“Loving Vincent”: Retrato de una tragedia

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La recreación de las extrañas circunstancias de la trágica  muerte del eminente pintor post-impresionista holandés Vincent van Gogh es el eje temático de la propuesta de “Loving Vincent”, el primer largometraje al óleo de la también artista plástica polaca Dorotea Koviela y de su esposo, el cineasta británico Hugh Welchman.

 Esta magistral película animada, que es el fruto de un arduo trabajo creativo de más de cinco años, está compuesta por 62.450 fotogramas instantáneos en alta resolución de pinturas realizadas al óleo por más de un centenar de artistas.

La obra requirió la filmación de los actores Douglas Booth, Eleanor Tomlinson, Saoirse Ronan, Aidan Turner, Chris O’Dowd, Jerome Flynn, Helen McCrory y John Sessions en  forma independiente y su ulterior integración en fotogramas, que fueron pintados en función de ese rodaje previo.

La película, que se inspiró en más de 800 cartas y 120 obras del magistral pintor, es una suerte de biografía de los años más turbulentos de la vida de Van Gogh, signada por la marginación y el desprecio a uno de los exponentes más descollantes e influyentes de las artes plásticas de la historia.

Nacido el 30 de marzo de 1853 y prematuramente fallecido 29 de julio de 1890 a la edad de 37 años, Van Gogh  pintó unos 900 cuadros (27 autorretratos y 148 acuarelas) y realizó más de 1.600 dibujos, que componen una obra tan vasta en su número como en su calidad artística.

Empero, su superlativo genio creativo fue recién reconocido luego de su desaparición física, en una exposición retrospectiva realizada en 1890, cabal testimonio del desprecio al cual fue sometido en vida por sus coetáneos.

En este contexto, el film enfatiza en las miserias que el autor padeció durante su existencia, sus privaciones económicas, amores, desamores y sus presuntos desvaríos emocionales.

El protagonista del relato es Armand Roulin, hijo del cartero Joseph Roulin, quien, en el verano de 1891, viaja a  Auvers-sur-Oise, Francia, donde murió el pintor, a los efectos de desentrañar las extrañas circunstancias del deceso. Asimismo, su misión incluye entregar una carta del fallecido a su hermano Theo.

En el decurso de su complejo periplo, el visitante entrevistará a las personas que conocieron al pintor y recabará testimonios contradictorios sobre su muerte.

Trabajando en base a recurrentes flashbacks rodados en blanco y negro, que naturalmente alteran el eje cronológico de la historia, los realizadores conforman la recreación de los últimos días del atribulado Van Gogh.

A medida que avanza la indagatoria, son más las interrogantes que se plantean al improvisado investigador, que se nutre de las versiones de Adeline Ravoux, Marguerite Gachet, del propio doctor Paul Gachet y del detective local.

Esa interactuación con personajes realmente muy relevantes a la trama, supone sumergirse en el universo del pintor muerto, que mixtura la intransferible belleza de la creación con la agobiante pesadilla de la demencia.

En esas circunstancias, queda claro que la traumática peripecia del artista transcurrió en la indescifrable frontera entre el paraíso del color y las formas y el infierno terrenal de una existencia realmente tortuosa.

Obviamente, la búsqueda deviene obsesión, en la medida en que el pesquisante intenta vanamente reunir los dispersos fragmentos de verdad en medio de una suerte de conspiración de silencio.

Intercalando famosas pinturas como “La noche estrellada”, “Terraza de café por la noche”, “Dormitorio de Arlés” y la “Orilla del Oise en Auvers”, los autores indagan en las eventuales motivaciones que habrían inducido el genio a quitarse la vida.

Ese es precisamente el costado más complejo de la historia, que alimenta múltiples especulaciones que oscilan entre el suicidio y un eventual homicidio. En tal sentido, la película no dilucida tampoco la verdadera causa de la muerte, que sigue siendo una incógnita para investigadores, estudiosos e historiadores.

Obviamente, el trágico final está ligado a una presunción de demencia, cuyo pico más dramático sería la amputación de una oreja que el pintor habría regalado a una prostituta.

Empero, el momento quizás de mayor tensión es el de la larga agonía del artista, gravemente herido de bala y tendido en la cama de una lúgubre habitación de atmósfera fúnebre y fantasmagórica.

Esta secuencia, que es recurrente, es la síntesis de un periplo existencial marcado por la miseria y la marginación, de un ser humano incomprendido y emocionalmente aquejado por la peor de todas las patologías: la soledad.

Mediante un lenguaje que conjuga la magistral iconografía de las formas y los vivos colores de la paleta de Van Gogh con la apagada bicromía de blancos y negros de las secuencias retrospectivas, la pareja de realizadores construye un monumental friso pictórico y cinematográfico.

En ese contexto, esta película testimonial es una auténtica obra maestra de ingeniería creativa, al servicio de la reconstrucción de una trágica historia que conmueve, remueve y sensibiliza, por tratarse de uno de los personajes más célebres y admirados de la cultura universal.

“Loving Vincent” es una experiencia sensorial y emocional inenarrable, que convoca a reflexionar sobre el sentido de la vida y de la muerte y sobre la producción artística como lenguaje expresivo y elocuente retrato de la condición humana.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

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