/Esta pregunta, naturalmente referida a los estadounidenses y no a todos los americanos, la formuló y la desarrolló documentadamente Samantha Waite. La psicoterapeuta y tanatóloga australiana tampoco es la única o la primera en plantear esta interrogante pero vale la pena verla y oírla en su video en YouTube. En cincuenta minutos desarrolla una argumentación, en inglés, que justifica que hagamos una apretada reseña mientras esperamos acceder la versión con subtítulos en español que el asunto se merece.
Samantha Waite, fundó en el año 2020, en Perth, Taboo Education (Let’s talk death) una institución enfocada en la alfabetización sobre la muerte y el duelo y la información dirigida a profesionales de la salud y al público en general sobre la muerte y la salud mental. Sus charlas y conferencias son de un gran interés pero últimamente, precisamente el 8 de mayo, entregó un análisis contundente sobre la interrogante del título.
Desde un principio señala que se trata de explorar las razones por las que 335 millones de estadounidenses tienen al idiota del pueblo como Presidente. La primera causa que esboza es la carencia de pensamiento crítico que exhibe buena parte de la sociedad estadounidense. Esto no quiere decir que sean tontos o poco inteligentes.
De hecho la distribución de la inteligencia e incluso de la brillantez en la sociedad es equiparable a
cualquier otra del mundo pero la deficiencia que señala se encuentra en la dificultad que muchos tienen para evaluar hechos antes de aceptarlos, la poca o nula habilidad para cambiar de idea cuando las evidencias lo requieren, la aceptación de respuestas sin cuestionar razones.
El pensamiento crítico es pues la capacidad de analizar, evaluar y reflexionar sobre la información, las ideas o los argumentos de manera objetiva para formar juicios fundamentados y tomar decisiones acertadas. La falta de pensamiento crítico entraña dificultad para percibir el engaño, facilita la manipulación y promueve enfrentamientos irracionales. Todo esto se refleja en las malas decisiones políticas, financieras y personales.
Para Samantha Waite la responsabilidad de esa carencia recae en el sistema educativo de los Estados Unidos que está hecho para prevenir que la mayoría de la población ejerza y use el pensamiento crítico. Para sustentar esta afirmación, se remonta a una característica que dice se encuentra en el ADN mismo de la sociedad estadounidense: el anti intelectualismo. Dice que los E.U.A. son el único país del mundo fundado y estructurado sobre el anti intelectualismo, es decir, sobre la hostilidad o desconfianza hacia los intelectuales y hacia el conocimiento.
En este sentido advierte que, si bien entre los próceres de la independencia hubo una élite culta, que conocía Europa y hablaba varios idiomas, no gozaba de una confianza masiva. Los padres fundadores de las colonias originales eran integrantes de sectas religiosas que no habían emigrado por ser perseguidas en sus países de orígen, fundamentalmente Gran Bretaña, sino más bien para alejarse de la Ilustración y la tolerancia que esta promovía, para poder vivir en una sociedad basada en sus patriarcales creencias bíblicas.
El estadounidense prototípico del siglo XVIII era el self made man, el que no necesita escuela sino trabajo duro, el individualista total. Andrew Jackson, el séptimo Presidente (el que ahora aparece en los billetes de 20 dólares) hizo toda su carrera política en contra de las élites intelectuales. La inteligencia y el conocimiento eran atributos por los que había que pedir disculpas. El terreno estaba abonado para el desarrollo de una cultura que sospecha del conocimiento y que privilegia creer en lo que dice el patrón, el terrateniente, el pastor o el político.
En esa cultura, el sentido común siempre fue aceptar la creencia antes de comprobar la evidencia y se apoyó en un sistema educativo
concebido para que las personas no piensen críticamente, lo que sucede hasta hoy día.
En términos generales, aunque con variantes y por caminos sinuosos, fue un sistema que se había inspirado en los métodos prusianos. Los promotores de la educación pública habían recorrido Europa y habían
quedado muy favorablemente impresionados con el sistema aplicado en Prusia, a mediados del siglo XIX, que desarrollaba individuos cumplidores, controlables y manejables. Los pedagogos estadounidenses tomaron como ejemplo el sistema prusiano, que era eficiente y generalizado, que además producía soldados capaces y trabajadores obedientes y esta fue la arquitectura funcional de la educación en su país.
Los industriales captaron inmediatamente la ventaja de contar con operarios capaces de manejar las máquinas y procedimientos de la revolución industrial que ascendía incontenible en los Estados Unidos. Los alumnos sentados en filas recibían, registraban y repetían; la autoridad del maestro era incuestionable.
Con el paso del tiempo se agregó a la pedagogía la medición del cociente intelectual (CI) primero por Alfred Binet y después por Lewis Terman para configurar la psicometría clásica. Al mismo tiempo se incorporaba la eugenesia, es decir la concepción acerca de “la mejora de la raza” y el llamado racismo científico. Para profundizar en estos fenómenos hay que remitirse a Stephen Jay Gould y su insuperable “La falsa medida del hombre” (1981).
El racismo, la eugenesia y el sistema prusiano les encantaba a los nazis. Los que cuestionaban y aún los que no adherían acríticamente eran eliminados. Samantha Waite cita el caso de August Landmesser, el obrero alemán que aparece cruzado de brazos en medio de una multitud de operarios que hacen el saludo nazi. La fotografía es famosa, aunque no tan conocida como debería. Fue tomada en Hamburgo, en 1936, al botar el Horst Wessel (un velero que hoy es barco escuela en los Estados Unidos) ante Hitler y Goebbels.
Landmesser era obrero en un gran astillero, fue identificado y perdió su trabajo. Además no había podido casarse con su compañera, que era judía, debido a las Leyes racistas de Nuremberg (1935). En 1937 intentó huir a Dinamarca, con su mujer embarazada y una hija. Fue preso y ella enviada a Ravensbrück donde dio a luz a otra niña. Después fue asesinada. August fue enviado a un batallón de castigo y murió en Croacia en 1944. La historia se supo por sus hijas recién en 1996.
La historia de la educación en los Estados Unidos enfrentó otros momentos en donde el objetivo fundamental era la eliminación de cualquier atisbo de pensamiento crítico. Este fue el caso del macartismo, un episodio de la historia de Estados Unidos que se desarrolló entre 1950 y 1956, durante el cual el senador republicano Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un extendido proceso de declaraciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas.
Los sectores que se opusieron a los métodos irregulares e indiscriminados de McCarthy denunciaron el proceso como una “caza de brujas” de la Guerra Fría, que quedó descrita, por ejemplo, en Las brujas de Salem (1953), del dramaturgo Arthur Miller. Hubo todo tipo de persecuciones, destitución de maestras, maestros y profesores. En aquellos oscuros momentos aparecieron pancartas con el lema “Defend America First”, un antecedente de MAGA.
La autora señala que la ley No Child Left Behind (Que ningún niño quede atrás) fue promulgada por el Presidente George W. Bush en el año 2002 (vigente hasta el 2015) para enfocarse en mejorar los resultados educativos de todos los estudiantes, particularmente los de medios carenciados, incluyendo los de bajos ingresos, minorías y aprendices de inglés. La ley hacía énfasis en las metas medibles, los controles y las pruebas estandarizadas (tests).
El objetivo general era “cerrar la brecha” entre los mejores y los más desfavorecidos pero dice que esto no se logró. Las escuelas dejaron de enseñar lo que no figuraba en los tests o lo que tenía menos relevancia
en los mismos; por ende la creatividad, el razonamiento cívico, el análisis ético, la investigación filosófica, la literatura, el arte y la música perdieron terreno.
El resultado fue que se desarrollaron estudiantes muy capaces para contestar las preguntas de los tests pero muy malos para plantearse otras preguntas distintas o para buscar respuestas nuevas. No hubo
destitución de educadores pero el control local de la enseñanza hizo que los contenidos divergentes se multiplicaran. En Texas, por ejemplo, la Guerra Civil se presentaba como un conflicto por el derecho de los estados y en Maryland como un conflicto sobre la esclavitud.
La enseñanza en los Estados Unidos, sobre todo la primaria, mantiene una saturación de simbolismo patriótico que se refleja en el juramento a la bandera que se hace todos los días en las escuelas, mirando a la enseña patria y con la mano sobre el corazón. Es el llamado The U.S. Pledge of Allegiance, un juramento patriótico cuya primera versión data de 1885 y donde las palabras finales “bajo Dios” se agregaron en 1954.
En el simbolismo patriótico la emoción precede al análisis; la participación es voluntaria pero el rechazo es castigado y esto no es lo de Landmesser en 1936, porque el autoritarismo opera también en democracia. En el año 2016, el jugador de fútbol americano Colin Kaepernick se arrodilló, durante la interpretación del himno nacional que precede a los partidos, como forma silenciosa de protesta contra las agresiones y muertes de ciudadanos afroestadounidenses. En aquella época Donald Trump, en su primera presidencia, lo acusó de traidor y pidió que lo expulsaran del deporte.
En la cultura autoritaria los símbolos han confundido el pensamiento. En este asunto Hollywood y los medios de comunicación en general juegan un papel importante. Las películas bélicas estadounidense difunden todo tipo de mitos sobre sus héroes y este mecanismo propagandístico cuenta con el apoyo decidido del Pentágono. Los militares estadounidenses facilitan armas y equipos de todo tipo, en préstamo, a los productores cinematográficos para dar veracidad a sus películas.
Las redes sociales por su parte establecen que es lo que hay que amplificar y que es lo que hay que suprimir en materia de información. La superabundancia de información suele ser solamente más ruido. Entre tanto, las bibliotecas públicas, los programas educativos, los centros comunitarios, han sido sistemáticamente desfinanciados.
El tribalismo se refiere a la tendencia de los individuos a identificarse con grupos específicos, ya sea por razones culturales, étnicas, religiosas o sociales. Esta identificación no solo proporciona un sentido de pertenencia, sino que también influye en la forma en que las personas se relacionan con los demás. En la actualidad, el tribalismo se manifiesta en diversas formas, como en la política, la religión y la cultura.
En el tribalismo epistémico la fuente importa más que el contenido pero la democracia no puede funcionar con él. La democracia necesita una adaptación de la mente que nunca ha sido enseñada a analizar las evidencias. La democracia requiere evaluar los hechos, darse cuenta de cual es una mala dirección y cambiar de posición.
Entonces, dice Waite, el tribalismo y la pertenencia a un grupo, así como la confrontación tiene sus beneficiarios, las empresas y los políticos, por ejemplo, que se benefician de que sus trabajadores se enfrenten entre si o que los votantes apoyen inclusive a quien está contra sus intereses.
La autora señala a las iglesias que promueven la teología de la prosperidad, de extraordinaria proliferación en los Estados Unidos, que son máquinas generadoras de ingentes ganancias para sus pastores y/o profetas. Para ser pastor no se requiere títulos ni formación acreditada, no tributan porque las exenciones impositivas son totales y manejan congregaciones de personas que quieren creer sin cuestionar. Decididamente es la mejor forma de hacer dinero.
Refiriéndose a la situación de la salud pública en los Estados Unidos, la autora señala que la cobertura es muy limitada y el costo enorme y la calidad menos que mediocre. Aquí se remite nuevamente al anti
intelectualismo básico: la población ha sido enseñada a desconfiar de los médicos, a rechazar las vacunas y a considerar que esos dislates son la libertad.
Los votantes nunca fueron enseñados a cuestionar y examinar los programas políticos. La rabia – dice Samantha – está justificada pero mal dirigida. La gente está asediada por costos financieros, universidades carísimas, deudas hipotecarias y colapsos institucionales, mala salud pública y violencia.
Esta australiana se muestra indignada porque, en los Estados Unidos, los sectores derechistas critican a Australia por la ley por la que se obligó a entregar las armas en poder del público y dice que aún hay presiones para que se revierta esa ley pero aquí, después de Columbine, ha habido más de 400 tiroteos en escuelas y en instituciones públicas con miles de muertos y ningún gobierno ha hecho nada.
El autoritarismo llega poco a poco. Desde que ocupa la presidencia, Donald Trump ha atacado la independencia del poder judicial, ha hecho una purga sistemática de servidores públicos que no son de los suyos, ha montado todo tipo de negocios familiares beneficiándose de su posición y ha promovido la eliminación de todo tipo de controles.
Finalmente se refiere a la situación de los estadounidenses y la comunidad internacional. Ustedes hacen victimismo – les dice – pero cada vez que tienen problemas internos desencadenan una guerra o una intervención en el extranjero. Es la tónica del matoncito de la escuela que no se da cuenta que él es el matoncito. Los muertos ajenos no son nada, los de ustedes son héroes.
Sus disfunciones no se mantienen en los Estados Unidos y se han difundido por todo el mundo. Los algoritmos optimizados en California causan estragos en todo el mundo. El pueblo no es el culpable pero la manósfera, la red pill, el QAnon, el prepper, el doomsday, el test de pureza, son creaciones para eludir la responsabilidad.
Las guerras que han iniciado por ambición son lamentables pero no hay presiones sobre el gobierno para terminar con ellas. Basta de besarle el culo a quienes las ordenan – dice la autora – porque nuestros niños son
daños colaterales de su capitalismo disfuncional y su religión disfuncional.
En materia de psicología, los Estados Unidos ha exportado sus conceptos médicos sobre trauma y salud mental, su lenguaje, desprovistos de cualquier contexto clínico, a través de las redes sociales.
Sus creadores de contenidos son pedófilos y delincuentes como Andrew Tate y su hermano, como Josh Rogin o como Alex Jones, ultra derechistas partidarios de Trump, una vergüenza para el pueblo estadounidense y un peligro para todo el mundo.
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