La utopía de una sociedad ideal, el peso de las expectativas, la libertad individual, la rebeldía, el supremo valor de ser joven y hasta la degradación ambiental son los seis núcleos temáticos de “Un futuro brillante”·, el impactante film de la realizadora uruguaya Lucía Garibaldi, en coproducción con Argentina y Alemania, una suerte de distopía con impronta rioplatense, aunque en ningún momento se especifique donde está ambientada esta historia, que es inédita para el cine de estos lares.
Antes ingresar de lleno en el análisis de esta película, la primera reflexión que acude a mi mente es
el mapa invertido del plástico constructivista uruguayo Joaquín Torres García, quien, en su momento, afirmó que “el norte es el sur”, una reflexión que modificó radicalmente la percepción sobre todo del continente americano, transformando al norte desarrollado en una región deprimida y al sur habitualmente postrado en próspero. No se trataba solo de dar vuelta un mapa, sino de invertir la forma de pensar: crear desde lo propio, dejar de imitar, y afirmar nuestra identidad.
Mi comentario inicial tiene un intrínseco vinculo con lo que yo defino en lo personal como la utopía del Norte, con los Estados Unidos como destino de millones de inmigrantes oriundos de los países de América Latina que se han digerido el discurso dominante de la potencia hegemónica imperial, que vende el modelo económico, social y de convivencia estadounidense como una maravilla y hasta como una suerte de paraíso artificial. Sin embargo, ese discurso es una suerte de falacia, porque el imperio, en su ámbito interno, es una nación socialmente muy asimétrica, en la cual conviven los más poderosos millonarios del planeta con una multitud de pobres que, en muchos casos, sobreviven en situación de calle, como cualquier uruguayo que esté en esa precaria coyuntura de degradación. En efecto, la tasa de pobreza de Estados Unidos es superior a la de Uruguay, situación aún más escandalosa si se compara con naciones de Europa Occidental.
La protagonista de este relato, que supuestamente transcurre en un futuro impreciso y en un país tampoco explicitado es Elisa (la actriz y bailarina uruguaya Martina Paseggi), una joven que ha sido seleccionada por sus cualidades intelectuales para viajar al Norte, una suerte de supuesto paraíso donde su hermana mayor ya está viviendo. Según se narra, allí todos son felices y tienen trabajo bien remunerado, Lo cierto es que quienes parten hacia esa suerte de destino maravilloso, tienen sí escaso contacto con otras personas y nos desarrollan vínculos tan saludables. Es decir, el primer concepto es que el buen pasar económico es el único requisito para ser feliz, lo cual es naturalmente una falacia muy arraigada, ya que la mayoría de los uruguayos de la diáspora, aunque valoran lo que tienen materialmente, añoran lo que perdieron emocionalmente.

El relato instala en el imaginario colectivo social, familiar y hasta barrial esa utopía, que contradice radicalmente las evidencias empíricas de la realidad. Empero, todos se manifiestan muy entusiasmados con el destino de la chica, particularmente su madre sola, quien, por su parte, trabaja sin descanso para acceder a ese beneficio, aunque en este caso financiando su aventura de ensueño con dinero.
Es evidente que el mundo que plantea la cineasta uruguaya no es el que conocemos, aunque tiene ciertas coincidencias con él. En efecto, ya no nacen niños, como en “Niños del hombre”, el formidable film de ciencia-ficción de 2016, del cineasta Alfonso Cuarón. Es decir, hay una crisis de infertilidad, lo cual alude no demasiado subliminalmente a la caída de la tasa de natalidad relevada por el último censo población de Uruguay.
Otra parte de este retrato, sin dudas desolador, es que se han extinguido múltiples especies de la fauna y las que sí sobrevivieron y lo invaden todo son las hormigas, como en famosas películas de impronta terrorífica. Aquí es menester detenerse a reflexionar por qué se afirma que estos pequeños insectos, que suelen resultan tan molestos, es seguro que sobrevivirán al ser humano y a otras especies zoológicas.
En primer término, las hormigas son sociedades como ultracooperativas, que llevan 66 millones de años adaptándose a cataclismos y su tamaño diminuto les permite consumir pocos recursos. Asimismo, dominan la biomasa global gracias a una resiliencia extrema y una organización descentralizada que no depende de individuos aislados. Son expertas en la agricultura, el pastoreo de pulgones y la recolección, lo que les permite adaptarse a casi cualquier entorno. En otro orden, funcionan como un “superorganismo” y resuelven problemas complejos de manera más eficiente que los humanos.

Su tamaño les permite sobrevivir a caídas, inundaciones prolongadas y radiaciones mucho mejor que a los mamíferos. Otro factor determinante es su número incalculable, estimado en una población global de billones de individuos, así como su enorme diversidad biológica, que es imposible de erradicar. Si conjugáramos este fenómeno de supervivencia y convivencia en términos políticos, se podría afirmar que se trata de una monarquía socialista, ya que todas las colmenas tienen una reina, que es la única que está fisiológicamente capacitada para la reproducción y, por ende, para posibilitar la preservación de la especie, pero la población mayoritaria son obreras, que cumplen otras funciones primordiales peno no son fértiles.
Como en las más célebres películas de ficción científica hay zonas bien delimitadas: los personajes viven en una zona que es intermedia. Luego, está el sur, a donde sólo pueden viajar personas por tierra y con autorización especial, ya que existe una frontera vigilada. Es una suerte de Zona Prohibida como la de la película original “El planeta de los simios” (1968), de Franklin J. Schaffner, inspirada en la novela homónima de Pierre Boulle. Allí reinaba la desértica aridez y la desolación, pero también albergaba
Inquietantes secretos del pasado. Por eso, los simios que gobernaban el planeta, prohibían acceder a ese lugar.
En este caso, el sur es también salvaje y aun habitado por algunos animales extintos, aunque pudieran haber sufrido algunas mutaciones provocadas por el cambio climático. Es también una región de solada y a poco que se transita por ella se experimentan pesadillas. En tanto, a la tercera zona, que es el Norte tan ansiado se viaja en barco como hasta la década del treinta y cuarenta y no en avión como en el presente, como si la humanidad hubiera retrocedido.

No quedan claro los criterios de selección, pero los postulantes deben ser jóvenes y con alguna destreza demostrada en test psicológicos o bien personas mayores que ganan su derecho a viajar a esa suerte de paraíso terrenal pero pagando dinero, como la madre de la protagonista que trabaja día y noche para ahorrar su suficiente que le permia cubrir ese costo. Es decir, aquí claramente hay dos criterios capitalistas: jóvenes inteligentes, es decir fuerza de trabajo para engordar al sistema productivo y personas mayores con poder adquisitivo para poder consumir.
El problema es que la joven, que fue seleccionada, no manifiesta demasiado entusiasmada con partir al Norte, porque es una persona muy arraigada y le teme a lo desconocido.
Empero, una vecina, encarnada por Sofía Gala, que finge ser su amiga, tiene el propósito de apropiarse de la beca y, en ese contexto, hará todo lo posible por lograrla, incluso estafarla, pese a que posee una pierna amputada.
Por un lado, hay un mandato social impulsado por su madre y las vecinas que la consideran como una suerte de heroína y, por el otro, la joven desarrolla una insólita experiencia en la cual participa, merced a un tío y la propia vecina, en un juego muy extraño, que consisten en prostituirse de un modo muy singular. En ese marco, se reúne con un grupo que, con los ojos vendados, paga por oler el culo y los genitales a las presuntas trabajadoras, aunque sin autorización para tocar. Es una modalidad de abuso sexual sin violencia, salvo lo que marca una mínima dosis de pudor. La conclusión es que el sexo virtualmente ha desaparecido y es tanta la distancia entre las personas que los aspirantes a esta cara experiencia deben conformarse únicamente con oler culos, vaginas y hasta axilas, todos los olores que tienen un vínculos con funcionales vitales de las personas pero sin ver sus rostros. Evidentemente, quieren recuperar parte de la humanidad aunque sea mediante la función olfativa,. Es decir, aspiran a imaginarse que aun son humanos. Naturalmente, estas prácticas, además de ser muy lucrativas, están terminantemente prohibidas por las autoridades, que son tan dictatoriales como las de “1984”, la célebre novela de George Orwell, adaptada para el cine en 1984, por el cineasta Michael Radford. Es decir, en la zona de transición que prohíbe viajar al Sur impera el despotismo, pero también impera en el mismo despotismo en la selección de personas que partirán al Sur no volver, como una suerte de mandato, porque todos los exiliados son compulsivos, tanto los políticos como los económicos. En todos los casos, hay ua radical pérdida de libertad,

Es obvio que está película, que es una rareza para el cine nacional, más allá que sea un trabajo de coproducción, fue Argentina y tiene una suerte de conexión con la pandemia provocada por el virus Codid 19, cuyos creyeron que vajando a otros países desarrollados estarían más protegidos a su salud y no querían desocupados. Es obvio que fue todo lo contario porque las potencias económicas tuvieron más enfermos y muertos y la tasa de desocupación se disparó vertiginosamente por la radical caída de la actividad y el masivo cierre de empresas, así como los gastos de salud que relevaron la financiación de políticas sociales.
Otro retrato de la película reflejado es el vínculo madre-hija que es uno de los puntos mejor desarrollados de la historia. La madre de Elisa, encarnada por Soledad Pelayo, es quien le transmite en buena parte las presiones a las que la joven se enfrenta, pero también contempla y en entiende sus deseos que son: ser libre de hacer e ir donde le plazca y usufructuar plenamente su libertad.
En este relato, aunque no se especifiquen lugares o épocas, subyace claramente la alusión a los mitos de la tierra prometida en países desarrollados, que venden y exportan el apócrifo sueño americano a los habitantes de las naciones periféricas para hacerse de mano de obra calificada pero más barata.
Esos mitos nacen, naturalmente, de la condición de antiguas colonias de los países periféricos, pero también de las recurrentes crisis que han provocado pobreza y falta de oportunidades en sus poblaciones, empujadas al exilio por razones económicas y, en el pasado, también por las dictaduras de tutelaje imperial.

Es obvio que “Un futuro brillante” es una experiencia inédita en un subgénero no transitado por el cine nacional, que sigue aferrado, salvo a excepciones al oscuro costumbrismo pesimista que se ha caracterizado, tal vez por un tema de idiosincrasia o de identidad y no por una intención manifiesta de diferenciarse a otros países del continente como la propia Argentina, que suele hurgar en temas más sociales y profundos y hasta en incursionar en géneros más populares y taquilleros como el cine de acción, sin soslayar apelaciones a la oscura historia reciente de las naciones periféricas, casi ausente del cine compatriota.
Más allá de las virtudes observadas en la filmografía uruguaya en los últimos tiempos, esta película es una excepción, porque, aborda, en clave de cienciaficción, un conjunto de temas que de la agenda no sólo uruguaya sino mundial, como la extinción de algunas especies provocada por el cambio climático y naturalmente por un modelo productivo irresponsable y la radical caída de la natalidad en países desarrollados o bien de macro crecimiento poblacional como el nuestro, originada por razones multicausales que tienen una génesis primordialmente cultural: la falta de oportunidades de sostener una familia y la maternidad por razones económicas y la tendencia de la mujer a empoderarse de su destino y apuntar a desarrollarse humana y profesionalmente.
Empero, en este film la hipótesis de la baja de la natalidad estriba en una suerte de epidemia de infertilidad, que científicamente se atribuye al envejecimiento y la demora en tomar la decisión de ser madre, pero también a desequilibrios hormonales y a factores relacionados con el estilo de vida, que alteran la ovulación o el aparato reproductor femenino. En tal sentido, son realmente muy influyentes los factores ambientales, que alteran el equilibrio del sistema endócrino y dañan la reserva ovárica, así como las agresiones de los disruptores endrócrinos, como los metales pesados, la contaminación atmosférica y el estrés térmico.
Empero, tal vez el tema más crucial que aborda “Un futuro brillante”, que ciertamente no tiene nada de brillante, es el mito de la utopía de partir hacia el norte desarrollado, con el propósito de dejar atrás el país de origen, que, en su condición de nación periférica, limita sustantivamente las oportunidades de bienestar individual y colectivo. De ahí la diáspora uruguaya, que se estima en aproximadamente 600.000 personas que han emigrado en el último medio siglo, por la persecución política registrada en los oscuros tiempos de la dictadura y por las reiteradas crisis económicas y sociales devenidas de los cuatro gobiernos de de derecha de posdictadura, que vaciaron al Uruguay de esperanza.
En conclusión, “Un futuro brillante” es una suerte de ironía, porque solamente se brilla siendo feliz, para lo cual no es suficiente con colmar las necesidades materiales. Se requiere mucho afecto, porque el desapego del terruño es, más allá de eventuales circunstancias, una suerte de desarraigo, ya sea en una experiencia de exilio político o bien económico. Aunque sea arriesgado anticiparse a los acontecimientos, es factible que esta sea la mejor película uruguaya del año, por la rupturista audacia de su planteo y por su sensible impronta reflexiva.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Un futuro brillante. Uruguay, Argentina Alemania, 2025. Dirección: Lucía Garibaldi. Guión: Lucía Garibaldi y Federico Alvarado. Fotografía: Arauco Hernández Holz. Música: Fabrizio Rossi. Edición: Sebastián Schjaer. Reparto: Martina Passeggi, Sofía Gala Castiglione, Soledad Pelayo y Alfonso Tort.
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