En el taxi, de camino al Sodre, recibí el cuarto mensaje de Brian, el amigo con el que iba a ver «La ópera Carmen«:
-Estoy allí en media hora -me dijo-. ¿Viste que Nancy Fabiola está en el elenco?
La habíamos escuchado recientemente en casa, interpretando la bellísima zarzuela “Luisa Fernanda” que alumbró muchas de nuestras noches de migrantes. Mientras el nuevo país cobraba un poco de vida y sentido, la voz de Nancy destronaba a Isabel II; y de este apacible rincón de Madrid cruzamos pocos días después a la fría esquina del Sodre. Entre la imagen de la Verbena de San Antonio y un Montevideo abriendo su temporada lírica, nos encontramos frente al cartel lumínico y nos dimos la bienvenida, como si «Carmen» fuese un país nuevo.
Y lo era.

La sala estaba llena, oscura como las obsesiones trágicas de una plaza de toros. Desde el primer sonido del preludio, la escenografía de Daniel Bianco nos dictó lo que iba a suceder: la sombra y la arena se proyectarían tanto como las voces. La dirección de Emilio Sagi se rindió ante la crudeza amable del verismo; no fue una puesta en escena caricaturesca, como muchos esperábamos, sino un manifiesto realista, cargado de movimientos que, lejos de ser meramente decorativos, nos volcaron en una época de opresiones y rojos violentos. Entonces supe que por primera vez estaba viendo la “Carmen” de Bizet y no una interpretación pretenciosa.
La célebre ópera de Georges Bizet se presentó en el Auditorio Nacional con la participación de los elencos estables del Sodre, dando inicio a la programación lírica 2026 de la institución.
Carmen no es la pureza y Sagi lo supo muy bien, rompió con toda la estructura del género lírico en su estreno, en 1975. Se acusó a Bizet de traicionar a la Ópera-comique y a la moral misma; porque, claro, no se hablaba de diosas ni de mujeres nobles sucumbiendo con dulzura. “Carmen” son las cigarreras que pelean y fuman, no es la historia de una femme fatale pasiva, sino de una mujer que muestra, desde la voz hasta el vestuario, lo que es el siglo XIX de la clase trabajadora. ¿Cómo muestras la degradación moral, la muerte, el feminicidio, los coqueteos, sin perder la gracia cruda de Bizet? Sagi, que bien conoce la escena lírica española, optó por una estética moderna, lo cual supone un reto enorme tratándose de una obra tan transgresora. Cumplió con la precisión de Bizet y la hizo suya.
Mucho había escuchado sobre Beatrice Venezi, quien estuvo a cargo de la dirección musical, y quien ha puesto a la nueva generación de directores de orquesta a desafiarse a sí misma. Quizás por esto las expectativas del público eran tan altas: un equipo así no puede fallar, no puede caer el cliché folclórico ni en la modernización abstracta, como sucedió con la presentación fatídica de Dmitri Tcherniakov en Aix-en-Provence en 2017, que se volcó en un ejercicio intelectual y perdió la crudeza y el sentido. Ciertamente temí que esto sucediera otra vez, y una parte de mí pensó que iba a suceder. Estaba equivocada.
Cuando Nancy Fabiola Herrera salió al escenario, hubo una tensión por parte del público, una especie de ansiedad, de espera. La mezzosoprano española es, quizás, una de las pocas voces contemporáneas cuya densidad es casi perceptible al tacto. Todos la estábamos esperando. Pudiera decir que su control del fiato fue lo más impresionante; pero ella, como una buena Carmen, nos recordó -con esa autoridad coqueta- la textura de un terciopelo negro. Su proyección fue confesional y sobria. Me atrevo a decir que nadie en el siglo XXI es tan Carmen como Nancy.
El primer acto fue lo más colorido, en ese sentido lo más brillante fue Marcelo Álvarez, un Don José casi consumido por el personaje; tanto fue así que su voz, que al principio era luminosa, fue adquiriendo colores oscuros. Álvarez es un Rembrandt de la escena, juega con la oscuridad, pasa de la media voz al pianísimo con una precisión quirúrgica. Para La fleur que tu m’avais jetée ya habíamos conocido todo el color de su caja torácica. Álvarez tuvo un bandoneón en el diafragma. Eso es la ópera: tragarse un bandoneón y escupirlo con gracia.
Quizás el papel más complejo es el de Micaela, porque debe actuar como un contrapunto de luz. Verónica Cangemi fue un iceberg de fuego. En el tercer acto, cuando pronunció Je dis que rien ne m’épouvante, vimos a una Micaela humana. Su virtuosismo vocal no tuvo la pretensión de robarse la escena, flotó suavemente por sobre la orquestación densa de la Ossodre sin perder la intención dramática. Su proyección fue inmejorable y, como el fuego, supo temblar y dar luz en la misma medida. Interpretar la penumbra es tarea compleja. Mientras la escuchaba pensaba en las velas, en ese momento en el que esperas a alguien y rompes la solemnidad de la cita acercando el cigarro a las llamas.
Cuando el último telón nos expulsó de la sala, los aplausos hicieron su coro. El público, que no fue tan silencioso ni disciplinado durante la puesta en escena, al menos supo devolver la alegría provocada. Todos hablaban por los pasillos y la palabra Carmen llenó todas las bocas y las manos.
Brian y yo no hablamos una palabra durante el camino de regreso. No podíamos hablar. Dejamos la voz en la platea. Habíamos soñado mucho con esa ópera como para poder decir una palabra coherente. Antes de despedirnos hablamos con torpeza sobre La Habanera. Se fue. Me quedé en la acera durante unos minutos. Montevideo desplegó su aire de medianoche y luchó contra el abrigo azul. Encendí un cigarro como para retarlo.
La noche me dejó muda y muerta de frío, quizás el recuerdo de «Carmen» sobrevoló la ciudad, quizás mi cuerpo de migrante se estaba acostumbrando al viento bravo del sur. Me dejé seducir por el recuerdo de la orquesta, por una noche que luchó contra mí con la gracia de las cigarreras que pelean y fuman.
El viento del Sur me dio la bienvenida con su batir sinfónico, como si después de “Carmen” la madrugada fuese un país nuevo.
Y lo fue.
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