El experimento fallido de un científico tan obstinado como ambicioso, la paternidad apócrifa devenida del parto de un engendro, el horror, las creencias, la culpa y la venganza son los cinco ejes temáticos de “Frankestein”, la producción de Nexflix que sólo puede verse en plataforma digital, dirigida por el cineasta mexicano Guillermo del Toro, quien concibe una nueva adaptación de la célebre novela homónima de la escritora británica Mary Shelley, publicada en 1818.
Este texto memorable fue trasladado al cine más de sesenta veces, la primera de las cuales fue un
cortometraje mudo de apenas 16 minutos producido por el brillante científico estadounidense Thomas Edison y dirigido por J. Searle Dawley, en 1910. Esta versión temprana, producida por Edison Studios, mostraba al monstruo creándose en un caldero con efectos mágicos, lejos de la ciencia médica que se popularizaría después.
Empero, con mayor o menor rigor, las adaptaciones han ido sucediéndose incesantemente, en algunos casos apegándose a la obra original y en otros introduciendo modificaciones radicales tendientes a dotar al relato de mayor impacto dramático.
Empero, en las versiones más populares, propias del desaparecido cine de matiné que en la segunda mitad del siglo pasado se exhibía no sólo en el circuito montevideano de estreno otrora céntrico sino también en salas barriales, siempre se enfatizó el lado más terrorífico de la narración y se desestimó la impronta humana de una novela destinada a trascender el tiempo, al espacio e incluso a los gustos y preferencias de variadas culturales.
En tal sentido, tal vez una de las adaptaciones más recordadas sea la de James Whale de 1931, con el actor británico Boris Karloff como protagonista, encarnando al monstruo construido con fragmentos de cadáveres, que pasó a la historia. Cuatro años después, en 1935, protagonizó una secuela, titulada “La novia de Frankestein”, dirigida por el mismo cineasta. Por supuesto, ambas están rodadas en blanco y negro. El propio rostro del actor con sus profusas ojeras que sugieren oscuridad, resultó clave para una composición realmente memorable, de un engendro que hizo parar los pelos de punta a más de una generación de cinéfilos.

Luego, durante las décadas del cincuenta y el sesenta los estudios Hammer se apropiaron de la historia, concibiendo películas que enfatizaban más el terror y la violencia que otras facetas menos impactantes que alberga la novela original y fueron soslayadas, en forma deliberada, por razones comerciales. Estas adaptaciones degradan y prostituyen muchas virtudes intrínsecas del texto. Sin embargo, tuvieron un resonante éxito de taquilla, algo realmente primordial para una industria que vive de lucro.
En nuestra opinión personal y admitiendo que no haber visto todas las adaptaciones de este clásico, consideramos que la mejor película es la del director y actor británico Kenneth Branagh de 1994, que es protagonizada por el propio cineasta en el papel del científico y por el gran Robert de Niro en el rol del monstruo, que deparó una actuación tan conmovedora como memorable. Se trata de un brillante exponente de terror gótico, que mixtura el horror con el romance, la ciencia, el miedo y hasta el trastorno psicológico. Aunque esta versión no cuenta con tantos adeptos como las que apostaban únicamente a la violencia, se trata de un film que, además de aterrar, remueve hasta el límite y hasta permite reflexionar en torno a la soberbia del científico que desafía las leyes naturales y, para los creyentes, incluso al propio Dios, en su condición de ente creador.
Por supuesto, partiendo de la premisa que la novela plantea una hipótesis imposible y totalmente anticientífica, lo plausible es indagar en los mecanismos psicológicos que inducen a un científico a ensayar una experiencia imposible en cuanto a su más imposible éxito y erigirse en creador, con el supuesto propósito de derrotar al fantasma de la muerte. En ese contexto, desciende varios peldaños hacia el abismo de la degradación, cuando exhuma y vandaliza cadáveres sin reparar en eventuales sensibilidades, con el propósito de obtener la indispensable materia prima que necesita para su creación.

En esta oportunidad, la nueva adaptación está a cargo del laureado cineasta mexicano Guillermo del Toro, autor de películas que mixturan el terror con la fantasía y el surrealismo. De su extensa producción se destacan nítidamente “El espinazo del diablo” (2001), “El laberinto del fauno” (2006) y “La forma del agua” (2017), que ganó tres premios Oscar, entre ellos en la categoría Mejor Película. Como su universo cinematográfico está poblado de monstruos, a menudo sensibles, a nadie le extrañó que encarara una nueva versión de Frankenstein, que contiene obviamente su conocida impronta iconoclasta y su personalísima mirada en torno a los personajes literarios.
En primer término, habría que explicar por qué la novela se llama “Frankenstein o el moderno Prometeo”. Porque la idea creativa es un paradigma de la trasgresión, ya que establece un paralelismo entre el científico- a la sazón personaje literario- y el titán de la mitología griega, quien les robó el fuego a los dioses y se lo entregó a la humanidad. Luego, es castigado por su osadía, es encadenado en una roca y todos los días un águila le devora el hígado. Como ese órgano se reproduce, el tormento se reitera cotidianamente. En tanto, Frankenstein comete la audacia de desafiar a las leyes naturales y, para los creyentes, al propio Dios, intentándose erigir en creador. Su castigo es haber concebido un monstruo.
Aunque rompe con los cánones de la novela original y se interna en ámbitos más íntimos y desgarradores para el personaje del científico, Guillermo del Toro propone una versión que destaca por su superlativa originalidad y humanidad.
La novela comienza con una serie de cuatro cartas escritas por el explorador Robert Walton a su hermana, Margaret Saville, en Inglaterra. Desde el Ártico, Walton narra su ambicioso viaje al Polo Norte y cómo su barco queda atrapado en el hielo. En medio de la desolación ártica, la tripulación divisa una criatura gigante y luego rescata a un hombre demacrado, Víctor Frankenstein, quien comienza a contar su trágica historia de ambición y creación.

Así se inicia este relato cinematográfico, cuya primera imagen es un paisaje blanco gélido y desolado, en el cual interactúan dos situaciones extremas. Una de ellas, que es instintiva, está relacionada con la supervivencia y, la otra, que es emocional, con la venganza. En ese paisaje se dirime la desigual batalla entre el creador y el creado. En efecto, mientras el científico, que es encarnado por Oscar Isaac, huye del frío y de algo abominable, esa abominación, que es el monstruo, es interpretado por Jacob Elordi. Ambos llegan hasta ese barco varado en el hielo, pero, a diferencia de adaptaciones precedentes, el relato tiene dos narraciones radicalmente diferentes: la del atormentado creador, que busca refugio y la protección de la tripulación y de la embarcación y la del deforme e infortunado monstruo, que no cede en su propósito de alcanzar a su padre y creador, aunque para ello deba luchar, con la fuerza que le otorga un físico impresionante y una estatura de más de dos metros y medio, contra los marinos.
Esta es una historia de terror, pero también una historia de fracasos y redención, que en el caso del científico tiene un fuerte anclaje en un pasado nefasto, ya que el hombre, siendo apenas un niño, pierde a su madre y su vínculo con su padre es más bien turbulento. Es, en ese marco singular, la historia de un amor incomprendido o no correspondido y una suerte de trauma con la muerte, que lo dejó huérfano de madre cuando aún era un niño.
Esa sensación de vacuidad existencial es, por lo menos en esta versión, un elemento clave para intentar la hazaña de ir contra las leyes naturales, derrotar a la muerte y recuperar lo perdido, por lo menos en términos simbólicos.
Empero, esa contingencia enfrenta al monstruo con su creador, en una dicotomía que es realmente contradictoria, ya que el engendro en primera instancia sería la obra maestra del científico. Sin embargo, con el tiempo deviene en frustración, porque esta criatura que tiene más de inhumano que de humano, no tiene ni siquiera nombre. Es decir, es como si no existiera. Sin embargo, existe y, lo que es peor, siente y, por supuesto, también sufre, como sufre su “padre”, porque lo que realmente creó no es una persona común sino un monstruo, con una fuerza desmedida, con un aspecto horrendo y sin un propósito. En buena medida, es un ser pero a la vez es un no ser, porque su existencia no es funcional ni para él ni para la sociedad en la cual interactúa.

Esta no es una película de terror propiamente dicha como algunas de las adaptaciones de la novela que le precedieron, con el único propósito de conquistar la taquilla. Este film es un profundo ejercicio psicológico, en el cual conviven, simultáneamente, la soberbia desafiante del científico y la pasión por la creación, pero también el amor y el odio, porque normalmente se ama lo que se crea, siempre y cuando no se transforme en una amarga frustración. En este caso, sí se transforma en frustración por la incapacidad del creador de transformar a su creación en alguien feliz y pleno y no en un mero paria desgraciado.
Hay por lo menos dos personajes adicionales que tienen una fuerte incidencia en el cuadro dramático: Elizabeth (Mia Goth), la novia del científico que, por su sensibilidad, opera como una suerte de nexo entre creación y creador y el financista y mentor encarnado por Christoph Waltz, sin cuyo apoyo el proyecto científico no será posible. Aunque estas dos figuras fungen como contrapesos, es obvio que esta es una historia binaria, en la cual el creador y el creado generan el combustible emocional de la trama.
Todo el relato está deliberadamente envuelto en una aureola mágica, fantástica y hasta romántica, que, por momentos, hace descender los decibeles del miedo, que sólo parece estar presente al comienzo, cuando el protagonista huye hacia el buque varado en la nieve, perseguido por un algo realmente indescifrable. Por supuesto, no hay sorpresas para quienes conocen la novela y visionaron alguna de las versiones precedentes de este clásico.
Sin embargo, la ominosa atmósfera de esos quince o veinte minutos iniciales remueve e impacta, porque el temor se percibe y hasta se respira. ¿Temor a qué o a quién? Para quienes no conocen la trama argumental, temor a lo desconocido, que es consustancial al ser humano. Incluso, aquellos que conocemos la versión literaria y como cinéfilos la hemos transformado en una opción cinematográfica vital para nuestro paladar, la sensación de estremecimiento es real, porque la escenografía está muy bien lograda. Incluso, cuando la observamos, tenemos la tentación de parangonar la gélida y desolada mansedumbre del paisaje con la desolación interior de los personajes.
Para la ciencia psicoanalítica, esta obra ha sido interpretada como una suerte de exploración de la psiquis humana, en cuyo contexto Víctor Frankenstein representa el Yo reprimido y la criatura es la materialización de impulsos inconscientes, deseos prohibidos y del Ello freudiano. En tal sentido, la novela dramatiza conflictos de creación, narcisismo, la falta de vínculo afectivo (apego) y las consecuencias del rechazo social y la exclusión, convirtiendo a la criatura no en un monstruo propiamente dicho pese a su aspecto espeluznante, sino en un ser formado por el abandono de su creador, que padece una dramática orfandad.
Esta nueva versión de Frankenstein es, sin dudas, bastante original, por más que, como buena adaptación libre de una obra literaria, se aparte en buena medida del texto.
Evidentemente, luego de más de sesenta versiones, que recorren virtualmente toda la historia del cine, conformar una producción diferente era ya de por sí todo un desafío, en una época en la cual la violencia parece estar cada vez más banalizada y los productos clase B parecen haber desplazado de la taquilla a largometrajes con valores artísticos reales.

Sin embargo, Guillermo del Toro apela a toda su profunda creatividad y a su indudable talento para construir y humanizar fantasías, por más que estas puedan resultar realmente estremecedoras. De ese modo, concibe una película que impacta por la naturaleza misma del tema, pero también por sus profundas resonancias emocionales y su esmerado lenguaje formal, que logra conjugar climas pesadillescos con la belleza estética de los paisajes y también con las tomas filmadas en interiores. Obviamente, a estos logros, que tienen un valor real y obviamente superlativo, se suma un reparto actoral calificado y naturalmente muy comprometido con el proyecto cinematográfico.
Aunque no alcanza la cima ni la brillantez de largometrajes precedentes como “El laberinto del fauno”, el cineasta mexicano entrega una obra que destaca no sólo por su mero envase, sino también por su apelación a lo reflexivo y hasta a lo filosófico, que en este caso dialoga con la literatura y con el arte audiovisual.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Frankestein. Estados Unidos 2025. Dirección: Guillermo del Toro. Guión: Gullermo del Toro. Fotografía: Dan Laustsen.
Música: Alexandre Desplat. Reparto: Oscar Isaac. Jacob Elordi, Mia Goth, Chirtoph Waltz, Charles Dance y David Bradley,
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