La crónica sin consuelo

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  La primera vez que lloré en Montevideo fue por un proceso catártico que estalló con el aroma de un café que no olía a casa propia sino a exilio: el olor del mal llamado americano, que no es más que una mezcla catastrófica de espresso y agua tibia. Ahí supe que no estaba en casa y que si quería sobrevivir tendría que enamorarme de la Rambla o del tango. Eso lo logré.

La guerra no tiene cara de mujer debe ser, en difícil competencia, el más republicado de los libros de Alexandra Alexiévich en una decena de idiomas. Escrito en 1983, superó parcialmente la censura en 1985, que lo rechazaba por apartarse del relato heroico oficial y mostraba la guerra desde una perspectiva íntima y femenina, lo que generó acusaciones de “pacifismo” y de “rebajar” la imagen de la mujer soviética. Se lo criticó por “naturalismo” al mostrar sufrimiento y violencia en lugar de hazañas heroicas, y «empañar la imagen de la mujer soviética”, que la propaganda presentaba como heroína y santa.

El texto, la «memoria coral» de Alexiévich, revela el dolor, la pérdida y la memoria personal de la mujer no solo en el combate, sino también ante el hambre, el miedo y la violencia. El Nobel de Literatura que con toda justicia ganó en 2015, dio visibilidad a cerca de un millón de mujeres soviéticas que participaron en la guerra, hasta entonces marginadas del relato oficial.

Recién en 2013 tuvo una edición con las partes censuradas reincorporadas y notas sobre las conversaciones con el censor. Hoy no hay dudas de que es una obra fundamental de la literatura testimonial.

La segunda vez fue con un libro de Svetlana Alexiévich, «La guerra no tiene rostro de mujer». No estaba preparada para leerlo, pero era viernes y el libro me gritó cuatro insultos desde la mesa. Yo, que hui siempre de los viernes y fui amante de los insultos tentadores, estaba cometiendo el suicidio espiritual de abrir un libro que hablaba, entre otras cuestiones, sobre la vuelta a casa de mujeres que se perdieron a sí mismas. Supe que si quería sobrevivir tendría que bancarme el llanto ajeno sin mezclarlo con el mío. Eso no pude lograrlo.

Ya sabía que no estaba leyendo un libro sobre estrategias militares sino sobre el sentimiento que sobrevive a las heridas de guerra, o que muere con la herida abierta. Alexiévich recoge el testimonio de cientos de mujeres soviéticas: francotiradoras, pilotos, enfermeras, todas combatiendo a su manera en la Segunda Guerra Mundial, dejando poco más que la vida en el frente. La autora descubrió que las mujeres tenían una memoria sensorial desgarradora; mientras los hombres hablaban de escenas victoriosas y de calibres, ellas recordaban el olor de la sangre cuando se mezclaba con las flores.

Mujeres llorando al cortarse el pelo, viendo sus botas militares llenas de sangre. Mujeres encontrando el amor dentro de la guerra. Esas voces no son un testimonio heroico, son un testimonio humano. Por esa razón el libro, tras su terminación en el 83, se enfrentó por primera vez a la censura, porque era crudo, hecho de la suciedad que empaña la imagen tradicionalmente gloriosa de la guerra; un libro sin medallas, sin discursos victoriosos, solo con un coro de mujeres que, además de sufrir el caos del campo de batalla, tuvieron que enfrentarse a la estigmatización cuando regresaron a casa.

Alexiévich hace un periodismo que no nace en la intelectualidad aislada, sino en la intimidad de los hogares soviéticos habitados por combatientes. Allí escuchaba a mujeres que tuvieron que mirarse en un charco porque no tenían espejos, y en esos reflejos turbios no reconocían sus propios rostros. Muchas veces tuvo que parar las entrevistas porque no podía con el peso de lo que escuchaba. Eso era lo que buscaba publicar: la crónica que no ofrece consuelo.

En 1895, con la llegada de Gorbachov, el libro salió a la luz, pero también hubo censura. Era demasiado humano para un discurso que solo creía en monumentos. No fue hasta inicios de este siglo cuando la versión definitiva pudo publicarse. Tras la caída de la URSS, Alexiévich logró recuperar los originales y las partes tachadas por la censura. Afortunadamente esa fue la versión que leí, la que sobrevivió a las tachaduras como sobrevivió la voz de las mujeres a una guerra deshumanizante. Por primera vez en la historia la guerra tuvo rostro de mujer, y no con un lenguaje mítico sino con la podredumbre del estiércol y la sangre, con la valentía temerosa de los amores bajo las bombas. Tampoco pude leerlo todo el mismo día, tuve que detenerme a pensar en el balazo que no produce orgullo patriótico porque da ganas de llorar, en la ética del disparo, en lo que se abandona, en la parte que muere. Lo retomé una y otra vez hasta un domingo en el que decidí encararlo. Y lo terminé. En efecto, no ofreció consuelo. La reconstrucción de la memoria colectiva que estuvo enterrada por décadas no ofreció consuelo.

Esa tarde -doblemente exiliada y doblemente suicida- me preparé un café horrible buscando el olor de mi casa. Nunca se trató del polvo ni de la cafetera italiana, se trataba de millas, de renuncias, de meter dos blusas y un par de zapatos en una bolsa de basura y montarse en un avión para librar guerras, se trataba de la historia de un exilio también escrito por hombres heroicos que nunca lloraron de emoción cuando les dijeron «Siéntate a la mesa». O que nunca lo escribieron. Es en vano hablar sobre medallas sin hablar del precio de dictaduras y guerras y exilios. Sin hablar de lo que queda después: un hueco en el pecho al que llamamos victoria por no llamarle desconsuelo.

Me tomé el café escuchando un tango llamado «Mala junta», el libro descansó en mis piernas, agotado de hacerme llorar y cuestionarme las lecciones de geopolítica y asuntos bélicos que había leído hasta el momento. Mi exilio y el tango bailaron lo que duró el espresso. Me gusta tanto esa canción como un café bien amargo -pensé.

Una parte de mí se sintió en casa. A la otra no quise preguntarle ni la hora.

 

 

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