Fue un año de cosas terribles. Recordando algunas: la continuidad de la ascensión de las extremas-derechas en el mundo entero. Matteo Salvini y Lega en Italia. Vox en Andalucía, España. De la ciudad de Buenos Aires. Deterioro de nuestra política exterior, la presente y la anunciada, con agravamiento y consagración de la «diplomacia del capacho». Por primera vez en la historia nuestra política exterior promete quedar enganchada no sólo a la de otro país, sino a la de una facción de un partido político extranjero, la más retrógrada y embrutecida.
El año fue de continuidad de dramas que parecen sin salida, como el de los refugiados en el Mediterráneo, el ascenso del conservadurismo y del fascismo en el mundo, y la consagración del embrutecimiento de la política mundial
Tuvo más. Consagración del embrutecimiento de la política mundial, cuyo ejemplo más acabado fue el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi en el consulado de su país en Estambul, Turquía. La asfixia de un pueblo entero en Yemen. Países deshechos o desafiándose: además de Yemen, Libia, Irak. El reino de la estupidez avanza: negación del calentamiento global por parte de Trump y sus capachos, como en el caso brasileño. Estados Unidos presionando a la ONU para que retire de sus declaraciones la palabra «género».
Para completar, ahora a finales de año, Estados Unidos anunció la retirada de sus tropas de Siria. Una buena señal? No tanto: en realidad, se trata de dar luz verde a su aliado en la OTAN, Tayyip Erdogan, atacar libremente a los kurdos, que se destacaron en la lucha contra el Estado Islámico, derrotando a gran escala y haciendo que encogiera su territorio.
Fue un año de victoria de la «nueva política» liderada por las tácticas nocivas y deletéreas de Steve Bannon, con su futura implantación en Europa, donde el ya mencionado éxito del Vox en Andalucía es quizás la cabeza de puente. El año de la victoria de las fake news, de la mentira organizada, planificada, financiada ilegalmente, pero soberana y triunfante.
2018 fue un año de continuidad de dramas que parecen sin salida: el de los refugiados en el Mediterráneo; las caravanas que salen de América Central hacia los Estados Unidos. La agonía del pueblo palestino.
2018 fue también un año de impasses y dudas. ¿El movimiento de los chalecos amarillos en Francia es de izquierda o de derecha? ¿O ambas cosas? ¿O una cosa nueva que huye a las clasificaciones antiguas? ¿Será uno de los atestados de la quiebra de las políticas neo-liberales y sus planes de austeridad, que dejan poblaciones desamparadas o a la mínima a escala mundial? ¿O al contrario, es un atestado de éxito pues, aunque fracasen en todo el mundo, sus seguidores se aferran mesianicamente a ellas y bloquean todas las alternativas?
En Siria el régimen de Bashar al Assad derrotó a los rebeldes ayudados por EEUU y sus aliados. ¿Será bueno o malo para el desvalido pueblo sirio? Benyamin Netanyahu está amenazado por investigaciones de corrupción en Israel. Brigada con la extrema derecha, él que ya es extrema derecha. ¿Y ahora?
Más impasses y dudas: el comienzo del fin del reinado de Angela Merkel en Alemania y en la Unión Europea. ¿Qué vendría después? La estrella de Emmanuel Macron, que apenas subió y ya empezó a declinar?
Fue también un año de tropiezos y trombadas de la canciller Theresa May con su propio Partido Conservador en el Reino Unido en torno al inefable y deletéreo Brexit.
Jacob Zuma y Robert Mugabe salieron de escena, respectivamente en Sudáfrica y en Zimbabwe. ¿Será bueno o malo? Hubo otro brote de ebola en África, esta vez en la República Democrática del Congo. Esto es decididamente mal, y deja una perplejidad en el aire: la mejora de la infraestructura de transporte en el continente africano facilita la propagación de la enfermedad. Pero ahora, al menos hay una vacuna, aún en experimentación, pero ya en uso por la OMS.
China y Rusia se consolidaron como «mayor jugadores» diplomáticos, ante la política truculenta de Trump.
Un año de pérdidas irreparables: el incendio del Museo Nacional en Río de Janeiro y la pérdida total de la vergüenza en amplios sectores del judicial brasileño, con la obstinación en mantener detenido al prisionero político número 1 del mundo, el ex presidente Lula, la defensa desudada por muchos de sus miembros de la flagrante irregularidad del auxilio-vivienda, convirtiéndose en esta moneda de cambio para conseguir un polpudo reajuste salarial en época de vacas magras para todo el pueblo brasileño.
Es cierto que hubo algunos destellos y brujas de esperanza. La victoria parcial de los Demócratas en EEUU, y el ascenso de políticos y políticas más a la izquierda. El éxito – hasta ahora – la parte delantera izquierda portuguesa, el Geringonça, el escarabajo no podía volar, pero sin embargo «Avoa».
La obstinada resistencia del Papa Francisco I, acosado por la archi-animosidad de los archi-conservadores de la Iglesia Católica y del mundo. La aprobación por la ONU del Acuerdo Global sobre Migrantes y Refugiados y la reafirmación del Acuerdo de París 2015 sobre el clima, a pesar de la denuncia por parte de EEUU y la amenaza de retirada por parte del futuro gobierno brasileño, que ya fue líder positivo de cuestiones ambientales, y que se ha convertido en el nuevo paria en la materia.
En 2018 se consolidó la candidatura de Lula al Premio Nobel de la Paz en 2019. No sabemos si lo llevará, ya que la campaña contra el gobierno brasileño será enorme y sibilina, pero el gesto ya ha valido.
La indicación de Sérgio Moro como Ministro de Justicia por Bolsonaro les aumentó las posibilidades de obtener el premio, así como la de la condena de Brasil en el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU.
La aproximación de las dos Coreas, con acentos de paz. El todavía tenue alto el fuego en la ciudad de Hodeiddah, en Yemen.
Y vino la esperada, después de tantos años, victoria de Lopez Obrador en México. A pesar de todo, Cuba todavía existe y resiste.
Ciertamente hay más cosas que comentar. Los lectores y las lectoras me perdonen, pero me cansé. 2018 me dejó estafado. Ah sim – last, but not least – , Cesare Battisti está nuevamente en fuga. Temer, Bolsonaro y la Italia de Matteo Salvin.
Por Flavio Aguiar En redebrasilatual
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