Abismo: Cuando el Norte descubre que también es el Sur»

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  Por Humberto del Pozo López /El 21 de enero de 2026, en Davos, el Primer Ministro canadiense Mark Carney pronunció un discurso que define una era. Ante la presión implacable de la administración Trump —desde amenazas arancelarias hasta insinuaciones sobre el estatus de provincia estadounidense— Carney articuló una respuesta de lucidez diagnóstica notable. Su llamado a «quitar el cartel de la ventana», a dejar de «vivir dentro de la mentira» del orden internacional basado en reglas, representa un momento de honestidad brutal.

Discurso de Davos y las contradicciones de la soberanía liberal.»Canadá en el Abismo: Cuando el Norte Descubre que También es el Sur»

Sin embargo, su proyecto de «realismo basado en valores» revela tanto las posibilidades como las limitaciones estructurales de las potencias medias en un sistema imperial que ha dejado de disimular su naturaleza.

I. LA RUPTURA DEL CONSENSO: CUANDO LA CORTESÍA IMPERIAL SE EVAPORA
Carney tiene razón en su diagnóstico central: estamos ante una ruptura, no una transición. Durante décadas, Canadá prosperó bajo lo que llamábamos «orden internacional basado en reglas». Este orden era, como Carney reconoce, «parcialmente falso». Los poderosos se eximían cuando les convenía.

Las reglas comerciales operaban con asimetría sistemática. El derecho internacional funcionaba con rigor variable según quién fuera acusado o víctima.

Esta ficción, sin embargo, era funcional. Permitía a Canadá cultivar una identidad nacional basada en el excepcionalismo liberal: más educado, más multicultural, más respetuoso del derecho internacional que su vecino del sur. Esta narrativa funcionó mientras Washington no la cuestionó. Era una hegemonía cultural subsidiaria: Canadá podía proyectar valores progresistas precisamente porque no desafiaba estructuralmente los intereses imperiales.

Trudeau personificó esta excepcionalidad: joven, carismático, defensor de refugiados, feminista declarado. Pero esa diferenciación siempre fue condicional, arraigada no en valores superiores sino en condiciones materiales específicas: economía integrada al 75% con Estados Unidos, frontera militarmente indefendible, recursos naturales (petróleo, gas, minerales, agua) que Washington considera estratégicos.

Las amenazas de Trump no son exabruptos personales. Son operaciones hegemónicas profundas: Desacralización de la soberanía: Nombrar explícitamente la absorción territorial normaliza lo impensable.

Prueba de correlación de fuerzas: Si Canadá puede ser humillado públicamente sin consecuencias, Washington confirma su poder discrecional.

Disciplinamiento de élites: El mensaje es transparente: su prosperidad depende de nuestra benevolencia.

Señalización hemisférica: Si hasta Canadá puede ser tratado como provincia insubordinada, ningún país del continente está protegido.

II. «QUITAR EL CARTEL»: LA HONESTIDAD COMO PRIMER PASO NECESARIO
La mayor contribución del discurso es su llamado a la honestidad radical. Invocando al disidente checo Václav Havel, Carney describe cómo el viejo orden se sostenía: como el tendero que cada mañana coloca el cartel «¡Proletarios del mundo, uníos!» sin creerlo, los países participaban en rituales vacíos para evitar problemas, señalar sumisión, salir adelante.

«Vivir dentro de la mentira», lo llamó Havel. El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la voluntad colectiva de actuar como si fuera verdadero. Y su fragilidad provenía de la misma fuente: cuando alguien deja de actuar, cuando el tendero quita su cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse.

Carney está quitando el cartel canadiense. Está nombrando realidades: el orden basado en reglas es ficción gastada, la integración económica se convirtió en arma de coerción, las instituciones multilaterales están «muy disminuidas», los hegemones usan la infraestructura financiera como instrumento de chantaje.

Este acto de honestidad es necesario. La pregunta es: después de quitar el cartel, ¿qué se construye en su lugar?

II. EL PROYECTO DE CARNEY: REALISMO BASADO EN VALORES
La respuesta de Carney es lo que llama «realismo basado en valores»: ser principista en compromisos fundamentales (soberanía, integridad territorial, derechos humanos) pero pragmático al reconocer que los intereses divergen, que no todos los socios comparten valores, que el progreso es incremental.

Su estrategia tiene tres pilares:
1. CONSTRUCCIÓN DE FUERZA INTERNA
– Reducción de impuestos sobre renta, ganancias de capital e inversión empresarial
– Eliminación de barreras al comercio interprovincial
– Aceleración de un billón de dólares en inversión (energía, IA, minerales críticos)
– Duplicación del gasto en defensa para 2030

2. DIVERSIFICACIÓN ESTRATÉGICA INTERNACIONAL
– Asociación estratégica integral con la Unión Europea
– Doce nuevos acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes
– Nuevas asociaciones con China y Qatar
– Negociaciones con India, ASEAN, Tailandia, Filipinas, Mercosur

3. GEOMETRÍA VARIABLE EN COALICIONES
– Coalición sobre Ucrania
– Apoyo firme a Groenlandia contra presiones estadounidenses
– Puente comercial entre Asociación Transpacífica y Unión Europea
– Clubes de compradores de minerales críticos anclados en el G7

Es un proyecto impresionante de autonomía estratégica liberal. Pero opera completamente dentro de la lógica que critica.

IV. LAS CONTRADICCIONES ESTRUCTURALES DEL REALISMO LIBERAL
PRIMERA CONTRADICCIÓN: La trampa de la integración profunda
Carney reconoce que «la integración económica extrema» creó vulnerabilidades explotables. Pero su respuesta —diversificar socios comerciales— no resuelve la dependencia fundamental. Canadá exporta el 75% al mercado estadounidense. Esa infraestructura (oleoductos, ferrocarriles, redes de distribución) fue construida durante décadas para ese mercado específico. No puede reorientarse sin costos económicos devastadores en el plazo en que Trump amenaza con aranceles inmediatos.

Diversificar hacia Europa, India o ASEAN es prudente a largo plazo. Pero cuando el barco se hunde, construir botes salvavidas alternativos toma décadas que la crisis no concede.
SEGUNDA CONTRADICCIÓN: Los límites de la legitimidad sin poder material
Carney propone que las potencias medias «no deben permitir que el ascenso del poder duro las ciegue al hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si eligen ejercerlo juntas».

Esto asume que la legitimidad tiene poder material cuando los hegemones han decidido prescindir de ella. Pero la legitimidad solo importa cuando los poderosos necesitan justificar sus acciones. Cuando Trump decide que esa justificación ya no es necesaria, invocar legitimidad sin capacidad de imponerla se convierte precisamente en el ritual vacío que Carney critica.

TERCERA CONTRADICCIÓN: La fragmentación del bloque histórico
El proyecto requiere que la élite económica canadiense acepte costos de corto plazo (incertidumbre comercial, inversión en defensa, posibles represalias) en nombre de autonomía futura. Pero esa élite —sector energético de Alberta, agronegocio, manufactura automotriz, minería— está estructuralmente integrada al mercado estadounidense. Para ellos, cualquier confrontación con Washington es inaceptable.

Carney intenta construir soberanía con una clase dominante que nunca fue soberanista. Su modelo siempre fue: máxima integración económica con Estados Unidos, mínima diferenciación simbólica. Carney está atrapado: no puede satisfacer simultáneamente a la élite económica que exige acomodamiento y a la base progresista que exige resistencia.

V. LA FORTALEZA ILUSTRADA: LÓGICA KURGAN CON VALORES LIBERALES
El proyecto de Carney, por sofisticado que sea, opera desde lo que podríamos llamar la lógica de la fortaleza ilustrada: el patrón civilizatorio que asume un mundo inherentemente amenazante donde solo los fuertes sobreviven.

Esta lógica —que podemos rastrear a las culturas esteparias que se expandieron hace 6.000 años— se caracteriza por domesticación como control, acumulación mediante extracción, competencia permanente por posición, y defensa absoluta de recursos.
Carney acepta este marco pero intenta humanizarlo con valores liberales. Su llamado a «construir fuerza en casa» reproduce la lógica de la fortaleza. Su «geometría variable» es competencia por alianzas. Su «autonomía estratégica» es preparación para un mundo de depredadores.

Es la versión ilustrada del guerrero: acumula recursos, teje alianzas estratégicas, pero mantiene intacta la premisa de que el mundo es peligroso y solo los fuertes sobreviven. Esto mantiene al sistema colectivo en estado de alerta defensiva permanente que agota la energía social.

VI. LO QUE CARNEY NO NOMBRA: LA COMPLICIDAD COLONIAL
El discurso de Carney es notablemente silencioso sobre una dimensión crítica: el papel de Canadá mismo como poder colonial. Habla de defender la soberanía de Groenlandia, pero no menciona la soberanía violada de los pueblos originarios canadienses. Critica la weaponización de la integración económica, pero no reconoce la participación canadiense en esa weaponización contra el Sur Global.

Esta ceguera no es accidental. Reconocer la complicidad colonial requeriría admitir que la «excepcionalidad liberal» fue funcional al imperio. Que Canadá fue socio privilegiado precisamente porque participaba en la extracción: de recursos del Sur Global, de territorios indígenas, de trabajo migrante precarizado.

Carney quiere que Canadá lidere un nuevo orden de potencias medias, pero sin confrontar que Canadá llegó a ser potencia media mediante su participación en el orden colonial. Quiere solidaridad entre países intermedios, pero sin reconocer las jerarquías que él mismo reproduce cuando negocia «con los ojos abiertos» con China mientras mantiene sanciones contra Venezuela.

VII. LA OPCIÓN NO CONSIDERADA: RECONOCERSE COMO SUR
El discurso menciona cooperación con potencias medias: Europa, países del G7, posiblemente India. Está notablemente ausente cualquier mención a solidaridad con América Latina, África o la mayor parte de Asia. Su «geometría variable» sigue operando dentro de los clubes exclusivos del Norte global.

¿Qué implicaría que Canadá se reconociera como parte del Sur, no del Norte? Que admitiera compartir con México, Colombia, Brasil una vulnerabilidad común frente al imperio. Esto requeriría transformaciones profundas: reconocimiento de complicidad colonial, transferencia de tecnología sin condiciones neocoloniales, construcción de autosuficiencia hemisférica coordinada, seguridad colectiva anti-imperial, modelo económico basado en cuidado y no en extracción.

Pero esto exigiría que Canadá renuncie al excepcionalismo liberal que define su identidad nacional. Requeriría solidaridad con países que históricamente miró con condescendencia civilizatoria. Requeriría admitir que la prosperidad canadiense tiene raíces en la misma lógica imperial que ahora lo amenaza.

Sin embargo, debemos reconocer las limitaciones de esta visión. El «Sur Global» no es un bloque coherente y solidario: está profundamente fragmentado por gobiernos alineados con diferentes potencias, regímenes autoritarios, economías extractivistas, conflictos internos y rivalidades regionales. Proyectar unidad donde apenas existe coordinación mínima frente a amenazas comunes sería repetir el error de idealizar un orden inexistente.

VIII. LAS TRES OPCIONES REALES (MÁS ALLÁ DE LA RETÓRICA)
A pesar de su retórica de autonomía, Carney enfrenta opciones limitadas:

OPCIÓN 1: Capitulación Hegemónica Progresiva

Los hechos revelan movimiento en esta dirección: nuevas «asociaciones estratégicas» que probablemente implican concesiones, duplicación del gasto militar que fortalece integración con el complejo industrial-militar estadounidense, diversificación comercial que mantiene dependencia fundamental.

Esta es una revolución pasiva: mantener formalmente independencia mientras se vacía de contenido soberano. Gestionar la derrota con retórica de autonomía.

OPCIÓN 2: Repliegue Táctico con Preservación Simbólica

La opción más probable: ceder en lo económico y geopolítico esencial, pero preservar espacios de diferenciación simbólica que no irritan estructuralmente a Washington. Esto permite aparecer como estadista pragmático mientras la soberanía se erosiona gradualmente.

OPCIÓN 3: Transformación Radical

La vía hacia soberanía real, pero que requeriría ruptura con élite económica integrada, solidaridad efectiva con regiones vulnerables, disposición a costos inmediatos severos, tiempo que la presión no concede, y aliados regionales fragmentados.

Aquí encontramos la contradicción central de cualquier crítica radical: si Trump actúa con velocidad brutal y la respuesta estructural toma décadas, entonces la única acción posible en el corto plazo es precisamente la gestión inteligente de la vulnerabilidad que Carney emprende. Criticar esa gestión sin ofrecer estrategia de resistencia efectiva en el presente es ejercicio intelectual, no análisis político viable.

IX. EL ESPEJO BRUTAL: LECCIONES PARA EL HEMISFERIO

La crisis de Carney es momento pedagógico para todo el hemisferio:
La excepcionalidad civilizatoria es ilusión hegemónica. Canadá creyó que su desarrollo e integración al club occidental lo protegían. Descubre que cuando el imperio necesita recursos o disciplina, ninguna cortesía civilizatoria sobrevive.

La integración económica profunda es trampa de dependencia. El modelo generó prosperidad pero también vulnerabilidad absoluta. Esa dependencia es cadena que Washington tensa cuando considera necesario.

La soberanía sin capacidad material de defenderla es ficción jurídica. Canadá tiene todas las instituciones formales de Estado soberano, pero cuando Washington presiona, son decorativas.
Sin coordinación regional, cada país será disciplinado individualmente. México enfrenta amenazas de invasión. Colombia negocia repliegue. Canadá es humillado públicamente. Sin bloque regional, cada país será devorado en soledad.

Canadá descubre, tardíamente, que comparte con América Latina una condición común: la soberanía subordinada del hemisferio. La diferencia era solo el grado de cortesía con que se administraba. Trump ha decidido que la cortesía ya no es necesaria.

X. LA ESTACA QUE SOLO PUEDE FORJARSE COLECTIVAMENTE
La metáfora de la estaca contra el vampiro adquiere dimensión trágica: Carney tiene uno de los diagnósticos más fríos del hemisferio, pero el martillo para transformar esa claridad en poder material no está en sus manos.

El «yunque frío» es su honestidad brutal sobre la ruptura. El «martillo» —la capacidad de transformar esa lucidez en autonomía real— requiere lo que Canadá no posee: voluntad para enfrentar costos inmediatos, alternativas comerciales que tardan décadas, aliados estratégicos dispuestos a absorber costos por solidaridad, capacidad de resistir durante transición.

La única estaca efectiva sería colectiva y hemisférica: una alianza desde México hasta Argentina que reconozca vulnerabilidad común y construya autosuficiencia coordinada. Pero esto requiere que Canadá se reconozca como parte del Sur. Que renuncie al excepcionalismo liberal. Que practique solidaridad con países que históricamente miró con condescendencia.

Sin embargo, debemos ser honestos sobre las limitaciones de esta propuesta. Exigir coherencia moral radical a Canadá mientras se omite crítica a gobiernos del Sur que participan en lógicas depredadoras —criminalizando migrantes, destruyendo ecosistemas, violando derechos humanos bajo retórica antiimperialista— es aplicar estándares selectivos. La crítica debe ser equitativa o pierde legitimidad.

Además, la metáfora misma de la «estaca colectiva» que «atraviesa el corazón imperial» reproduce la lógica de confrontación, dominio y defensa territorial que pretende superar. No abandona la lógica de la fortaleza; solo la traslada del plano nacional al hemisférico. Critica la acumulación de poder… pero llama a acumular poder colectivo para imponer costos al imperio. Es la misma lógica con otro sujeto.

CONCLUSIÓN: HONESTIDAD SIN ILUSIONES
El discurso de Carney en Davos quedará como testimonio de un momento de lucidez dentro de un sistema en colapso. Su diagnóstico es impecable: el orden liberal era parcialmente falso, la integración se convirtió en arma, las instituciones multilaterales están disminuidas.

Su prescripción, sin embargo, revela los límites del liberalismo ilustrado: administrar mejor la crisis sistémica sin transformar las estructuras que la generan. Construir fortalezas más inteligentes sin cuestionar la lógica de la fortaleza. Tejer alianzas estratégicas sin reconocer la herida colonial que fragmenta al hemisferio.

Carney quiere que Canadá quite el cartel de la ventana, pero lo reemplaza con otro mejor diseñado. El viejo cartel decía: «Creemos en el orden basado en reglas». El nuevo dice: «Construimos autonomía estratégica mediante geometría variable». Ambos evitan nombrar la verdad más profunda: sin transformación que supere la lógica de dominación, sin reparación del trauma colonial, sin solidaridad efectiva más allá de los clubes exclusivos, la soberanía de las potencias medias seguirá siendo concesión revocable, no derecho inalienable.

Pero debemos reconocer también los límites de cualquier crítica radical que no confronte sus propias contradicciones. Denunciar el imperialismo sin reflexionar sobre la propia inserción en redes que dependen del orden global criticado. Proponer transformaciones que se reconocen imposibles por falta de condiciones materiales. Idealizar alternativas sin someterlas al mismo escrutinio que se aplica al sistema vigente. Romantizar la soberanía como estado puro cuando toda soberanía histórica ha sido producto de interdependencias, violencias fundacionales y compromisos impuros.

La lección para el hemisferio es brutal pero clarificadora: el vampiro imperial no distingue entre vecinos civilizados y bárbaros cuando su hambre aprieta. La cortesía con que trata a cada uno varía, pero la subordinación que exige es la misma.

La pregunta es si Canadá, acostumbrado a mirarse en el espejo del Norte privilegiado, tiene el coraje de reconocerse en el reflejo del Sur subordinado. Pero también debemos preguntarnos: ¿tenemos nosotros, los críticos, el coraje de reconocer que nuestras propias propuestas operan frecuentemente en el mismo terreno de idealización que denunciamos?

Porque después de Canadá, el vampiro seguirá hambriento. Cuando hasta el vecino más integrado, más obediente, más «civilizado» puede ser humillado públicamente sin consecuencias, nadie en el hemisferio está a salvo.

La única inmunidad posible sería colectiva. La única soberanía real sería la construida desde el reconocimiento de vulnerabilidad común. Pero reconocer esta verdad no nos exime de confrontar las ambigüedades, fragmentaciones y complicidades que atraviesan a todos los actores —incluidos aquellos que invocan la resistencia.

Solo desde esa honestidad sin ilusiones —que no idealiza ni al Norte ni al Sur, ni al imperio ni a sus resistencias— podemos comenzar a construir alternativas que no repitan compulsivamente los patrones que pretenden superar.

Por Humberto del Pozo López
Psicoanalista y cientista social
Fuente Red facebook.com/

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