Una gran película italiana | Sobran Las Palabras

Tiempo de lectura: 3 minutos

Agencia de noticias Uypress– Ayer de noche vimos en Netflix la película italiana Sobran las palabras (título original en italiano: Non abbiamo bisogno di parole), estrenada este año. Comprobamos que no es un pecado ser felices por unos instantes. Nosotros, los espectadores.

Es una adaptación de la historia conocida por películas como La Famille Bélier o CODA. Es la vida de una adolescente tímida que es la única persona oyente en su familia sorda. Su vida cambia cuando descubre que tiene un talento excepcional para el canto, lo que la obliga a decidir entre seguir su vocación o continuar apoyando a su familia en su rol habitual.

Está protagonizada por Giulia Dragotto, acompañada por Alessandro Gassmann y Luisa Ranieri, y dirigida por Luca Ribuoli.

Es una película de drama y comedia musical que ha tenido mucha repercusión por abordar temas como la inclusión, la búsqueda de la identidad propia y los complejos vínculos familiares, sobre todo en una familia de cuatro integrantes donde tres de ellos son totalmente sordos.

Lo más interesante de esta versión que vimos es cómo maneja el silencio. Este filme italiano utiliza el silencio casi como un personaje más. La dinámica familiar no se construye desde la carencia, sino desde una comunicación rica, física y profundamente afectiva.

La protagonista, interpretada con una frescura admirable por Giulia Dragotto, no siente que su familia sea un «obstáculo» para sus sueños, sino que siente un conflicto de lealtad. Ese es el punto fuerte de la película: no hace el maniqueísmo de «familia vs. carrera», sino que explora el miedo a dejar atrás su mundo agrícola y su pequeño pueblo del Piamonte.

Su identidad y su capacidad de ser la intérprete por lenguaje de señas de los otros tres integrantes de la familia —en particular de su padre, que además se candidatea a síndaco (alcalde) de su pueblo— se cruzan con su capacidad como cantante, impulsada por su profesora y también por un amor creciente por un compañero del coro.

Esteban Valenti

La dirección de Luca Ribuoli le imprime un ritmo muy italiano; aquí la calidez de los entornos, la comida, los gestos y la intensidad emocional de los padres (magníficamente interpretados por Alessandro Gassmann y Luisa Ranieri) le dan un alma única.

Gassmann y Ranieri logran transmitir una vulnerabilidad y, a la vez, una fuerza que hace que entiendas perfectamente por qué la protagonista se siente tan atada a ellos. No son personajes secundarios planos; tienen sus propios arcos de crecimiento y autonomía.

El proceso de aprendizaje de la protagonista no solo es técnico, sino emocional. La película es muy astuta al mostrar que la música, aunque ella no pueda compartirla «sonoramente» con sus padres, se puede sentir a través de las vibraciones, los ritmos y la pasión que ella pone en lo que hace.

Si ustedes buscan historias humanas y no artificiosas, esta película ofrece un «refugio emocional». No es pretenciosa. Es una historia sobre el dejar ir, sobre el dolor de crecer y sobre entender que el amor verdadero, a veces, implica permitir que el otro vuele, incluso si eso significa que tú te quedas en silencio.

Es cine que te invita a la reflexión sin necesidad de diálogos complicados: es una película que, tal como sugiere su título, sabe que cuando la conexión es real, las palabras sobran.

Es una página nueva de un cine bastante venido a menos que logra, como otras películas italianas, construirse sobre una mezcla de drama familiar, calidez humana y una lucha interna por la identidad. El cine italiano tiene una tradición muy rica en historias donde la familia es el centro de todo: el lugar donde surgen los conflictos, pero también donde se encuentran y construyen las alternativas.

Algunos ejemplos son Siempre nos quedará mañana (C’è ancora domani, 2023), Fue la mano de Dios (È stata la mano di Dio, 2021) y, más clásicas, La vida es bella (La vita è bella, 1997) y El árbol de los zuecos (L’albero degli zoccoli, 1978).

UyPress – Agencia Uruguaya de Noticias

 

 

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