“Los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”, dijo Tucídides en el siglo de Pericles. La frase del título tiene una historia que aprendí gracias a una nota firmada por Farah Stackelton, un envío de un caro amigo que sabe de mis devaneos. Stackelton suele publicar en el NYT (New York Times) y otros medios de fuste.
Según la autora de “Realismo Neandertal”, hay una estrategia tan vieja como la humanidad: se llama realismo. El realismo estuvo ligado al socialismo y al arte. Personalmente, no tenía información sobre el realismo, que se explica mejor a través de un ejemplo histórico. Tiene su origen en la remota Guerra del Peloponeso. Atenas, la superpotencia de aquella época, sitió la isla de Melos y anunció que, si sus habitantes no le juraban lealtad, los hombres serían masacrados, las mujeres y los niños esclavizados, y la isla sería colonizada.
Atenas, con la fuerza de ser la potencia de entonces, tomaría para sí la isla de Melos. Los habitantes de la isla (que hoy podría ser Ucrania o Groenlandia) eligieron luchar. Claro que perdieron; los atenienses los masacraron, esclavizaron y colonizaron.
La pregunta de Stackelton es sugerente: ¿Fueron héroes o fueron unos tontos? La respuesta se inscribe en una tendencia ideológica: “Si usted cree que fueron héroes, pertenece a los liberales internacionalistas que creen que la paz y la seguridad dependen de gobiernos justos que se ciñan a normas racionales e ilustradas. Si usted piensa que fueron unos tontos, entonces es un realista.”
Los realistas estadounidenses estuvieron arrinconados por la historia, en tanto a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial se construyó un entramado de leyes internacionales que no permitía la vigencia del realismo. Es decir, no permitieron que el matón continental doblegara a Melos modernos. La situación dió paso a dos tendencias en EEUU: la de los neocon, que quisieron exportar la democracia a través de las armas, y la de los liberales, que intentaron usar el poder blando. Por otro lado, los rusos no saben de poder blando porque no tienen historia democrática. Y los chinos crecen comerciando; cuando menos conflictos, mejor, pero se preparan para el “gran salto adelante”, algo muy propio de su historia.
El análisis de Farah Stackelton se centra en EEUU y sostiene que, en los últimos años, aparecieron centros políticos realistas, como el Instituto Quincy para la Gobernanza Responsable, el Prioridad de Defensa y el Centro para el Análisis de la Gran Estrategia de EEUU, de la corporación RAND.
La etiqueta realista ya la usan para describir a numerosos funcionarios del gobierno, como el vice JD Vance y a la directora de inteligencia nacional, Tulsi Gabbard. En Fox News, el senador Eric Schmitt, republicano de Missouri, dijo: “Estamos entrando en una nueva era de realismo”. Este giro, no sé si filosófico, es producto de la “inseguridad”, el motivo que han tenido siempre todos los prepotentes que pierden musculatura.
Hoy, Washington sabe del poderío de Pekín y, en menor grado, del de Moscú. China tiene la capacidad de derribar satélites estadounidenses en el espacio, lo que destruiría los sistemas GPS de los que depende el ejército y la economía.
La cuestión clave es si Donald Trump es un realista ortodoxo. Rajan Menon, citado por Farah Stackelton, sostiene: “Quienes esperan que el gobierno de Trump siga el manual del realismo, mostrando moderación, van a quedar decepcionados”. Pero hay realistas ofensivos y defensivos. Entre los primeros está John Mearsheimer, que cree que la guerra con China es una posibilidad real y mortalmente seria. “Todo lo demás es distracción”.
Los realistas ofensivos sostienen que las “grandes potencias deberían evitar hacer cosas que impulsen a los estados débiles a construir su propia fuerza”. Trump quiere anexar Canadá, Gaza, Groenlandia, abandona a Ucrania, y la UE es “enemiga”; es realismo llamado Neandertal por la autora de la nota del NYT.
A Trump le puede pasar lo mismo que a Atenas. Después de que los atenienses saquearon la isla de Melos, la noticia de su brutalidad se difundió por todo el Peloponeso. Sus aliados se volvieron contra ella, y Atenas perdió la guerra en el 405 ac.
Zelenski parecía un “tonto” en la encerrona de la Casa Blanca, pero la historia enseña que los altos ideales, al fin y al cabo, tienen gran importancia. Trump enfureció con la profecía de Zelenski: “Nos separa un océano, por eso no sienten lo que nos pasa, pero lo sentirán en el futuro”. “No puedes saber lo que nos va a pasar”, respondió enrojecido de bronca. Lo dicho por el ucraniano me recordó a los idus de marzo.
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