La superpotencia que ya fue

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Comparando dos potencias

Redacción

Es habitual la afirmación de que EEUU aún es inigualable en su capacidad para proyectar fuerza militar en todo el mundo; la hace Deutsche Welle, por ejemplo. ¿Pero cómo es la relación de fuerzas de EEUU con China, por ejemplo?

En las estimaciones más recientes, de este año, los números varían algo según la fuente (Global Firepower, GlobalMilitary.net, WorldPowerStats), pero el panorama general es consistente.

China cuenta con aproximadamente 2.535.000 efectivos activos frente a 1.395.000 de Estados Unidos, lo que le da a China una ventaja numérica de 1,8 a 1. China también supera a EEUU en reservas y fuerzas paramilitares.

En cuanto al gasto en defensa, la diferencia es en sentido inverso: el presupuesto de defensa de Estados Unidos, de 920.000 millones de dólares, es 3,3 veces mayor que el de China, de 281.000 millones.

Estados Unidos opera 2.948 aviones de combate frente a 2.043 de China, y en el total de aeronaves (incluyendo transporte, entrenamiento, etc.) EEUU tiene una ventaja considerablemente mayor.

En relación a la marina, el panorama es mixto: China tiene una armada más grande con 1.005 buques frente a los 234 de Estados Unidos, aunque en submarinos están más parejos: 62 de China y 65 de EEUU. Sin embargo, la cantidad de barcos no equivale a poder naval: EEUU domina en proyección de poder global gracias a sus 11 portaaviones, submarinos nucleares avanzados y destructores muy capaces, mientras que la flota china es más numerosa pero orientada a una presencia regional.

En materia de fuerzas terrestres, China despliega 6.800 tanques de batalla frente a 4.640 de Estados Unidos.

Ambas son potencias nucleares: China mantiene alrededor de 600 ojivas y Estados Unidos posee 5.042; otras fuentes dan cifras algo distintas, como 410 o 5.428, dependiendo de si cuentan solo ojivas desplegadas o el arsenal total.

Respecto de tecnología y ciberguerra, según WorldPowerStats, China obtiene 85/100 en el índice de tecnología con una capacidad de guerra cibernética calificada en 88/100, mientras que Estados Unidos obtiene 98/100 con capacidad cibernética de 95/100. En cuanto al índice global de poder militar, hay diferencia en los distintos rankings. La mayoría sitúa a Estados Unidos on una posición militar general más fuerte que China: según Global Military (https://www.globalmilitary.net/compare/countries/chn-vs-usa/) están en las posiciones 1 y 2 en el mundo.

Es del caso señalar que estos índices son estimaciones de fuentes de código abierto y por lo tanto no oficiales, y tienen limitaciones: no capturan bien factores como la experiencia de combate real, la calidad del entrenamiento, la interoperabilidad con aliados, o cómo se comportaría cada fuerza en un escenario específico. Así, un conflicto cerca de Taiwán favorecería geográficamente a China, mientras que un conflicto lejos de sus costas favorecería a EEUU por su capacidad de proyección global.

 La superpotencia que ya fue

Wesley Rahn

«Buques del mundo, arranquen motores», dijo Donald Trump tras anunciar un acuerdo con Irán para poner fin al conflicto que él mismo inició junto con Israel más de tres meses antes. Pero no arrancaron; no todavía, al menos. El éxito de Irán al bloquear el estrecho de Ormuz ha suscitado serias dudas sobre el papel de EE.UU. como superpotencia.

Sin el eco esperado, Trump reafirmó la postura: «¡Que fluya el petróleo!», añadió. Eventualmente, eso sucederá el viernes 19 de junio, cuando está  previsto firmar un memorando de entendimiento (MoU) en Ginebra. Aunque los detalles siguen sin hacerse públicos, Trump afirmó posteriormente que Ormuz solo se reabrirá completamente una vez firmado el acuerdo. Con lo cual tenemos que Trump se contradice, una vez más: que fluya lo que al menos aún no puede fluir. 

No es la púnica contradicción: En una publicación, Trump también autorizó plenamente la reapertura sin peajes del estrecho de Ormuz, pero nueva información sobre las negociaciones ponen esto es duda. 

Es que existen informaciones no confirmadas, publicadas en medios iraníes afines al régimen, que aseguran que el futuro papel de Teherán en Ormuz sigue siendo objeto de negociación. La agencia de noticias Fars informó que la «soberanía iraní-omaní sobre el estrecho de Ormuz» se añadió a las negociaciones en el último momento, asegurando que Estados Unidos ha aceptado que se paguen tasas a Irán por atravesar ese paso marítimo.

Cuando se le pidió una aclaración al respecto, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, declaró a CNBC que Washington espera que el estrecho permanezca abierto y libre de peajes a largo plazo.

Más allá de la falta de transparencia, está claro que Estados Unidos no puede imponer unilateralmente sus condiciones sobre el estrecho de Ormuz a Irán; lo intentó y no lo logró, abrumadora superioridad militar o no.

Además, la capacidad iraní para emplear drones, minas y pequeñas embarcaciones para bloquear el tráfico marítimo ha puesto de manifiesto las limitaciones del poder estadounidense a la hora de garantizar la libertad de navegación y el libre comercio.

«La guerra contra Irán ha demostrado la extraordinaria fuerza militar de Estados Unidos, pero también su incapacidad para convertirla en algo parecido a una victoria estratégica», comenta a DW Rebecca Lissner, investigadora principal de política exterior estadounidense y directora de la Iniciativa para el Futuro de la Estrategia Estadounidense del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos (CFR). «Esto supone un golpe para la imagen de Estados Unidos como superpotencia mundial y socava su papel como garante de la libertad de navegación. Esta guerra ha dejado a Estados Unidos en una posición más débil que al principio», prosigue Lissner.

Trump fijó varios objetivos al iniciar la guerra, entre ellos la «aniquilación» de la marina convencional iraní. Según el análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), eso es algo que se ha cumplido: Irán perdió la mayor parte de su capacidad naval en menos de diez días.

Pero lo cierto es que Irán no necesitaba una marina convencional para bloquear el tráfico marítimo en Ormuz. Sus ataques asimétricos mediante drones contra instalaciones energéticas del Golfo ha demostrado ser un elemento de disuasión eficaz frente a una escalada estadounidense. Además, sus aliados en Yemen y Líbano siguen representando una amenaza.

Los bombardeos estadounidenses e israelíes también han eliminado a gran parte de la cúpula dirigente iraní y han degradado sus capacidades militares. Al mismo tiempo, el conflicto ha empeorado la vida de los iraníes, que venían de sufrir una dura represión por protestar contra el régimen pocas semanas antes de la guerra.

La cuestión estratégica fundamental era y sigue siendo el estrecho de Ormuz. El mundo espera ver si Estados Unidos va a permitir a Irán ejercer algún grado de control sobre el tráfico marítimo en esa vía. «Aunque el acuerdo logre reabrir el estrecho, Irán dispone ahora de una influencia que antes no tenía», subraya Lissner.

«Estados Unidos ha demostrado ser incapaz o no estar dispuesto a obligar a Irán a reabrir el estrecho. Eso significa que el mundo tendrá que convivir con el riesgo de que Irán vuelva a cerrarlo cuando lo considere oportuno».

Una de las partes más comentadas del memorando sería la entrega a Irán de unos 12.000 millones de dólares de fondos congelados antes incluso del inicio de las negociaciones nucleares, algo que equivaldría a pagar por la reapertura del estrecho. Washington lo niega.

«Este acuerdo parece encaminado a institucionalizar de facto el control iraní sobre el estrecho al crear un marco que permita a Irán cobrar tasas a los buques en tránsito», destaca Lissner. «Quizá por ese motivo, Trump se ha negado hasta ahora a publicar el texto».

Durante décadas, los pilares centrales del poder estadounidense fueron su superioridad militar y su compromiso con lo que Washington denomina el «orden internacional basado en reglas», apoyado por aliados afines.

Trump siempre se mostró escéptico respecto a ese sistema, al considerar que el resto del mundo se aprovechaba de Estados Unidos sin ofrecer nada a cambio. Esa visión quedó reflejada en la imposición errática de aranceles durante su presidencia.

Lissner, junto con otros analistas como el historiador Timothy Snyder, ha calificado la política exterior de la administración Trump como un «suicidio de una superpotencia». Según ella, bajo el liderazgo de Trump, Estados Unidos ha ido desmontando progresivamente el sistema internacional que construyó junto con sus aliados para mantener su poder y prosperidad.

«La guerra con Irán no ha hecho más que acelerar esta tendencia, debilitando aún más el orden internacional basado en reglas y alejando a los aliados estadounidenses. Estos pasos conducen hacia un ‘nuevo desorden mundial’ caracterizado por una mayor violencia e inestabilidad».

 

 

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