El pasado 21 de abril, el historiador israelí Omer Bartov, considerado como el más destacado experto en Holocausto y Segunda Guerra Mundial, presentó su último libro: Israel: What Went Wrong? (que podría traducirse como Israel: ¿qué salió mal?). Debido a su palpitante interés y a la clarividencia de su aporte hemos comenzado una reseña de la obra que, en primera instancia, abarcó la mayor parte de su extensa introducción. En esta oportunidad nos centraremos en el análisis que el historiador hace sobre los cambios que ha sufrido la sociedad israelí y su insensibilidad respecto a los crímenes cometidos en su nombre.
ISRAEL: LA GUERRA PERPETUA
El primer capítulo de la obra se titula Israel`s Forever War y en él Bartov aborda las definiciones más importantes y manejadas sobre “la guerra para siempre” que caracteriza al Estado de Israel desde mayo 1948.
“En 10 de noviembre del 2023 – dice el autor – en un ensayo de opinión para The New York Times, produje una advertencia acerca de que las operaciones militares israelíes en Gaza podían estarse deslizándose por la resbalosa pendiente del genocidio”. Señaló entonces que las operaciones militares habían creado una crisis humanitaria insostenible que se agravaría con el paso del tiempo y se preguntaba si las acciones de Israel – como otras naciones estaban advirtiendo – no se asimilaban a la limpieza étnica o más explosivamente al genocidio.
En ese momento, poco más de un mes después del terrible ataque de Hamas, Bartov – como historiador especializado en genocidio – sostenía que no había pruebas de que este se estuviese cometiendo en Gaza aunque si percibía la comisión de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad que ya se estaban registrando.
En aquellos momentos, el científico sostenía dos cosas: era importante definir que era lo que se estaba viendo y en segundo lugar, todavía se
podía impedir un agravamiento de la situación antes de que empeorara. La historia establece que es crucial advertir acerca de un genocidio potencial antes de que ocurra y no después condenarlo tardíamente, es decir después de que hubiese sucedido. Bartov dice que si la administración Biden se hubiese opuesto, en noviembre o diciembre del 2023, el genocidio podría haberse evitado.

En cambio, el gobierno estadounidense de aquel momento, ya fuera por ignorancia acerca de las realidades en Medio Oriente o por deferencia hacia la dirigencia “mentirosa, corrupta y extremista” de Israel, no hizo nada. Por el contrario, suministró al ejército israelí un interminable suministro de municiones para destruir Gaza y le dio a Israel las seguridades diplomáticas para que procediera con impunidad. Joe Biden y su equipo han quedado manchados para siempre por la complicidad en este crimen y el pueblo estadounidense que pagó billones de dólares de sus impuestos deberá soportar esta carga por generaciones.
Esto sucedía en los primeros meses después del 7/10/2023. Dentro de las cuatro semanas posteriores al ataque de Hamas – que fue en si mismo un crimen de guerra y un crimen de lesa humanidad – el asalto aéreo y terrestre de Israel costó la vida a 10.500 palestinos, un número que incluía miles de niños. Nueve veces más víctimas que las 1.164 que causó Hamas (y no las 1.400 que se había dicho). En esa cifra se incluyeron 362 miembros de las fuerzas de seguridad, policías y primeros acudientes así como 91 extranjeros y beduinos de la localidad.
“El horror colectivo de esas primeras semanas de guerra – dice Bartov – no significaban que un genocidio, según la definición internacional del término, no estuviese ya en proceso”. Quien acuñó el término, Rafael Lemkin, lo describió como el crimen de los crímenes y existe un comprensible impulso a describir como tal a cualquier instancia de asesinato colectivo o masacre, pero por eso mismo, calificar a todos los acontecimientos atroces como genocidio tiende a confundir la realidad en lugar de explicarla.
LA DEFINICIÓN DE LOS CRÍMENES
El derecho humanitario internacional identifica varios crímenes graves que se producen en los conflictos armados. Los crímenes de guerra fueron definidos en las Convenciones de Ginebra de 1949 y abarcan tanto a los combatientes como a los civiles. Incluyen acciones como “la destrucción extensiva y apropiación de propiedades no justificadas por necesidades militares y llevadas a cabo ilegalmente y sin sentido” y “la deportación o transferencia ilegal”.
Un principio importante es el de la proporcionalidad que requiere que los efectos de los medios y métodos bélicos empleados no sean desproporcionados en relación con los objetivos militares que se procuran. Por ejemplo, lanzar bombas de una tonelada sobre una escuela donde se refugian doscientos civiles para matar a dos integrantes de Hamas es desproporcionado.
A diferencia del genocidio, los crímenes de lesa humanidad no requieren estar apuntados a un grupo específico y contrariamente a los crímenes de guerra no es preciso que ocurran durante una guerra. Por otra parte, el muy usado término de “limpieza étnica” no está definido en el derecho humanitario internacional pero una Comisión de Expertos de las Naciones Unidas, encargada de investigar las violaciones de la ley internacional en el territorio de la antigua Yugoslavia la definió como : una política dispuesta por un grupo ètnico o religioso con el propósito de remover mediante violencia y métodos aterrorizantes a la población civil de otro grupo étnico o religioso de determinadas áreas geográficas.
En cuanto al genocidio, fue definido por la Convención de las Naciones Unidas sobre Genocidio de 1948 como “actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal”. Estos actos comprenden:
- a) matar a miembros del grupo;
- b) causar serios daños físicos o mentales a miembros del grupo; c) infligir deliberadamente al grupo condiciones de vida calculadas para alcanzar su destrucción física, total o parcial;
- d) imponer medidas tendientes a impedir nacimientos en el grupo;
- e) transferir a la fuerza a niños del grupo a otro grupo.
Para definir el genocidio es esencial la intención expresa de destruir el grupo como tal y, en segundo lugar, acciones que muestran que las muertes no son al azar sino intencionales hacia miembros de un grupo particular con la intención de destruirlo como tal.
En tal sentido, las declaraciones de los dirigentes son importantes porque son el vínculo con las políticas específicas que se llevan a cabo sobre el terreno. Además, la incitación al genocidio o tales declaraciones pueden ser la prueba del crimen y la incitación también es un crimen a la luz de la ley internacional.
El genocidio, como concepro legal, difiere de la limpieza étnica porque esta última pretende remover a una población del territorio, a menudo violentamente, mientras que el genocidio promueve la destrucción de esa población como tal.
La historia muestra que la limpieza étnica puede transformarse en genocidio. Fue el caso de los herero en el África Sudoccidental Alemana en 1904 (actual Namibia), los armenios en 1915 y el Holocausto, que comenzó con la intención de remover a los judíos de los territorios alemanes y cuando dicha remoción resultó impracticable se transformó en exterminio.
INCITACIÓN AL GENOCIDIO Y DESHUMANIZACIÓN DEL OTRO
Bartov hace un rápido repaso de las declaraciones de Benjamin Netanyahu amenazando en reducir a Gaza a escombros, o sus citas al Deuteronomio, el libro de la Biblia que llama a la destrucción total de los amalecitas matando a hombres, mujeres, niños y bebés (o el libro de Josué también utilizado por las instrucciones divinas para exterminar a otros pueblos matando a todos los seres vivos, incluso el ganado).
El 9 de octubre del 2023, el ministro israelí de defensa dijo que luchaban contra animales humanos y que los tratarían como tales. Al otro día, el coordinador del ejército para las actividades gubernamentales, el Mayor
General Ghassan Alian ( un druso) se dirigió a la población civil de Gaza en arábigo, tratándoles de animales y agregando que no habría electricidad ni agua, solo habría destrucción; “querían el infierno pues tendrán el infierno”.
El mismo día, un general retirado, Giora Eiland, escribió en el diario Yedioth Ahronot que el Estado de Israel no tendría más remedio que hacer de Gaza un lugar inhabitable y que la creación de una profunda crisis humanitaria era necesaria para conseguir ese objetivo.
Ya el 13 de octubre del 2023, el ministro de inteligencia de Israel lanzó la propuesta de remover a la totalidad de la población de Gaza, trasladándola a la península del Sinaí, controlada por Egipto.
En febrero del 2025, el presidente estadounidense Donald Trump efectuó la propuesta de que su país se podría hacer cargo de Gaza después de que su población hubiese sido erradicada. Netanyahu, que estaba junto a Trump cuando hizo el anuncio, dijo que era una idea revolucionaria y creativa que podría cambiar la historia.
Desde el comienzo de esta guerra, los elementos ultra derechistas del gobierno israelí, que también están bien representados en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), consideraron que el 7 de octubre era una oportunidad para deshacerse de los palestinos.
En noviembre del 2023, apareció un video del capitán Amichai Friedman, un rabino de la Brigada Nahal ( la misma en la que sirvió Bartov entre 1972 y 1976) decía a un grupo de soldados que ahora estaba claro que “esta tierra es nuestra, toda la tierra, incluyendo Gaza y el Líbano”.
Incluso el presidente israelí Isaac Herzog declaró el 12 de octubre del 2023 que en Gaza había una nación entera responsable de los crímenes del 7/10 y que no era verdad que los civiles no estaban al tanto o no estaban involucrados. No es de extrañar que Sudáfrica haya citado estas declaraciones de Herzog cuando presentó su denuncia por
genocidio contra Israel en la Corte Internacional de Justicia en enero del 2024.
En los meses anteriores al 7 de octubre, el historiador junto a un calificado conjunto de 2.500 intelectuales, clérigos y figuras públicas israelíes habían producido una petición advirtiendo a Netanyahu que su intención de neutralizar a la Suprema Corte de Justicia intentaba perpetuar la ocupación de territorios en Palestina.
Los firmantes estaban disgustados por la retórica racista de miembros del gobierno, por los esfuerzos antidemocráticos y por la creciente violencia de los colonos asentados en territorio de Palestina, en la Orilla Occidental. Advertían que era imposible ignorar la ocupación y la consiguiente opresión de millones de seres durante 56 años y el sitio de Gaza durante 16 años, sin que esto trajera aparejadas consecuencias. Eso fue “lo que nos estalló en la cara el 7/10” dice Bartov.
En el artículo de opinión que Bartov publicó en The New York Times en noviembre del 2023, apelaba a venerables instituciones como el Museo Memorial del Holocausto de los Estados Unidos, en Washington D.C., y al Yad Vashem Centro Mundial de Remembranza del Holocausto, en
Jerusalén, para que se pronunciaran advirtiendo sobre los crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y contra el crimen de todos los crímenes, el genocidio. Destacaba que si realmente había una lección que se desprendía del Holocausto era acerca de la necesidad o el deber de preservar nuestra propia humanidad y dignidad mediante la protección de las de otros.
“Ninguno de mis colegas, asociados en esas instituciones se pronunció – dice Bartov – y por el contrario varios historiadores del Holocausto que enseñan en Israel y en los Estados Unidos publicaron un ataque contra mis opiniones en la edición en inglés del diario israelí Haaretz”.
El 19 de junio del 2024, Bartov fue invitado a dar una conferencia en la Universidad Ben-Gurion del Negev, en Be’er Sheva, allí se enfrentó a un grupo de jóvenes que le hacían fuertes críticas por sus conocidas manifestaciones. Describe detenidamente las conversaciones y el
intercambio de ideas que tuvo con los estudiantes que, según el autor, reflejaban los grandes sesgos de la opinión pública en Israel.
Por fin, sabiendo que el historiador había advertido antes sobre el riesgo de cometer genocidio, los estudiantes estaban especialmente preocupados por demostrarle que eran humanos, que no eran asesinos. No tenían dudas de que las FDI eran el ejército más moral del mundo pero también estaban convencidos de que los daños provocados al pueblo y a los edificios en Gaza estaban totalmente justificados, que era culpa de Hamas por usar civiles como escudos humanos. “Me mostraban fotos en sus teléfonos para probarme que se habían comportado admirablemente hacia los niños; negaban que hubiera hambruna en Gaza, insistían en que la destrucción sistemática de escuelas, universidades, hospitales, edificios públicos, residencias e infraestructura era necesaria y justificable”. Veían a las críticas a las políticas de Israel como antisemitismo.
Estos jóvenes, que a diferencia de la mayoría de los israelíes habían visto la destrucción de Gaza con sus propios ojos, no solamente habían internalizado un punto de vista que se había vuelto común en Israel – que arrasar Gaza era respuesta legítima al 7/10 – sino que habían desarrollado una forma de pensar que Bartov había observado al estudiar la conducta, la visión del mundo y la autopercepción de los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
Habían adoptado una concepción acerca de sus enemigos: los bolcheviques como Untermenschen (subhumanos), Hamas como animales humanos y en cuanto al resto de la población como menos que humanos, infrahumanos que no merecían derechos de tipo alguno. Los soldados que perpetraban atrocidades o las observaban tendían a atribuirlas no a sus tropas o a ellos mismos sino al enemigo.
“¿Miles de niños fueron muertos? Es culpa del enemigo. ¿Nuestros propios niños fueron muertos? Por cierto, es culpa del enemigo. Si Hamas lleva a cabo una masacre en un kibbutz, son nazis. Si nosotros lanzamos bombas de una tonelada sobre refugios y matamos cientos de civiles, es culpa de Hamas por esconderse debajo de esos refugios o en
sus cercanías. Después de lo que nos hicieron, no tenemos otra opción que eliminarlos. Después de lo que nosotros les hicimos a ellos, solamente podemos imaginarnos que nos habrían hecho a nosotros si no los hubiéramos destruido. Simplemente no teníamos alternativa”.
A mediados de julio de 1941, semanas después de que Alemania lanzara lo que Hitler había proclamado como “una guerra de aniquilamiento” contra la Unión Soviética, un oficial escribió a su casa desde el Frente Oriental:
“El pueblo alemán tiene una gran deuda con nuestro Führer, porque si estas bestias, que son nuestros enemigos aquí, hubieran llegado a Alemania, se hubieran producido tales asesinatos como el mundo nunca los ha visto antes… Lo que hemos visto … bordea lo increible … y cuando uno lee Der Stürmer (un periódico nazi) y contempla las imágenes, eso es solo una débil ilustración de lo que vemos aquí y de los crímenes cometidos aquí por los judíos.”
Un volante de propaganda del ejército difundido en junio de 1941 pinta una imagen de pesadilla similar acerca de los oficiales políticos del Ejército Rojo, que muchos soldados pronto percibían como un reflejo de la realidad:
“Cualquiera que haya visto el rostro de un comisario rojo sabe como son los bolcheviques. En este caso no hay necesidad de expresiones teóricas. Insultaríamos a los animales si describiéramos a estos hombres, en su mayoría judíos, como bestias. Son la encarnación del odio satánico e insano contra el conjunto de la noble humanidad… (Ellos) habrían acarreado el fin de toda vida significativa, si esta erupción no hubiera sido contenida a último momento”.
Bartov recuerda enseguida las declaraciones de altos jerarcas israelíes comparando al enemigo como “animales humanos” antes del 7/10. Destaca que la esposa del Primer Ministro Nethanyahu, Sara, fue un paso más allá el 10 de octubre cuando declaró “yo no los llamo
animales humanos porque eso habría sido un insulto para los animales”. Un ex-primer ministro, Naftali Bennett, con admirable simplicidad aseguró: “estamos combatiendo con nazis”. Un diputado del parlamento (Knesset), Nissim Vaturi, escribió que el objetivo de Israel debía ser borrar a la Franja de Gaza de la faz de la tierra y declaró a la TV: “no hay un pueblo involucrado… debemos ir allí y matar, matar, matar. Debemos matarlos antes de que nos maten a nosotros”.
Esta es la lógica de una violencia sin fin – asegura el historiador – una violencia que permite destruir poblaciones enteras y sentir totalmente justificado el hacerlo. Es una lógica del victimismo: debemos matarlos antes de que nos maten a nosotros y nada potencia tanto a la violencia
como el sentimiento justiciero de ser víctima.
Miren lo que nos pasó en 1918, decían los soldados alemanes en 1942, rememorando el mito propagandístico de “la puñalada en la espalda” que atribuía la derrota catastrófica de Alemania en la Primera Guerra Mundial a una traición cometida por los judíos y los comunistas. Miren lo que nos sucedió cuando el Holocausto, cuando creimos que alguien vendría a rescatarnos y nadie lo hizo, dicen las tropas israelíes en 2024, por lo que se sienten autorizados para una destrucción indiscriminada apoyada en una falsa analogía entre Hamas y los nazis.
Cuando regresó de Israel en junio del 2024, Omer Bartov dijo que en el público israelí reinaban entonces dos sentimientos. El primero de ellos es una combinación de rabia y temor, un deseo de recuperar la seguridad a cualquier costo y una desconfianza completa acerca de las soluciones políticas, la negociación y la reconciliación.
Cita el autor al teórico prusiano Carl von Clausewitz y su famosa formulación de que la guerra es una extensión de la política por otros medios. Sin embargo recuerda que el teórico militar prusiano advirtió que sin un objetivo político definido la guerra podía transformarse en un ejercicio de destrucción sin límites.
Lo que sucedió y sucede en Israel ha hecho que la guerra se convierta en un fin en si mismo (véase lo que sucede en Líbano) y en esta
medida, en tanto la política aparece como un obstáculo para alcanzar objetivos en lugar de ser un medio para limitar la destrucción, todo parece encaminarse a lo que Clausewitz llamó “la guerra absoluta” cuya consecuencia es el aniquilamiento total, tal como Alemania lo descubrió en 1945.
El segundo sentimiento apuntado por Bartov es más bien una falta de sentimientos que acompaña a los ya señalados. Se trata de la incapacidad absoluta que presenta la sociedad israelí para sentir cualquier empatía por la población de Gaza. Parecería que la mayoría ni siquiera quiere saber que es lo que está sucediendo en Gaza y esto se refleja en la cobertura televisiva.
En el verano del 2024, los noticieros de la TV israelí empezaban con notas sobre el funeral de soldados de las FDI caídos en Gaza, invariablemente presentados como héroes, y seguidos por estimaciones acerca de cuantos combatientes de Hamas habían sido “liquidados”. Las referencias a muertes de civiles palestinos eran raras y en todo caso presentadas como parte de la propaganda enemiga o como causante de una indeseable presión internacional.
Desde hace mucho tiempo, el público israelí se fue insensibilizando a causa de la brutal ocupación militar de territorios palestinos que caracteriza al país desde hace seis décadas. Sin embargo, lo perpetrado en Gaza por las FDI no tiene antecedentes como tampoco lo tiene la completa indiferencia de los israelíes acerca de lo que se está haciendo en su nombre.
En 1982, cientos de miles de israelíes habían protestado por la masacre de refugiados palestinos en los campos de Sabra y Shatila, cometidos en Beirut occidental por milicias cristianas maronitas, auspiciadas por las FDI. Hoy en día una respuesta como esa sería inconcebible.
Los efectos de la propaganda, la manipulación y el ocultamiento durante décadas de ilegal y brutal ocupación militar fue percibida claramente por Bartov al interactuar con sus amigos. Cualquier sugerencia de que vivir en el país durante años les había insensibilizado hacia el dolor ajeno – el
dolor que había sido infligido en su nombre – solamente produjo un muro de silencio, un encerrarse en ellos mismos o un rápido cambio de tema.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.