“Valor sentimental”: Los afectos agrietados por el rencor

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El abandono, la distancia, el rencor, la ruptura familiar, la memoria, los traumas y la autoeliminación son los siete pilares temáticos de “Valor sentimental”, el sensible y aclamado film del realizador Joachin Trier, nacido en Dinamarca pero nacionalizado noruego, que explora los más íntimos intersticios de los afectos y del amor filial, a partir de un formado que mixtura lo teatral con lo cinematográfico. Este largometraje se adjudicó el Premio del Jurado de la última edición del prestigioso Festival de Canes.

Desde el comienzo mismo del relato, se nota claramente una superlativa influencia de la impronta del inconmensurable maestro sueco Ingmar Bergman, un referente único en su estilo, destacado por su cine austero y despojado, pero también por su incisiva sensibilidad y profundidad psicológica.

Fue, a todas luces, un auténtico paradigma del existencialismo cinematográfico, cuya paleta artística exploró primordialmente la angustia, la fe, la muerte y el silencio de Dios, mediante un estilo caracterizado por primeros planos intensos, el uso de paisajes escandinavos y una doliente introspección metafísica influenciada por su rígida crianza luterana. Fue un creador único e irrepetible, aunque varios realizadores siguieron sus pasos, como Andréi Tarkovski, Michael Haneke , Bélla Tarr y Lars Von Trier, ente otros, como una suerte de homenaje al maestro de maestros.

“Valor sentimental” explora los conflictos familiares, uno de los temas más transitados por Ingmar Bergman, en inolvidables películas como “Secretos de un matrimonio”, “Sonata otoñal”, “Como un espejo” y “Saraband”, que fue su último largometraje,

En casi todos esos casos, los hogares son espacios claustrofóbicos donde la represión afectiva, la culpa, el silencio y el rencor estallan en dramas desgarradores. En esos casos, la familia no es un refugio, sino un ámbito de conflictos y un campo de batalla de reproches y miedos. Hay frialdad y relaciones asfixiantes, en una dinámica que apela a la memoria, aunque a menudo esta esté marcada por los subyacentes traumas de la infancia, los vacíos y los desencantos.

“Valor sentimental” aborda algunos de estos tópicos desde una visión singular y mediante una estética bergmaniana. En este caso, se trata de una familia disfuncional, atravesada por los arios disensos, rencores, ausencias y desencuentros. El ámbito donde todo se dirime es una casa, que ha sido habitada por varias generaciones.

No en vano, en el comienzo del relato, la cámara se posa precisamente sobre una vivienda, que si bien no es lujosa si es agradable a la vista y parece confortable, porque es amplia y espaciosa. Puede estar ocupada o vacía, porque esas circunstancias son parte de la dinámica de la vida y lo realmente trascendente es que no esté vacía de afectos. Puede ser, a priori, un ámbito fantasmal, únicamente habitado por el pasado o por eventos dolorosos o dramáticos. Sin embargo, ninguna casa, aunque sea muy humilde, sólo atesora dolor e infelicidad. Siempre atesora aunque sea felicidad en cuentagotas.

Luego que la cámara se pasea por sus diversas habitaciones, incluyendo el living, el comedor, la cocina y por supuesto los dormitorios, la casa comienza a cobrar vida, como si se tratara de una casa encantada de cuento de hadas.

Empero, aunque se nota que esta construcción respira y transpira vida, memoria, alegría y tristezas, lo que inicialmente prevalece es la tristeza, porque la primera imagen es la de un velorio, aunque este parezca una fiesta, no precisamente porque los dolientes estén paradójicamente pletóricos de alegría, sino porque en determinadas culturas, aun en esos momentos, se celebra más la vida que la muerte. A menudo, sirven suculentas comidas y es infaltable la denominada cerveza funeraria, que celebra el descanso eterno del difunto.

En ese marco, las dos anfitrionas son las hermanas Nora Borg (Renate Reinsve) y Agnes Borg (Inga Ibsdotter Lilieaas). Mientras la primera es una famosa actriz de teatro, está sola y es infeliz, la segunda es casada, tiene un pequeño hijo y es muy feliz. Ambas están velando a su madre, junto a un grupo de familiares y amigos, que las confortan y comparten su dolor.

Empero, hay tal vez un dolor más terrible, que es el dolor de la ausencia física de alguien que sí vive: el padre de ambas, quien abandonó su casa cuando estas mujeres aun eran niñas.

Por supuesto, hay una gran diferencia entre la ausencia por muerte, que es obviamente involuntaria, y la ausencia por partida voluntaria. En ese contexto, lo realmente grave no es la separación de la pareja, que es una circunstancia que atañe a los afectos, a la desaparición de estos o a los meros conflictos de la convivencia, sino el abandono de los hijos, en este caso concreto de las hijas. Esto es lo que precisamente sucedió en esta familia disfuncional, que, desde la partida de su padre, transita un duelo no muy bien resuelto. Eso sucede cuando no se tiene la madurez suficiente para comprender el mundo de los adultos, lo cual, en algunos casos, supone un trauma para los menores.

Empero, todo cambia radicalmente cuando inesperadamente irrumpe Gustav Borg (Stellan Skarsgard), el padre de ambas hermanas, que es un célebre director de cine que afronta una situación crítica, porque no dirige hace muchos años. Sus gestos de dolor, fingidos o verdaderos, molestan a las dos mujeres, quienes desean que él no esté presente. Es decir, aunque parezca una paradoja, prefieren su ausencia, porque consideran que no estuvo presente cuando debería estarlo toman y su reaparición como una actitud demagógica y hasta oportunista, porque él es el verdadero dueño de la propiedad, que heredó de sus ancestros.

Aunque la casa parece tener una sólida estructura, hay una grieta muy visible que la atraviesa desde el piso hasta el techo. Sería simplista deducir que se trata de una patología edilicia provocada por el mero desgaste devenido del transcurso del tiempo. Es, metafóricamente, la grieta provocada por la partida del hombre, que, valga la redundancia, dejó a la familia agrietada y transformó al núcleo familiar en monoparental. Aunque las tres mujeres jamás pasaron privaciones materiales, las privaciones fueron afectivas, porque se rompió un eslabón que nunca debió romperse: el que une al padre con sus hijas.

Aunque el hombre, que es naturalmente un adulto mayor es recibido con un abrazo, se percibe claramente la frialdad del saludo, que es más un gesto demagógico para ojos ajenos que un sentimiento real. Hay mucho rencor acumulado, especialmente por parte de Nora, quien es claramente una desencantada del amor, al punto que no tiene pareja fija aunque si se encuentra en secreto con un amante, que es casado. En este vínculo, que tiene una expresión carnal, parece haber bastante más pasión que amor.

En cambio, el amor de la joven es sí el teatro, actividad que le proporciona los abrazos que le niega la vida, cada vez es que ovacionada de pie por el público al concluir su actuación.

Incluso, la joven mujer tiene un problema de salud que a menudo la condiciona: trastorno de pánico, una patología que suele aflorar cuando está a punto de subir al escenario para protagonizar el papel principal de “Casa de muñecas”, del dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen. Sin embargo, siempre se sobrepone a ese inconveniente e igualmente brilla como si nada hubiera sucedido. Una de las causas de este mal, entre otros, son los traumas pasados. Aunque en ningún momento se especifique nada del cuadro clínico de una de las protagonistas, este problema siempre la acompaña, pero para nada la frustra. En efecto, vive del teatro y por el teatro, que para ella es una profesión, pero también un mecanismo de evasión. En efecto, aunque se lleva muy bien con su hermana, con su cuñado y con su pequeño sobrino, su vida es una suerte de vacío existencial, doliente como todos los vacíos devenidos de la soledad o del bloqueo afectivo.

Ese parece ser el problema de Nora, quien padece una suerte de bloqueo afectivo, porque el fracaso del matrimonio de sus padres ha calado muy hondo en ella y obviamente teme replicar ese fracaso, aunque no le manifieste explícitamente.

Mientras su hermana Agnes tiene una actitud bastante abierta con su padre, Nora es todo lo contario. No lo quiere ver y apenas se comunica con él, al punto que rechaza cuando el hombre se le acerca y se propone protagonizar su próxima película, no solo por el vínculo familiar existente entre ellos, sino por las descollantes cualidades histriónicas de la mujer.


Empero, tal vez el verdadero motivo del rechazo sea que el cineasta se propone rodar la historia en la casa y la trama se parece mucho a la historia de su abuela. No es que su abuela paterna le genere rechazo, lo que le genera rechazo es que el hombre pretenda restañar sus propias heridas del pasado a costa de ella, ya que su abuela en su juventud estuvo presa y fue torturada en un campo de exterminio nazi y, muchos años después, luego de formar un hogar, se suicidó, por ahorcamiento, en esa misma vivienda. La tragedia quedó tatuada en la memoria de toda la familia. Empero, aunque el hombre niega toda coincidencia con la peripecia de su progenitora, es claro que desea exorcizar sus propios fantasmas y aspira a confiar el papel de su madre a su propia hija. Empero, el rechazo de la joven la induce a ofrecerle el papel protagónico a Rachel Kemp (Elle Fanning), una tan exitosa como famosa actriz de cine. Incluso, no duda en prostituirse y venderle su proyecto cinematográfico a una conocida multinacional audiovisual, a los efectos de financiarlo, aunque tenga que descartar al guionista que le acompañó en todas sus películas.

El cineasta apela a recursos visuales de alto impacto, como cortes en negro que separan las secuencias, para dar idea de falta de continuidad, en una sucesión de imágenes envolventes que juegan alternadamente con los parámetros de la temporalidad, cubriendo más de una generación de una familia compleja y atravesada por los traumas, las culpas y la tragedia.

Incluso, hay una explícita superposición entre el relato y el rodaje de la película del cineasta protagonista, que mixtura dos ficciones a la vez, sin que por momentos se advierte cual es cual, ya que la intensidad dramática en pocos momentos baja los decibeles.

Casi siempre, salvo en escenas que transcurren en el teatro y en espacios meramente irrelevantes para la trama, la casa se erige en una protagonista privilegiada, en tanto atesora recuerdos de familia integrada, pero también de familia disfuncional y hasta de tragedia. En tal sentido, esos vínculos otrora rotos pero que apuntan a ser restaurados, están impregnados tal vez no por el odio, pero si por el rencor, porque el rencor es sinónimo de asignaturas pendientes y de cabos sueltos de una relación filial pautada más por el conflicto que por el consenso y más por el desencanto y el amor que por el amor propiamente dicho.

De algún modo, tanto Nora como su padre ensayan una suerte de catarsis que apunta únicamente a la redención, porque es claro que el rencor abre heridas y sólo el perdón es capaz de restañarles o de cerrarlas, en un proceso quirúrgico que no es espontáneo sino voluntario.

Aunque la película no formule apelaciones demasiado explícitas a la religión, hay una reflexión que define el perfil del creador, cuando uno de los protagonistas afirma que cuanto uno reza no está dialogando con Dios sino con la nada, concepto magistralmente desarrollado por el filósofo francés Jean Paul Sartre, en “El Ser y la Nada”, y por el sabio alemán Martin Heidegger en “¿Qué es la metafísica?”, quienes sitúan a la nada como parte esencial de la existencia humana y la ontología. En estas corrientes, la nada no es solo una ausencia, sino una fuerza que “se modifica” o se experimenta mediante la angustia, permitiendo la libertad y la negación. 

 

Es claro que para los no creyentes, la nada es sinónimo de muerte, en contraste con el todo, que es inasequible a la cognición humana, o el algo, que, aunque sea indefinido, siempre puede percibirse mediante el sentido ocular, mediante la audición, mediante el sentido olfativo o mediante el gustativo.

De todos modos, aunque no haya fe y no se crea que existe algo o alguien que nos trasciende como seres pensantes y a la vez emocionales, si hay amor siempre somos espiritualmente ricos, porque el amor es vivificante y redentor y, por el contrario, el odio es tóxico, por más que en ciertas circunstancias pueda justificarse. En tanto, el perdón que es más humano que divino, es sinónimo de grandeza, algo que aprendí del excepcional y no menos inolvidable José “Pepe” Mujica.

Desde ese punto de vista, “Valor sentimental” tiene la virtud de transmitirnos paz espiritual, porque, en sus últimos cinco minutos, ensaya un giro inesperado, que trasmuta el drama en y el rencor en reconciliación, incluso con una apelación a “Persona”, uno de los filmes más formidables y profundos del maestro Ingmar Bergman.

En ese contexto, este largometraje propone un magistral trabajo de fotografía, que privilegia el contraste entre luces y contraluces, con primeros planos y hasta con planos secuencia, lo cual, de algún modo, tiene su correlato en el territorio emocional. Por supuesto, otra virtud de esta atrapante película son las grandes actuaciones protagónicas de Renate Reinsve, Stellan Skarsgard y Elle Faning.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Valor sentimental (Affeksjonsverdi). Noruega, Francia, Dinamarca, Alemania 2025. Dirección: Joachim Trier. Guión: Eskil Vogt, Joachim Trier. Fotografía: Kasper Tuxen. Música. Hania Nari. Edición: Olivier Bugge Coutté. Reparto: Renate Reinsve, Stellan Skarsgård, Inga Ibsdotter Lilleaas, Elle Fanning, Anders Danielsen Lie y Jesper Christensen. 

 

 

 

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