La ambición, la fama, el éxito, la exacerbada autoestima, el mercado, el deporte profesional- concretamente el tenis de mesa- la sexualidad y el espíritu emancipador son los ocho soportes temáticos de “Marty Supremo”, la delirante comedia satírica del joven realizador estadounidense Josh Safdie, quien, luego de dirigir con su hermano Benny, emprende su propio camino como director, con un film independiente que no dejará indiferente a ningún cinéfilo.
Lo cierto es que esta película, lejanamente inspirada en la vida del tenista, Marty Reisman, es realmente inclasificable, porque en ella conviven varios géneros, como la comedia, el drama y, por supuesto, el thriller, que dota al relato de un ritmo por momentos vertiginoso, que tiene
incluso algunas secuencias realmente desopilantes. En tal sentido, lo desopilante son las aventuras que vive el protagonista, una suerte de rebelde con causa que busca trascender y evadirse de una vida gris y por cierto rutinaria, en un trabajo cuasi mecánico que no requiere demasiada creatividad.
Si bien el leitmotiv de este largometraje es un deporte tan aburrido como el tenis de mesa, no en vano la peripecia de los personajes se desarrolla en 1952 en Nueva York, en los siete primeros años de la posguerra, luego del horrendo holocausto perpetrado por los Estados Unidos en las asoladas ciudades japonesas Hiroshima y Nagazaki, que fueron virtualmente borradas del mapa por sendas explosiones atómicas acaecidas el 6 y el 9 de agosto de 1945. La consecuencia fue un crimen de lesa humanidad que provocó un desastre que se expandió en el tiempo. En efecto, en 2015, siete décadas después de los bombardeos atómicos que hicieron blanco en ambas ciudades niponas, los hospitales de la Sociedad de la Cruz Roja Japonesa siguieron atendiendo a miles de personas que sobrevivieron a los estallidos y que aun sufrían los efectos de largo plazo devenidos de la exposición a la radiación nuclear que horadó dramáticamente la salud de las víctimas civiles.
Empero, a Estados Unidos esta abominación le permitió colonizar Japón y vender su modelo de convivencia a Oriente, al cual, en el caso del País del Sol naciente, le contagió su estatus de economía de mercado. Fue una fuerte transfusión, que equivalió a sometimiento. No en vano, miles de soldados norteamericanos permanecieron en territorio japonés hasta la década del setenta, para asegurarse que el país no volviera a rearmarse y para garantizar su alineamiento con el imperio anglosajón.
¿Qué relación tienen estas reflexiones con la película? Realmente, mucha. Como la mayoría de los norteamericanos celebraron las agresiones nucleares como si se tratara de un triunfo deportivo, el período 1945-1960 coincidió con el mayor pico de desarrollo del denominado “sueños americano”, caracterizado por prosperidad económica sin precedentes, crecimiento de la clase media y del consumo, estabilidad salarial y laboral y exponencial aumento de la compra de viviendas, automóviles y electrodomésticos.
Por supuesto, la prosperidad no benefició en ese momento ni beneficia en el presente a todos los ciudadanos del imperio, ya que actualmente el 11% de la población es pobre, lo cual equivale a la friolera de 36 millones de personas, muchas de las cuales sin indigentes, al igual que las uruguayos en situación de calle que observamos cotidianamente en Uruguay. Es decir, para algunos yanquis, el sueño americano es una suerte de farsa y de pesadilla.
Empero, ese mito que atrae a tantos inmigrantes, particularmente latinoamericanos, muchos de los cuales están siendo expulsados por el megalómano mandatario Donald Trump, es un verso muy bien vendido y de larga dada, que establece que los Estados Unidos de Norte América es un país de oportunidades, tanto para nacionales como para extranjeros.

Ese es el caso del protagonista de esta película, Marty Mauser (Timothée Chalamet), un humilde empleado de una zapatería que aspira a adquirir fama y transformarse en millonario, jugando tenis de mesa en forma profesional. Este deporte, que nació en el siglo XIX en Inglaterra para entretener a los burgueses los días de lluvia y se expandió rápidamente en Occidente durante las primeras décadas del siglo XX, es una disciplina olímpica, que en nuestro país se denomina ping pong, aunque su práctica es meramente amateur, por más que existe un circuito federado para quienes aspiran a competir en modalidad rentada y en ligas profesionales, fuera de fronteras.
Lo cierto es que este joven, que desea salir del anonimato, está aburrido de probarles zapatos a damas algo quisquillosas. Sin embargo, ellas siempre requieren que las atiende él, porque, además, de ser apuesto, las atiende con mucha amabilidad y paciencia. Sin embargo, este trabajo de baja calificación jamás le permitiría alcanzar sus sueños y menos aun tener dinero para satisfacer sus necesidades y sacar a su madre de la pocilga donde ambos viven. Incluso, Marty es muy enamoradizo, ya que mantiene un noviazgo secreto con su amiga Rachel (Odessa A’Zion), pese a que la joven está casada con un muchacho muy tonto y hasta violento.
La propia presentación del film es sumamente original y por cierto sugestiva, con la imagen generada por informática de decenas de espermatozoides que viajan hasta las Trompas de Falopio para encontrarse con el óvulo, la célula reproductora femenina y el origen de la vida En ese contexto, el óvulo muta en una pelota de tenis de mesa.

Esa secuencia gráfica simboliza el comienzo de un camino, que culminará nueve meses después en el nacimiento de un niño, pero también , para el joven protagonista, de un periplo hacia la fama, o bien, hacia el fracaso y la frustración. Todo dependerá, naturalmente, de la inteligencia de Marty o del azar y la suerte, que en toda peripecia existencial condiciona a las personas.
Lo concreto es que este joven tenista amateur, que se ha distinguido en competencias locales con apuestas por dinero, aspira a participar en una competencia de elite en Londres. Sin embargo, no tiene dinero para financiar el viaje, salvo que tu tío lo ayude porque no puede esperar nada de su madre, quien vive en la pobreza y con quien tiene una relación que dista mucho de ser armónica y cariñosa.
En esas circunstancias, la peripecia de este judío pobre es toda una aventura. Sin embargo, el protagonista no se detendrá ante nada, aunque tenga que robar dinero, huir presurosamente y también deponer sus principios y venderse al mejor postor.
En este personaje subyacen algunos antivalores muy comunes: la codicia desmedida, el enfermizo narcisismo derivado de la fama y su ambición por trascender y no quedar congelado en el escalón más bajo de la clase social, como sucede en el caso de millones de sus compatriotas. Por cierto, también usa a otras personas para lograr sus propósitos. En definitiva y hablando en lenguaje coloquial, es una suerte de vividor, pero con una diferencia sustantiva: aspira a ganarse la vida no sin trabajar sino jugando al tenis de mesa.
Quienes no están debidamente informados podrán afirmar que se trata de un deporte tonto y repetitivo, que obliga al observador a menear la cabeza para seguir el curso del juego. Sin embargo, aunque no es igual que el tenis de campo, tiene si muchas reglas análogas y otras diferentes. En tal sentido, mientras el tenis de campo mixtura estrategia, técnica, potencia y espacio, su hermano menor, el tenis de mesa, se basa casi únicamente en la precisión de los golpes con la raqueta, ya que se dirime en un espacio bastante acotado. Aunque el tenis de campo tiene mayor raigambre y mueve más dinero y mercado, el tenis de mesa es igualmente una disciplina profesional con estatus olímpico.
Sin embargo, este deporte es un mero pretexto del director para reconstruir a la Nueva York de comienzo de la década del cincuenta, en un país en plena ebullición de desarrollo que genera muchas expectativas. En efecto, nadie quiere quedar al costado y todos quieren obtener réditos del tiempo de bonanza, en una potencia económica y militar que acaba de ganar una guerra y que, por entonces, ya estaba inmersa en un nuevo conflicto bélico: la guerra de Corea.

Es también la época del Plan Marshall, que fue una iniciativa de Estados Unidos para reconstruir la Europa asolada por la Segunda Guerra Mundial, consistente en programas de financiamiento por más de 13.000 millones de dólares. Sin embargo, esta circunstancia favoreció a las empresas estadounidenses, que se transformaron en vendedoras de los países del continente.
Uno de los grandes logros para EE.UU. fue la consolidación del sistema capitalista en aleja Europa y de su hegemonía no sólo económica sino también militar, a partir de la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.
Si bien en la película no hay referencias a ninguno de estos hechos históricos, el auge se palpa en el ambiente como potencial motivador de conductas ambiciosas como la del protagonista, que no es precisamente un héroe sino un antihéroe, ya que no duda en perpetrar actos reñidos con la ley y la ética con tal de lograr su propósito, porque es plenamente consciente que no basta con su destreza para jugar tenis de mesa para poder triunfar.
Empero, el joven está dispuesto a cualquier cosa con tal de seguir subiendo los peldaños que supuestamente lo conducirán a la fama, como entablar un tórrido romance secreto y adúltero con Kate Stone (Gwyneth Paltrow), una madura estrella de Hollywood en retirada, que está casada con el magnate Milton Rockwell (Kevin O’Leary), quien lo que menos le da es amor y sexo.
Para los cinéfilos memoriosos, este fugaz romance se parece mucho al protagonizado por un muy joven Dustin Hoffman con la formidable Anne Bancroft, en la comedia irónica “El graduado” (1967), de Mike) Michols. La diferencia es que en esta película es el hombre el que seduce a la mujer y en el recordado film de Nichols es a la inversa. Empero, este es apenas un detalle anecdótico, por más que ambas películas tengan en común que se mofan ácidamente de la hipocresía burguesa
Evidentemente, el maduro marido de la actriz es el socio ideal para el protagonista, porque ambos son ambiciosos y amorales. Este hombre, que es un astuto empresario, aspira a aprovechar la oportunidad del ingresar en el mercado japonés con su producción masiva de biromes. Por supuesto, para lograr su propósito no escatimará artimañas por más inmorales que estas sean.
Empero, para las personas humildes y de baja clase social como Marty, que irónicamente es un judío pobre, el éxito tienen un precio que puede llegar a ser muy alto y hasta humillante, porque siempre el poder económico y la inteligencia para hacer negocios se impone sobre el talento, que en este caso es destreza para el desempeño de un deporte, que, como todas las disciplinas de competencia, trasciende a lo que sucede en el juego.
En tal sentido, es muy claro que el partido entre el Marty y el jugador japonés tiene una connotación política, a sólo siete años de los holocaustos de Hiroshima y Nagazaki, que barrieron del napa a esas dos ciudades niponas y pusieron en rodillas al denominado Imperio del Sol Naciente ante el poder del otro imperio más poderoso y con poder de fuego atómico.
La partida, que está espectacularmente rodada mediante un soberbio trabajo de montaje y fotografía, es observada por miles de japoneses que festejan los logros de su campeón y por un grupo de norteamericanos vestidos de uniforme, que son, naturalmente, tropas de ocupación.
Para las personas de etnia amarilla esta es claramente la revancha que no pueden perder, luego de haber perdido la guerra y haber sido aniquilados y humillados.
Empero, la película no sólo se mofa de los japoneses y de los propios yanquis, sino también de los judíos, de los mafiosos, de los capitalistas y de la sociedad de mercado. Aunque es anacrónica para la época, la banda sonora es una mixtura ochentera, donde destacan el rock y la música sintetizada, lo cual le otorga un ritmo más vertiginoso al relato.
Todo está incluido en este variado menú cinematográfico bien sazonado por la ironía y el desenfado. En tal sentido, el personaje central de este relato es un divertido retrato de la sagacidad pero a su vez de la inmoralidad, que tiene tanto de anglosajón como de latino y hasta de rioplatense, por su “viveza criolla”, una cualidad que suele ser destacada y hasta llega a generar admiración y envidia por estos lares, pese a ser realmente execrable.

Aunque naturalmente no es una película memorable ni nada que se le parezca, “Marty supremo” –que es una ácida caricatura social- constituye un cabal testimonio sobre hasta qué punto es posible divertir y a su vez convocar a la reflexión, en torno a un tema bien contemporáneo: los sueños de grandeza que, en el caso de los Estados Unidos, son una suerte de patología recurrente. No en vano, contemporáneamente el actual inquilino de la Casa Blanca, el inefable Donald Trump, es el colmo del delirio y, para alcanzar sus propósitos, no duda en invadir un país como la agredida Venezuela, secuestrar a un presidente e incluso amenazar con anexar Groenlandia.
Por supuesto, Trump no llegó a la presidencia por segunda vez por casualidad, sino que fue votado por personas tan alienadas y enfermas como el ficticio ex veterano de guerra Travis (monumental Robert de Niro), de la inolvidable “Taxi Driver”, de Martín Scorsese, o bien el inmoral Marty Mauser de esta comedia alocada y sardónica, de Josh Safdie, cuyo papel protagónico es interpretado por el joven talento Timothée Chalamet, quien ya encarnó con solvencia al legendario cantautor Bob Dylan en “Un perfecto desconocido”, el aclamado film de James Mangold.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Marty Supremo (Marty Supreme). Estados Unidos 2025. Dirección: Josh Safdie. Guión: Josh Safdie, Ronald Bronstein. Fotografía: Darius Khondji. Música: Daniel Lopatin. Edición: Josh Safdie, Ronald Bronstein. Reparto: Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A’zion, Fran Drescher, Géza Röhrig, Kevin O’Leary y Abel Ferrara.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.