Caetano y el laicisismo indispensable

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El historiador y politólogo Gerardo Caetano mostró al público un folleto que recogió en una universidad brasileña; en él se definía como anticristos a Pasteur, Freud, Einstein, Adam Smith, Charles Darwin, Karl Marx, Newton, Galileo, Descartes, y otros. Así inició su intervención en una conferencia sobre “religión, género, política y laicidad”.

Trajo el folleto a colación, explicó, “porque tiene que ver con el tema de una elección en Brasil en donde el tema de la segunda vuelta no fue el demonio, sino que alguien acusara a su competidor de haber pactado con el demonio. Y quien habia acusado absurdamente fuera quien saliera a protestar dando testimonio y persuasividad respecto a su locura”.

La conferencia se realizó el 21 de noviembre, y la versión en video de su intervención y la del moderador Nicolás Iglesias ya fue publicada por La ONDA digital y está en su videoteca. Esta es la transcripción de sus palabras.

“Que en un proceso electoral del país más importante de Sudamérica, su segunda vuelta electoral tenga como uno de sus hitos una locura de este tipo, tiene que ver con el tema de hoy. Cuando lo vi, dije: esto es demasiado: religión, género, policía, laicidad. Y sin embargo, los cruces entre esto temas hacen que en puridad podamos trabajar sobre ellos como si fueran una única problemática de profundo aterrizaje contemporáneo.

El asunto es cómo se cruzan tanto, cómo convergen tanto estos cuatro ejes temáticos en este mundo contemporáneo. En este contexto, por supuesto que lo primero es mirar al mundo, incluso mirar al mundo más allá de Occidente, porque en Occidente creemos que el mundo es Occidente y que, supuestamente, el modelo a imitar es Occidente; todos los otros, se cree, se darán cuenta de eso, más tarde o más temprano.

Pero la visión de Occidente es que cuando uno dice ‘lo universal’, está hablando de lo occidental que se proyecta. Y esto, en estos temas, lo estamos viendo claramente. Y no solo en estos temas. Pero no es así, no es así; hay que re problematizar la geopolítica, incluso la geopolítica de lo religioso, porque realmente está en un proceso de transformación grande.

Lo primero que me gustaría sacar y poner arriba de la mesa, es que una de las claves de estas últimas décadas y que ha emergido entren nosotros a nivel mundial es la de nuevos sistemas de creencias. ¿Esto qué quiere decir, que emergen nuevas religiones? Tal vez si o tal vez no; lo más importante es que los sistemas de creencia, el cómo se cree, ha variado, ha variado profundamente y está variando profundamente en números característicos de estas últimas décadas.

Estamos ante la desinstitucionalización, la desimantación de lo religioso y de lo sagrado, que no necesariamente van juntos: la erupción de una nebulosa místico esotérica que se consagra en una religión, que a veces se consagra en una religión a la carta, donde uno puede ser católico, uno puede ser protestante, uno puede ser neopentecostal, para lo cual, por supuesto, es obligatorio ser laico; iba al psicólogo pero tiene un recuerdo; por supuesto que a comienzo de febrero va a Iemanjá.

Andrés Alsina

Y todo eso lo puede incorporar en un sistema de creencias en donde la clave es creer sin pertenecer. Y esto no solamente pasa a nivel de lo religioso; también pasa a nivel de la política y de otras identidades y de otras pertenencias; la idea de cómo representar en una sociedad la confianza, la idea de cómo construir identidades políticas o de cualquier índole en sociedades en donde, o bien imperan identificaciones que tienen mucho más que ver con los liderazgos encarnados, o con la volatilidad de las opiniones generadas, antes que con el arraigo de ideas, de compromisos, de asociaciones más fuertes.

Se da el crecimiento de movimientos extremistas o integristas con fondo religioso, la reformulación de las modalidades de relación entre religión y política, y podríamos abundar. Pero partamos de allí: estamos en el marco de un nuevo sistema de creencias cuya clave es precisamente creer sin pertenecer. En ese contexto, no es casual que esta nebulosa místico esotérica haya articulado tan fuertemente con la emergencia de las nuevas derechas antiglobalización; las nuevas derechas radicales. Que podemos calificar de mil formas; hay un debate entre los investigadores sobre si es necesario establecer una macro definición o si hay que aterrizar y ver sus particularidades, sus diferencias; sabiendo que tienen un fondo común, pero advirtiendo que ese fondo común admite diferencias muy importantes.

Ahí hay una de las claves ese sistema de creencias, en donde uno de los ejes, también fundamental, es creer en la asociación con identidades políticas cuya virtud, entre comillas, es la ductilidad extrema. Es la auto verdad que impera en las rede digitales: yo puedo opinar de todo en cualquier momento sin referirme a los contenidos. Y lo que de alguna manera es el objeto de mi búsqueda es un like; es justamente algo que tenga que ver no con lo que digo sino con cómo lo digo

Por supuesto, en ese contexto están quienes hoy establecen que la clave de la política se define en una guerra cultural, y buscan participar de esa lógica en donde impera la auto verdad y la post verdad; que no son lo mismo pero se articulan. Y este nuevo sistema de creencias muchas veces es movilizado desde un discurso explícito y deliberado de la mentira. La política como expresión de la mentira no es nueva, es vieja como el hombre. Lo que ocurre es, y no me canso de reiterarlo –pero eso Goebbels ya lo dijo hace 80 años– una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

Lo que sucede es que hoy, con este aparatito que tengo acá y con otros, cruzando inteligencia artificial y algoritmo con un poquito de limón, yo puedo repetir N millones de veces y en las claves más sofisticadas, mentira y mentira. Lo puedo hacer incluso sin apelación ninguna respecto al contenido y sin debate posible en donde pesen las argumentaciones. Estamos en una política en donde las percepciones imperan sobre las evidencias, y ese es un territorio especialmente sensible cuando estamos hablando del cruce entre política y religión. Yo, antes que nada, debo decir algo que pienso hace mucho tiempo –y lo digo no para provocar, pero también– gracias a Dios el Uruguay es el país más laico del mundo. Pero no creo en la Suiza de América, ni creo que las fronteras uruguayas generen una suerte de arcadia. Las pulsiones de un lado y del otro comienzan a marcar. Y no necesito decirles a ustedes que la manera de hacer política en la frontera con Brasil en donde hay departamentos en los que el principal caudillo popular –no quiero llamarle pastor– es un líder neopentecostal que está diciendo que ese fenómeno no es un fenómeno ajeno, y acá estamos en una arcadia laica que además tendríamos que discutir.

Vamos a discutir algo de eso, sí. En primer lugar, advirtámoslo, porque también esa es una tentación que tenemos: hay muchos que creen que la laicidad se asocia con la no creencia y esa es una profunda equivocación. Debo entender la historia uruguaya y debo entender a Batlle y Ordoñez, que no era católico aun cuando habia nacido en un hogar católico moderado; pero nunca fue ateo ni agnóstico, era creyente era espiritualista, era panteísta. Venía del krausismo, que era un sistema filosófico extraordinariamente complejo y en ese sentido quienes mejor lo saben son las muy virtuosas religiones protestantes que habiendo llegado en el siglo XIX simpatizaron con el batllismo. ¿Por qué?, porque el batllismo cuestionaba a la iglesia del poder sobre todo cuando la iglesia del poder era la iglesia del Estado, pero no acompañaban al batllismo cuando ese furor anticlerical se convertía en antirreligioso. Y podría dar decenas de documentos de valdenses, de metodistas, que jugaban con esa bivalencia; eran muy firmes en marcar la diferencia.

Si esto es así, si estamos en un nuevo sistema de creencias que tiene una proyección global, si estamos en un nuevo contexto en donde el creer sin pertenecer promueve que una de las dimensiones fundamentales de la política sea la guerra cultural, no es casual que desde una lectura pedestre de Gramsci, los ideólogos o los referentes de las ultra derechas o de las derechas alternativas hayan descubierto a Gramsci y haya descubierto esa dimensión de la metapolítica como una dimensión crucial para disputar los territorios contemporáneos.

¿Qué vendría a ser esa noción de la metapolítica? Es un debate filosófico, es un debate que puede o no ser religioso pero que está en sus fronteras; es un debate antropológico, es un debate que puede tener una traducción epistemológica. Y es un núcleo en donde los referentes, muchos de ellos sin una capacidad de reconocimiento en el debate ideológico, han apelado allí sin embargo una y otra vez, y se han dado y se dan fenómenos extraordinariamente complejos. Por ejemplo, (Alexandr) Dugin, el referente de Putin, hace una lectura metapolítica que es una de sus claves para propiciar el proyecto de la gran Rusia con una crítica muy fuerte al Siglo de las Luces y muy fuerte hacia Occidente.

Lo curioso es que Dugin sea un referente que también se lee en el Occidente profundo. Hay un libro que construye el debate entre Dugin y Olavo de Carvalho, otro referente fallecido de Bolsonaro. Nosotros acabamos de ver a un presidente que sacando una votación impresionante, 49.1%, en su discurso de no reconocimiento ha dicho ‘nosotros no utilizamos las metodologías de las izquierdas, nosotros somos las nuevas derechas y por eso reivindicamos Dios, patria, familia, propiedad’. Tradición y libertad era el integralismo brasileño de larga data, era la TFP (tradición, Familia y Propiedad) en los años 60. Sin lugar a dudas, en esa visión también se pueden dar circunstancias muy curiosas; por ejemplo, el éxito contemporáneo de Julius Evola.

Julius Evola era el monje negro del fascismo europeo, que buscó sus contactos con la dimensión esotérica del nazismo y que tuvo más éxito allí. Pero lo más curioso es lo que pasó después; fue enjuiciado por sus orientaciones en una perspectiva de ruptura institucional. Y aunque murió en 1974, siguió inspirando a las ultra derechas europeas. Y hoy, 50 años después, viene a ser objeto de lectura entre estas derechas alternativas y manejaba eso: lo místico, lo esotérico; esa nebulosa que confronta la concepción de la laicidad. Advirtámoslo, la laicidad es una concepción que nosotros tendemos a naturalizar, pero que es bastante rara en el mundo sobre todo en el mundo de hoy. La  gran profecía positivista de Comte respecto a que el incremento de la ciencia y de la razón iba a traer un decrecimiento de la creencia hoy compite junto a Fukuyama por el puesto del peor profeta; Fukuyama, que a finales del siglo 20 pronosticaba tiempo aburridos y que se habia terminado la historia.

No es cierto que el incremento de la ciencia y el incremento de la razón traigan un decrecimiento de la creencia. No es cierto y nunca fue cierto. La laicidad es la separación de lo religioso de la dimensión de lo religioso y lo político. No es lo mismo que ‘secularización’, que se refiere al lugar de lo religioso en las sociedades; son dos cosas distintas que no son compatibles.

Por ejemplo, México tiene todavía una institucionalidad laica; es una sociedad con poca presencia religiosa. El Uruguay, durante mucho tiempo, fue una sociedad laica con poca presencia religiosa. Sin embargo, ¿qué es lo que revelan las encuestas más contemporáneas? Que la mayoría de los uruguayos participa de este nuevo sistema de creencias y  la mayoría cree en Dios. No es casual que sea el eje de esa corriente del tradicionalismo a la que pertenecen. Les recomiendo el libro de BenjamínTeitelbaum La guerra por la eternidad, que justamente incorpora este debate, este cruce de ideas entre Dugin y Olavo Carvalho antes de que éste muriera, con Steve Bannon. Esto es muy importante: Steve Bannon, uno de los grandes asesores del trumpismo, que no es alguien a quien le importe la fe; lo que le importa es cómo construir una política que alimente una posición rupturista y de extrema derecha como es la del trumpismo y asumió lo que se daba a llamar ‘la doctrina Bieber’.

¿Qué es la doctrina Bieber? Es polarizar a las sociedades en lógicas irreductibles, que no puedan ser negociables. Y cuando se ha pulverizado a la sociedad en torno a esa lógica de polarización neta, recoger los fragmentos y orientar un proyecto ¿No reconocen esa doctrina? Está muy vigente a nivel internacional e incluso en nuestro suave y ondulado país hay algo de eso.  El eje del tradicionalismo refiere a centralidad de la metapolítica, y refiere la centralidad de estos fundamentos metafísicos y filosóficos de la guerra cultural.

No creamos que esta guerra cultural es simplemente la política del coaching, y es simplemente gestionismo sin lectura. Sí, puede ser eso, pero además es muchas otras cosas, y podría hablar de múltiples fenómenos que en el Uruguay revelan que, a pesar de todo, en el Uruguay pasan estas cosas; pero obviamente en Brasil pasa muchos más, en Colombia pasa mucho más, en México pasa muchísimo más, en Centroamérica pasa muchísimo más. Por supuesto que también cruza con la visión de que la gran revolución  progresista de nuestro tiempo, que es la revolución de género, está por supuesto en el núcleo de esta guerra cultural. Y se refieren a esto como la pugna por el retorno a la naturalidad, a la naturaleza, al derecho natural: hombre, hombre, mujer, mujer y una ruptura de la diversidad.

Y en este eje, la laicidad es ahora una condición absolutamente indispensable a una propuesta progresista. No la ley de la laicidad como la no creencia, no la laicidad como una suerte de naturalización respecto a ‘qué bueno el compañero que cree, y bien, no terminó de entender bien las cosas’. No, esta es una visión de laicidad arcaica y absolutamente contradictoria con una pugna progresista y una agenda progresista en el mundo contemporáneo. Es regalar uno de los núcleos fundamentales de la disputa de esta guerra cultural a aquellos que creerán o no creerán, pero lo que buscan es otra cosa.

 Y en esa búsqueda puede haber distintas cosas, puede haber la acusación contra la llamada ideología de género, o puede haber la teología de la prosperidad, que es difícil de descubrir, eh ¿En dónde? A la uruguaya, el evangelio estaría diciendo que para que haya menos pobres los ricos tiene que ser más ricos. Más de una vez he discutido la idea de que esa filosofía de la mesocracia uruguaya, en donde el país modelo es un país donde los pobres son menos pobres y los ricos son menos ricos. Por supuesto que eso estaba. no digo en la orientación de un capitalismo pujante y dinámico, pero sí en el señalamiento de que, pucha, esta fórmula puede articular muy bien con una visión filosófica que se acerque al batllismo histórico.

Y algo de eso hay, yo puedo dar fe. Mi padre era católico y batllista, mi madre era blanca y católica, mis hermanos por supuesto revolucionarios yo hermano menor y creyentes, sobre todo uno, en términos radicales. Yo creo que hay que debatir sobre la laicidad. Pues la laicidad es una condición indispensable para el avance de propuestas progresistas en todo el mundo, pero particularmente en América Latina, donde estamos viendo una reformulación del mapa religioso radical desde hace mucho tiemp. El continente católico está dejando de serlo desde hace décadas, y hay una emergencia no del protestantismo –no hay que traducir neopentecostales protestantes– sino de otra orientación con otros ejes.

En esa perspectiva, si en América Latina en los tiempos de la guerra cultural, en los tiempos de la doctrina Bieber, las fuerzas progresistas entienden  que el avance de visiones transformadoras que tengan el eje de la racionalidad van en contra de cualquier noción de creencia, va a ser muy difícil discutir contra aquellos que, aprovechando estos tiempos, acusan al adversario de haber hecho un pacto con el demonio, o en las universidades circula la lista de los anticristos que en el siglo XXI continúan desnorteando a la humanidad.

Por eso, sigo pensando que la laicidad es el núcleo de una propuesta progresista. Y ante  cualquier propuesta progresista de una visión de democracia radical contemporánea, no concibo una construcción democrática en donde la religión defina a la política. No me interesa si en un sentido o en otro; religión y política tienen sus dimensiones. Pero tiene que haber un pacto para el disenso, en donde los que creen y los que no creen en este nuevo sistema de creencias tengan absoluta libertad para profesar públicamente lo que sienten, lo que piensan y lo que razonan. No dejemos, y esto lo digo desde el corazón, no dejemos valores claves, y sería absurdo que aceptáramos, por ejemplo y tal como dijo este filosofo Bolsonaro, la libertad es de las derechas. No tampoco la igualdad y mucho menos la solidaridad, que es el principio más revolucionario de la Revolución Francesa.

En ese concepto hay que reconceptualizar bien los vínculos entre religión y política desde una visión de laicidades de reconocimiento, y con la apertura democrática como parámetro. No entrar en esta guerra cultural para utilizar el algoritmo de la forma en que ellos la utilizan; eso sería una derrota. Pero para dar esa disputa bien, incluso allí donde se da por ejemplo en las redes, sin claudicar de estos principios fundamentales, yo creo que esa laicidad bien entendida, la laicidad del conocimiento –y esta es la principal señal que quisiera dar– es la condición indispensable para un progresismo del siglo XXI.

 

 

 

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