La crisis de una pareja algo despareja, las disputas, los reproches, la mentalidad conservadora, el desparpajo y la sexualidad como mero placer o como ritualización son los seis vectores temáticos de “La invitación”, la regocijante comedia reflexiva de la realizadora y actriz Olivia Wilde, que explora con humor, no exento de reflexión, las mutaciones y conflictos característicos de uno de los institutos más antiguos de la humanidad: el matrimonio.
El matrimonio tiene miles de años de historia. Los primeros registros de bodas provienen de la antigua Mesopotamia, alrededor del año 4000 a.C. En sus orígenes, estas uniones no se basaban en el amor, sino en intereses económicos y alianzas entre familias, a los efectos de asegurar la descendencia y herencia de tierras. En ese contexto, en la Antigüedad
y el Edad Media, civilizaciones como la sumeria o la egipcia formalizaban las uniones mediante contratos. En la Edad Media, el catolicismo lo instauró como un sacramento sagrado – lo cual tiene vigencia hasta el presente- pero el propósito seguía siendo político o patrimonial
En tanto, el matrimonio civil o la costumbre de casarse a través del Estado surgieron tras la Revolución Francesa y se expandió en el siglo XIX. En nuestro país, el matrimonio civil obligatorio se estableció en 1879, separando la unión legal del dogma religioso.
El matrimonio por amor es un concepto relativamente reciente y comenzó a popularizarse a finales del siglo XVIII, lo cual modificó radicalmente su estatus, transformándose en una decisión basada en el libre consentimiento, incluyendo el reconocimiento legal del matrimonio igualitario en numerosos países como Uruguay, donde se instituyó en 2013 durante el gobierno reformista de José Mujica,
En Occidente, donde prevalece la monogamia a diferencia de los que sucede en Oriente, siempre ha existido una colisión entre la religión, en concreto las iglesias de origen cristianos y el laicismo, que sólo reconoce los enlaces civiles aunque respeta en sacramento religioso. Sin embargo, para el catolicismo, si una pareja no es casada por un sacerdote en una ceremonia religiosa, el matrimonio carece de validez. Incluso, el vínculo, por su carácter sagrado, es para toda la vida, como si el divorcio no existiera. Sin embargo, la actitud de la Iglesia Católica es contradictoria, porque aunque considera al matrimonio como un acto de fe y no valida las uniones libres, mantiene el celibato como una limitante que le impide a los curas casarse y formar una familia, en el entendido que el servicio a Dios no puede ser compartido con un amor de pareja.
Incluso, los prelados deben observar un estricto voto de castidad, lo cual conspira contra su eventual conexión sexual. La consecuencia, en muchos casos, es la pedofilia, que, además de ser un delito, es una conducta reprochable e inmoral.

En el transcurso de su más que centenario itinerario en los estudios y en las salas de exhibición, el cine ha aportado miles de películas que analizan el matrimonio en sus diversas facetas, desde edulcoradas comedias como “Descalzos en el parque” (1967), de Gene Saks, y “Cuando Harry conoció a Sally” (1989), de Rob Reiner, hasta filmes bastante dramáticos como “Kramer vs. Kramer” (1979), de Robert Benton, y “La guerra de los Roses” (1989), de Danny Devito, e incluso “Secretos de un matrimonio” (1974), del maestro sueco Ingmar Bergman, que en Uruguay fue presentada como “Escenas de la vida conyugal”, Estos últimos films analizan el territorio de la unión con consentimiento del Estado como un escenario de conflictos humanos. Otra tanto sucede en “¿Quién le teme Virginia Woolf” (1966), de Michel Nichols, un drama de origen teatral cuyo mayor atractivo es la descollante actuación de la pareja protagónica, integrada por Liz Taylor y Richard Burton, que, por entonces, estaban casados en la vida real, en un matrimonio tormentoso marcado por las peleas y los escándalos que en este caso se reproducían en la ficción.
En otro orden, también se analiza abundantemente la infidelidad conyugal, en destacados títulos como “Atracción fatal” (1987), e “Infidelidad” (2002), ambas de Adrian Lyne. Los dos films tiene en común no sólo el reproche, sino también la violencia.
Incluso, es insoslayable recordar “Una propuesta indecente” (1993), también de Adrian Lyne, quien es una suerte de especialista en la materia, que abordada el siempre polémico tema de la infidelidad desde otro ángulo: la infidelidad consentida por
la mujer con la aquiescencia de su esposo, a quien un millonario maduro le ofrece un millón de dólares de compensación como recompensa o indemnización para pasar una noche con su esposa. En este caso, ingresan en debate el tema económico y hasta el valor de mercado, ya que la mujer se transforma en una mercancía y acepta el desafío consciente que la pareja necesita el dinero.
Lo cierto es que el matrimonio enfrenta una crisis global, impulsada por el aumento de divorcios—con tasas que superan el 60% en países como España y Portugal—y una caída drástica en las nupcias, debido al individualismo, la inestabilidad económica y la preferencia por las uniones libres. Incluso, en Uruguay, la tendencia es similar, ya que se registran anualmente más de 6.900 divorcios frente a una caída del 14% en los casamientos.
Esta transformación de los vínculos responde a factores muy concretos, como los cambios culturales, ya que las nuevas generaciones priorizan el desarrollo personal y profesional. En ese contexto, el censo de 2023 evidenció una clara predominancia de la unión libre entre los jóvenes por sobre el matrimonio formal.

Otro factor que incide es el económico y la incertidumbre financiera, ya que los altos costos del divorcio generan temor al compromiso a largo plazo. Uno de los factores que gravitan en la alta tasa de divorcios es la denominada crisis de los dos primeros años, cuando se va diluyendo la pasión y el enamoramiento, así como la llegada de los hijos y el síndrome del nido vacío.
En Uruguay aumentaron vertiginosamente las uniones libres, que generan derechos y obligaciones, a partir de los cinco años de convivencia comprobada, como derechos sucesorios y pensión de supervivencia por viudez u orfandad. Es decir, en nuestro país la norma le asigna el mismo estatus a quienes mantienen uniones libres que a las parejas unidas por un vínculo de matrimonio.
Un factor no menos relevante que ha incidido en la crisis del matrimonio es el aumento, por lo menos en materia de denuncias, de la violencia doméstica, que ahora es penalizada por la ley integral de violencia basada en género, que si bien castiga severamente al infractor, no ha logrado abatir sustantivamente la tasa de femicidios.
Empero, el matrimonio sigue nutriendo al cine y es analizado desde diversas miradas: la del desgaste por los años y la pérdida del deseo sexual, la de la desaparición de los sentimientos o bien la del reforzamiento del vínculo que garantiza la vigencia de la relación durante décadas, por amor, compromiso afectivo o por mera rutina y acostumbramiento.
“La invitación” plantea un cuadro integrado por dos parejas: una bastante agotada por el aburrimiento y los desencuentros y la casi total desaparición de la libido y la atracción sexual y otra, nada convencional, que, desestimando eventuales prejuicios morales, le da rienda suelta al placer amatorio. Realmente, son dos modelos. Uno de ellos, muy conservador, que no ha logrado mantener vivo el fuego del sexo e incluso del sentimiento, transformándose en una mera costumbre. El otro en cambio, es una pareja fogosa, entusiasta y abierta, que no se cela ni se controla.
En ese contexto, por un lado están los anfitriones y por otro los invitados. En ese marco, el matrimonio integrado por Joe (Seth Rogen) y Angela (Olivia Wilde, que es también la directora de esta película, tiene un vínculo realmente tóxico y marcada por la rutina y los reproches, aunque una hija, que jamás aparece en escena, funge como mero pretexto para no concretar la separación. Mientras el hombre es un docente que imparte clases de oboe y no tiene ni siquiera auto ya que se traslada con gran esfuerzo en bicicleta y padece afecciones de columna, la mujer aparentemente hace poco y nada. Sin embargo, suele adquirir objetos decorativos caros. En realidad, ambos viven una mentira, ya que el inmenso apartamento que habitan pertenece al padre del hombre. Empero, igualmente tienen un estilo burgués de vida, que no está para nada exento de conflictos.
En realidad, la decisión de invitar a una pareja de vecinos es exclusivamente de la mujer, quien desea tener vínculos cercanos con otras personas. Obviamente, el hombre se opone tajantemente, ya que le enojan algunas de las costumbres de personas cuyas conductas lo perturban, porque hacen demasiado ruido cuando tienen sexo. Por supuesto, en el fondo los envidia porque él hace un año que no tiene sexo con su esposa, ya sea porque está cansado de trabajar o bien porque ya no la desea. Esa conducta es permanentemente reprochada por su compañera.
En tanto, los invitados a cenar un delicioso plato que preparó la anfitriona son Hawk (Edward Norton) y Piña (Penélope Cruz). Supuestamente, el pretexto es dirimir diferencias y lograr una convivencia más sana. Es decir, parece ser una invitación con segundas intenciones, que trascienden a un mero agasajo.

Empero, en ese primer acto de esta comedia teatral todo parece transcurrir en armonía y sin reproches de ninguna naturaleza, lo cual avizora una velada placentera, pese a que no hay vino y se debe recurrir a un añejado espumante guardado para una ocasión especial, como puede ser un aniversario. Por su parte, los visitantes aportan al presunto festín el postre, que es un flan preparadora con una receta especial de la española de la pareja.
Empero, ese primer acto da paso a un segundo acto, cuando entre vino y vivo y bromas indirectas pero muy imaginativas, aflora la verdad: los visitantes confiesan que los ruidos que se escuchan desde el departamento vecino son originados por orgías, que incluyen intercambio de parejas y sexo grupal.
Este segundo segmento, que es el que aporta más condimento a un relato que siempre transcurre entre cuatro paredes, concluye en un insólito acuerdo para replicar en el momento esas prácticas entre las dos parejas, lo que parece contradecir las costumbres conservadoras de los anfitriones, quienes se manifiestan muy entusiasmados con vivir esta experiencia que, para ellos, es inédita. Finalmente, todo termina en una gran frustración, por la torpeza de movimientos del anfitrión, que está visiblemente excedido de peso y, además, padece dolencias en su espalda.
El epílogo es una suerte de graciosa sesión de reproches cruzados y de confesiones inconvenientes, que avizoran la separación de la pareja que invita y con el afloramiento de algunos conflictos entre los miembros de la pareja de invitados.
En ese contexto, el cuadro deviene en una suerte de confesonario, en el cual ambas parejas sueltan sus secretos y sus prejuicios y se muestran tal cual son. Como no tienen nada que perder, dejan emerger todos sus conflictos, marcados por el reproche y tal vez hasta por el abandono. No faltan, por ejemplo, las revelaciones relacionadas con una suerte de espionaje a través de una ventana, que tiene mucho de curiosidad pero también de compulsión por saber cómo vive y que hace el vecino.

Si bien el sexo es dominante en este diálogo cruzado, en realidad es sólo la superficie del problema, porque la mujer de la pareja anfitriona le reclama a su pareja no sólo sexo. También le reclama la atención que no está recibiendo. Eso se percibe cuando Angela, ante un elogio de Joe por una prenda de ropa que le queda bien, le dice: “nunca me lo has hecho notar”. Ese es el indicio que la pareja no sólo está en crisis por falta de contacto íntimo sino también porque el acostumbramiento ha despojado a la relación de otras técnicas de seducción tan importantes como lo es la sexualidad. Si bien se trata de una pareja madura y no de ancianos, el desgaste la ha transformado en una mera rutina.
Aquí está la clave del problema y el encuentro con los vecinos oficia como una suerte de válvula de escape a deseos ocultos detrás de un muro de prejuicios. En tal sentido, tal vez la diferencia más radical entre los anfitriones y los visitantes sea que los primeros se celan entre sí mientras que los segundos le dan rienda suelta a la libertad. La pregunta insoslayable es: ¿el vínculo de pareja y el matrimonio conculcan la libertad o la relación los hace más libres? Es, sin dudas, un interrogante sin respuesta, porque depende de las situaciones. Cuando el hombre y la mujer asumen que el vínculo es una suerte de posesión en la cual los celos se transforman en tóxicos, la libertad se va diluyendo. En cambio, cuando reina la confianza mutua y sobre todo la tolerancia, sucede exactamente lo contario.
Aunque este film, que ha tenido mucho éxito de taquilla dista de ser un drama, igualmente plantea, como una superlativa madurez, el cada vez más dominante tema de la crisis de pareja, al cual se le suele atribuir una mirada muy acotada, Una de las consecuencias es la radical caída de la natalidad a nivel planetario, que impacta en Uruguay. El riesgo que se percibe desde la academia es que la tasa de reemplazo – que son los nacimientos- no logre equilibrar los fallecimientos.
Sin embargo, todo parece indicar que la crisis del matrimonio y de la pareja incluso cuando le enlace no supone la suscripción de un contrato escrito, tiene otras connotaciones vinculadas más a razones culturales. Todo parece indicar que lo que realmente está faltando es compromiso afectivo.
“La invitación” tiene un final abierto y el eventual desenlace queda a criterio del espectador, que seguramente, en muchos casos, se verá retratado en la pantalla, porque este relato con formato teatral es una suerte de ensayo psicológico sobre el vínculo de pareja, el desgaste de una relación de años carente de imaginación, los prejuicios y la sexualidad, tanto la real como la imaginada. Desde ese punto de vista, se trata de una comedia picante e inteligente, que convoca a reflexionar.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
La invitación. Estados Unidos 2026. Dirección: Olivia Wilde, Will McCormack y Rashida Jones.Música. Dev Haynes. Fotografía: Adam Newport-Berra. Montaje: Yorgos Mavropsaridis y Ant Boys. Olivia Wilde, Penélope Cruz, Seth Rogen y Edward Norton.
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