“Amarga navidad”

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Una catarsis de fracturas subyacentes

La ansiedad como patología predominante en este tercer milenio, el duelo, el suicidio, el amor, el desamor, la frustración, la homosexualidad, la sequía creativa como tormento de cineastas y escritores y la apropiación de relatos ajenos son los nueve potentes ejes argumentales de “Amarga navidad”, el nuevo filme del talentoso pero siempre controvertido cineasta manchego Pedro Almodóvar, que tiene en su haber una carrera artística de más de medio siglo y un total de 25 películas como director y guionista.

Almodóvar es, sin dudas,  uno de los grandes íconos del destape del cine español que siguió a la muerte del dictador Francisco Franco –acaecida en 1975-, al cese de la censura y a la democratización del país, aunque España siga manteniendo la tradición monárquica que convive con una suerte de sistema parlamentario de formato europeo.

En ese contexto, fue y sigue siendo el cineasta español que más ha cultivado el cine dominado por la sexualidad y, en forma muy particular, por la homosexualidad, terriblemente penalizada por el régimen franquista que impuso una abominable dictadura durante  cuarenta años y, naturalmente, por la Iglesia Católica, que considera que el vínculo sexual y amoroso entre personas del mismo sexo es pecaminoso, aunque no siempre ha condenado el enchastre que supone la pederastia de numerosos curas.

Incluso, el propio cineasta es homosexual y jamás ha ocultado su condición de tal, en una sociedad que, precisamente por la influencia determinante del catolicismo como culto religioso predominante, jamás ha aceptado la libertad de las personas de actuar como sienten y no como marca el statu quo de una organización congelada en la Educación Media. Lejos de arredrarse, Almodóvar ha atacado recurrentemente a la Iglesia, mediante un lenguaje bien frontal, denunciando la corrupción y la depravación puertas adentro de una institución que se considera a sí misma como depositaria de la moral pública. Incluso, en una entrevista concedida a la publicación “Vanity fair” en su edición italiana, recordó, que, en su infancia, un cura intentó abusar sexualmente de él en un colegio católico, pero “yo siempre escapé”. 

“Hubo muchos abusos en el colegio. Especialmente entre los niños más pequeños”, confesó el realizador. “Recuerdo al menos veinte niños internos que fueron acosados. También lo intentaron conmigo. Había un sacerdote que siempre me ponía la mano en el patio para que se la besase. Nunca lo hice”, evocó en cineasta, quien, por entonces, tenía apenas 10 años. “Teníamos mucho miedo”. Según Almodóvar, los abusadores quedaron impunes. Por supuesto, la Iglesia era una firme aliada de la dictadura encabezada por el golpista y criminal general Francisco Franco.

La impronta cinematográfica de Pedro Almodóvar -siempre provocadora, desafiante y recurrentemente impregnada de superlativa y despiadada acidez crítica- retrata descarnadamente los inconformismos varios de una sociedad jaqueada por las rupturas, la disfuncionalidad de las relaciones personales y las frustraciones individuales y colectivas.

En tal sentido, toda su producción, que abarca más medio siglo de actividad artística ininterrumpida, pone particular énfasis en los dramas humanos, con un reflexivo acento en lo existencial, no exento de humor sardónico y desenfadado. En otro orden, aunque su cine no es político partidario, sí en algunos casos es político. 

De todos modos, aunque siempre se ha definido como una persona de izquierda, sus abordajes suelen ser más bien sutiles.

Su tan abundante como fecunda filmografía incluye títulos referentes como: “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” (1984), “Matador” (1986), “La ley del deseo” (1987), “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (1988), “¡Átame!” (1990), “Tacones lejanos” (1991), “Kika” (1993), “La flor de mi secreto” (1995), “Carne trémula” (1997), “Todo sobre mi madre” (1999), “Hable con ella” (2002), “La mala educación” (2004),  “Los abrazos rotos” (2009), “La piel que habito” (2011) , “Dolor y gloria” (2019),  “Madres paralelas” (2021 y “La pieza del al lado” (2024), entre muchos otros.

Más allá de naturales altibajos- que ciertamente los hay- la extensa filmografía de este auténtico arquitecto del desencanto constituye una suerte de cine si se quiere testimonial, por más que siempre se nutre de la ficción con un trasfondo realista.

En ese marco, la apelación al formato de teleteatro como retrato social y no como mera frivolidad de consumo masivo pasatista y gastronómico, le ha permitido posicionarme como uno de los realizadores más populares de la cinematografía de habla hispana.

Una de las vertientes que más ha explorado al maestro manchego es el cine de mujeres y, por ende, el que otorga el rol más protagónico al sexo femenino, en varios títulos de su ya tan extenso como prolífico trabajo creativo. No en vano, en múltiples películas, las protagonistas son precisamente mujeres y grandes actrices, como Carmen Maura, Rossy de Palma, Victoria Abril, Marisa Paredes, Penélope Cruz y Cecilia Roth. En la mayoría de los casos, son personas independientes, fuertes, complejas  y muy humanas.  Por supuesto, también son vulnerables, cometen errores, sufren, lloran y tiene recurrentes estallidos emocionales. De todos modos, suelen ser dueñas de sus destinos y su amplio universo tiene múltiples identidades, como amas de casa pero también mujeres trans y trabajadores sexuales. Con frecuencia, asumen un rol superlativamente superior al de los hombres.

Almodóvar idealiza a las mujeres, porque se inspira en el ejemplo de su madre, de otros familiares y hasta de vecinas de La Mancha, lugar de donde es oriundo. En ese marco, considera al sexo femenino como más fuerte y con mayor capacidad de resiliencia que el mal llamado sexo fuerte, que es el masculino. La experiencia histórica ha corroborado que si bien los hombres son más fuertes por su complexión física y anatomía, las mujeres ostentan mayor valentía y fortaleza emocional.

Incluso, en “La pieza de al lado”, su anterior película y la única hablada íntegramente en inglés, las protagonistas son dos artistas de excepción: Julianne Moore y Tilda Swinton. Mientas la primera es alguien que padece una patología terminal, la segunda es la amiga que acepta acompañarla hasta el final de su vida, con la convicción que la enferma, en algún momento, se quitará la vida. En ambas hay temple y superlativa valentía, Las actuaciones de las dos son realmente para encuadrar.

Esta nueva película, que es mucho más un drama que una comedia aunque contenga algunos pasajes jocosos bien almodovarianos por su acidez y su humor negro, es un juego de espejos, porque desarrolla dos relatos paralelos- uno supuestamente real y el otro ficticio- que tienen algo en común: en las dos caras del espejo hay cineastas- un hombre y una mujer- que son, en forma más deliberada que coincidente, directores de cine y guionistas, En cierta medida y no es la primera vez que eso sucede, ambos son, de algún modo, alter egos del propio Almodóvar, particularmente Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia), que además, al igual que él, es homosexual. Lo mismo sucedía en “Dolor y gloria”, donde el creador era encarnado por Antonio Banderas y su amigo y ex pareja estaba interpretado también por Leonardo Sbaraglia. Otro parangón en común es el vacío y la crisis de la creación por agotamiento, que también están presentes en otras películas precedentes, como “La mala educación” y “La ley del deseo”.

Esta es una película dentro de otra, que puede ser extrapolada con los  universos paralelos, una hipótesis científica y filosófica que sugiere la existencia de otras realidades o universos coexistentes con el nuestro o el multiverso,  una suerte de cosmología de la física cuántica y de la filosofía, la cual propone que nuestra realidad es solo una pequeña fracción de una totalidad muchísimo más vasta. Algo así como otras dimensiones. 

El protagonista es un cineasta con una larga ausencia en las pantallas y las marquesitas, que vive con otro hombre que supuestamente lo ayuda, pero es fácil intuir que se trata de su pareja. Luego de su larga sequía, comienza a escribir una historia, en la que emerge una colega que tiene el mismo problema: Elsa (Bárbara Lennie), quien padece un largo período de sequedad creativa literaria y cinematográfica. Ello la induce a dedicarse a la publicidad,  al igual que su colega del otro lado del espejo, aunque esa circunstancia para nada la complace.

Es más: la mujer padece permanentes crisis de ansiedad y Trastorno de Pánico, que, en los casos más agudos, suele presentar síntomas físicos realmente estremecedores, como taquicardia,  mareos, inestabilidad o aturdimiento, sudoración, escalofríos, temblores o rigidez muscular, hormigueo o entumecimiento en manos y pies y  problemas estomacales. No le van en zaga los síntomas emocionales, que son, por ejemplo, miedo intenso sin mayor fundamento, temor a morir y, en algunos casos, una necesidad urgente de huir.

Incluso, a diferencia del colega situado del otro lado de ese espejo imaginario, la mujer no es tan reservada en sus relaciones, ya que mantiene un vínculo romántico con un hombre considerablemente más joven y radicalmente diferente a ella. Se trata de un bombero que, en horas de la noche, trabaja como stripper, concitando la ovación y los largos suspiros de una multitud de mujeres.

Para ambos protagonistas el desafío es la resurrección por lo menos en términos metafóricos y una necesaria mutación que les permita superar su estado de postración emocional y trascender a sus muy devaluadas autoestimas. 

Empero, la vida del atribulado cineasta y guionista padece un quiebre, cuando su productora, encarnada por Aitana Sánchez-Gijón, lo abandona luego de dos décadas del trabajo conjunto, a los efectos de cuidar a una amiga que padece graves problemas.

Esa separación, que es dolorosa pero a la vez inspiradora,  plantea otro quiebre en el relato, cuando el artista se inspira en esa mujer para seguir escribiendo su guión, ante la total carencia de nuevas ideas y una desesperante sequía creativa.

Obviamente, aunque sea habitual que los cineastas se inspiren en personas reales y las transformen en personajes de ficción, lo que no parece demasiado ético es que lo hagan sin la autorización y, por supuesto, modificando nombres y algunas circunstancias. En ese contexto, habita su historia también con otras mujeres problemáticas y aun más desgraciadas que ella.

La parcial ambientación de esta ficción humana encapsulada dentro de la ficción cinematográfica original en Lanzarote, un sitio paradisíaco ubicado en las Islas Baleares donde vivió sus últimos años el Premio Nobel de Literatura portugués José Saramago, establece un radical contraste entre la belleza natural y la mansedumbre de ese lugar único y las situaciones críticas que padecen los humanos.

También es deliberado que la historia parida por un artista en decadencia que teclea frenéticamente en su computadora en una suerte de alienado ejercicio de fusión con la tecnología, transcurra en navidad. En este caso, existe también una contradicción, ya que a la navidad se le suele asociar con la alegría y con la armonía entre las personas y en este largometraje sucede todo lo contrario, ya que sus protagonistas son dos solitarios y depresivos y sus vínculos son más bien disfuncionales. Por supuesto, tampoco esta ironía es casual, ya que la génesis de la navidad, más allá que sea celebrada como parte de un ritual y de una tradición arraigada desde hace siglos, es sin dudas religiosa. 

Como es notorio, Pedro Almodóvar es un ateo radical, un sentimiento de aversión anticlerical que se origina en su educación religiosa y en la represión no exenta de abuso que padeció de niño en colegios católicos. Por supuesto, este repudio también tiene relación con la abierta complicidad de la Iglesia Católica con la terrible dictadura de Francisco Franco, que, en 1936, bendijo el golpe de Estado que le permitió a este militar tomar el poder luego de una cruenta guerra civil. Incluso, la Iglesia le otorgó a Franco el privilegio de ingresar a catedrales y parroquias bajo palio  como sucede con las altas jerarquías eclesiales y hasta colaboró con la persecución de opositores mediante la delación.

Tanto las escenografías como los personajes  tienen la impronta de este director sin dudas tan talentoso como irreverente. En ese contexto, aflora la paleta de colores que es habitual en casi toda su producción, con azules, rojos y amarillos intensos. Asimismo, también es deliberada la recurrencia de la inclusión en la banda sonora del film del tema musical “Llorona”, de la legendaria cantante mexicana Chavela Vargas, una canción realmente conmovedora, por su agria tristeza y su vínculo con el amor, el duelo y la muerte. Como es sabido, Vargas fue abiertamente lesbiana, lo cual, en su época, la transformó en una transgresora. 

En realidad, ambos protagonistas son infelices porque, más allá de eventuales circunstancias carecen de capacidad para dar  amor y para recibirlo: En ese marco, su trabajo artístico, además de ser una actividad remunerada si es que logran el propósito de recuperar la chispa de la inspiración, funge como mera catarsis del profundo sentimiento de frustración que los embarga. 

 Aunque “Amarga navidad” está a años luz de los grandes hitos de esplendor del cineasta manchego, ya no incomoda al público más pacato y conservador y ni siquiera seduce a sus fanáticos más consecuentes, igualmente convoca a la reflexión en torno al siempre dificultoso parto de la creación y acerca de patologías psicológicas persistentes, como la ansiedad y su peor versión, que es el Trastorno de Pánico, tan habitual en un presente signado por el vértigo sin freno, por la crisis de la sensibilidad, por el individualismo exacerbado y, naturalmente, por la infelicidad. Esta película, como otras de su creación, es claramente una suerte de ejercicio de catarsis de impronta terminal. Tal vez el propio Almodóvar también esté afrontando una suerte de duelo, porque ya no es capaz de impactar a las audiencias con la misma intensidad que en el pasado, lo cual parece insinuar una fase declinante que ya se advertía en algunos de sus últimos trabajos.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA

Amarga navidad. España 2026. Dirección y guión: Pedro Almodóvar. Música. Alberto Iglesias. Fotografía: Pau Esteve Birba. Edición: Teresa Font. Reparto: Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit y Quim Gutiérrez. .

 

 

 

 

 

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