La enorme peripecia existencial y épica artística de una actriz que fue un auténtico emblema de la cultura rioplatense, su pasión por el teatro y el cine y su exilio durante la dictadura, que la persiguió y le prohibió actuar en su propio país, pese a que ella nunca se definió explícitamente como de izquierda, aunque sí como una persona crítica a inteligente, son los tres potentes ejes argumentales de “El último viaje a China”, el exquisito documental del realizador argentino Alejandro Maci
producido por Pablo Echarri, que evoca a la consular figura de la ya legendaria Concepción China Zorrilla.
Nacida en 1922 en Montevideo y fallecida en 2014, China constituye, para los uruguayos, un auténtico patrimonio, sin dudas a la altura, en su singular especialidad, que fue la actuación, de las descollantes poetas Delmira Agustini e Idea Villariño, de los cantautores popular Alfredo Zitarrosa y Daniel Viglietti o del eximio poeta y novelista Mario Benedetti.
Esta película, que destilla pasión y nostalgia no exenta de alegría, es una suerte de homenaje a una figura señera de la cultura rioplatense, quien pese a que nació en Uruguay, vivió 40 años en Argentina, donde es considerada una hija pródiga de un país hermano, parido al calor del heroísmo de libertador José de San Martín y de tantos otros prohombres de la mejor historia de una nación que, aunque en el presente esté gobernaba por un derechista contaminado por el odio, delirante, obsesivo y obsecuente con la Casa Blanca, tiene la grandeza de los grandes pueblos del orbe. No en vano, allí nacieron figura egregias como el guerrillero Ernesto “Che” Guevara, escritores descollantes como Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Julio Cortázar y Rodolfo Walsh, intelectuales femeninas magistrales como Alfonsina Storni y Victoria Ocampo, cantantes maravillosas como Mercedes Sosa, Tita Merello y María Elena Walsh y cantantes no menos virtuosos como Horacio Guaraní, Atahualpa Yupanqui y el combativo León Gieco, entre muchas y muchos otras y otros.

Originaria de una familia uruguaya de alcurnia, ya que fue hija del célebre escultor José Luis Zorrilla de San Martín y nieta del denominado Poeta de la Patria Juan Zorrilla de San Martín, China fue actriz, directora, productora, guionista y también traductora. Su infancia transcurrió en París, donde tuvo la oportunidad de abrevar de la rica cultura francesa, que es realmente paradigmática.
Aunque se inició en Uruguay en el teatro independiente, fue una figura descollante de la Comedia Nacional, donde protagonizó recordados papeles que hicieron crecer rápidamente su prestigio, a fuerza de talento y versatilidad, ya que se desempeñaba con idéntico enjundia histriónica tanto en la comedia como en el drama, en el teatro y luego en el cine y en la televisión. Por ende, fue siempre una intérprete popular y masiva, con amplia penetración en todas las clases sociales de la sociedad rioplatense. Incluso, su brillo se expandió, con el devenir de los años, en todo el continente latinoamericano, así como también en Estados Unidos y Europa, lo cual la transformó en una figura de proyección y raigambre universal.
¿Cómo no recordar a China y colmarme de júbilo cuando la volví a ver en esta película? Yo, como periodista de la sección cultural del paradigmático diario “La República”, tuve la oportunidad de conocerla muy bien y de entrevistarla en tres oportunidades, una de ellas en el teatro El Galpón y dos en su propia casa en Montevideo, donde me recibió como un familiar más. Los reportajes siempre coincidieron con cumpleaños de ella.

Nuestros coloquios estaban colmadas de historias y de anécdotas, como cuando me contó que conoció al gran actor inglés James Mason en la década del cuarenta e interactuó con él en un restaurante londinense. Incluso, me confesó que conoció al gran Dustin Hoffman en 1960, en Nueva York, e incluso lo alentó a que se presentara al casting para la famosa película “El graduado” (1967), de Mike Nichols, que lo lanzó prematuramente a la popularidad como un intérprete de real jerarquía.
En una de las oportunidades, comparti una merienda y un té con masitas con ella y con sus hermanas, en una velada que para mí fue inolvidable, en su confortable casa en el barrio montevideano Pocitos, en el mágico escenario de un amplio living encapsulado entre cuadros, pequeñas esculturas y bustos de autoría de su ilustre padre.

La última entrevista, que también transcurrió en su casa, me deparó una de las anécdotas más deliciosas y hasta jocosas de mi larga carrera periodística. En efecto, por un error de agenda, llegué una mañana de improviso a su domicilio, donde China me recibió en salto de cama. Luego de despedir al fotógrafo, alegando que no estaba preparada para la foto, me instó a aguardar en su recibidor, porque debía ducharse y prepararse para la entrevista, porque era una mujer muy hacendosa y coqueta.
Como era el día de su cumpleaños, debí atender varias llamadas telefónicas y recibir regalos cada vez que sonaba el timbre, como lo haría cualquier mayordomo o ama de llaves. Por supuesto, fue un placer prestarle ese servicio, porque, para mí, fue un privilegio conocer y entrevistar a esa maravillosa actriz y maravillosa persona, que, cuando no actuaba ni debía interpretar ningún personaje de cine, teatro o televisión, era un ser humano humilde, como todos o todas las grandes, cariñosa y entrañable, como cualquiera de nosotros. No en vano, encarnó personajes que, en mayor o en menor medida, nos identifican a los rioplatenses. Es decir, es y siempre será, en nuestra memoria, una suerte de patrimonio para todos los oriundos del cono sur americano.
China era una presencia viva, registrada en cada foto, en el celuloide de cada película, en cada afiche que anunciaba alguna de sus obras teatrales o películas, porque China interpretó o participó en más de un centenar de obras y producciones de cine y teatro y en más de 40 producciones para televisión, en el transcurso de sesenta años de carrera, que recorrió casi todos el siglo XX y los albores del siglo XXI, porque, más allá de su edad, siempre fue joven, porque destilaba pasión y una profunda dosis de humanidad que contagiaba a todos los que la conocían.

Y esa presencia viva, como una suerte de resurrección parida por nuestra memoria y por la memoria colectiva, es representada en “El último viaje a China”, que es una suerte de imaginario viaje a través del tiempo, despojado de eventual linealidad o de recorrido cronológico. En ese sentido, no es, más allá de su mero formato documental, una biografía, sino un recorrido por el territorio de los recuerdos de personas que la amaron entrañablemente y compartieron con ella trabajo pero también solaz y momentos cuasi indescriptibles de felicidad.
En ese contexto, los dos actores relatores son nada menos que el formidable comediante uruguayo Carlos Perciavalle y la no menos estupenda actriz argentina Soledad Silveyra, que para esta película se reunieron en la finca El Paraíso perteneciente al actor, que está ubicada en Laguna del Sauce, cerca de Punta Ballena, Maldonado. Para quienes no la conocen, es una gran chacra rodeada de naturaleza, un amplio parque y vistas directas a la laguna. El actor conserva el usufructo vitalicio de la casona principal, un lugar reconocido por haber albergado a grandes figuras del espectáculo rioplatense y por ser el escenario de múltiples entrevistas y de su programa de televisión “La Casa de Carlos”.
Realmente, el lugar le hace honor a su nombre, ya que es una suerte de paraíso natural cargado de energía, mansedumbre y afecto, ese que también ha logrado atesorar el artista en ambas márgenes del Plata, mediante una trayectoria excepcional que lo erigió en un ícono del arte de las tablas y también del cine, bautizado como “El Rey del Café Concert”, y duelo de un humor mordaz, crítico y profundamente satírico.

Su interlocutora, también amiga íntima de China, es Soledad Silveyra o “Solita” como la llaman sus íntimos o quienes la aman sólo por haber apreciado su talento en teatro y cine y, aun sin conocerla personalmente, es una intérprete de elite y casi una suerte de leyenda viva de la cultura rioplatense, al igual que Carlos y China.
En este documental, sin dudas formidable por su intensa fuerza expresiva y su dinámica emocional, ambos desgranan, a dos voces, recuerdos y ricas anécdotas que en el pasado los unieron a la entrañable Concepción Zorrilla, como colegas y amigos.
En este extenso coloquio realmente imperdible, ambos resucitan a China y la hacen emerger del fondo de la memoria, ese territorio que no tiene casi límites, porque cuando falta o a menudo flaquea, está la imaginación para llenar esos vacíos.
Precisamente, esta película, que deliberadamente no se ajusta a los cánones tradicionales del documental convencional, está profundamente impregnada de memoria y de romanticismo, de ese mismo romanticismo que destiló China a raudales.

El título de este trabajo audiovisual concebido con singular esmero y sabiduría, es precisamente de un viaje sin fronteras espaciales ni cronológicas, que alude a la universalidad del personaje femenino evocado, que proyectó su talento y creatividad en diversos países y en diversos tiempos y también llegó a diversas generaciones, porque el arte es un lenguaje universal e inmemorial y una poderosa herramienta cultural, que permiten expresarse y hacerse eco de los sentimientos y los sueños colectivos. No en vano, los autoritarismos son enemigos de la cultura, porque, más allá de su eventual sesgo o mensaje político que no siempre está presente, tiene la intrínseca virtud de abrir conciencias colectivas y de movilizan sensibilidades.
En ese contexto, este documental riega la pantalla con imágenes y testimonios, que reconstruyen 92 años de vida realmente fecunda, en la cual China Zorrilla sembró talento pero también la afable simpatía y carisma de una dama mayor, no sólo del arte sino también de la vida, que, para ella, no fue únicamente la vida sobre las tablas o delante de una cámara de cine, sino una vida desplegada a través de nueve décadas en el escenario de la vida y de la cotidianidad, donde supo cultivar admiración pero también, lo que es aun más importante, afectos.

Carlitos y Solita van exhumando recuerdos, con episodios que trasladan el pasado al presente, como si la temporalidad no existiera y el tiempo estuviera congelado. Es que, para personas inmensas como China, el pasado no existe y siempre se conjuga en presente. Sin dudas, hay un legado atesorado por la memoria colectiva y una siembra que sigue cosechando, en cada actriz y en cada actor que abrace con pasión el teatro y el cine como algo más que meras profesiones. En efecto, los artistas, que son todos vocacionales, tienen la extraña cualidad de situarse bajo la piel de sus personajes de ficción o no ficción, pero también de interpretar cabalmente el sentir de la gente.
Todos destacan la bondad y generosidad de China, más allá de sus meras cualidades artísticas, que sin dudas, fueron descollantes. Esa faceta humana le ganó el cariño no sólo de los espectadores, sino de quienes la conocieron personalmente como yo, tal cual lo relaté y evoqué, por mi profesión periodística, a la cual siempre le estoy agradecido. La China persona esa una persona auténtica y en la vida cotidiana, aunque se maquillaba por su profesión, como era coqueta como gran dama que era, también se maquillaba en la intimidad de su hogar y ante la sociedad. ¿Esta afirmación puede ser una contradicción? No. Una cosa es maquilarse para actuar o estar bien presentada y otra muy diferente es no ser auténtico y esconderse detrás de una fachada de hipocresía, como es habitual, por ejemplo, en la política. La China mujer era una persona sin maquillaje y fácil de conocer, más allá que, como todos nosotros, tenía también sus vulnerabilidades, porque todos los seres humanos, en mayor o en menor medida, somos vulnerables, pero más vulnerables aun son las personas sensibles. Empero, China era una mujer de carácter, que padeció pérdidas como todos nosotros y que debió padecer el exilio durante la dictadura. Aunque en Argentina, que fue su segunda patria, alcanzó un resonante éxito como artista, ser arrancado compulsivamente de la matriz identitaria siempre duele. Empero, China supo sobrellevar el desarraigo y se arraigó del otro lado del Río de la Plata, consciente que allí podía echar raíces, porque los argentinos, más allá de obvias diferencias, tienen una idiosincrasia muy similar a la nuestra. No en vano, nacimos de la misma simiente histórica y tenemos una genética muy similar, pese a que algunos prejuicios absurdos nos impidan admitirlo. Aunque nos separa un río, es mucho más lo que nos une, tanto de nuestro pasado como de nuestro presente.

“El último viaje a China” no es un mero homenaje a una persona que ya no está físicamente entre nosotros. Es un tan vívido como elocuente testimonio de una riqueza superlativa, que corrobora que hay seres humanos que derrotan al tiempo, porque están tatuados en nuestra memoria y, obviamente, en nuestro corazón. Concepción Zorrilla fue o más bien es una de las personas que se ganó un sitial de privilegio en la galería de los inmortales.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
El último viaje a China. Uruguay-Argentina 2025. Dirección: Alejandro Maci. Guión: Alejandro Maci. Producción: Pablo Echerri, Alfredo Caro y Luis Quevedo. Música. Mariano Loiácono. Fotografía. Sol Lopatín. Reparto. Soledad Silveyra y Carlos Perciavalle.
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