Nuevas formas de vida | El ocaso de los colectivos humanos

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Considero que nuestra sociedad es discreta, cautelosa, casi conservadora. Si bien el presente es complejo, desconfía de un futuro incierto. Y se aferra a sus formas de vida mientras que el mundo alrededor ya no es el mismo. Quienes en ella se atreven a pensar en grande, se ven limitados para actuar en proporción a ello y los que logran evadir las restricciones no siempre son reconocidos en vida, a veces tampoco muertos. Este contexto minimiza la gestión de los gobiernos y por extensión de gobernantes que se reduce a reformas en tiempo interelectoral con medidas que no integran las cuestiones de fondo en la vida de los colectivos.

Los ejemplos son inequívocos: cierra una mutualista centenaria, el Club del Banco País solicita socios sin cobrar franquicias, las asociaciones Profesionales colapsan. La responsabilidad social en la mayoría e incluso en las comunidades políticas se asume en tono de reclamos cuando el daño es irreparable o en algunos, no todos, los actos electorales. Los escasos participantes asumen tareas de dirección y administración cada vez más difíciles mientras se hace lugar a oportunistas que más allá del bien común actúan para su beneficio.

Las nuevas modalidades

Florecen los enormes colectivos virtuales de participación cercana al anonimato. El ingreso y egreso sin condiciones sin involucramientos mayores a un chat o un “me gusta”_ se apega a la responsabilidad cero que encuentra en ellos su mejor expresión. Y cuando aparece alguien contra la corriente es elevado a la cresta de la ola o repudiado hasta sacarlo de circulación.

Sin embargo

Hay colectivos humanos que sí funcionan con ciudadanos que dan la cara. En nuestro país existe hace años una forma de gobierno descentralizado hasta la confluencia con la sociedad civil que ha demostrado ser idóneo. Pero hay otras actividades en que puede recurrirse a una nueva concepción de lo local integrado a la globalización física y comunicacional de esta era tecnológica.

La alimentación

La antropóloga argentina Patricia Aguirre desarrolla un análisis sistémico revelador en conclusiones y propuestas factibles. En su obra destaca el valor de la elaboración en base a costumbres dejadas de lado por la invasión de la diversidad globalizada. Esta, signada por el mercado, aporta nutrientes y su consumo vinculados a los peores componentes como grasas, azúcares y conservantes. Todos ellos siempre disimulados en las letras chicas de los envases. Aguirre propone “crear caminos propios, originales que contemplen las variables medioambientales, culturales, económicas y nutricionales locales” * Las comidas locales provienen de insumos locales; producidos, transportados y vendidos por individuos, familias y empresas locales. A precios locales. Claro que implica condiciones también abandonadas pero recuperables. Producir en la zona en cantidades acordes, acotadas al consumo local. Cultivar productos en cada temporada. Criar animales para consumo humano sin depredar el medio.

Asimismo resalta la importancia de la “comensalidad” que es comer con los demás. Con la familia, en el colegio, en el trabajo y hasta en el club. La tan promocionada libertad individual de elección implica frugalidad, descontrol y omisión de rutinas saludables que se adquieren y mantienen en grupo junto a la sociabilidad que alimenta al cerebro desde el origen de las comunidades humanas. Comer de paso no es sano, es saciar apetito y ansiedad con lo que tengamos a mano. Comer con el o los otros es un rito del buen vivir. Los oriundos de pueblo sabemos de esto muy bien.

La tercera actividad conexa es cocinar. También relegada, a pesar de las eficientes herramientas tecnológicas hogareñas. El comercio de la comida hecha y entregada al tiempo se ha impuesto en la vertiginosa, pero no mejor forma de vida. Y los medios de comunicación que la promociona presentan especialistas con demostraciones cada vez más sofisticadas y componentes comerciales en su propio beneficio. Las especialistas locales eran las abuelas y madres pero hoy todos podemos hacerlo en un tiempo menor .Y recurrir a sus recetas. Saber lo que uno come es una muestra de lucidez. Y compartir lo elaborado con los demás, de generosidad y solidaridad.

  • Patricia Aguirre “Devorando el planeta”, 1ª, Ed., Capital Intelectual, Buenos Aires 2022. Pág. 228

Por Luis Fabre

 

 

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