En toda guerra nadie tiene el patrimonio de la razón, menos aun de la ética y la moral. Siempre hay semitonos, por más que los acordes sean – o así lo parezcan, depende de qué oídos capten los sonidos – más bestiales de un lado más que del otro.
Podemos convenir que la forma convencional de guerrear – uno o más ejércitos enfrentados en lucha franca al enemigo – ha quedado como materia de estudio en los manuales de Historia.
Desde hace un cuarto de siglo, o un poco más, a los clásicos y variados conflictos bélicos en África, Eurasia y Oriente Medio, se le han ido incorporando otros, en una sucesión que parece no acabar, al menos con la paz como resultado final. Para ello, se esgrimen razones “humanitarias”, bien como “llevar la democracia y la libertad” a supuestos pueblos bárbaros.

Así emite el poder global sus órdenes de muerte y destrucción para con pueblos con culturas milenarias y diferentes a las occidentales, pero poseedores de riquezas que las bestias huelen y quieren para sí. Como si esto fuera poco, ahora también han vuelto su mirada y su hambre para con otras riquezas y poderes más cercanas a ellos, muy próximas a nosotros.
Conflictos armados de baja, media y alta intensidad asolan el mundo. La guerra permanente y asimétrica incluida la cibernética crece junto con la inquietante perspectiva de incorporar bombas nucleares de “alcance restringido” ante la pasmosa vista al costado de los más.
La guerra permanente se nutre de variados terrorismos, sea el de los grupos de fanáticos, el de estados que se hacen fuertes en democracias tuteladas.
Por su parte, la capacidad de acción de las Naciones Unidas es cada vez más testimonial e inefectiva, aunque aferrarse a ese “casi” sea hoy por hoy una cuestión vital para todos nosotros, hijos e hijas de naciones por fuera de la “mesa chica” de quienes, de hecho, manejan los hilos del mundo.
La ONU, que naciera bajo la tutela de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, con sus mastines, ha perdido también relevancia formal al ni siquiera haber logrado una reestructura siquiera en cuanto a su proporcionalidad considerando que la suma de las muchas naciones que se han incorporado desde su origen hacen que su pleno haya perdido todo atisbo de equidad, siquiera aritmética.
Así estando las cosas, Caronte sonríe desde su balsa invita, a quienes tengan la moneda con qué pagarle el viaje, a subirse precipitada y torpemente a su último y triste trayecto.
Al mismo tiempo, pero en diversa circunstancia, otros hombres y mujeres, con el poder de su conciencia y su solidaridad activas mantienen encendidas las antorchas caras a la luz de la razón sensible. Es decir, la que ocupa la atención para con en el diferente, sea por género, creencia, etnia o cultura, dándole luz a lo que le toca vivir, procurando ayudarle.
En este presente desgarrador, el otro, el supuesto bárbaro, en su impotencia para enfrentar en justa lid a la jauría levanta sus brazos abiertos hacia el cielo clamando auxilio divino en tanto un dron operado por un joven, desde un desierto lejano o un navío de guerra cercano a su objetivo, lo mata y despedaza, al igual que a su familia y vecinos, con solo oprimir la tecla ENTER.
Los pocos hombres y mujeres que laboran en pro del otro, en el presente de este consiguen entrever su propio mañana, en tanto el resto yace mansamente consumiendo y cosificándose mientras la niebla comienza a espesar la atmósfera y la luz del horizonte sigue su lento e inexorable declive.
Por Héctor Valle
Investigador social y periodista
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