Nada más político que la antipolítica

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La tipificación realizada por el historiador italiano Miguel Gotor se manifiesta en todo el mundo; puede extenderse, en forma cautelosa pero inspiradora, a lo sucedido en otros tiempos y latitudes. Busque las similitudes, las encontrará. 

Gotor en su libro L’Italia del Novecento, Dalla sconfitta di Adua alla vittoria di Amazon (Einaudi, 2021, Turín), introduce su crónica del siglo XIX al XXI en Italia con un breve capítulo que aborda “el poder de la antipolítica; la antipolítica al poder”. Ofrece una definición del concepto de antipolítica que utilizará para hacer un documentado relato de la política italiana y en particular de los últimos lustros que describe como una etapa completada de la vida nacional que según él tiene lugar después de la denominada “República de los partidos” que abarcó de 1945 a 1994. 

Según Gotor, la antipolítica es la representación de una ideología que, con su retórica, su técnica propagandística y sus valores, ha llegado a prevalecer en Italia con el paso de los años, tanto a nivel popular como al de la clase dirigente. La antipolítica es alimentada por dos sentimientos que aparentan cierto grado de contradicción o por lo menos de diferencia: la indignación y el rencor. 

La antipolítica es una forma que adopta la política a causa de la crisis de la democracia representativa. Se trata de un término polisémico (es decir que admite muchos significados) capaz de ser destructivo o constructivo, antidemocrático o superdemocrático, según las situaciones y el tipo de máscara adoptada por los distintos protagonistas y, desde luego, según los distintos intereses que estos intentan defender. 

Hay, por ejemplo, una “antipolítica del desilusionado”, alguien que ha abandonado la política después de una temporada de haberse desempeñado en la misma (como aquel economista y canciller uruguayo que descubrió en pocos meses en el gobierno que la política

Lic. Fernando Britos V.

no era lo suyo y ahora asesora a Milei). El desilusionado tal vez ha decidido replegarse a una dimensión privada y más provechosa. 

También existe “la antipolítica del egoísta” que prefiere pensar en sí mismo y en su familia, en tanto “su participación no cambiará nada, los demás no están a su altura y conviene más dedicarse a lo suyo” (el que se aparta para dedicarse a sus negocios redituables). 

En cambio “la antipolítica del apolítico”, o sea de aquel que no ha estado involucrado en la función pública o en una acción colectiva y que rechaza prejuiciosamente el lenguaje como forma de engaño o de retórica vacía porque “los gobernantes son buenos nada más que para prometer”. Es el presunto outsider, alguien “nuevo y puro” (como el supermillonario senador fantasma, del que se decía que ni siquiera sabía cantar el himno nacional y pasó por una legislatura con mayor pena que con gloria). 

Hay una “antipolítica del simplista” que promueve el sentido común y que simplifica lo complejo lamentándose porque los políticos no se ponen de acuerdo cuando es muy poco lo que se necesita para “comportarse como un buen padre de familia” (esta es una especie de “apolítico” muy difundida, quejoso pero carente de aporte). 

Existe la “antipolítica del oportunista” que prescinde de las diferencias entre los valores, los ideales y los intereses representados en la política e insiste en que las distintas orientaciones “son todas iguales y lo que se debe hacer es obtener las mayores ventajas de cada una” (de arriba un rayo). 

Hay una “antipolítica del indiferente” que no quiere complicarse la vida y que considera que la función pública es de por sí negativa; está insatisfecho, descontento o furioso y se imagina que los políticos son burócratas pagados por el pueblo para mantener ordenadas las cuentas de la empresa nacional. 

Existe también una “antipolítica activa y militante” que rechaza todo lo que proviene del gobierno y de la estructura de la democracia

representativa, acusándola de ideologismo, de estrechez de miras, de burocratismo, que debe ser sustituída por una política participativa “desde abajo” (generalmente pero no exclusivamente desde la izquierda) o mediante una “acción decisionista” (generalmente pero no exclusivamente desde la derecha) para liberar al sistema de las trabas grandes y pequeñas que impiden el desarrollo (muchas veces es la antipolítica de la gritería, el hombre con el megáfono). 

El rechazo a la política se desarrolla siempre en nombre y por cuenta de “una política distinta” (que debe todavía ser creada y que incluye la esperanza de que será buena en la medida en que nunca ha sido sometida a la prueba de la práctica). La crítica a la política se hace en procura de un ideal más elevado y noble (aunque generalmente vago y muy genérico) vinculado a la participación cívica en sentido progresista o a la eficiencia pura, al eficientismo del fin por encima de los medios, de cuño neoliberal. Esta “antipolítica militante” generalmente se hace a golpes de una retórica efectista de autopromoción pero carente de propuesta. 

Existe también una “antipolítica reflexiva”, que Gotor vincula a ciertos medios sobre todo urbanos y de cultura progresista, que tienden a mantener separadas las batallas singulares sobre valores, a menudo vinculadas con la defensa y promoción de los derechos individuales, debido a la fatiga generada por los esfuerzos construir una alianza transversal de tipo social, sea la que fuese. 

Existe la “antipolítica del elitista” o sea la de quien por su posición social o su estatus cultural puede menospreciar a la política de la gente común y la dimensión colectiva que esta conlleva. 

Asimismo la “antipolítica del populista” que en Italia es, según Gotor, una expresión de la pequeña y mediana burguesía productiva (que, en el último cuarto de siglo de la política italiana, se encarna en Forza Italia1 y en la Lega Nord2). 

Confundir una parte con el todo constituye la esencia ideológica de la antipolítica. Existe también la “antipolítica tecnocrática”, o sea la de quien piensa que la política carece de las competencias necesarias para resolver los problemas que los enfrentamientos cotidianos de los partidos políticos impiden abordar en profundidad. 

Por ende, ciertos expertos que han cursado estudios en centros y universidades exclusivas, que cuentan con vínculos de alto nivel y que hablan varios idiomas, “se ponen al servicio de las instituciones”, como demiurgos iluminados3 que están por encima de cualquier facción o militancia. Sucede muchas veces que después de un primer momento de consenso, ante una emergencia económica por ejemplo, los tecnócratas despiertan reacciones de hostilidad masiva que terminan asumiendo la forma de una “antipolítica populista” retóricamente dirigida contra una casta o élite (Milei y la Meloni, por ejemplo, han conseguido conjugar, alternadamente y a veces a un tiempo, distintas variantes de la antipolítica). 

Lic. Fernando Britos V.

NOTAS 

1 – La ideología de Forza Italia es similar a la de su predecesor, el Polo de la Libertad (PdL), un partido juntavotos de centro derecha que incluye a demócratas cristianos, liberales, conservadores y socialdemócratas. FI se presenta como una alternativa «liberal», «católica», «reformista» y «moderada» enfrentada a la izquierda política y en alianza con la derecha política.[ Fue el partido del finado Berlusconi. 

2 – La Liga Norte (Lega Nord, en italiano ) es un partido de derecha fundado por Umberto Bossi, que cuenta con apoyo exclusivamente en las regiones del norte de Italia. Actualmente, el programa electoral de la Liga Norte propone la descentralización (separarse de la “Roma ladrona”) y una dura limitación de los inmigrantes; su jefe es Matteo Salvini, vicepresidente y ministro en el gobierno ultraderechista de Giorgia Meloni. 

3 – En la filosofía platónica eran las divinidades que crean y armonizan el universo. 3

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