“Caso 137”: El abusivo ejercicio de la autoridad

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La desmedida violencia policial, el encubrimiento, las víctimas inocentes y la agitación política son los cuatro ejes temáticos de “Caso 137”, el dramático thriller del realizador franco alemán Dominik Moll, quien construye un tenso relato con trasfondo histórico, que también indaga en los entretelones y los propios conflictos familiares de los investigadores. El cineasta se ha destacado, en los últimos tiempos, por la elaboración de un cine policial que está bastante alejado de los cánones del género, como los recordados títulos “Sólo las bestias” (2021)  y particularmente “La noche del crimen” (2022).

Aunque no es una película política, este tenso largometraje de Dominik Moll, está ambientado en 2018, durante las protestas del movimiento de los “chalecos amarillos”, Al respecto, resulta pertinente recordar, para poner este relato en contexto, que estas manifestaciones masivas que incluso se extendieron Bélgica, Países Bajos, Alemania, Italia y Francia, fueron parte de una movilización popular de auto-convocados, cuyo propósito fue protestar contra el desmesurado aumento de los combustibles dispuesto por el gobierno del presidente Emmanuel Macron, que perjudicó fundamentalmente a los pequeños productores rurales, así como contra la injusticia social.

El movimiento se organizó en torno a los bloqueos de carreteras y rotondas y fue duramente reprimido por las fuerzas de choque, que concretó más de 6.000 detenciones. Sin embargo, la consecuencia más dramática fue que la acción desmesurada de la Policía  generó un saldo de más de 2000 personas heridas y hasta originó por lo menos 500 denuncias de abuso policial, habiéndose reportado  22 manifestantes que perdieron un ojo, 5 que perdieron un brazo y 210 que sufrieron heridas en la cabeza. Es decir, hubo violencia desmesurada y consecuencias penales, porque las fuerzas represivas actuaron con idéntico rigor al cual apelan las peores dictaduras, por más que Francia siempre se suele ufanar de su tradición democrática.

Por supuesto, el color amarillo que vestían los protestantes tiene también un sentido simbólico, en tanto representa la visibilidad de los olvidados, porque es la prenda refractaria que usan los conductores de motos o bicicletas para hacerse visibles y, en Uruguay, los que cuidan automóviles en los lugares de aparcamiento. La vestimenta de este color los identifica como tales, particularmente en el caso de quienes desempeñan este trabajo en forma legal, autorizados por los gobiernos departamentales. Por supuesto, no cobran un salario por su trabajo y sí se sustentan económicamente con las propinas voluntarias que reciben de los automovilistas. Obviamente, todos son pobres y no pueden desempeñan otro trabajo por falta de calificación.

Empero, salvando obvias diferencias de abordaje y por su estructura argumental, esta película tiene una directa conexión con uno de los más valiosos antecedentes del realizador germano: “La noche del crimen” (2022), que, aunque en apariencia es un thriller, tiene la intrínseca virtud de indagar  en las diversas y a menudo soterradas complejidades de la interna policial, atravesada por la violencia, el desencanto, las precariedades y la hasta la más rampante misoginia. Si bien por su formato esta película es un policial de ritmo pausado y si se quiere hasta moroso como es habitual en el cine francés, el relato pone mayor énfasis en las vicisitudes de los personajes que en la trama propiamente dicha.

En efecto, lejos del habitual vértigo meramente efectista de la producción de industria que privilegia la acción sobre la sustancia argumental y la peripecia de los propios protagonistas, este relato atraviesa el complejo y traumático paisaje humano, relegando a un segundo plano el disparador, que en este, como en otros casos, es un homicidio.

En cambio, sí se centra en una interna policial realmente convulsionada, lo cual nos induce a reflexionar- salvando las diferencias de escala entre un país desarrollado y otro en vías de desarrollo pero con tendencia a retroceder- que estos uniformados están tan impactados como la policía uruguaya, que padece un fuerte estrés por la sobrecarga de trabajo, a raíz de una ola de homicidios que parece fuera de control. No en vano, en los últimos años, hemos asistido a un récord de suicidios de policías, que, en la mayoría de los casos, han empleado sus armas de reglamento para terminar con sus vidas,

En ese contexto, en el cine policial de Dominik Moll es casi más importante el contexto y el desarrollo que el propio desenlace de las historias. No en vano, sus películas siempre deparan epílogos algo confusos, donde no siempre está claro quién cometió el crimen y, lo que es más importante aún, si el eventual autor será castigado o permanecerá impune.

Por más que el relato intercala numerosas escenas documentales, que dan cuenta de los disturbios y de la brutal represión policial que hace ocho años sacudieron a París y a otras ciudades francesas, casi toda la narración se desarrolla en el ámbito interno y privilegia, obviamente, los presuntos casos de abuso.

Como en “La noche del crimen” y “Sólo las bestias”, todos parecen tener algo que ocultar para licuar sus culpas y sus crímenes, lo cual consagra cuadros de impunidad, que sólo pueden ser desentrañados por una investigación sólida e independiente, que logre salvar esos obstáculos.

Desde ese punto de vista, en estas propuestas hay un componente político que es más institucional que meramente partidario, porque es el poder el que genera el caldo de cultivo de esa impunidad, en algunos casos por acción, y, en otros, como en “Sólo las bestias” –que es una película realmente demoledora tanto por su planteo como por su desenlace- por omisión.

En el contexto, precisamente en  “Caso 137” se cumplen algunas de estas premisas, con la diferencia que hay un fuerte anclaje en lo político y lo histórico, en tanto la narración, que es menester aclarar es de ficción por más que tenga un trasfondo real, no escatima escenas de singular crudeza y contundencia.

En ese marco, la protagonista de esta anécdota cinematográfica es 

Stéphanie Bertrand (Léa Drucker), una funcionaria de asuntos internos de la Policía, quien recibe una catarata de denuncias por maltrato policial, que debe investigar con la diligencia requerida, Por supuesto, le resulta sumamente complejo indagar, porque se mueve en un terreno minado por el extremo corporativismo de la institución, que, para protegerse y ocultar su responsabilidad, ensaya toda suerte de artimañas y maniobras dolosas. Incluso, debe lidiar con excesos supuestamente cometidos por personas que no son empleadas del Estado y que, vestidas de civiles, cometieron desmanes arrogándose una autoridad que sin dudas no poseen.

Aunque la investigadora, que es madre de una adolescente, carga sobre sus espaldas con una interna doméstica bien compleja por la ausencia de su marido, igualmente encara su trabajo cotidiano con una insoslayable responsabilidad y sin medir los riesgos que sus indagatorias conllevan. Obviamente, tiene claro que es mujer y esa circunstancia la transforma en una indeseable en un ambiente, como el policial, que es intrínsecamente misógino y machista. 

Todas esas circunstancias transforman a su tarea en extenuante y sin dudas estresante, porque en muchos casos deben indagar a personas que trabajan en su entorno y que se creen con derecho a cometer toda suerte de desmanes por lucir una placa.

Más allá de las escenas de exteriores, que revelan la desmesura de la represión sin discursos, críticas o juicios de valor, casi todo el relato transcurre en ambientes cerrados, donde se respira una atmósfera siempre pesada y cargada de tensión.

En ese contexto, afloran los testimonios de las víctimas y de los victimarios, en una suerte de juego perverso de mentiras y hasta de justificaciones de los denunciados, pese a que los testimonios de la violencia ejercida por la autoridad son contundentes, más allá de eventuales suspicacias y subjetividades.

Aunque en este caso los personajes son ficticios, no lo son tanto las circunstancias, porque,  en diciembre de 2018, en el marco de la airada movilización de los denominados chalecos amarillos, se registró un episodio real de brutalidad policial, cuando un joven que ni siquiera era activista y que llegó a Paris por asuntos familiares, recibió un disparo en la espalda que le provocó una herida en la cabeza, cuyas secuelas padece hasta el presente.

Por supuesto, fue un proceso complejo que, aunque no se mencione, inspiró esta película atravesadas por conflictos de intereses y por el resentimiento de las víctimas y también de los victimarios, con quien tiene a su cargo la indagatoria,

Lo concreto es que ni unos y otros parecen estar conformes con el trabajo de la mujer, porque los denunciados se sienten acosados y, a su vez, los denunciantes se manifiestan decepcionados por la lentitud de una investigación cargada de complejidades, Todo esto debe padecer la protagonista, que también se transforma, por vía indirecta, en una víctima de las circunstanci

  1. Sin embargo, su responsabilidad profesional y su honestidad parecen ponerla a cubierto de una eventual claudicación.

Todo el relato es una sucesión de interrogatorios, en los cuales la investigadora registra minuciosamente las denuncias de las víctimas y los descargos de los denunciados, cuando estos son identificados como responsables de los atropellos. Todo está resuelto con una quirúrgica precisión, al punto que, por momentos, el auditorio se siente parte de lo que está sucediendo.

Obviamente, las víctimas muestran rostros tumefactos, ojos dañados y otras partes de su anatomía donde hay herida provocadas por golpes o bien por disparos de armas de munición presuntamente no letal. En este caso, convienen formular algunas precisiones. Las denominadas municiones no letales, que son proyectiles cinéticos (balas de goma o perdigones plásticos),   pueden provocar daños graves, fracturas, pérdida de órganos (como la visión) e incluso la muerte. Por esta razón, organismos internacionales y expertos recomiendan utilizar un término más preciso, calificándolas como armas o municiones “menos letales” o de “letalidad reducida”. Incluso, cuando la violencia que debe ser reprimida por orden superior no es excesiva, se recomienda emplear otros métodos disuasivos y descartar de plano el uso de estas armas, que pueden transformar en criminales a quienes las usan. La pregunta más frecuente suele ser quién mide realmente el exceso de la respuesta represiva. Se trata de un debate siempre cruzado por la subjetividad,

En el transcurso de este film, frente a la mirada de la investigadora aparecen rostros y en algunos casos cuerpos terriblemente dañados y, por supuesto, no es tan complejo dilucidar a los eventuales responsables, porque el peritaje forense, que determina qué arma fue usada para perpetrar la eventual agresión, permite identificar quienes efectuaron los disparos,  aunque no siempre se pueda identificar a sus autores. En el caso de los golpes con  bastones o cachiporras, el trabajo suele ser complejo. Aunque la responsabilidad es institucional, se requiere identificar al autor de la orden y a quien perpetra la golpiza. Es decir, resulta muy complejo determinar las circunstancias y si la acción represiva es o no justificada.

En todos los casos, los informes de la pesquisante, basados en diagnósticos médicos especializados, resultan vitales para deslindar responsabilidades o para iniciar una acción penal y hasta civil, por los daños inferidos a las víctimas.

Dominik Moll administra sabiamente la tensión dramática de esas contingencias, que no soslayan actitudes exacerbadas, enojos y hasta acusaciones. En ese marco, la investigadora queda en medio del fuego cruzado entre denunciantes y denunciados.

Este film, que por momentos adquiere casi un tomo documental, es, aunque la crítica internacional afirme lo contrario, bastante más que un mero thriller. En cambio, si constituye un elocuente advertencia de hasta qué punto el Estado, cuando es democrático, debe abstenerse de perpetrar excesos propios de una dictadura. En tal sentido, este episodio de violencia  policial excesiva contra  los chalecos amarillos, como otros precedentes, corrobora que Francia y otras naciones que se ufanan de sus presuntamente ejemplares sistemas republicanos no son tales.

Aunque su formato sea de un thriller mixturado con componentes semi-documentales, “Caso 137” es, ante, todo un film de denuncia, por más que su discurso no sea explícitamente crítico y menos aun político. En tal sentido, trabaja primordialmente con la imagen, que da cuenta de los excesos perpetrados, que se afirman en los testimonios de los damnificados.

Empero, también se sostiene en las declaraciones, que pretenden encubrir lo que no es fácil de encubrir, con un fuerte sustento en la mentida o bien en la justificación del exceso, que, en las mentalidades de los violentos uniformados, equivalen lisa y llanamente, al ejercicio de la autoridad que les confiere el Estado. Lo grave es cuando en ejercicio de esa autoridad se transforma en agresión y, lo que es peor aún, cuando deviene en impunidad.

Pese a la explicitud de los rostros deteriorados por las balas presuntamente no letales y los golpes, aquí la clave son los testimonios y el procedimiento garantista del debido proceso que está representado por la investigadora,  quien desestima eventuales riesgos y no claudica jamás –ante los hechos consumados- en su propósito de esclarecer los episodios y, por ende, transformar a la verdad en una herramienta para hacer justicia.

Desde este punto de vista, esta película es un docudrama, que denuncia, sin ambages, lo que hay que denunciar, sin soslayar detalles que resultan siempre relevantes a la investigación.

La interpretación protagónica de la excelente actriz Léa Drucker, que cumple el doble rol de pesquisante y a la vez de madre de una adolescente en un hogar desestructurado por la ausencia del padre, contribuye a dotar a esta película de una potencia dramática sin dudas singular, que habilita más de una lectura en torno a una sociedad en estado de conflicto y a las propias disfuncionalidades de las familias.  

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA

Caso 137 (Dossier 137 ). Francia 2025. Dirección: Dominik Moll. Guión: Dominik Moll y Gilles Marchand. Fotografía: Patrick Ghiringhelli. Edición: Laurent Rouan. Música: Olivier Marguerit. Reparto: Léa Drucker, Jonathan Turnbull, Solan Machado Graner, Sandra Colombo, Guslagie Malanda, Mathilde Roehrich, Stanislas Merhar, Théo Costa-Marini, Théo Navarro Mussy, Antonia Buresi, Geneviève Mnich y Claire Bodson.

 

 

 

 

 

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