Como la fabricación de artefactos para matar desde el aire con dirección a distancia se ha vuelto uno de los negocios más rentables de todos los tiempos.
Los drones o vehículos aéreos no tripulados no son precisamente una novedad. Por estas latitudes hace tiempo que se utilizan en la agropecuaria, para controlar sembrados, pasturas, plantaciones y animales, para mover medicamentos e insumos y otra serie de fines prácticos. Los drones también se utilizan para fines de vigilancia y se ha anunciado su empleo con fines de ordenamiento territorial y catastrales. Incluso un sociópata de mi barrio utilizó un dron para molestar a todo el vecindario hasta que la policía le obligó a aterrizarlo definitivamente.

El origen del nombre proviene del inglés y es onomatopéyico porque, en tanto verbo, drone significa zumbar como podría hacerlo un abejorro y por extensión se aplicó al sonido de los artefactos voladores. Estos precedieron al uso pacífico y se remontan a mediados del siglo XIX cuando los austríacos utilizaron una especie de globos bomba para atacar a Venecia, en 1849. Durante la Primera Guerra Mundial se desarrollaron algunos aparatos no tripulados, similares a los primeros aviones de combate en tanto eran frágiles estructuras de madera, tela y alambres, pero su uso era muy limitado y no participaron en los duelos en que se enzarzaron los primeros aviadores.
La idea de matar desde el aire fue especialmente cultivada en las guerras coloniales. El primer antecedente conocido en tal sentido, es el de un aviador italiano que en 1911 inauguró la modalidad de arrojar bombas de mano sobre los libios que combatían dirigidos por los otomanos. El apogeo del terror llegó en 1935 cuando los fascistas atacaron a Etiopía, la Real Fuerza Aérea italiana se especializó en ametrallar y lanzar gas mostaza y otros venenos químicos contra la población civil, las fuentes de agua potable, escuelas y hospitales.
Los pequeños aviones sin tripulantes fueron usados durante la Guerra de Vietnam en misiones de vigilancia. Durante la Guerra del Golfo (1990-1991) Estados Unidos utilizó drones en gran escala en su ataque a Irak. Israel lo ha utilizado en todas sus versiones durante años. Sin embargo la explosión de los drones, para convertirse en los protagonistas de la guerra de bajo costo de la actualidad se produjo a partir del ataque de Rusia a Ucrania. Veamos algunas cifras acerca del protagonismo de los drones. En el año 2022, los drones fueron causa del 10% de las bajas que se produjeron en Ucrania pero el año pasado esa tasa se elevó al 80%. Entre tanto los observadores del conflicto aseguran que la destrucción de equipos que sufrieron los rusos se ha producido debido a los aparatos aéreos sin piloto.
En los últimos años, la mejora de las cámaras que permiten una visualización muy superior, así como el perfeccionamiento en la capacidad para portar armamento, misiles y explosivos, y la incorporación de inteligencia artificial para mejorar la dirección y agilidad han transformado a los drones a el arma por excelencia para la guerra de bajo costo. En los enfrentamientos asimétricos, los drones son decisivos. Por ejemplo, se insiste en que el costo de producción estimado del dron de ataque iraní Shahed I36 oscila entre los 20.000 y los 30.000 dólares. El costo del super avión de combate F-35, a precio de liquidación, es de 80 lillones de dólarees.

En tanto, el precio de cada misil interceptor Patriot (clave en las defensas de origen estadounidense) es de 3 millones de dólares y muchas veces derribar un dron de ataque requiere lanzar dos o tres Patriot. Por otra parte, mantener en vuelo un caza F-16 cuesta 25.000 dólares por hora a lo que hay que agregar que por cada hora de vuelo de los caza bombarderos actuales (F-16, F-18 y F-35) se requieren 30 horas de mantenimiento en tierra. Si bien la velocidad de crucero de un dron Shahed I36 es la quinta parte de la de un F-35 la intercepción no está garantizada. Además, cada misil de crucero Tomahawk estadounidense también tiene un costo elevado, superior a los 3 millones de dólares. Toda esta información es producto de una recopilación realizada por el Instituto Atlas de Asuntos Internacionales y el Financial Times, entre otras fuentes.
EL mercado de los drones presenta una gran brecha entre la oferta y la demanda. Muchos los quieren pocos son los proveedores. Entre tanto, las grandes empresas armamentísticas estadounidenses tienen problemas para reemplazar los principales interceptores con suficiente rapidez. Mientras en Ucrania se han planteado la construcción de 7 millones de drones para este año (aunque ya produjeron entre dos y medio y cuatro millones el año pasado), la producción estadounidense del misil Patriot ha previsto 650 para el año 2027 y la producción actual para el sistema de defensa de gran altitud (Terminal High Altitude Area Defense) de 96 unidades se llevaría a 400 en el mismo periodo.
La explicación de esta lentitud ante la extraordinaria proliferación de los drones, se atribuye al hecho de que las grandes corporaciones del complejo militar industrial de los Estados Unidos no están interesadas en los drones de bajo costo sino que están apuntando a proyectos de un futuro próximo con márgenes de ganancia muy superiores por unidad, como los cazas sin pilotos y las naves sin tripulación, que con un costo de cientos y miles de millones de dólares por unidad les resultan más atractivas. Se estima que este mercado de armamentos autónomos para operar en tierra, mar y aire que superó los 47.000 millones de dólares el año pasado alcanzará a los 98.000 millones en unos siete años más, sobre todo debido al impulso que ha dado la administración de Trump.
Además, a comienzos del siglo, la industria armamentística ya se había inclinado por aviones sin tripulantes grandes y costosos, por ejemplo el Predator MQ-1 que entró en funciones en 1995 y fue empleado sobre todo en Afganistán. Este aparato producido por General Atomics, la empresa líder del sector (facturó 3.200 millones de dólares el año pasado) cuesta más de 5 millones y los militares lo prefieren por su capacidad para actuar a larga distancia (más de 750 kilómetros de su base) manteniéndose en vuelo por más de diez horas antes de regresar y después de haber disparado sus misiles. Este aparato fue reemplazado por el llamado Reaper MQ-9, producido por la misma compañía. Se trata de un aparato sin tripulantes mucho más grande y de autonomía aún mayor que naturalmente cuesta más de 30 millones de dólares por aparato y el sistema íntegro de cuatro aparatos y central de control cuesta más de 120 millones. Desde su incorporación en el 2007 y durante diez años, los drones misilísticos como el Reaper fueron monopolizados por los Estados Unidos (los usaban la Fuerza Aérea y la CIA). Actualmente también los utilizan Gran Bretaña, Italia y España.

Los israelíes produjeron dos grandes drones similares al Reaper, llamados Hermes y Heron. Les surgió competencia en Turquía con la empresa Baykar, fundada por el yerno de Erdogan. Con su dron TB2, los turcos se han impuesto en 36 países y lo han empleado mucho los ucranianos. El dron turco es de características similares al estadounidense (altura media, gran autonomía) pero cuesta seis veces menos y su capacidad de carga es la décima parte de la del Reaper.
Sin embargo, todos estos aparatos ya son historia antigua. Todos son lentos, fácilmente visibles y captados por el radar, muy vulnerables ante cualquier proyectil tierra aire. Se dice que en los primeros días del ataque de los Estados Unidos e Israel contra Irán (desde el 28 de febrero) cada uno de los atacantes perdió más de 20 de estos armatostes. En la historia actual estos drones han sido superados y los reemplazos se desarrollaron durante la guerra entre Ucrania y Rusia cuando se desarrollaron nuevos tipos de drones. Los rusos adoptaron y mejoraron el Shahid iraní de lo que resultó una temible obra maestra de la eficiencia, un dron con un alcance de dos mil kilómetros, muy difícil de descubrir y de gran precisión, todo con un costo inferior a los 25.000 euros.
Una pequeña empresa estadounidense copió el dron ruso, la Spektre Works, y su dron llamado Lucas cuesta 35.000 dólares, casi una centésima del Tomahawk. Los ucranianos han desarrollado decenas de modelos, por parte de pequeños talleres que han proliferado desde el 2022. La mayoría financiados y en conexión con empresas estadounidenses distintas que los gigantes de la industria armamentística Lockheed Martin, Raytheon o Boeing. La principal de estas nuevas empresas es Project Eagle, creada por el ex Gerente General (CEO) de Google, Erich Schmidt. La más renombrada es Anduril (como se llamaba la espada del Señor de los Anillos). Esta es financiada por Palantir de Pieter Thiel.
Estas empresas se alinean con los profetas de la República Tecnológica que es el título del libro fundacional de Alex Karp, socio de Palantir, que promueve una política basada en la supremacía de Silicon Valley convertido en una especie de orden tecnofeudal. Su política empresarial se apoya en tres pilares: tiempos abreviados entre lo pedido y su entrega operativa (superando la lentitud de la administración estatal); limitación de costos apoyada en el uso de componentes provenientes del mercado de bienes electrónicos de consumo. Finalmente el uso más intensivo de inteligencia artificial.
Estas nuevas empresas están muy bien financiadas; se dice que los inversionistas hacen cola para participar y como en las últimas semanas todas las monarquías tribales autoritarias del Golfo Pérsico han salido a la desesperada a golpear puertas por todo el mundo para proveerse de miles de drones anti dron, las ventas son fabulosas. Según parece, a nivel mundial las únicas empresas capaces de satisfacer esta demanda son Project Eagle y Anduril. La primera de estas ya ha enviado al Oriente Medio diez mil drones para proteger las bases estadounidenses que han sido muy golpeadas por los iraníes.
Los europeos, por su parte, están reaccionando con dificultad ante la demanda de drones. Según parece la empresa bávara Tytan ha obtenido financiación de la OTAN para transformar líneas de montaje automotriz en cadenas de producción de drones. Otras empresas como la británica Cambridge Aerospace y la estonia Frankeburg están empezando a trabajar. Otras como la alemana Quantum Systems que produce aeronaves teleguiadas de reconocimiento está interactuando con una empresa ucraniana y otra holandesa. Hay empresas italianas trabajando en acuerdo con los turcos de Baykar.
En todo caso, la tendencia al auge de los drones baratos (low cost) se intensifica no solamente por razones de costos. Las guerras son terriblemente costosas y beneficiosas para los proveedores, de modo que sobre los cielos del Donbas, por ejemplo, están siempre presentes unos pequeños drones bomba, hechos con componentes chinos y estampados en impresoras 3D que se consiguen por mil o dos mil euros cada uno. En estos casos los márgenes de ganancia son mínimos pero la experiencia bélica en Ucrania ha demostrado que cada seis meses se producen nuevas innovaciones y perfeccionamientos que dejaran atrás rápidamente a los tipos de drones más requeridos. Esto hace que la demanda sea cautelosa y en pequeñas cantidades porque nadie quiere invertir en aparatos que pueden llegar a ser obsoletos aún antes de ser utilizados. Esto hace que la forma de proveerse de los drones y los contratos para su fabricación estén en constante revisión.
En suma, ganancias fabulosas pero en dos velocidades, una de corto plazo y otra apuntada a un futuro en que los operativos pie a tierra cada vez serán más breves y sangrientos controlados desde el cielo con aparatos autónomos, inteligencia artificial y satelital y desde el mar con aves sin tripulantes humanos.
Lic. Fernando Britos V.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.