Las patologías psicológicas desmesuradas, la violencia, la crisis de identidad sexual, el poder de la mente y el poder del Estado se cruzan en “El el silencio de los inocentes”, el galardonado del thriller psicológico del realizador estadounidense Jonathan Demme ganador de cinco premios Oscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficos de Hollywood entre ellos el de Mejor Película, que, a 35 años del estreno fue repuesto en función especial única por el Complejo Movie Center, en el marco de la una plausible política de revisitar grandes clásicos del cine que marcaron una época.
Esta película, estrenada en Uruguay en 1992, fue la tercera crítica de cine que publiqué en un diario, por lo cual tiene un significado muy especial para mí en lo profesional. Por supuesto, más de tres décadas después y con una maduración intelectual de la que yo carecía por ese entonces, mi mirada contemporánea es necesariamente muy diferente a la de hace 34 años.
Incluso, un detalle que no es menor es que, en esa época, el debate sobre la salud mental no estaba tan arraigado como en el presente. Por ende, el hecho
que el protagonista de esta historia de ficción sea un asesino serial con compulsiones antropofágicas sea una psiquiatra, torna a aún enrevesada la comprensión del cuadro dramático. ¿Puede realmente un psiquiatra de la escuela freudiana volverse un alienado y perpetrar crímenes tan abominables? La respuesta parece ser afirmativa, El director y guionista Jonathan Demme asumió el desafío de adaptar al cine la novela de Thomas Harris, que originalmente se llama “El silencio de los corderos”, Aunque es una trilogía que incluye dos relatos más con el mismo personaje como protagonista, esta película fue la que realmente impactó a las audiencias.
Tal vez el interrogante más importante sea ¿Por qué un asesino serial puede transformarse en un antropófago? La ciencia ha estudiado el tema y ha emitido su veredicto. Porque consumir carne humana responde a deseos de control total sobre la víctima, parafilias y la creencia delirante de absorber el poder o el alma de a quién mata y devora. Esta compulsión se origina en conductas esquizofrénicas y delirantes y existe una desconexión con la empatía, falta de remordimiento y la total incapacidad de ver al otro como un ser humano, Esas creencias irracionales son la que inducen a la amputación del cuerpo, además del poder que se ejerce sobre la víctima, que deviene indefensa.
El otro interrogante es: ¿cómo un psiquiatra, cuyo rol es supuestamente curar o aliviar el padecimiento de sus pacientes, puede enloquecer y devenir en un asesino serial? También en este caso la ciencia tiene respuestas. Porque este médico, que convive a diario con las patologías y con el dolor emocional puede adquirir rasgos alienados, como la psicopatía y un deseo perverso de ejercer poder y control, empleando el poder otorgado por sus conocimientos y la confianza de los pacientes que atiende,
Este soberbio film es bastante más que un thriller como se suele catalogar comercialmente a los productos audiovisuales del género policial contemporánea, Es un ensaya sobre la locura, pero también sobre el poder y, particularmente, de cómo puede sintonizar la inteligencia con las patologías mentales.

En tal sentido, las entrevistas o interrogatorios entre el asesino y psiquiatra psicótico y la investigadora a cargo del caso son, en realidad, auténticas sesiones de psicoanálisis, donde el interrogado intenta manipular emocionalmente a la interrogadora. En ese contexto, le proporciona información sobre otro asesino psicópata, bautizado como el Búffalo Bill, por su compulsiva obsesión por desollar a sus víctimas, al igual que un personaje histórico,, que era un famoso explorador y cazador de bisontes, cuyas pieles vendía al mejor postor. A cambio de esa información, la investigadora le narra diversos aspectos de su vida y el drama que le indujo a refugiarse en FBI, para protegerse del trauma provocado por la trágica muerte de su padre policía y de otros problemas que arrastra de desde su infancia.
El otro tema que desarrollan, tanto la novela como la película, también es científico. Todas las víctimas de ese asesino serial que anda suelto y secuestra a mujeres antes de matarlas, tienen dentro de sus gargantas una crisálida o pupa de de una polilla gigante —específicamente de la especie Acherontia styx o esfinge de la calavera. En este caso, hay una ritualización de la muerte y de la resurrección, porque estos insectos, al igual que las mariposas, experimentan diversas mutaciones en el decurso de sus efímeras vidas.
Los protagonistas de este relato, sin dudas tan perturbador como estremecedor, son la joven agente del FBI Clarice Starling (la formidable Jodie Foster) , y el asesino serial y psiquiatra Hannibal “El Canibal” Lecter (el incomensurable actor gales
Anthony Hopkins), quien permanece recluido en una cárcel de alta seguridad por su reconocida peligrosidad.
Como se trata de una mera aprendiz aún no graduada en la academia de Policía, la joven es puesta a prueba por su superior jerárquico Jack Crawford (Scott Glen), que dirige la Unidad de Ciencias del Comportamiento, quien le encarga que acuda a un penal de alta seguridad para delincuentes psicópatas, con el propósito de entrevistar a Lector, quien, en contexto de aislamiento, se dedica a leer, dibujar y escuchar música clásico, Aunque aparenta ser un hombre apacible, son sus ojos, tomados en primer plano por la cámara, los que revelan su oscuro e inescrutable interior.
Para llegar hasta su celda, la joven agente debe padecer el moderado acoso sexual del director del centro psiquiátrico carcelario, Frederick Chilton (Anthony Heald), quien odia a Lecter e intentar seducir y controlar a la investigadora.
Pese a que se trata de un policial psicológico de alto impacto, las secuencias más trascendentes no son las de extrema violencia, sino las entrevistas entre el alienado asesino serial y psiquiatra y la joven agente federal, en las cuales se comienza a visualizar el perfil psicótico del otro asesino prófugo, cuyo verdadero nombre es James Gumb (Ted Levine), quien fue paciente de Lecter. También comienzan a aflorar los conflictos de la joven, que se quedó huérfana de padre, porque este, que era policía, fue asesinado, Además, pasó parte de su infancia en una granja, donde, una noche se despertó sobresaltada por gemidos en que un primer momento no pudo identificar.
Esos entrevistas, construidas como auténticas sesiones de psicoanálisis, constituyen la base de un vínculo entre dos seres humanos que se necesitan, en cuyo contexto el preso opera como una suerte de terapeuta y la joven como paciente, más allá que todo sea parte de la trama argumental en la que también subyacen motivaciones políticas, cuando el salvaje Buffalo Bill secuestra a la hija de una senadora y la recluye en un pozo en su casa, que es un ambiente oscuro extraño y de atmósfera densa y ominosa, surcado pro polillas y mariposas que vuelan incesantemente. Es un ambiente dantesco y una cárcel sin barrotes de la que, no obstante, no es posible escapar, porque está blindada contra los ruidos y los eventuales pedidos de auxilio.
Su anfitrión es un travesti, que le arranca la piel a sus víctimas para disfrazarse de mujer. Se trata de un trastornado con un serio conflicto de identidad, que ha fracasado estrepitosamente en su propósito de concretar una cirugía de cambio de sexo.
Su feroz patología la proyecta a las mujeres, a quienes odia y envidia, porque son lo que quisiera ser él y el símbolo de ese conflicto son las polillas o mariposas, que sí tienen la capacidad de mutar, en una metamorfosis que les permiten alcanzar rápidamente la adultez, aunque luego vivan solamente entre tres y cuatro semanas.
En realidad, mientras Lector representa la autoridad científica y la fortaleza emocional, este desdichado asesino representa la frustración. El nexo imaginario entre ambos es la joven agente del FBI, que también encarna la fortaleza y la resiliencia, porque ha sido capaz de sobrevivir a una pérdida irreparable y a los traumas y represiones heredados de su infancia, que tiene una clara connotación freudiana, en tanto el silencio de los corderos de la granja en la cual vivió en su infancia a los que alude el título de la novela original, en realidad son alaridos. Esos alaridos constituyen auténticas metáforas de la culpa, por no poderlos rescatar del sacrificio y la muerte. Por eso, su mayor objetivo es poder rescatar a la secuestrada hija de la senadora y así salvarla de una muerte inminente.
Uno de los vectores temáticos más trascendentes de este relato es, sin dudas, el poder, que reside en el psiquiatra manipulador, el asesino secuestrador y hasta en la resiliente investigadora. En tanto, paradójicamente, la vulnerabilidad está presente en la joven secuestrada y en su madre senadora, que le ruega a Lecter que la ayude e incluso le implora al criminal que tiene en poder a su hija que no la mate. Es decir, baja de su pedestal y actúa únicamente como una madre doliente. Este cruzamiento de vínculos y de actitudes subvierte caramente la ecuación del poder.
Esta soberbia película, más allá de su formato policial, tiene la intrínseca virtud de humanizar a todos los personajes, aun a aquellos que, a priori, puedan parecer deleznables.

En cierta medida, más allá de los asesinados, que son las víctimas, otros personajes son, a la vez victimarios y víctimas, porque las patologías mentales son dolorosas para quienes las padecen y para terceras personas, que devienen en víctimas indirectas del drama.
Aunque tal vez ningún crítico ya haya definido así, en lo personal, considero que “El silencio de los inocentes” es una suerte de tragedia griega, con la excepción que, salvo la joven policía del FBI, no hay héroes, porque todos son antihéroes. Cada uno de ellos tiene sus fortalezas y vulnerabilidades,
Hace 34 años, la crisis de la salud mental que se profundizó con fuerza singular luego de la pandemia, no se percibía con la misma intensidad que en el presente. Incluso, los dementes eran percibidos como monstruos como el protagonista de “La metamorfosis”, del Franz Kafka, pero no como personas que requerían ayuda y ser sanados. Eras atendidos por psiquiatras que se limitaban a contenerlos emocionalmente, pero no se asociaban a la psicología para hurgar en sus abismos, en sus historias personales y en sus traumas.
En ese contexto, aunque fue un film muy exitoso y taquillero, fue valorado más como un policial o como un mero thriller psicológico que como un drama de personas sufrientes y complejas, que debían sobrevivir como pudieran con sus desvaríos o conflictos emocionales, casi sin respuestas realmente terapéuticas.
Este film es un buen ejemplo de la necesitan de atender las patologías mentales con seriedad, profesionalismo y sensibilidad, porque los enfermos son víctimas, aunque en algunos casos también puedan ser victimarios.
Además del poder, que ya hemos analizado como uno de los núcleos más potentes de este largometraje, la obra plantea el tema de la sexualidad reprimida o del trastorno de identidad sexual, cuando los homosexuales y los travestis en proceso de mutación, no eran tan contemplados como en el presente.
Desde ese punto de vista, se trata de una película desafiante porque, a diferencia de otras historias de asesinos seriales, transforma a estos no en meros monstruos inadaptados y enfermos, sino en personas segregadas, por ignorancia o por falta de comprensión de sus problemas.
En efecto, este largometraje rompe con los cánones del género, por ejemplo, en el caso del asesino desollador, que, más allá de su patológica demencia, puede amar a una pequeña perra, a la cual no percibe como una enemiga, sino como una mascota que lo acompaña y hasta lo mima, como no lo minan los humanos.
En tanto, el personaje del psiquiatra Lecter, que es un criminal peligroso y hasta practica la antropofagia, tiene la capacidad de empatizar con una persona que ha sufrido tanto como la joven agente del FBI, quien se refugia en la Policía para sentirse protegida y segura, aunque tenga que afrontar los riesgos cotidianos por los requerimientos de su trabajo, Incluso, la joven investigadora Clarice Starling es capaz de sentir piedad por Lecter, mucho respeto y, en cierta medida, hasta afecta, porque se siente comprendida y contemplada por este éste. El vínculo entre ambos es de Eros y Tanathos, que representan a la vida y la muerte, que se originan en la Teoría del Psicoanálisis del eminente sabio y neurólogo austríaco Sigmund Freud,

Esta película, que cuenta con actuaciones consagratorias de Anthony Hopkins y Jodie Foster, es una auténtica pulseada entre la racionalidad y la demencia, pero también la historia de un vínculo muy cercano entre un psiquiatra y una circunstancial paciente, en un contexto de encierro y aislamiento, donde el profesional y asesino serial es considerado casi un animal, por más que dibuje, lea y hasta escuche música clásica. Su alienación compulsivamente va por dentro y su predisposición a comerse a sus víctimas es una suerte de ejercicio de poder o tal vez la intención de apropiarse hasta de sus cuerpos. En efecto, se cree con derecho a determinar quien vive y quien muere, En ese marco, su intención es ayudar a la mujer policía para que puede encontrar y luego capturar al peligroso e inidentificado asesino, que se venga de la sociedad, a través de las mujeres, a quienes sin dudas odia, porque ellas tienen todo lo que él desea, pero la ciencia le niega. Es decir, se siente castigado por una sociedad que no le otorga respuestas a su problemática,
En definitiva, el silencio al cual alude el título de este film puede tomarse como el silencio de una sociedad indiferente al dolor ajeno que, con su actitud, sólo contribuye a exacerbar las patologías, que no son sólo físicas y psíquicas, sino también sociales. No en vano, aunque no se explicite, en 1988, cuando se publicó la novela que inspira esta película, comenzaba una nueva era para la humanidad, tras el colapso del socialismo real y el epílogo de la bipolaridad planetaria, caracterizada por la inauguración de la sociedad líquida que tan bien describía el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, signada por la ruptura de los vínculos, la incomprensión y la indiferencia, la crisis vincular , la alienación colectiva y la violencia desaforada originada en la ausencia de diálogo y de comprensión mutua.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
El silencio de los inocentes, (The Silence of the Lambs). Estados Unidos 1991, Dirección: Jonathan Demme. Guion: Ted Tally (basado en la novela de Thomas Harris). Música: Howard Shore. Fotografia: Tak Fujimoto. Edición y montaje; Craig McKay. Reparto; Jodie Foster, Anthony Hopkins, Scott Glenn, Ted Levine,, Brooke Smith,, Diane Baker y Kasi Emmons .
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