Muere un Papa, la Iglesia permanece

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La esperada muerte del Papa Emérito Benedicto XVI, tras su anunciada agonía, puede leerse como un hecho político. Sucedió en nuestra mañana del sábado, a sus 95 años, y de inmediato se anunció que el Papa Francisco encabezará las honras fúnebres, el 5 de enero. La frivolidad hace hincapié en que es la primera vez que un Papa encabeza las honras fúnebres a otro Papa, pero más sustancioso es el hecho de que así se reafirma la continudad y unidad de la iglesia católica.

Una Iglesia que el luego Papa Emérito, Joseph Ratzinger, no pudo transformar como pretendía. El Papa Juan Pablo II le dejó literalmente “un nido de víboras”, con lavado de dinero, malversación y más a través del IOR, “el banquero de Dios”, con la práctica generalizada de la pedofilia por sus miembros y una jerarquía cómplice que los amparaba, con prácticas homosexuales y demás entre sus miembros. Su mayordomo robó miles de documentos probando estos y otros hechos en 2012 “por amor al Papa y a la Iglesia”, en lo que se conoció como Vatileaks. Fue preso, perdonado, y tres cardenales examinaron el material e hicieron un informe de 300 páginas que Ratzinguer dispuso que sólo sería enjtregado a su sucesor. Ya lo tiene el Papa Franciso.

Durante el pontificado de Karol Wojtyla, Juan Pablo II, Ratzinger fue nombrado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; de hecho, la continuación moderna del Santo Oficio, o Inquisición. Y así, congruente, fue responsable de las medidas disciplinarias contra los teólogos de la liberación y otros miembros de sectores aperturistas de la Iglesia. Suprimió el limbo del credo cristiano, con lo cual dejó de haber posición intermedia entre el bien y el mal. Fue representante del sector más conservador de la Iglesia: reintrodujo la misa en latín, actuó contra homosexuales, fue un abanderado de la lucha contra la libertad de la mujer a decidir si procreaba, un vocero contra la anticoncepción y más.

En 2006, el Vaticano tuvo que enfrentar una generalizada protesta y movilización de los países islámicos. Benedicto XVI citó en una homilía una frase del emperador bizantino Manuel II Paleólogo a un desconocido erudito persa, en el siglo XIV: «Muéstrame también aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malvadas e inhumanas, como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba». Hubo que negociar mucho para superar la brecha.

Sin ser aún Papa sino decano del Colegio Cardenalicio, a Joseph Ratzinger le correspondió oficiar la misa que reunió en torno a los restos mortales de Juan Pablo II a los principales gobernantes del mundo y a una multitud de fieles que le aclamó como santo. También presidió la misa que precedió al inicio del Cónclave, en la que condenó el llamado «relativismo» y defendió la ortodoxia doctrinal, todo un programa para el pontificado que comenzó el 18 de abril de 2005 y del que se retiró el 28 de febrero de 2013 alegando razones de salud. “A las 20:00 horas, la Sede de Roma, la Sede de San Pedro, quedará vacante y deberá convocarse un cónclave para elegir al nuevo sumo pontífice por aquellos a quienes compete», dijo.

Con la sabiduría que dan los milenios, para reintentar aquello que no pudo concretar el conservadurismo, el Vaticano eligió a un Papa del continente más castigado por la deserción de los católicos, América Latina, y francamente populista, en la esperanza de que logre lo que se intentó y fracasó: Jorge Mario Bergoglio, hoy Francisco. El ahora enfrenta el problema del papel de la mujer en la Iglesia Católica, siendo que la gran revolución progresista de nuestro tiempo, la de género, golpea sus puertas. Francisco apeló a la vieja solución: pasó el tema a comisión. Se pronuncia fuertemente contra lo que llama “ideología de género”, con lo que no ignora que el tema está en el núcleo de la guerra cultural que hoy libra la ultraderecha. Pero para definir el papel de la mujer en la Iglesia, hace falta “una profunda reflexión”.

Por Lolo Raymundo

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