Dudas existenciales de EEUU ante China

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Como buen imperio, EEUU decretó la realidad: las economías de EEUU, arrastrando consigo a las del resto Occidente, debían “desacoplar” sus economías de las de China. La prensa reflejó con fervor el peligro chino, las armas que no le daba a Rusia pero podía llegar a hacerlo, la importancia del estrecho de Taiwan para el 50% del comercio mundial, la provocación que constituyó el viaje de la histórica presidenta del Congreso de EEUU Nancy Pelosi a Taiwan en agosto pasado, y más.

Con el paso de los días, el hombre blanco descubrió que la realidad estorbaba sus planes, y hace dos meses encontró, desde la política, la solución al problema planteado. Ya no se trata de “desacoplar”, sino de “eliminar riesgos”. El concepto fue central en un discurso sobre China pronunciado a finales de marzo por Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. El presidente de EEUU Joe Biden adhirió gozoso a la solución, y proclamó la “eliminación de riesgos” como política. La reunión del G7, días después, oficializó definitivamente la nueva categoría semántica.

Las conversaciones anteriores sobre «desacoplar» las economías occidentales de China fueron a menudo criticadas como imposibles y extremas. Reducir el riesgo suena más prudente y específico. A las empresas occidentales se les dice que aún pueden comerciar con China, solo que se necesitan algunas salvaguardas. Este cambio retórico, están descubriendo, soluciona discursos, pero no problemas. Los empresarios occidentales dependen cada vez más de China, y las cifras de este año de China señalan ese aumento: el superávit comercial del país se amplió en un 31% anual, llegando a 876.910 millones de dólares, la cifra más elevada desde que comenzaron a hacerse registros en 1950, ya que las exportaciones chinas aumentaron en un 7% y las importaciones solo en un 1%. No son relaciones que se puedan cortar de un tajo.

Así las cosas, la retórica empezó a ser acompañada de listas de productos. Como era previsible, la tecnología avanzada con usos militares potenciales está en la parte superior de la lista. Las restricciones a las exportaciones de semiconductores anunciadas por EEUU y hace dos semanas por Japón, entran en esta categoría. Al mismo tiempo que las naciones del G7 están restringiendo el acceso de China a tecnologías críticas, también están tratando de liberarse de lo que consideran peligrosas dependencias de China. Las tierras raras y los minerales críticos, que son cruciales para la tecnología de baterías y la transición ecológica, son los primeros de la lista.

Como señaló von der Leyen en su discurso, la UE importa el 97 por ciento de su litio, crucial en la producción de baterías, de China. Otra dependencia que Occidente se esfuerza por reducir es respecto del más del 90 por ciento de los semiconductores avanzados que provienen de Taiwán, la isla vulnerable a una invasión de China. La Ley de chips de EEUU, de 2022, abocó recursos por 52 mil millones de dólares para impulsar la fabricación de chips en los EEUU.

Pero la realidad sigue estorbando los planes. La teoría detrás de la eliminación de riesgos es ahora razonablemente clara. La práctica, sin embargo, sigue siendo oscura. Ya se anotan tres grandes dificultades: el choque entre los intereses de las empresas y los países, la dificultad y el costo de disminuir la dependencia de China, y tercero y más importante: la ambigüedad que persiste sobre la naturaleza del riesgo. Occidente debe decidir su prioridad, y eso no es algo que hagan los empresarios. ¿Está Occidente preocupado por la coerción política de China o lo que realmente los preocupa es una guerra? Apoyar a las empresas nacionales que quieren exportar es un lógico objetivo de los gobiernos occidentales, pero no está claro que sea así al entrar en el mundo de la eliminación de riesgos.

Las relaciones de China con el mundo occidental se abrieron, como es sabido, en 1972, con el viaje del entonces presidente Richard Nixon. En el marco del cisma ideológico que separó a la China de Mao de Moscú, la claridad geopolítica de Henry Kissinger abrió ese camino que hoy no se sabe bien adónde lleva. Occidente debió esperar hasta fines de los ’70 a que se arraigara el programa de Deng Xiaoping, presidente de la Comisión Militar, llamado Boluan Fanzheng; literalmente “eliminar el caos y volver a la normalidad”. Su aplicación le ganó el apelativo de Arquitecto de la China moderna, aunque más perduró su frase “no importa el color del gato, mientras cace al ratón”, de claro mensaje pragmático. Pero bastante antes de 1972, China estaba notoriamente en el interés occidental. El mero título de la película de Marco Bellochio, La Cina è vicina, de 1967, expresaba esa presencia.

Ahora, el imperio que sigue siendo EEUU busca retroceder en sus excelsos principios del capitalismo, y hacerlo sin romper el jarrón chino, propiamente dicho. No le será fácil, ni rápido, y no se arregla, claro, con semántica.

Hace quince días, Jensen Huang, CEO de Nvidia, el grupo de semiconductores con sede en California, advirtió que se estaría causando un “daño enorme” a las empresas estadounidenses si realmente se les impide vender chips avanzados a China. Pero los funcionarios estadounidenses insisten: los chips Nvidia son cruciales para el desarrollo de la Inteligencia Artificial, IA. También dicen que China podría usar fácilmente IA avanzada para todo tipo de propósitos nefastos, desde la producción de armas biológicas (al parecer, un interés particular de China, informa Financial Times) hasta la manipulación política a través de noticias «falsas». El endurecimiento adicional de las restricciones a la inversión que exporta desde China, tanto por parte de la UE como de EEUU, significará que más empresas occidentales experimentarán controles al estilo de Nvidia en el futuro.

Pero la restricción de exportaciones y tecnologías críticas es obviamente un juego al que pueden jugar dos. Por lo tanto, Occidente también está tratando urgentemente de reducir su dependencia de China en áreas cruciales. Las opiniones difieren sobre lo fácil que será. Liesje Schreinemacher, la ministra de comercio holandesa, advirtió la semana pasada que la transición ecológica de Europa será imposible sin China, que es, con mucho, el mayor productor mundial de paneles solares, baterías y los minerales críticos que los componen. Un funcionario de inteligencia occidental sostiene: «Se han tardado 30 años en desarrollar nuestra dependencia de China para los minerales críticos y las tierras raras, y se necesitará la misma cantidad de tiempo para deshacerla».

Pero Jason Matheny, presidente de Rand Corporation, que trabajó en tecnología y seguridad nacional en la Casa Blanca de Joe Biden, es más optimista. Señala que «las tierras raras en realidad no son tan raras». El verdadero bloqueo de China está en el procesamiento de minerales críticos, que a menudo es un negocio muy sucio. Pero algunos países con una densidad de población relativamente baja, como Australia, parecen preparados para asumir eso.

El enfoque occidental emergente para la eliminación de riesgos se basa en tres grandes pilares: reducir la dependencia de China, restringir las exportaciones de tecnología, pero también continuar alentando a las empresas occidentales a comerciar con el vasto mercado chino.

Es una política más o menos coherente, siempre que el riesgo contra el que se está amparando sea la coerción política. Pero todo comienza a desmoronarse si el riesgo es una guerra real entre EEUU y China, quizás por Taiwán. De manera desconcertante, algunos funcionarios estadounidenses estiman ahora que la posibilidad de un conflicto militar es del 50 por ciento o más. Si eso sucede, las empresas occidentales se verán inmediatamente presionadas para retirarse de China. Para una empresa como Apple, cuyos productos se fabrican principalmente en el sur de China, o Volkswagen, que obtiene al menos la mitad de sus ganancias en China, eso podría significar la muerte corporativa. Por otro lado, como dice un funcionario de seguridad occidental citado por Financial Times, “Si hay una guerra con China, el impacto en el mercado mundial de automóviles será el menor de nuestros problemas”. 

 

 

 

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