El inexorable tránsito entre la infancia y la adolescencia, la dependencia emocional, los aprendizajes, las diferenciales sociales y generacionales, los duelos, la tecnología como cultura hegemónica, el juego y el amor son los ocho núcleos argumentales que sustentan “Gioia mía- un verano en Sicilia”, la cálida y reflexiva ópera prima de la sensible realizadora italiana Margherita Spampinato, que cosechó elogios y galardones en el Festival de Locarno.
Si bien ninguna otra crítica que yo haya leído definió a este film como un exponente del neorrealismo italiano, igualmente nos tienta la posibilidad de catalogarlo como un testimonio de que esa corriente está viva y tiene nuevos intérpretes, acorde a las premisas y los modelos
culturales y psicológicos de los tiempos contemporáneos. Aquí, lo primordial es el cine con identidad, que hurga en las miserias humanas, pero también en el placer de vivir con dignidad. En realidad, se observa una resurrección de esta sensibilidad, que tiene variadas expresiones, porque las fuentes nunca se extinguen.
El neorrealismo italiano nació en el período de la posguerra como una suerte de subversión y un alarido de rebeldía contra el silencio impuesto por la cruda censura del fascismo liberticida.
En efecto, durante la dictadura de Benito Mussolini, al igual que en la Alemania nazi, todas las expresiones culturales estaban rígidamente controladas por el Estado. Sin embargo, en 1937, paradójicamente, en plena dictadura, nació Cinecittá, un inmenso complejo de arte audiovisual proyectado por el arquitecto Gino Peressutti, que cuenta actualmente con 73 edificaciones, de las cuales 21 son estudios cinematográficos.
Por entonces, el cine italiano era un cine oficial, porque cualquier expresión independiente estaba rigurosamente prohibida. En ese contexto, más allá de su eventual calidad artística, todas las películas eran panfletarias y, por ende, idealizaban al régimen fascista, que a su vez abrevaba del glorioso pasado del imperio romano. El trabajo audiovisual de la época abundaba en apócrifos dramas de impronta nacionalista o en comedias meramente costumbristas, que jamás abordaban la problemática real de las personas.

Empero, esa suerte de mordaza que amputaba la creación desapareció con la caída del régimen y la instalación de la republica italiana, que restituyó el derecho de los italianos a ser dueños de sus propios destinos y el de los artistas a dar rienda suelta a su creatividad, sus inquietudes y sus ideas.
Eliminada la censura y la prohibición de abordar desde el punto de vista temático los problemas que aquejaban a la población, nació una corriente cinematográfica que escribió la mejor historia del cine italiano de posguerra: el neorrealismo.
Esta vertiente, que decantó rápidamente hacia un cine de denuncia, visibilizó particularmente las dramáticas secuelas de la dictadura y la guerra: la miseria social, la pobreza y el desempleo, entre otras lacras heredadas del período más oscuro que padecieron los italianos.
Los precursores y auténticas figuras señeras de esta escuela cinematográfica que con matices mantiene hasta hoy plena vigencia, fueron Roberto Rossellini, cuyo filme emblema, “Roma, ciudad abierta” se considera el primer exponente del movimiento, y otros paradigmáticos maestros de la talla de Vittorio De Sica, Federico Fellini y Luchino Visconti, por citar apenas cuatro de tantos realizadores referentes.
Pese a que existe naturalmente una fuerte identificación entre la posguerra y este movimiento realmente revulsivo, que marcó su impronta y su cenit hasta entrada la década del sesenta del siglo pasado, varios cineastas posteriores recogieron el legado para seguir creando cine de calidad y de superlativo realismo, que reflejara, como en una suerte de espejo, los problemas cotidianos de la gente, con sus dramas, sus alegrías, sus desvelos y sus sueños.

Más allá de la auténtica invasión del cine de industria, con su parafernalia de acción desenfrenada, sus efectos especiales y su pesado bagaje de tecnología, que suele seducir a las audiencias, en particular a las más jóvenes, el cine con el sello del neorrealismo sobrevive felizmente hasta el presente.
Aunque a priori se podría afirmar que las producciones que van en esa línea están destinadas a paladares exigentes y cultos, aun hay un nicho, nada pequeño, que es receptivo a esta impronta artística sin dudas intransferible.
Un ejemplo bastante reciente de esa vigencia es “Extrañeza” (2022), del realizador italiano Roberto Andó, que aborda las vicisitudes del célebre dramaturgo Luigi Pirandello, uno de los más paradigmáticos cultores del teatro realista, quien fue un innovador de la técnica escénica que, aunque pueda parecer paradójico, ignoró los cánones del propio realismo en su vasta producción.
La impronta teatral de esta película que yo reseñé hace tres años para este portal periodístico, está presente también, con sus matices propios, en “Siempre habrá un mañana” (2023), de la actriz, autora, cantante y directora italiana Paola Cortellesi, quien en esta oportunidad debuta en la dirección y ciertamente de la mejor manera, con un film que mixtura el drama con la comedia costumbrista ambientado en Roma en la posguerra, durante la ocupación de las fuerzas aliadas. En este cuadro, aflora la violencia machista más desaforada, entre otras tantas lacras del modelo patriarcal conservador, pero también el compulsivo deseo de emancipación femenina.

Incluso, al igual que en el film mencionado precedentemente, en “Parthenope: los amores de Nápoles” (2024), del notable realizador italiano Paolo Sorrentino, la protagonista también es una mujer, aunque radicalmente diferente, ya que se trata de un ser libre que le rinde culto al amor, a la sensualidad y a la sexualidad, como si se tratara de la diosa griega Afrodita, impresa sobre una suerte de lienzo en el paisaje sobrecogedor de una de las ciudades más hermosas de Italia, que otrora fue una floreciente polis de la denominada Magna Grecia y está recostada a la Costa Amalfitana, entre el Mar Tirreno y el Mar Mediterráneo.
“Gioia mía” es radicalmente diferente, porque ingresa en el universo temporal de un menor de edad, que debe convivir, en la transición entre la infancia y la adolescencia, con adultos que tienen pautas culturales diferentes y, naturalmente, tiene que adaptarse a ellas. Desde ese punto de vista, este es cine realista y poco edulcorado, porque narra la historia de seres humanos comunes y corrientes, más allá de diferencias sociales.
En este caso, el protagonista es Nico (Marco Fiore), niño milanés de familia acomodada que está en el umbral de la pubertad, quien debe aceptar, con profundo pesar y dolor, la compulsiva separación de su querida niñera Violetta (Camille Dugay), quien renuncia a su trabajo para casarse. Sin embargo, por su falta de madurez, el protagonista no comprende realmente lo que está sucediendo, porque ha desarrollado una fuerte dependencia emocional y afectiva con esa mujer.
Aunque este fenómeno vincular suele ser bastante normal, es más frecuente en el caso de las familias burguesas o pequeño burguesas en las cuales los padres de los menores dejan a sus hijos al cuidado de otras personas más de la cuenta por sus compromisos económicos, lo cual genera en los chicos una suerte de vínculo de dependencia que, cuando se rompe, puede resultar realmente traumático, ya que se transformó en uno de los apegos primarios. En esas circunstancias, cuando se consuma la separación, el niño experimenta una suerte de duelo.
Como es tiempo de vacaciones, el chico es enviado al sur, concretamente a Sicilia, donde deberá pasar el verano con su tía abuela Gela (Aurora Quattrocchi), una octogenaria que parece vivir en el siglo pasado, cuya casa carece incluso de fibra óptica. Por supuesto, no conoce ni usa teléfono celular no ninguna forma de tecnología. Por ende, mudarse transitoriamente a ese lugar supone para el infante un radical cambio de mundo, desde el entorno, que natural y tiene un paisaje ciudadano totalmente antagónico al de la vertiginosa Milán, al cambio de costumbres.

En ese contexto, el menor se siente desolado, porque no puede jugar con su celular ni hacer lo que le plazca, ya que la anciana, que pese a su afabilidad es una fanática religiosa, le impone normas de rígidas conductas, desde cómo sentarse a la mesa a ingerir alimentos tradicionales y no la chatarra que se suele consumir en los locales de comidas rápidas habituales en el medio urbano. Por supuesto, también le establece condiciones sobre la hora en la cual debe ir a dormir, lo cual contrasta con el habitual insomnio de quienes juegan con sus teléfonos móviles hasta la madrugada.
Esta inédita experiencia también contacta al protagonista con niños de su edad, pero pobres y no burgueses como sin dudas serán sus amigos, así como con juegos callejeros, en partidos de fútbol informal, en los cuales participan adolescentes de ambos sexos. En ese marco, aflora su único vínculo real con Rosa (Martina Ziami), que es integrada a la pandilla por su energía arrolladora y su destreza para patear la pelota, lo cual contribuye también a la incorporación del preadolescente al grupo.
Más allá del dolor que experimenta por la separación con su madrastra, que se dirime definitivamente en una conversación por teléfono fijo, que es lo único que funciona en el lugar, el joven protagonista se va amoldando a las circunstancias e incluso aprende a cocinar, lo cual es inédito para alguien acostumbrado a ser servido y no a servir.
Un infausto acontecimiento sume a la anciana tía abuela en un profundo dolor, cuando muere su perro Frank, que es su único compañero Aunque no se especifique el origen del nombre del can, que es anglosajón, es fácil suponer que la mujer lo bautizó así en homenaje a alguien que recuerda. Tal vez a un viejo amor con un soldado norteamericano o inglés, de los tantos que ocuparon Italia en la posguerra, luego de la derrota del fascismo.
Ese duelo no es inicialmente comprendido por el protagonista, ya que jamás experimentó la soledad y no entiende inicialmente que, en determinados contextos, un cuadrúpedo puede desempeñar afectivamente el mismo rol de un ser humano.
Este complejo pasaje dramatiza por momentos un relato que, hasta entonces, habría transcurrido como una suerte de comedia de tinte costumbrista, en la cual se reflexiona sobre la existencia de dos mundos temporales y espaciales radicalmente diferentes.
Es obvio que se trata de un segundo duelo. El primero es el del niño que pierde a su niñera, que en muchos momentos ocupó el lugar de una madre muy ocupada. Ahora, el duelo es el de la anciana, quien se encierra literalmente en su dormitorio pero, lo peor, es que se encierra en sí misma y en el territorio de la tristeza y de la nostalgia. Ahora, si el chico no estuviera con ella, sólo le quedarían sus amigas. Empero, su condena es a la soledad.
La debutante cineasta Margherita Spampinato tiene la virtud de delimitar y confrontar dos universos muy diferentes, que marcan a su vez las dicotomías entre el norte italiano desarrollado acorde a las demandas del capitalismo hegemónico y un sur en muy buena medida subdesarrollado, que permanece anclado en el siglo pasado, porque se resiste, con razón, a desprenderse de sus tradiciones y de algunas costumbres que han signado su identidad y su sentido de pertenencia, que desafían la posmodernidad de una sociedad vertiginosa solo regida por la productividad, el lucro, las apariencias y por confundir el ser con el tener. Esa tendencia ha venido deshumanizando a las personas en particular a los habitantes de los denominados países centrales, pero no ha logrado barrer con la entrañable sensibilidad de quienes se aferran a cuestiones más terrenales e irremplazables, como, por ejemplo, la familiar nuclear y el amor de pareja con fuerte e inalienable compromiso afectivo.

Precisamente el amor es uno de los tópicos de reflexión que plantea la promisoria realizadora italiana: el amor hacia la niñera, el amor, a las tradiciones, el amor al lugar en el cual se habita, el amor a las costumbres y hasta la fe ciega en la religión, aunque esta no tenga ni siquiera un mero atisbo de racionalidad.
Empero, en el caso del protagonista, que está procesando el duelo de la partida de su niñera, comienza lentamente a aflorar un amor precoz que tiene relación con su edad de transición con su nueva amiga y compañera. Es afecto, es amor de amigo verdadero, aunque ya comienza despuntar un nuevo horizonte, que es de la sexualidad en ciernes, característica de la pre-adolescencia. Incluso, esos besos ya no son tan inocentes, porque en el organismo se está registrando una mutación fisiológica que inexorablemente devendrá con el tiempo en pulsión sexual.
Esta película, que a los ojos de quienes no consumen este cine está lejos de las aventuras rápidas y las fantasías concebidas contemporáneamente con tecnología digital, parece a priori muy ingenua. Sin embargo, no lo es, porque rescata el arte de filmar, por ejemplo, con cámara en mano, a los efectos de indagar en los territorios humanos cotidianos de personas que en apariencia son muy simples, aburridas y hasta resignadas, pero, en el fondo, son realmente profundas y sensibles.
Este largometraje, que a nuestro modo de ver y valorar puede ser un exponente de lo que denominarían un nuevo neorrealismo o neorrealismo italiano del tercer milenio, confronta dos mundos que comparten casi el mundo lugar y la misma época, aunque ese universo de raigambre tradicionalista se resista a ser arrasado e integrado, porque es la esencia del ser nacional italiano, en cuyo contexto todos viven con pasión o aman entrañablemente lo que tienen, que no es material ni ostenta valor de mercado.
Gioia mía” no es una película memorable ni nada que se la parezca, pero tiene la virtud de meterse de lleno bajo la piel de sus personajes y apuntar a reivindicar un modelo de convivencia que rescata la identidad y la esencia misma de lo humano.
El formidable rodaje en parajes realmente subyugantes por sus casi incontaminadas bellezas naturales y su hospitalaria candidez, así como diálogos muy graciosos y chispeantes, un reparto juvenil que está a la altura y la carismática presencia de una emblemática actriz como es sin dudas la octogenaria Aurora Quattrocchi, coadyuvan a transforman a esta película en una apuesta al buen paladar cinéfilo.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Gioia mia – Un verano en Sicilia. Italia/2025). Dirección y guión: Margherita Spampinato. Fotografía: Claudio Cofrancesco. Edición: Davide Cuccurugnani. Reparto: Marco Fiore, Aurora Quattrocchi, Martina Ziami, Camille Dugay Comencini, Concetta Ingrassia, Renata Sajeva y Clara Salvo.
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