacidad de aguantar lo suficiente antes de alcanzar un nuevo terreno estratégico?

A pesar de su deterioro, vale la pena recordar algunas particularidades sobre Cuba que podrían poner en tela de juicio las perspectivas de una fácil victoria de Estados Unidos.

Huelga decir que, en cualquier enfrentamiento militar directo, Estados Unidos poseería una capacidad destructiva absolutamente abrumadora; en efecto, podría «arrasar con el lugar» con suma facilidad. Pero Estados Unidos tiene un pobre historial en lo que se refiere a ganar guerras, incluso pequeñas, algo que podría estar relacionado con su dependencia de la superioridad tecnológica. Es más, en general su población se sitúa bastante a la izquierda del lobby de Miami en lo que respecta a la política hacia Cuba: una clara mayoría apoyó la apertura de la época de Obama y el fin de las sanciones. Cuba, por su parte, cuenta con un arsenal pequeño y decrépito, en su mayor parte de fabricación soviética, con algunos suministros rusos más recientes.

Sin embargo, a nivel mundial, su presupuesto militar es relativamente alto: el 4,2 % del PIB en 2020, según la última estimación publicada por la CIA (si bien cabe señalar que esa proporción del PIB puede deberse en parte a la prioridad concedida a los gastos militares en un contexto de reducción de la producción total). Según el informe de 2025 de Global Firepower, el presupuesto cubano de defensa era de 4.500 millones de dólares, lo que situaba a Cuba en el puesto 54 entre 145 países: cifra harto considerable para un país pobre con una población inferior a 10 millones de habitantes.

El historial de Cuba, en cambio, nos habla de un país dado a rendir más allá de sus capacidades: es el único país de su tamaño con un historial de campañas militares extranjeras exitosas, emprendidas por iniciativa propia y por invitación de los movimientos de liberación nacional en Angola, Guinea-Bissau y Mozambique, por no mencionar los sorprendentes logros alcanzados en materia de inteligencia contra Estados Unidos. Por supuesto, Cuba se ha estado preparando para una invasión estadounidense más o menos desde el triunfo de la Revolución.

Sus fuerzas armadas cuentan con unos 50.000 miembros en activo y están estrechamente integradas en el régimen civil del Partido Comunista, mientras que una gran parte de la población permanece nominalmente disponible para ser llamada a filas. Las fuerzas armadas gozan de un alto nivel de legitimidad entre la población cubana, pues se han mantenido al margen de la represión interna y controlan los sectores más lucrativos de la economía: turismo, finanzas, construcción, bienes inmobiliarios, etc. Y, salvo por la base estadounidense en la bahía de Guantánamo, Cuba tiene la ventaja insular de contar con fronteras naturalmente defendibles.

Aunque cualquier enfrentamiento directo entre Cuba y Estados Unidos sería claramente una pelea entre David y Goliat, un enfoque basado directamente en la presencia de «botas sobre el terreno» podría resultar costoso e impopular para Estados Unidos, factores que a menudo son decisivos para ganar una guerra. Por consiguiente, la exhortación de Trump a los cubanos para que vengan «por su propia voluntad» y «lleguen a un acuerdo» probablemente sea la vía más realista para que Estados Unidos salga victorioso.

Es intrínsecamente más difícil evaluar si parte del ejército, la burocracia o el Gobierno cubanos podrían ser receptivos a tales súplicas, como parece haber sido el caso en Venezuela; cosas que son opacas por naturaleza. El hecho de que las Fuerzas Armadas Revolucionarias controlen partes claves de la economía en un contexto de liberalización parcial y crisis general tal vez conlleve un riesgo de corrupción. La experiencia generalizada de familias divididas entre Cuba y Florida, con la inevitable comparación en términos de riqueza, podría suponer un factor subjetivo de atracción para algunos en todo el Estado cubano y las Fuerzas Armadas.

Pero no hay que subestimar la fuerza del nacionalismo cubano. En el caso de Cuba, el Estado-nación es algo prácticamente sui generis: el producto tardío no de iniciativas de la élite criolla, como fue habitual en las Américas, sino del vuelco de una lucha convencional por la independencia en una guerra social por la liberación de los esclavos, contra el telón de fondo de un último reducto de la economía de plantaciones atlántica. Ello dotó al proyecto cubano de un aspecto social mucho antes de la llegada de Fidel Castro y, además, fue en esencia eso lo que se inhibió cuando Estados Unidos invadió la isla en 1898 —con el pretexto de apoyar la independencia del pueblo cubano— para reclamar las últimas colonias de España y apoderarse de gran parte de la economía local.

Por esa razón, lo que Fernando Martínez Heredia denominó la primera y la segunda «repúblicas» de Cuba resultaron a la larga inestables: bajo la dominación estadounidense, ambas repúblicas se esforzaron por llegar a acuerdos que pudieran resolver las persistentes demandas sociales. Si bien las presiones geopolíticas han empujado durante mucho tiempo a Cuba hacia la condición de protectorado de Estados Unidos, sus fuerzas sociales, plenamente conscientes de ello, han supuesto un importante freno. Así ocurrió incluso bajo el régimen de Batista, momento —como de todos es conocido— simbolizado en El padrino, parte II, cuando la mafia corta un pastel que representa la isla.

 

En última instancia, tales tensiones pudieron resolverse mediante una revolución y la consolidación de un tipo peculiar de Estado —internacionalista, social, popular— distinto de los Estados típicos de la región. La forma arquetípica de Estado en América Latina es tan extrovertida y está tan socialmente dividida que apenas puede considerarse «nacional»: propensa a golpes de Estado, con una pequeña élite rica que controla gran parte de la economía y tiende a alinearse con los intereses extractivos extranjeros; plagada por la delincuencia y la corrupción; apenas fugazmente democrática, si fuera el caso.

Es esa una configuración de la que Cuba se salió en gran medida gracias a la Revolución, que, a pesar de sus aspectos autoritarios y burocráticos, ha mantenido durante décadas un inusual aspecto demótico y una capacidad intermitente de participación masiva. La identidad cubana es algo complejo, dada la dispersión de su diáspora y la contradicción que encarna el estrecho de Florida, pero en la medida en que siga identificándose con un territorio y una vívida experiencia de trato prepotente por parte de su vecino del norte, podrá fácilmente adoptar un cariz militante.

La identificación con las huestes mambisas, la invocación de la carga al machete, la iteración del grito de «Patria o muerte» —a menudo en los más altos niveles del Estado— no carecen de bases populares residuales. Hasta en lo más profundo de la desmoralización tras años de crisis y del desvanecimiento de la generación revolucionaria, las amenazas externas pueden atizar esos rescoldos.

La célebre afirmación de Charles Tilly según la cual «la guerra hizo al Estado» tiene, en este caso, visos de veracidad. El gobierno revolucionario tuvo que rehacer los aparatos represivos internos y las fuerzas militares externas prácticamente desde cero, bajo la amenaza inminente de una invasión estadounidense, y pudo hacerlo con una historia nacional convincente: la epopeya de la independencia, desde José Martí hasta Fidel Castro. Bajo una intensa presión, se crearon estructuras para imponer la disciplina frente a las amenazas conjuntas de la contrarrevolución interna y la intervención externa. No es de extrañar que esto diera lugar a un Estado parcialmente militar-autoritario: conviene recordar que Francia y Gran Bretaña forjaron Estados de ese tipo en sus momentos revolucionarios, por no mencionar, por supuesto, la experiencia más amplia de las revoluciones comunistas del siglo XX. Algunos aspectos del modelo estatal cubano —el monolitismo, la desconfianza hacia las corrientes críticas, la intolerancia cultural— se importaron posteriormente de una Unión Soviética ya conservadora, sin que por ello Cuba perdiera una independencia y una capacidad de actuar de forma diferente que eran artefactos de su propia dimensión anticolonial; simplemente no se puede injertar al por mayor otro modelo estatal sin bases materiales.

De hecho, si ha habido una influencia externa significativa en la formación del Estado cubano, es la presión persistente a la que ha estado sometido por Estados Unidos. Ello, sin duda, ha acentuado las tendencias hacia la consolidación autoritaria y ha obstaculizado las perspectivas de una plena participación democrática, mientras que la aceptación de migrantes por parte de Estados Unidos ha tenido el efecto perverso de proporcionar una válvula de escape a los sectores descontentos de la población, al tiempo que debilita demográficamente a Cuba.

En contraste, a pesar de la larga historia de golpes de Estado y corrupción anterior a Hugo Chávez, y de una constitución popular y democrática bajo su mandato, el Estado venezolano jamás experimentó el mismo tipo de remodelación revolucionaria. Y pese a que Chávez contó con el apoyo de Cuba para reestructurar parte del ejército y de los servicios de inteligencia, las transformaciones chavistas tuvieron un alcance más limitado. Es probable que esto haya brindado mayores oportunidades a los servicios de inteligencia estadounidenses para ganar terreno o encontrar posibles traidores con quienes negociar. Es difícil imaginar que ello valga en la misma medida en el caso de Cuba.

Sin duda, los espías han estado estudiando cuidadosamente el terreno para ver dónde podrían obrar su magia, pero puede que a los mecanismos creados precisamente para evitarlo les quede algo de vida. El ejemplo reciente de Alejandro Gil Fernández, Ministro de Economía hasta su caída en 2024, condenado por espionaje y por delitos de corrupción, malversación, soborno, evasión fiscal y blanqueo de capitales, podría ser una señal de lo que apuntamos, aunque la mezcla de acusaciones y la opacidad del proceso parecerían aconsejar no dar por sentada la veracidad de la versión oficial. Han circulado rumores sobre casos de corrupción a niveles altos y de cooptación por parte de servicios de inteligencia extranjeros, pero es difícil saber qué creer y qué no

Ahí radica el mayor peligro. Los Estados revolucionarios no permanecen inalterados con el paso del tiempo, y sus mutaciones suelen estar vinculadas a la desaparición de sus fundadores. A medida que la cohorte revolucionaria va desapareciendo, Cuba se adentra en territorio desconocido. ¿Encontrará su antiguo antagonista finalmente colaboradores adecuados o sus más recientes agresiones movilizarán a las generaciones nuevas?

Publicado originalmente en Revista Jacobinla

 

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