Suárez y los hipopótamos

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Un grupo Facebook se formó en julio de 2006 con un hincha de Nacional, una de Peñarol, uno de Defensor, un par de pibes (hasta donde sé, uno de Fénix y el otro de Racing) y yo, de Mar de Fondo. “Queremos tanto a Zizou”, se llamaba el grupo y en cierta forma, puede decirse que era un grupo de asaltantes. Asaltábamos las películas de los mundiales que se conservan en el principal museo del fútbol.

La banda de Edith –como se llamamos–, podía cambiar el curso de algún reflejo de los hechos con sólo cambiar una secuencia de una película, pero para que esto funcionase, tenía que haber una muy vigorosa e implacable “casualidad” o  “coincidencia” –como le llama la gente– de esa secuencia con alguna otra muy precisa que se traiga a cuento.

Empezamos a saberlo en julio de 2007, a un año de conformado el grupo.

Ocho años antes había aparecido para nosotros un sucesor de Maradona: Zizou. Había ganado por goleada la final del Mundial a Brasil, con golazos suyos, cuando ya era el ídolo máximo de ellos desde antes, desde que veíamos todos sus partidos con el Olimpique de Marsella, los comentábamos en la casa de comidas y desde que Edith, para seguirlo más de cerca, se fue a vivir a París, también los comentábamos por mail.

Recomendamos leer  las notas anteriores de esta serie “Fútbol y política” del  escritor y periodista; José Luis González Olascuaga  ingresando aquí

El gesto técnico impecable de Zizou superaba incluso al de su maestro, el uruguayo Francescoli. Lo seguíamos con el orgullo que sienten los polacos por el inglés de Conrad.

En 2006 Zizou iba a retirarse del fútbol en Berlín, poniendo a Francia con dos mundiales legítimos, por sobre Inglaterra, a la altura de Alemania e Italia, con más fútbol. “Era el perfeccionamiento de Zizou que al perfeccionarnos perfeccionaba el mundo” explicó Edith.

Aquella tarde Zizou estaba indetenible, como siempre, pero en el último chico del alargue le dio un cabezazo sin pelota al defensa italiano Materazzi. Fue expulsado y todos nos dimos cuenta que por eso perdió Francia.

Después oímos las declaraciones. Materazzi dijo que no hubo nada sobre política, raza o religión, en su provocación. Zizou se disculpó ante los niños y ante los profesores porque el cabezazo sin pelota no era “tolerable”, daba “un mal ejemplo”, pero dijo no lamentarlo, porque lamentarlo sería decir que el italiano tenía razón. “No la tiene, no ataqué a nadie, me defendí. Me había agarrado de la camiseta, y le dije que al final del partido se la daría”, dijo Zizou.

No era una burla. Todos nos acordábamos de la actitud honorable de Zizou con Figo, el capitán de la selección portuguesa, después de la victoria de Francia contra Portugal. Intercambiaron las camisetas y Zizou se puso la de Figo. Festejó con los colores de Portugal.

Dijo Zizou que Materazzi respondió insultándolo, que él se alejó y el otro lo siguió, profiriendo insultos. “Dijo cosas muy duras, contra mi madre, contra mi hermana, las repitió tres veces. No pude dejar pasar eso. No tuve un acceso de locura, estaba tranquilo, pero no debía tolerar eso. Lo repito, mi gesto no es aceptable y era justo que me expulsaran, pero el italiano es el culpable. Él no debía decir lo que dijo.”

“Tenemos que hacer algo –escribió entonces Edith desde Berlín, en mail que dirigió a los amigos que junto a ella seguían las actuaciones de Zizou desde el siglo pasado–:  Queremos tanto a Zizou” finalizaba el mail de Edith-.

Esa sola frase, “Queremos tanto a Zizou”, alcanzó para que todos contestáramos a todos sabiendo perfectamente de qué se trataba.

En 2006 era imposible secuestrar todas las copias de las filmaciones de una final de un Mundial de Fútbol para retocarlas, como la banda de “Queremos tanto a Glenda” había retocado las de una película de su actriz favorita en el cuento de Cortazar, pero decidimos, aceptando una propuesta de Edith, que sí podíamos dejar testimonio modificando la más importante.

Retirar la película del Museo del Fútbol del estadio Centenario de Montevideo me fue relativamente fácil. Soy amigo del encargado desde que éste era asiduo parroquiano de un boliche llamado Rayuela que teníamos con mi señora en los años 80 y 90. A Edtih le fue más fácil aún retocarla. Trabajaba en un estudio cinematográfico. Se la enviamos por correo certificado. Hizo su trabajo, nos la reenvió y la devolví al museo. Así de simple.

Lo siguiente fue escribirle a Zizou. El Flaco redactó la carta:

“Querido Zizou, nuestro tan querido Zizou, está bien que hayas pedido disculpas a los niños y a los profesores, porque fue un mal ejemplo reaccionar con un golpe a los insultos de Materazzi y está bien que ellos te hayan disculpado, pero nosotros, los uruguayos futboleros que hinchábamos fanáticamente por vos, incluidos los niños, preferimos tomar cartas en el asunto, Zizou, porque sabíamos que vos mismo, digas lo que digas, tampoco te lo ibas a perdonar nunca. En cambio ahora, podremos dormir todos tranquilos.

¿Cómo pudiste entrar en ésa, Zizou? No iban a penales. Tenías el alargue ganado. Los italianos se caían en la cancha. Buffon ya no podría sacarte la próxima genialidad como te atajó el cabezazo en el primer chico. En esa situación no podemos entrar en ninguna provocación por más temperamentales que seamos, Zizou, y por mucha carpeta que tengan los tanos, que para algo son los verdaderos inventores del fútbol. Ni la adrenalina del gran Carlitos Bueno adolescente entraba en esa, Zizou.

Nosotros no te disculpamos en lo absoluto. Pero, por supuesto, tuviste toda nuestra solidaridad. Te queremos tanto que jamás te lo perdonaremos, como no perdonamos a Glenda (cronopio admirado, Zizou: no se baja vivo de una cruz). Hicimos lo que debe hacerse en estos casos: pensar en quienes todavía no nacieron, en el destino de las civilizaciones.

Cortamos de la filmación del partido apenas dos segundos del segundo chico del alargue. Y entonces sí, corregido ese error en la película, la devolvimos al Museo del Fútbol del Estadio Centenario, que será al que en cualquier futuro previsible se recurra para cotejar las pelis de los mundiales, porque aquí está el original de la del 30′, filmada por Glukman. ¡Chapeau, Zizou! El mayor artista del fútbol que siguió a la aparición de Maradona, que ha quedado registrado sin mácula en videos mundialistas.

Debajo de la Tribuna Olímpica del estadio Centenario, en el gran museo, está guardada la historia de la perfección del ídolo, del más completo futbolista de todos los tiempos”.

Edith la tradujo al francés y copió de puño y letra en papel de pergamino y tuvimos la delicadeza de hacérsela llegar a Zizou, a través de su hijo, Enzo (a quien Zizou nombró así en homenaje a Francescoli).

El plan se completaría reuniéndonos cada año en Montevideo para ver la película, pero ocurrió el más insólito imprevisto.

El 19 de julio de 2007, la primera vez que nos reunimos, fue que empezamos a saberlo.

Todo era en la película como había sido en el partido, hasta el momento del segundo chico del alargue donde eliminamos el cabezazo sin pelota, pero a partir de entonces todo cambiaba. En nuestra película, Francia termina ganando con un gol de Zizou distinto a todos los que había hecho en su carrera, que tan bien conocemos.

Edith nos juró que ella sólo había borrado los dos segundos del cabezazo y que no había agregado nada, pero que todo era perfectamente “comprensible para nosotros”, por esa cuestión de “las leyes de la noche” como Cortazar les llama.

Para que nuestro sistema de leyes funcione, todo tiene que parecer una casualidad o una coincidencia muy precisa. En este caso el cuento de Cortazar era el elemento A, seguido de nuestra acción con la película (elemento B, que era lo que la gente llamaba una coincidencia o una casualidad) y había un tercer elemento C, que podía ser alcanzable, comprensible o no, en este caso la victoria de Francia con gol de Zizou sobre la hora.

Decidimos mantenerlo en secreto, para que el museo no reparara en el cambio, pero un día no tuvimos más remedio que darlo a conocer.

En 2014, la desconcentración de Italia en el golazo de nuca –o de cervicales– de Godín fue como el cabezazo de Zizou a Materazzi. Lo digo con objetividad porque en 2006, como ya dije, hinchábamos por Francia.

Chiellini era el mejor defensa italiano. Luis Suárez, al costo propio que fuese, faltando pocos minutos para terminar un partido en que sólo servía ganar para seguir en el Mundial, desesperado, generoso, cometió el error de querer ganar ese partido a cualquier precio personal y, hasta mordiendo, perturbó a una defensa que parecía impenetrable. Chiellini reaccionó con un codazo que si el juez los hubiese visto o, más probablemente, hubiese visto sólo la reacción, era expulsión para él.

La expulsión es un riesgo o una conquista en una jugada con infracciones de ese tipo. En esa en particular, en ningún caso, ni Chiellini ni Luis quebraron a nadie. Fue como la mano de Luis ante Ghana en 2010, leyendo perfectamente aquel partido para darle a Uruguay la única oportunidad de ganar que le quedaba para seguir en el Mundial, pero ante Ghana Luis no cometió ningún error. Sólo una infracción acertada. Las infracciones son parte del juego.

Chiellini era el que ordenaba la defensa junto a Buffon, era el segundo referente en defensa. Se fue a protestar a mitad del campo (quizás tratando de sacar partido de la mordida) y se llevó a su equipo en el descontrol. Cuando volvieron estaban perturbados porque ni el juez ni el línea habían visto la vertiginosa mordida. Especialmente estaba perturbado y ocupado por la protesta, mostrando su hombro con una huella de los incisivos de Luis, Chiellini, quien debía indicar marcas desde el primer palo, tomando a Cavani. Me pareció raro en un italiano. Una cosa es que se quede en el piso, que le sirve defendiendo un empate y otra que se distraiga como lo hizo, cuando ya no ganaba nada con eso.

De profusos antecedentes de juego sucio en el calcio peninsular, Chiellini había estado provocando a Luis todo el partido, como corresponde lógicamente, desde el vamos –incluso en la jugada en cuestión hubo otro codazo de Chiellini a Luis anterior a la mordida–, pero el juego de las provocaciones, esta vez terminó en su contra, desconcentrándolo a él y a su equipo en un momento clave: la comba del córner de Gastón Ramírez, la carga de los celestes y el gol de nuca de Godín. Esos fueron los hechos.

Todos los personajes y todas las personas terminan o pasan por la muerte, pero uno puede detener la trayectoria de toda persona como personaje en algún momento que transforma en triunfo tantísimas derrotas cotidianas. Por ejemplo, Luis dedicando a su hija, a su hijo y a su esposa, el festejo del segundo gol de Uruguay a Inglaterra, el de la victoria, la foto de tapa de los diarios.

En la escena culminante de ese momento, Luis cumple su sueño de pubertad (de cuando su amada estaba en Barcelona, no tenían para pagarse el pasaje y sólo triunfando en el fútbol al más alto nivel podría volver a verla): el sueño de algún día llegar a jugar en el Barça.

Ahora, además de jugar en el Barcelona, Luis, que siempre juega al límite así sea la quinta fecha de un torneo de cuarenta etapas o una fase de la copa mundial, tenía, para el siguiente Mundial y en su club, un plus de motivación enorme: la justicia irredenta por la sanción que le impuso la fifa.

Si la fifa lo llevó discriminadamente a un tribunal para sancionar, “de oficio”, a un uruguayo cuando a Italia la provocación le salió al revés, fue por otros motivos, que nada tuvieron que ver con el partido y mucho menos, con la moral o con la locura, como algunos quisieron en su momento dar a entender.

Ni loco ni irresponsable, Luis necesita psicólogo no más que cualquiera (todos necesitamos psicólogo), pero perjudicó a la fifa más que nadie. Mandó a Inglaterra e Italia a casa. En un par de partidos seguidos le quitó a la fifa el interés de al menos ciento veinte millones de potenciales consumidores de muy alto nivel. Eso fue imperdonable.

“Ahí tienen”, les dijo, también, además, y para mejor, cuando terminó el partido en que eliminó a Inglaterra.

Cuando les dijo “ahí tienen, esto es para los que me criticaron”, se refirió por ejemplo al vicepresidente de la fifa, el inglés Jim Boyce y dijo una verdad absoluta que nadie puede discutirle.

Su película no requiere ningún retoque para que la juntemos a la de Zizou y a la de Glenda, en un presente absoluto que acaso se parezca a la eternidad. Esto pensábamos nosotros hasta que sobrevino la sanción.

El 26 de junio de 2014, el Flaco, viejo Profesor de Historia, apareció en la puerta del restaurante, donde Tito y yo estábamos comiendo y nos dijo, «pensar que para aprender lo que era el imperio británico yo estuve una punta de años leyendo una montaña de libros y ahora lo aprenden en un día por treinta segundos de un partido de fútbol».

Así andaban los ánimos aquel día, cuando el Tito preguntó:

–Los hipopótamos son del África, ¿no?

–Sí –contestó el Flaco.

–¿Y eso qué tiene que ver? –pregunté.

Tito no contestó.

Ese día no me sorprendió encontrar, cuando volví a casa, encendí la compu y abrí mi correo, el mail “Tenemos que hacer algo. Queremos tanto a Luis.” Lo había enviado Edith.

Lo primero que se nos ocurrió fue lo obvio, cortar los treinta segundos de filmación. Esta vez no había todavía película en el museo (el encargado se ocuparía de copiar las de todos los partidos una vez terminado el Mundial), así que Edith lo haría con una copia cualquiera en Paris y nos la enviaría para que yo la entregase como obsequio al museo, ahorrándole un trabajo. Todos estuvimos de acuerdo menos el Flaco, que acató la decisión de la mayoría, pero respondió con un correo discrepante. El de Tito no fue discrepante pero fue muy enigmático:

“Hipopótamos: La palabra deriva del griego “hippós”: caballo; y “potamós”: río. O sea, caballo de río. Mamífero paquidérmico de piel gruesa –las negritas eran suyas–, negruzca, casi desnuda; cuerpo voluminoso que mide cerca de tres metros de largo por dos de alto; cabeza gorda, con orejas y ojos pequeños, boca muy grande, labios monstruosos, piernas muy cortas y cola delgada, de poca longitud. Vive en los grandes ríos del África (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)”.

El Flaco protestaba: “Ningún delirio sancionatorio de la fifa puede distraernos de hazaña tan inmensa como la de Luis cuando, en uno de los actos más épicos que un hombre en equipo llevó a cabo en la historia del fútbol mundial, mandó de vuelta a casa a la poderosa Inglaterra que le había declarado la guerra a un gurisito de Salto. Podrán seguir abusando del poder, decretar lo que quieran, pero ésa ni el forense se las saca. No se necesita más”.

“¿Qué tienen que ver los hipopótamos?”, preguntó Edith.

“Ya lo dijo Figueredo, ‘los dirigentes de fútbol no pueden tener epidermis de doncella’”, respondió Tito, sin develar demasiado.

Edith desestimó: “Todos estamos de acuerdo en que el problema no estuvo en el partido sino en los medios y en los ‘tribunales’; presiento que con esta acción no resolvemos nada, ni siquiera nuestras ganas de ver algo distinto; propongo mantenernos en asamblea virtual permanente hasta encontrar una verdadera solución de acuerdo al sistema de las leyes de la noche” –ya todos compartíamos esas palabras para referirnos al secreto de nuestra obra–.

En parte acertó, pero su presentimiento de que no veríamos algo distinto estaba equivocado.

En su siguiente correo, Edith se excusaba de enviar la filmación, porque, decía, no servía para el museo, así que no había apuro; en cambio vendría ella a Uruguay. “El resultado del corte es atroz –explicaba–. Borradas las protestas, viene el corner y Chiellini, sin descuidar a Cavani, le indica el movimiento de Godín a un italiano que no sé distinguir, éste toma al Faraón de la camiseta; el juez no cobra nada; la pelota sigue de largo y el partido termina cero a cero”.

Hasta el día siguiente no hubo ningún otro correo del grupo. Quedamos iletrados de asombro. Fue Juan el que se animó a un comentario que se adivinaba pensado todo una noche sin dormir.

“Por ahora sólo podemos demostrar que no puede asegurarse que Uruguay hubiese pasado la serie si Luis no jugaba como jugó. Si de otro modo, sin la participación de Luis, Uruguay hubiese dado vuelta el partido, son conjeturas inciertas. El partido Uruguay lo ganó y Luis fue influyente también en lo que suelen hacer muy bien los italianos, como lo hizo Materazzi, y, como dijo Lugano, “siempre se lo respetamos a Italia”, sin lesionar a nadie, pero es importante que Luis pudo haberse sacrificado al altísimo riesgo de la sanción y que Uruguay no lograra el gol del triunfo. No sabemos si en ese caso la fifa hubiera actuado de oficio. Probablemente sí, porque Luis tenía pendiente el “ahí tienen”. Pese a todo, nosotros, los que queremos tanto a Luis como a Glenda como a Zizou, lo hubiésemos bancado igual en el error desesperado, inocuo e inútil.

Ahora se trata de olvidar ese partido y encontrar una coincidencia implacable para que Edith aplique nuestros poderes en otras proyecciones”.

El siguiente mail se anunció en la pantalla de mi compu cuando todavía no había terminado de leer el de Juan. Era de Tito..

“Son de la familia de los hipopotámidos, que son mamíferos del suborden ‘suiformes’, orden ‘artiodáctilos’, que significa que sus extremidades terminan en cuatro dedos con pezuñas que tocan el suelo. Llevan vida anfibia en aguas dulces tropicales y llegan a medir hasta cuatro metros de largo por uno y medio de alto (lo que demuestra que en la Real Academia jamás vieron un bicho de éstos). Puede pesar cinco toneladas. Come por día unos cincuenta quilos de pastos y camalotes”.

Esta vez nadie preguntó nada. Al rato llegó un mail de Edith.

“Saben encontrar el camino que hacen pisoteando la maleza porque huelen su propia mierda”. Ella también se había puesto a estudiar el tema o a googlearlo. A todos nos cerró cuando Edith agregó lo que Tito no había querido explicitar desde un comienzo.

“Su piel, que es lampiña, mide más de cuatro centímetros de espesor y en las hembras, casi cinco centímetros. La epidermis de los dirigentes de la fifa, si seguimos el razonamiento de Figueredo”.

“En el África Ecuatorial, al Sur del Sahara, que es donde viven, se los ha perseguido mucho por sus dientes que son más duros que el marfil de los elefantes –agregó Tito–. De formidable apetito, mastican prácticamente todo el día. No en vano tienen esa enorme boca. Dentro de ella tienen cuarenta dientes y cuatro gigantescos colmillos, que pueden llegar a medir medio metro de largo”.

Pero faltaba un detalle, una carta que Tito finalmente sacó de la manga.

“El motivo por el cual pasan mucho tiempo en el agua es que deben proteger su piel, porque el sol se las reseca. Por eso salen a comer de noche y se cuidan de las revelaciones al sol”.

“Vuelvo a preguntarte, Tito –escribí, aunque intuía, sin compartirlas, por dónde iban sus intenciones–, ¿qué tiene que ver?

La mañana del mediodía que nos reunimos en el restorán –Edith llegó de París–, salió el dictamen del tribunal de apelaciones de la fifa.

Estábamos indignados, rabiosos. Un “tribunal de disciplina” con mayorías de ámbito inglés (igual que el “de apelaciones”) con representantes de países tan futboleros como Bermudas, Islas Feroe, Papúa, Madagascar, Emiratos Árabes Unidos, Nueva Guinea, Fiji, Islas Caimán… a Luis, por una infracción mucho menos mal intencionada que tantas que vimos en el mismo Mundial (por las que ni siquiera se abrió expediente), le aplicaron nueve partidos oficiales y cuatro meses de suspensión, prohibición de practicar con su equipo, de pisar el campo de entrenamiento de su club, de acudir a cualquier partido nacional o internacional, de disputar un partido benéfico, de visitar con otros integrantes de su equipo a niños hospitalizados, de hablar o presenciar cualquier acto con los aficionados de su club, de participar en eventos con sponsors futbolísticos. La fifa llegó al colmo de advertirle al Barcelona que no podría presentarlo en su ciudad.

–Perdón –pidió el Flaco–, ¿nombrarlo se puede?

En la pantalla gigante, se proyectaba un informativo local, reproduciendo una entrevista al Presidente de la República Pepe Mujica.

–A Luis le aplicaron una sanción fascista –decía el Pepe–. Los dirigentes de la fifa son una manga de viejos hijos de puta.

Al día siguiente Tenfield emitió un comunicado oficial celebrando las palabras del Presidente.

Se recordaba que el maestro Oscar Tabárez, entrenador de la Selección Uruguaya, había renunciado a su cargo en la comisión de estrategia de la fifa, consternado por la injusticia cometida con Luis.

–Si le hubieran impedido a Hemingway seguir escribiendo después del desarrollo de París era una fiesta, todos hubiésemos sabido, con leer los primeros capítulos, que nos habían robado el final de su mejor novela –dijo Edith.

La comparación nos pareció válida, aún sin todos conocer la obra de Hemingway. Luis estaba en su mejor Mundial, recuperándose, partido a partido, de la operación de rodilla por la lesión que le produjo un golpe de un zaguero rival recién ingresado en el penúltimo minuto del campeonato de la liga inglesa, un mes antes del Mundial. Contra Inglaterra jugó treinta minutos acalambrado. Contra Italia ya pudo un poco más. Iba a estar pronto para las fases eliminatorias.

Nos hubiésemos resignado a que le aplicaran un par de partidos de suspensión, pero echarlo de la concentración fue un delito más en el prontuario de la fifa (un delito por el cual, de acuerdo a su legislación, Brasil debió condenar a los dirigentes de la fifa).

–Edith y yo nos vamos al África –anunció Tito–. Vamos a producir un pequeño informe sobre la tendencia a la extinción de los hipopótamos.

–Sigo sin entenderte –le dije.

–Yo te entiendo pero creo que estás equivocado. No va a resultar –le dijo Juan.

–Sería bueno saber cuál es el plan –intervino El Flaco–. Ya sabemos de los hipopótamos y de las declaraciones de Figueredo.

–La “coincidencia” –dijo Pedro –. La “casualidad” vigorosa e implacable.

–Probar no cuesta nada –aceptó Edith.

–¿Qué haríamos con el informe? –preguntó Tito.

–Lo regalaríamos a las grandes cadenas, a nombre de una productora independiente, “África TV”, para que lo emitan gratis y de esa forma, tal como ocurrió en los partidos que retocó Edith, cambiarán en los informativos los reportes sobre la fifa.

Todos miramos a Edith. Era sólo a ella a quien debía convencer el Tito, que era el más acaudalado entre nosotros, podía costear los viajes y la producción, pero necesitaba de Edith, de la ciencia del sistema de las leyes de la noche.

Edith aceptó aunque le advirtió que no funcionaría.

–Ustedes están locos; yo me bajo –dijo Juan, levantándose de su silla para ir al baño.

–Yo también me bajo –dije.

Todavía no sé qué se pensaban, ¿que por emitir el informe sobre hipopótamos, luego la BBC informaría sobre las mil entradas de reventa por partido a mil dólares cada una, que fue buen negociado en Brasil 2014, en Sudáfrica 2010, en Alemania 2006, en Corea 2002, si no desde antes, hasta que la policía federal de Dilma Rousseff descubrió la trama en un lujoso hotel de Copacabana?

¿Que la CNN iba a pasar a Joseph Blatter, respondiendo:

–Caballeros… vamos a hablar sólo de fútbol  –mientras salía del hotel de Whelan cercado por un fuerte aparato de seguridad y escoltas en motocicletas? ¿O que ESPN iba a pasar las declaraciones de Maradona:

“Poco le importa a la fifa lo que sufran o no los jugadores, como lo demostró en Brasil fijando partidos al mediodía en estados como los del norte, sólo porque la tele así lo quiso. Como poco le importan los cientos de obreros de la construcción que han muerto hasta ahora en las obras de los estadios en Qatar. Don Blatter dice que es un problema interno de Qatar ante el que no tiene jurisdicción, cuando si quiere se inventa esa jurisdicción”?

¿Que Fox Noticias iba a dejar de atacar la reforma de la salud de Obama para empezar a reproducir las denuncias de Andrew Jennings, el famoso periodista escocés que en los últimos diez o quince años había destapado ollas del Comité Olímpico Internacional y fundamentalmente de la fifa?

“Seguramente las mordidas fueron infinitamente mayores, pero eso bastó para que Havelange debiera renunciar a su puesto ‘de honor’ en la fifa y a su cargo en el Comité Olímpico Internacional, y que también cayera Teixeira. Me siento orgulloso por haber forzado la salida de estos personajes”, declararía Jennings ¿a O Globo? Imposible.

Tito estaba de la cabeza si era eso lo que pretendía. Nada de eso ocurrió, por supuesto, aunque logramos mechar el “informe de Africa TV”, en las noticias de casi todas las grandes cadenas y, para guardar las formas y no levantar sospechas, por mucho que allí no era necesario, porque no ocultaba esa información, también en Telesur.

Tito quedó completamente desanimado, decía no entender por qué fallaron las leyes de la noche con los grandes medios, si en el fútbol y en los cuentos de Cortazar funcionaban.

Nos lo preguntó por mail cuando ya nos habíamos dispersado sin conocer la totalidad del fracaso de nuestra operación hipopótamos. Volveríamos a reunirnos el 19 de julio del año siguiente para cumplir el ritual de rever nuestra película de Zizou y, desde ese año, también el partido Uruguay-Inglaterra de los dos goles de Suárez.

La respuesta la dio uno de los pibes de la banda (el de Racing), por el mismo medio, la mañana siguiente.

“Anoche leí tu pregunta y cuando ya estaba por apagar la compu y acostarme, leí un artículo de Hernán Casciari, Factoría de recuerdos imborrables, que posteó algún amigo en Facebook y había dejado abierto en una pestaña. Entonces el tema volvió a mi cabeza. Me acosté en la cama, miré a mi costado y quedé mirando fijo el dorso del libro de cuentos «Puro Fútbol» de Roberto Fontanarrosa. Entonces recordé también «Área 18» y recordé el cuento «El Hincha» de Mempo Giardinelli. Y me acordé que cuando leí «El Diego de la Gente» nunca había leído un libro tan largo ni tan humano. Y se me vino a la cabeza Rodrigo cantando La Mano de Dios, y la hinchada de Independiente que a un jugador al que apenas llegué a ver ya viejo, pelado y arrastrándose por la cancha, cuando tocaba la pelota con su clase magistral le cantaban: «sólo le pido a Dios, que Bochini juegue para siempre, siempre para Independiente, para toda la alegría de la gente». Pero sobre todo me acordé que cuando todo el quilombo de Luis, me di cuenta que muchos uruguayos recién ahora dimensionamos lo que había pasado con Maradona. Recién nos dimos cuenta que cuando todos se reían y señalaban a Diego no hacían otra cosa que tirar leña al fuego de una campaña que presentaba al Diego como un demonio. Lo estaban poco más que mandando a la hoguera por adicto. Parecía que el mundo basaba su rechazo a las drogas humillando a un pibe de Villa Fiorito. Hace poco vimos cómo mandaban a la hoguera a un botija nuestro señalándolo como racista. Como si algo de la lucha contra las drogas pasara por castigar a un simple adicto que jamás hizo apología de las drogas sino todo lo contrario, o si algo de la lucha contra el racismo pasara por castigar a un botija que quizás haya dicho algo un poco fuera de protocolo dentro de una cancha. Ahora vemos como le hacen bulling por “caníbal” y quisieron cortarle las piernas por “violento”, con una supuesta medida ejemplarizante, cuando en el mundial se siguieron matando a patadas y después de la sanción a Luis hubo dos fracturados, mientras que Luis con su accionar, aunque fue incorrecto, jamás puso en riesgo el físico de ningún rival. Y no hace falta que lo digan los medios. Todos lo queremos proteger, porque todos nos damos cuenta de lo violentos que son con Luis, de lo crueles que son, de lo hipócritas que son. Y entendimos un poco más lo del Diego… Por eso te digo que no te preocupes por las campañas de esos medios. Son parte del fuera de juego de la vida. Igual todos nos vamos a dar cuenta. Yo sólo le pido a la “casualidad” y a la “coincidencia” lo que ya nos dio: que Luisito juegue para siempre”.

El 19 de julio de 2015 nos juntamos a ver las pelis y vimos tres. Comprobamos que las leyes de la noche, de Cortázar, se cumplen. El elemento C había sido la caída de Blatter y de todas las cúpulas de la fifa.

 

(Continúa)

 

Por José Luis González Olascuaga
Periodista y escritor uruguayo

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