Testimonio en favor de Cuba

Tiempo de lectura: 5 minutos

 

Como muchos de mis lectores pueden recordar, durante la dictadura pinochetista fui varias veces encarcelado y procesado por los tribunales civiles y militares. En estos procesos fui absuelto, aunque estuve preso en diversas cárceles de la Capital y de Valparaíso. Sin embargo, en uno de ellos fui condenado por un juez abyecto a 541 días de reclusión nocturna, sentencia que cumplí íntegramente. Un deber de conciencia me obliga testimoniar ahora que luego de esta arbitraria condena recibí una invitación del Gobierno de Cuba para que visitara la Isla con mi esposa y mis seis hijos, advirtiéndome de parte del Comandante Fidel Castro que esta condena no solo tendría que haberme afectado a mi sino también a todo mi núcleo familiar.

De esta forma es que estuvimos unos quince días en La Habana atendidos magníficamente y cumpliendo con un plan turístico que nos permitió conocer mejor los avances innegables de la Revolución y la calidez de todos los cubanos que estuvieron dedicados a nuestro cuidado y procuraban darnos las mejores vacaciones de nuestras vidas. Se trató de un acto de solidaridad más de un régimen político y un pueblo hospitalario, lo que también pudieron comprobar los centenares de chilenos que salían de las cárceles y de los campos de concentración de nuestro país, la mayor de las veces luego de ser torturados y vejados de mil formas por lo que conocimos como terrorismo de estado.

Durante estos días en Cuba no nos fue posible siquiera agradecerle en persona a quienes nos habían invitado. No hubo reuniones políticas ni actos correspondientes. Se trataba de que solo descansáramos y viviéramos en familia unos días placenteros con la más plena libertad para desplazarnos a donde quisiéramos. Por lo mismo es que pudimos hasta ahora guardar el recuerdo de un proceso de cambios exitoso a la luz de una población que satisfacía sus derechos esenciales, alimentaba convenientemente a sus habitantes y les aseguraba trabajo, salud, vivienda y educación a todos.

De otra manera no podría Cuba exhibir tan alto número de medallistas deportivos, las evidentes ventajas de su sistema sanitario gratuito y de calidad, como los miles de establecimientos escolares en todo su territorio. Se habían terminado en Cuba los analfabetos, las listas de espera hospitalarias y el turismo florecía pese al implacable bloqueo estadounidense. Lo que siempre le causó severos daños a la economía cubana, pero nada que pudiera quitarle el mérito a Cuba de ser el país caribeño y latinoamericano con el mejor estándar promedio de vida del continente. Con la más justa distribución del ingreso y que permitiera el lujo, además, de formar en sus universidades a miles de jóvenes de todo el mundo que en sus países no tenían acceso a ese derecho. Ciertamente no apreciamos en nuestra visita ni barrios lujosos, ni grandes tiendas ni otra suerte de privilegios, pero sí vimos a la gente bien vestida, alimentada y contenta, porque allí comprendimos mejor eso de que es la escandalosa desigualdad, más que la pobreza, la que causa los principales trastornos en la convivencia humana. 

Aunque la revolución cubana no adoptó nunca la aparente democracia de muchas de nuestras naciones, pudimos darnos cuenta de que sus ciudadanos sí tenían organización popular y deberes cívicos para decidir, legislar y criticar a las autoridades. Por cierto, mucho más que bajo nuestros regímenes hipócritas cuyas poblaciones carecen de formación cívica para bien decidir, expuestos sobre todo a la influencia del dinero y la propaganda electoral. Así como a padecer la corrupción, la bochornosa concentración mediática y la impunidad de los poderosos: los que se burlan hasta de las “leyes del mercado”, se coluden para estafar a los consumidores y se someten a los dictados del poder imperial y de los inversionistas extranjeros dueños hasta de los servicios básicos como el agua potable, la luz y el transporte. Porque, además, cuentan con la lenidad de los jueces, la voracidad de los grandes empresarios y militares, junto a la arbitrariedad de sus sistemas policiales.

Enfrentados en estos días a la peor etapa del bloqueo, los cubanos no pueden acceder al petróleo que sigue todavía alimentando las centrales de electricidad, moviendo las industrias y garantizando el funcionamiento de las viviendas, hospitales y hoteles. Provocando, con ello, una crisis que podría igualarse a la posibilidad de que a Chile se le prohibiera extraer y vender su cobre, recurso que constituye nuestro principal ingreso. O que a Argentina se le privara de comerciar en el mundo los recursos de la agricultura y la ganadería. Y aunque sabemos que algunos países pueden refugiarse aún en la exportación de estupefacientes, esa es una actividad de la cual siempre ha estado libre Cuba, según reconocimiento universal.

Estimo que no es el momento de impugnar los logros de la Revolución Cubana. Que quienes lo hacen demuestran sobre todo su ignorancia, como la que ostentan los periodistas y rostros de nuestra monótona y superflua televisión. Aunque lo peor de todo es el silencio cómplice de esa inmensa cantidad de izquierdistas que en su hora disfrutaron de la solidaridad cubana, pero que ahora les encanta coincidir en su oportunismo con los más reaccionarios y papagayos adiestrados por el gobierno y el Departamento de Estado estadounidense. ¡Qué lejos están de practicar la gratitud, de seguro la más excelsa virtud del amor y la decencia!

Y no fui nunca marxista leninista, socialista o comunista. Pero quienes tenemos convicciones religiosas, valoramos una enorme realización revolucionaria que acercó a millones de cubanos a una vida digna, además de abrazar los ideales también evangélicos de la igualdad y fraternidad. Cuestión que fuera reconocida por los últimos pontífices romanos, por la Teología de la Liberación y muchos regímenes del mundo de distinto signo y latitud. Los cuales hoy, ojalá no sea muy tarde, se movilizan para una inmensa cruzada de justicia y gratitud hacia Cuba y en contra del demonio instalado en la Casa Blanca que amenaza al mundo entero, como a la supervivencia misma del Planeta. Que busca, al igual que las guerras, matar de hambre a los niños, acribillar a las naciones inermes, destruir ciudades y gastar millonarias sumas en discurrir y acumular armas de destrucción masiva.

Imagino que todo esto debiera avergonzar a tantos que tanto le deben a Cuba, encantados con la democracia que antes estimaban “burguesa”, los horrores del imperialismo yanqui, poniéndose a tono con los Trump, Milei y sus dominios adláteres en todos los continentes. En la idea siempre de seguir agregando estrellas a su pabellón nacional tejido por las mortíferas guerras, las invasiones y campos de concentración y exterminio, como el de Guantánamo.

Qué ejemplo nos da una vez más México y su presidenta Claudia Sheinbaum, demostrando un coraje del que carecen muchos gobernantes y políticos auto considerados vanguardistas.

Mientras escribo estas líneas recorro los nombres y rostros de los vociferantes de ayer, hoy devenidos en lacayos y cómplices activos o silenciosos frente a la agresión contra un pueblo que de seguro va a reemprender una vez más su heroico destino.

Juan Pablo Cárdenas S

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.