“Resurrección”: El delirio de soñar que somos humanos

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El tiempo, el espacio, la caducidad de todas las cosas, la quimera de la inmortalidad, los sueños y el vertiginoso avance de la tecnología característico del tercer milenio, son los seis soportes temáticos que sustentan resurrección la obra maestra del realizador Bi Gan, que ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y disparó una radical controversia en torno a tu novedoso abordaje de la realidad, que de dividió, en forma cas asimétrica, entre la admiración y la crítica despiadada y mordaz.

Este filme, que es una suerte de homenaje al cine, desde el período mudo hasta el presente, pasado por la irrupción del cine sonoro, la magia del color y las tecnologías de última generación que han vaciado paulatinamente de inventiva al arte mayor, es un auténtico prodigio en todo sentido y tal vez el título más importante que se estrenará esta temporada.

Obviamente, se trata de un producto para consumo de avezado cinéfilos, habituados al cine de calidad y de alto valor simbólico, y no a los meros mastodontes pasatistas que nada dejar en el espectador, pero si colman las salas de exhibición.

Aunque el relato abarca naturalmente varias épocas y recorre varias generaciones, tal vez lo más significativo en materia temporal esté contenido en el último tramo del relato, cuando China se prepara para recibir el nuevo siglo, en un clima de festejos pero no exento de preocupación.

Como se recordará, por entonces uno de los grandes núcleos de inquietud era  el temido “apagón analógico” y el denominado  Efecto 2000 (Y2K). En efecto, en los primeros años de la informática, para ahorrar memoria los programadores usaban solo dos dígitos para el año (ej. «99» en vez de «1999»). El riesgo era que, al llegar el año 2000, los sistemas lo interpretarían como «00» (1900), causando un colapso global.  En afecto, almacenar datos era extremadamente caro en los inicios de la computación. Por ello, se programaron millones de líneas de código omitiendo los dos primeros números del año. La temida hipótesis era que, al llegar las 00:00 del 1 de enero de 2000, las computadoras interpretarían automáticamente que era 1900. El pánico radicaba en un efecto en cadena: desde el fallo de cajeros automáticos y bancos, hasta la caída de redes eléctricas, trenes, aviones y sistemas médicos. 

La solución no fue mágica., sino una de las mayores operaciones de prevención de la historia. Se invirtieron más de  300.000 millones de dólares a nivel mundial para revisar software antiguo, reescribir código y actualizar sistemas operativos. En ese contexto,  el cambio de año transcurrió con total normalidad y apenas se registraron fallos menores en algunos sistemas no vitales. Este fenómeno pasó a la historia como una de las mayores alertas tecnológicas superadas con éxito. Sin embargo, el pánico fue creado por las alarmas mediáticas.

Aunque en esta largometraje este tema no es abordado ni siquiera tangencialmente, el nuevo siglo marcó un punto de inflexión para la milenaria China, ya que coincidió con un monumental salto cualitativo en materia de desarrollo económico y social y fundamentalmente tecnológico, ya que el multitudinario país asiático comenzó a jugar en las grandes ligar y a competir comercialmente con las potencias hegemónicas.

Lo que sucede en esta transición entre la noche del 31 de diciembre y el despuntar del nuevo siglo y el nuevo año- que ocupa virtualmente la última media hora  de un largometraje de dos horas y cuarenta minutos, resulta clave para interpretar el significado de esta película, ya que el momento preciso en el cual las agujas del reloj trasponen el umbral de la medianoche supone la muerte teórico de ,lo analógico y el nacimiento de la era digital, por más que este proceso engorroso tardó en concretarse.

Incluso, los más  supersticiosos se hicieron ecos de una cuarteta escrita por el boticario y sabio francés Michel de Mostradme Nostradamus, quien pronostico la llegada del Rey del Terror (Satanás) el séptimo mes de 1999, lo que marcaría el inicio de Apocalipsis bíblico narrado en el Nuevo Testamento.

Aunque casi ningún colega crítico parece advertir la incidencia del año en el cual culmina esta extensa película, aquí la temporalidad es relevante, para todo el mundo pero particularmente para China, que comenzó a abandonar la rígida planificación marxista a fines de la década del setenta y el comienzo de los ochenta, cuando tras la muerte del Gran Timonel Mao Zedong, comenzó a mutar su modelo comunista en una economía mixta, con fuerte participación del mercado. Ese fue el punto de inflexión que le permitió, a partir de 2001, ingresar a la Organización Mundial de Comercio y, a partir de 2010 erigirse en una potencia en materia de tecnología, con tasas de crecimiento económico y consumo muy superiores a las del Estados Unidos y la Europa más desarrollada. Incluso, desde 2015 es considerada la mayor economía global al medirlo por paridad de poder adquisitivo (PPA). Actualmente, lidera también en industrias de tecnología, energías renovables e inteligencia artificial.

Ese cambio cualitativo y también cultural, impulso, por la mutación de los patrones de consumo, fue occidentalizando a la sociedad china, que hoy mixtura sus añejas tradiciones milenarias con una estructura social más padecida a los capitalismos más desarrollados de Europa. En ese contexto, sus habitantes hasta modificaron su modo de vestir, sus estéticas y escuchar rock y otros ritmos occidentales.

Asimismo, en 1999, año en el cual culmina esta intrincada historia de ficción, China completó un proceso de larga data que se inició dos años atrás y que le permitió dejar definitivamente de ser colonia, cuando Gran Bretaña le devolvió Hong Kong a sus dominios, que puso fin de 156 años de control por parte de la potencia anglosajona, con el compromiso que la economía capitalista pudiera convivir con un régimen de raigambre marxista. Por fin, China recuperaba la soberanía sobre todo su extenso territorio y estaba en condiciones de lanzarse a la conquista del mundo, a través del comercio y erigirse en unos de los amos del mercado, generando una nueva bipolaridad con Estados Unidos, que ahora no es ideológica sino comercial.

¿Qué relación tiene este fenómeno histórico y político con la película? Tal vez, ninguna. Sin embargo, el título “Resurrección” si lo tiene, porque es un sinónimo de renacer pero también de mutar, como ha mutado China, de un sistema agrario casi feudal hasta fines de la década del cuarenta, al comunismo a partir de 1949 y luego, desde comienzos de la década del ochenta, a un sistema que mixtura el capitalismo con un régimen centralizado de partido único, que convive con el mercado.

Esta es la última película de Bi Gan, que, en su anterior entrega, había impactado de la crítica y las audiencias con “Largo viaje hacia la noche” ahora aborda un proyecto mucho más ambicioso, que impacta con su formulación visual, por sus simbolismos de naturaleza alegórica y por la potencia de su lenguaje narrativo, por más que carece de linealidad.

En este caso, el cineasta no sumerge en una suerte de universo multidimensional, que supera varias capas temporales –que transitan del cine mudo al sonoro- hasta instalarse en una sociedad que alcanza ideales estándares de longevidad. Sin embargo, el alto costo de de este logro es la abolición de la capacidad de soñar, que se transforma casi en un delito. Para esta estructura monolítica y autoritaria, los únicos que sueñan son los delirantes, que serían, como los define la ciencia psiquiátrica, una suerte de alienados. La clase es que, en la mente sí delirante de quienes establecen esta penalización, quien sueña está condenado a morir y el que no lo hace vive eternamente, por más que ello será por supuesto imposible. Es, en todo caso, la lucha entre la poesía de vivir, sentir pero también sufrir y finalmente fenecer y pertenecer a una casta similar a la de los dioses de la antigua Grecia, que eran capaces de sentir como los humanos pero estaban inexorablemente “condenados” a la inmortalidad.

En ese contexto, aflora el personaje más potente de este relato que carece de toda linealidad y que está construido de fragmentos y de caóticas imágenes e historia que destacan por su brevedad. Es el delirante, encarnado por el Jackson Yee, quien encarna a cinco personajes en distintos episodios. En el primero de ellos es torturado como un preso político en una dictadura, por el insólito “delito” de soñar y violentar el statu quo dominante.

El otro personaje que aparece recurrentemente, es una misteriosa mujer interpretada por la actriz Shu Qi, quien tiene a su carro la misión de rescatar al o los delirantes de situaciones cuando estos están en situaciones comprometidas, con el loable propósito de de que todo se encuadre dentro de territorio de la racionalidad.

Este extenso largometraje está dividido en seis episodios, con estéticas compatibles con la evolución del cine a través de sus 130 años de vida, como testigo de la propia historia de la humanidad.

Mientras el primer territorio cinematográfico está ambientado en las décadas inaugurales del siglo pasado, coincidiendo con el cine mudo y el genial parto primigenio de Méliés, transitado a través de títulos emblemáticos y casi artesanales como “El viaje a la Luna” y el “Nosferatu”, de Murnau.

Hay, en el segundo episodio, una apelación al cine negro y al género de espionaje que es fácilmente identificable con la formulación estética propia de las décadas del treinta y el cuarenta. Empero, ya comienza también a respirarse con fuerza los oxigenantes climas de la década del ochenta, en una sucesión de imágenes que se prologan en el tiempo y el espacio hasta el segmento final de esta gran película, que ocupa los cuarenta minutos finales, todo rodeado de un potente plano secuencia que que parece deglutir al propio espectador, en juna experiencia sensorial y sonora realmente impactante, que aunque abarca  apenas poco más de la quinta parte de la extensión total de esta película, es, sin dudas, lo más significativo, por su profundo simbolismo y su sello intransferiblemente alegórico. Allí reaparecen nuevamente el delirante o soñador y su protectora, que se define a sí misma como una mujer vampiro, porque, aunque confiesa estar muerte desde hace tiempo, se sigue moviendo con soltura y entusiasmo. Mientras esta misteriosa fémina afirma que su sueño en poder morder a alguien, el hombre, que también es una suerte de espectro, replica que su mayor aspiración es tener la oportunidad, por lo menos por una vez, de besar a alguien. Aquí aflora una suerte de erotismo, porque si bien el mordiscón puede sugerir violencia porque suele, es parte de un juego sexual, al igual que el peso. Es cariño puro y es, en definitiva, vida, porque sólo besa y muerde el que vive y el que ama y sólo es capar de amar el que sueña, tanto dormido (ensoñación) como despierto.

Incluso, para el genial sabio austríaco Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, es una manifestación del placer oral y un regreso inconsciente a la seguridad del pecho materno. Simboliza una «alimentación sin devorar», donde la succión y el uso de la lengua imitan el primer vínculo de apego y supervivencia del ser humano. Incluso, para Freud el mordiscón simboliza una de las primeras formas de vincularse con el mundo y gestionar las emociones. En el psicoanálisis, se asocia principalmente con dos conceptos fundamentales relacionados: la fase oral sádica o canibalismo que se consagra cuando al bebé le comienzan a aflorar los dientes y muerde el pecho materno,  y la ambivalencia afectiva y fijación, que es el deseo de lastimar lo que se ama y apropiarse del pecho materno, mediante un impulso que es placentero pero a la vez posesivo y obsesivo. 

Este largo plano secuencia, que tiene una estética cuasi fantasmal y se desarrolla en la noche de transición (31 de diciembre de 1999) y el primer minuto de 2000, que ya es el nuevo siglo o bien el tercer milenio, alterna el resplandor y el estallido de los artefactos pirotécnicos –asociados al origen de la pólvora que es atribuida precisamente a los chinos- y el permanente deambular de esa pareja espectral, entre la violencia desenfrenada de las borracheras, las fiestas y el karaoke. Hay sangre, pero también beso, abrazos y, naturalmente mordiscones. ¿En ese contexto tan complejo es posible la supervivencia de los sueños y el delirio como sinónimo de vida con caducidad, pero también de placer y obviamente de sufrimiento? La respuesta está en las imágenes- de una potencia y singularidad demoledoras – y la muerte que es, a su vez, resurrección, para quienes creen que se puede trascender más allá de la peripecia biológica y vital.

En esta película, que destaca por su intrínseca originalidad, su vuelo poético y su impronta alegórica, Bi Gan despliega una parafernalia de colores, formas, sonidos, mensajes y, por supuesto, inflexiones de naturaleza filosófica, con apelaciones incluso políticas, aunque estas no sean tan explícitas.

Este es un film para ver y tal ver volver a visionar, porque tiene un superlativo grado de complejidad, acorde con un tiempo histórico caracterizado por la fugacidad de las cosas, el consumo desenfrenado y el trabajo alienado, como bien lo definía el inconmensurable filósofo economista y sociólogo alemán Karl Marx, que con sus escritos y su prédica esclarecedora, demolió todo los supuestos del capitalismo y la teoría praxis de la acumulación, pregonando la emergencia de abolir la propiedad privada de los medios de producción, como primordial herramienta emancipadora de la clase trabajadora. Más de un siglo y medio después, como lo corrobora esta película, la lógica concentradora de la riqueza sigue siendo hegemónica. Sin embargo, aun respira en nosotros la capacidad, como una suerte de delirio, de soñar, hasta donde se pueda, con ser felices mientras dure nuestra peripecia existencial.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Resurrección: China 2025. Dirección: Bi Gan Guión Bi Gan Producción: Bi Gan, Charles Gillibert, Yang Lele, Jing Leng, Olivier Père, Guang Ren, Zuolong Shan, Kaustubh Singh, Juan Wan. FotografíaDong Jingsong. Montaje: Bi Gan. Música: Anthony Gonzalez. Reparto: Jackson Yee, Shu Qi, Mark Chao, Li Gengxi, Hao Lei, Zhang Yi, Dong Zijian, Lee Hong-Chi y Meng Xia

 

 

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