La violencia, el espectáculo, la fama, el mercado y la frivolidad son los cinco pilares temáticos que desarrolla “La maquina”, el removedor film del realizador estadounidense Bennie Safdie, que indaga en la intimidad y en los conflictos de Mark Kerr, un cultor de artes marciales mixtas que realmente existe, aunque ya está retirado hace varios años de la práctica activa de ese deporte de alto impacto y actualmente tiene 54 años de edad.
Esta película, que todavía se puede visionar en plataformas digitales de streaming, retoma una temática recurrente en el cine, más centrada en boxeadores que en luchadores propiamente dichos, que se remonta por lo menos a la mitad del siglo siglo pasado, con “El estigma del
arroyo” (1956), de Robert Wilse, cuyo título original en inglés es “Alguien allá arriba me quiere”. Se trata de la biografía del boxeador Rocky Graziano, interpretada por el gran Paul Newman. El púgil alternó momentos de auge con derrotas dolorosas e incluso con peleas arregladas por dinero.
Su origen humilde seguramente inspiró la exitosa saga del boxeador de ficción Rocky Balboa, encarnado nada menos que en seis películas por Sylvester Stallone.
Naturalmente, Pese a que Newman era un magistral actor y Stallone es un intérprete bastante inexpresivo, los films de ficción alcanzaron un mayor suceso de taquilla que la biografía que rescata al personaje original, por la gran popularidad obtenida por el musculoso actor neoyorquino, a partir del primer título, que data de 1976, así como también por la exitosa saga de Rambo, que pese a su perfil eminentemente fascista, logró un rotundo éxito.
Otro título sin dudas referente es “Réquiem para un luchador” (1962), de Ralph Nelson, que, con la magistral interpretación protagónica de Anthony Quinn y mixturando personajes reales con ficticios, narra la historia de un boxeador en decadencia, que luego de padecer una derrota estrepitosa y retirarse, se dedica a variadas actividades que no van con su perfil, hasta que vuelve a subir a un ring como luchador, pero de peleas de exhibición con una impronta circense que, para él, es una suerte de tormento.
A estos dos dramas se suma, naturalmente, la aclamada “Toro Salvaje” (1980), de Martin Scorsese, que recrea la historia real del también malogrado boxeador Jake LaMotta, magistralmente encarnado por Robert de Niro, quien obtuvo su segundo premio Oscar por este rol realmente insuperable.
Otro auténtico hito del cine consagrado al deporte de los puños es “Gatica, el mono” (1996), el formidable film del genial realizador argentino Leonardo Favio, que reconstruye la dramática vida de uno de los púgiles más legendarios y controvertidos del vecino país. Al igual que las antes mencionadas, es también una película de perdedores.
Asimismo, hay dos películas cuyos títulos en castellano son “El luchador”. Una de ellas es el film de 2005, de Ron Howard, cuyo protagonista es un boxeador encarnado por Russel Crowe, y la otra, que data de 2009 y es dirigida por el controvertido cineasta Darren Aronofsky, narra la historia de ficción de un luchador de catch can, que es lucha libre, ya que cualquier recurso- ya sea golpes de puño, patadas o llaves- pueden ser empleados por los competidores para derrotar a su contendiente. Se trata de otro drama terrible, que mixtura la decadencia física con la adicción.
Obviamente, hay decenas de películas dedicadas al boxeo y a la lucha, incluyendo biografías, relatos de ficción o documentales. Por supuesto, las más taquilleras son las consagradas a las artes marciales, de diversa calidad y procedencia.

En casi todos los casos, lo que se visibiliza es la violencia como espectáculo de consumo masivo, que suele movilizar millones de dólares, aunque, en la vida real, muchos boxeadores o luchadores hayan terminado lisiados, con patologías irrecuperables o bien, en los casos más extremos, incluso muertos.
Estos deportes, aunque también pueden ser desarrollados en forma amateur, cuando son rentados tiene un alto valor de mercado, ya que mueven la industria de las apuestas. Incluso, se han registrado escandalosos fraudes o combates amañados, que no siempre han podido ser probados y penalizados judicialmente.
Lo cierto es que el submundo del boxeo y la lucha tiene sus claroscuros, porque siempre oscila entre el paraíso de la victoria, la fama y el dinero y el infierno de la derrota, la enfermedad y la ruina, que obviamente genera episodios dramáticos.
“La máquina” se inspira en la historia real de Mark Kerr, un luchador de artes marciales mixtas estadounidens, que fue dos veces campeón del torneo de peso pesado de UFC, campeón de World Vale Tudo Championship y cuatro veces campeón de mundial de la ADCC, entre otros galardones.

Aunque el realizador naturalmente se toma algunas libertades creativas para otorgarle una mayor dosis de emoción a este film biográfico, la propuesta está dotada de singular realismo.
El actor protagónico de esta película, que tiene a su cargo encarnar al ícono real Mark Kerr, es nada menos que Dwayne Johnson, cuyo apodo artístico es La Roca, quien antes de dedicarse a cine, también fue un reconocido luchador que cosechó una auténtica montaña de galardones. Sin embargo, Johnson, quien sorprende gratamente por la calidad de su actuación, no se interpreta a sí mismo sino que se pone debajo de la piel de su ilustre personaje real.
En ese contexto, el relato alterna los combates en el ring con escenas de la vida privada de un hombre que fuera de su medio natural no parece tener un rumbo definido, ya que vive para su profesión y reserva un mínimo de sus energías para el amor o el sexo, porque tiene claro que, además de entrenar, debe cuidarse y ponerle ´límite a sus eventuales excesos.
En ese contexto, el film expone la extrema vulnerabilidad emocional del ser humano, que en este caso concreto contrasta con un cuerpo que es una montaña de músculos moldeados a fuerza de gimnasio pero también de esteroides anabólicos, que son sustancias adictivas que los atletas toman para estimular la fuerza y aumentar la masa muscular. El consumo de estos productos destinados a mejorar el rendimiento físico, están penalizados en competencias internacionales como los juegos olímpicos, cuando se encuentran rastros de ellos en la orina de los deportistas en los controles anti-dopaje de rutina. Pese a que no se trata propiamente de fármacos, pueden ser administrados por vía oral en formato de comprimidos o cápsulas o pueden ser inyectados directamente en los músculos.
Para él, como para otros tantos luchadores, el ejercicio de la profesión es la prioridad, que incluso trasciende a su propia vida privada. En ese marco, sufre en silencio, porque encima del ring el público le exige que sea una verdadera máquina. Sin embargo, las máquinas también se rompen y necesitan ser reparadas. Empero, es más fácil reparar una máquina, con un ajuste o el cambio de un repuesto, que arreglar la compleja psiquis de un ser humano emocionalmente devastado.

Sin embargo, la exigencia del ejercicio de la lucha, que no es sólo un deporte sino un trabajo rentado, demanda que siempre esté en excelente forma física y que oculte sus vulnerabilidades.
De todos modos, fuera del ring, el hombre padece el rigor de los golpes, pero, sobre todo, el rigor de estar virtualmente aislado, porque su pareja requiere atención y no comprende que en estos casos sólo se puede triunfar si alguien se dedica de pleno a su rol de superhombre, que está obligado a derrotar a su adversario. El problema es que no sabe hacer nada más que luchar, recibir y dar golpes y rodar por la lona enlazado con su competidor en una suerte de llave inmovilizante. Por eso, cuando finalmente desciende del cuadrilátero, se siente ajeno a la sociedad en la cual interactúa, poblada en managers que regatean con el negocio, promotores que lo explotan y periodistas que le exigen más y más y, cuando el protagonista no colma sus expectativas, no dudan en calificarlo de débil o pusilánime.
Es, claramente, un producto de consumo masivo, que cuando combate, pierde toda su humanidad y se transforma en una suerte de vendaval incontenible, dotado de una furia de la cual en su vida privada carece. Es decir, representa un papel que es ajeno a su identidad y deja de ser él, para transformarse en lo que quiere el público que sea. Por supuesto, es también un ícono de violencia, que tiene los rasgos identitarios de una sociedad que rinde cotidianamente el culto a la violencia, porque esta está enraizada en su idiosincrasia y su talante imperialista.
Empero, el cineasta no se deja tentar por esa violencia e incluso la dosifica, soslayando excesos, tan habituales en estas historias de luchadores, quienes, cuando noquean a sus rivales, son entronizados y cuando son noqueados son sepultados.

Es que personajes como este deben tener una doble personalidad. Una de ellas debe colmar las expectativas de quienes aman la lucha y hasta apuestan por su favorito para ganar dinero. Sin embargo, en realidad esa inmensa mole de músculos puede ser perfectamente un hombre tierno y cariñoso, porque esa es su verdadera naturaleza y es el verdadero Mark Kerr.
Obviamente, esta dicotomía le genera claramente un conflicto de identidad, porque, sobre el ring, debe ser el que quieren otros y, en cambio, fuera del cuadrilátero es lo que en realidad quiere ser.
A diferencia de otros films de este subgénero, el protagonista de este relato no es un héroe. Tal vez incluso es un antihéroe, porque, por imperio de las circunstancias, daña físicamente a su adversario, en una lucha sin cuartel que termina recién cuando uno de los luchadores cae y no está en condiciones de recuperar la vertical y seguir combatiendo.
Inspirada en un documental homónimo, esta película intenta ser un vívido retrato de las peripecias de Mark Kerr, quien otrora fue una auténtica leyenda de las artes marciales mixtas, quien pasó de dominar los octágonos a enfrentarse con sus propios demonios personales.
Si bien tuvo una carrera brillante erigida sobre resonantes triunfos premiados por galardones que le otorgaron fama y dinero, este hombre también padeció la adicción a los opioides, lo cual conspiró contra sus vínculos y sus afectos. Naturalmente, la película no soslaya esta faceta sin dudas dramática, ya que su dependencia de esas sustancias le condujo inexorablemente a por lo menos un par de episodios de sobredosis con sendas internaciones.
La película descorre el velo sobre el mito y aterriza en la intimidad del protagonista real, que se transformó en un auténtico esclavo de la sustancia, como sucede en el caso de todos los adictos, cuya voluntad sucumbe ante la dependencia química y psicológica.
“La maquina” retrata esta situación con amarga crudeza, pero sin excesos ni estridencias, porque el propósito del director no es plantear un panorama patético ni de alto dramatismo, sino ensayar una suerte de alegato que desnude el escándalo de explotar sistemáticamente a una persona para ganar dinero, en este caso concreto con su consentimiento.
Desde ese punto de vista, “La máquina” no es ciertamente sólo un mero producto de pasatiempo para amantes de los deportes de contacto y choque, sino la desgarradora radiografía de un hombre complejo, más allá de su aspecto tosco y grotesco.
La narración fragmentaria, por momentos caótica, evita los lugares comunes del género y resalta por la sobriedad con la que retrata este salvaje deporte, evitando los golpes bajos emocionales pero trasmitiendo el dramatismo de la lucha por el éxito, la presión del público y los representantes y el culto a la violencia física de una sociedad enferma que encumbra luchadores como si se tratara de gladiadores del Coliseo romano.
Hay mucho de emocional en esta película que transcurre casi toda en un cuadrilátero, donde dos hombres se golpean y se agarran incesantemente intentando doblegarse. En ese marco, no dan ni piden tregua, porque eso es lo que les exige la gente que paga una entrada costosa por verlos e incluso apuesta.
Aunque aparentan ser una mera mercadería y actores de un drama armado para divertir y colmar la estupidez de una legión de descerebrados, en realidad son tan o más humanos que nosotros y hasta soslayan enfrentarse con un amigo, porque la amistad es más importante que la gloria o que el dinero.
En este caso, Dwayne Johnson deja de ser La Roca, para demostrar cualidades histriónicas que no le conocíamos y transformarse en otro, con la pasión y el compromiso de encarnar a un verdadero ídolo de las artes mixtas, quien aparece en un breve cameno en el epilogo de esta película, que es bastante más que una historia de peleadores. Es, en realidad, una épica de vida, con todas sus glorias y momentos de auge, pero también con sus conflictos más dramáticos y sus contrastes sus dolorosos, profundos y lacerantes.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
La máquina (The Smashing Machine). Estados Unidos 2025. Guión y dirección: Bennie Safdie. Edición: Bennie Safdie. Fotografía: Maceo Bishop. Música: Nala Sinephor. Reparto: Dwayne Johnson, Emily Blunt, Ryan Bader, Bas Rutten.
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