El autoritarismo liberticida, la xenofobia, la revolución, la persecución sistemática, la rebeldía ante la prepotencia, el sexo y el amor son los siete potentes ejes argumentales de “Una batalla tras otra”, el nuevo film del realizador norteamericano Paul Thomas Anderson, un cineasta recurrentemente galardonado, por la intrínseca calidad de su producción artística, cuyo cine destaca por su formulación visual, dotada de planos en movimiento y tomas largas, así como por su plausible apelación a lo reflexivo.
En todos los casos, su obra, que posee una estética que lo diferencia claramente de otros colegas, mixtura el drama con la comedia e incluso con el thriller, centrándose en la peripecia de personajes complejos y conflictivos. En ese contexto, sus tópicos predilectos son la familia, las relaciones de poder y la soledad.
Su film sin dudas más célebre y reconocido es “Magnolia” (1999), un drama coral poblado de personajes e historias que se entrecruzan pero a la vez devienen en una suerte de laberinto, la cual reflexiona sobre el éxito y el fracaso, sobre el abandono, la infidelidad, la diversidad sexual y la muerte. El relato, que contiene varias historias interconectadas o no entre sí, alude, por ejemplo, a la comercial banalidad de la televisión, al mito de los niños prodigio, a la misoginia exacerbada, a la drogadicción para apagar el dolor emocional y a la solidaridad con un moribundo.

Incluso, la película abunda en metáforas, como la de la tormenta de ranas, que claramente alude, aunque no se explicite, a las diez plagas de Egipto, que tiene más de mito bíblico que de realidad.
Otro título del cineasta que merece ser recordado es “Petróleo sangriento” (2007), que es una historia de supervivencia y codicia ambientada en la primera mitad del siglo pasado, cuyo personaje central es un incansable buscador de petróleo que aspira a ser millonario. La película es una suerte de alegoría en torno al apócrifo sueño americano, en una época sin dudas compleja.
De la extensa filmografía de Paul Thomas Anderson rescatamos también “The Master” (2012), que mixtura los traumas de guerra que afrontan muchos norteamericanos que estuvieron en la línea de fuego en alguno de los tantos conflictos bélicos en los cuales participó Estados Unidos, quien encuentra la ansiada paz en una comunidad religiosa que pregona valores de paz.
No lo va en zaga otra película sin dudas emblemática del cineasta: “El hilo invisible” (2017), que narra el tormentoso romance entre un diseñador de ropa de mujer de alta costura y una camarera, que se transforma en su asistente, su musa y su amante. La película reflexiona sobre las diferencias de clase e incluso acerca de la diferencia de edad, todo narrado con una singular sutileza.
En cambio, en su nueva entrega, “Una batalla contra otra”, el realizador norteamericano sale de su zona de confort, para componer una mixtura entre el thriller político y la comedia satírica, con fuertes resonancias en los Estados Unidos gobernados por el delirante presidente Donald Trump.
Si bien no hay ninguna mención al presente de su país, el director imprime a su historia un sesgo que nos retrotrae a otros tiempos bastante más turbulentos, como las agitadas décadas del sesenta y el setenta, cuando estudiantes universitarios manifestaban reclamando el cese de la Guerra de Vietnam.
Aunque la existencia de una organización revolucionaria que desafiara a la Casa Blanca es en este caso una ficción, el fenómeno tiene antecedentes reales, que se retrotraen a la primera mitad de la década del setenta del siglo pasado, cuando irrumpió en escena el autodenominado “Ejército Simbionés de Liberación”, una efímera organización armada de extrema izquierda que estuvo activa en el país entre los años 1973 y 1975, coincidiendo con la malograda segunda presidencia de Richard Nixon, quien debió renunciar a su cargo a causa del escándalo de espionaje conocido como Watergate, y la presidencia de Gerard Ford.
Durante su muy fugaz existencia, este grupo guerrillero de vanguardia perpetró robos a bancos, dos homicidios y variados actos de violencia. Su líder era Donald DeFreeze, un comunista, negro procedente de una familia desintegrada, quien vivió la mayor parte de su vida de la asistencia social y que abandonó la escuela a los 14 años de edad, tras lo cual fue arrestado y enviado a prisión por varios delitos. El SLA, según su sigla en inglés, se volvió conocido internacionalmente por haber secuestrado a Patricia Hearst, una conocida actriz nieta de un magnate.
Aunque esta célula guerrillera aparentaba estar organizado como una compleja estructura operativa cuyos cuadros podían actuar en cualquiera de los estados del país, en realidad, solo estaba formada por alrededor de una docena de estudiantes de San Francisco, California.

Se definía a sí misma como “una entidad armónica surgida de entidades y organismos capaces de vivir en profunda y amorosa armonía, así como en compañerismo, en interés de la entidad”.
Su símbolo era una cobra de siete cabezas, a la cual identificaban como un emblema de gran antigüedad que representaba la simbiosis universal.
Fue un grupo sectario, que practicaba el sexo libre y que no tenía el grado de organización ni el armamento necesario para enfrentar al aparato represivo del Estado. No en vano, fue desmantelado por el FBI, a través de sucesivas operaciones de investigación y contrainsurgencia, algunas brutales, como la masacre del 16 de mayo en Camton, que motivó sonoras protestas de la izquierda radical universitaria.
El grupo creía en el liderazgo del Tercer Mundo para encabezar una eventual revolución socialista a nivel planetario. Esta organización emuló algunos modus operandi de guerrillas que operaron en América Latina, de las Brigadas Rojas italiana y hasta de la autodenominada Banda Baader-Meinhof, que otrora jaqueó al gobierno de Alemania Occidental, en plena Guerra Fría.
Si bien este desaparecido grupo combatiente no es ni siquiera mencionado en la película, tal vez pueda haber inspirado al cineasta, más allá de las diferencias de contexto que son radicales.
En efecto, en este caso, el Estado autoritario despliega todo su poder represivo contra los inmigrantes, a quienes recluye en campos de concentración como sucedía en los pesadillescos tiempos de la Alemania nazi con los judíos. Las subliminales alusiones a la xenofobia de Donald Trump son deliberadas.

Desde el comienzo, este film, salpicado de humor fino e ironía irreverente, tiene un ritmo vertiginoso. En ese contexto, dos militantes o guerrilleros pertenecientes a la organización French 75 , Bob (Leonardo DiCaprio), y Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) una atlética fémina de color con el fuego revolucionario impregnado en la piel, encabezan una operación destinada a tomar un campo de prisioneros situado en la fronteras con México, con el propósito de liberarlos y desafiar al régimen. Incluso, la mujer somete al Sargento Steven J. Lockjaw (Sean Penn), un fascista recalcitrante que detenta el mando. En ese marco, el hombre es virtualmente violado por la guerrillera, lo cual puede ser tomado como una suerte de acto de hegemonía feminista, más allá de su eventual contenido erótico, que no tiene nada de explícito.
En lo sucesivo, todos los ataques del grupo guerrillero, como ser el robo a bancos y los actos de sabotaje, están fuertemente impregnados de una intensa carga de adrenalina, acorde al propósito de esta suerte de ejército irregular que opera siempre “en nombre del pueblo”, como ha sucedido en otros casos similares en el decurso de la historia.
Si bien no hay una definición ideológica explícita, lo que parece muy claro es que estos jóvenes, por más que DiCaprio ya no es tan joven, están animados por un espíritu libertario e emancipador, que se opone a los desbordes autoritarios de un Estado que vulnera los derechos humanos de la peor manera, tal cual sucede en el caso de los Estados Unidos gobernados por Donald Trump. Por supuesto, el objetivo final es “cambiar el mundo”, una consigna que, por ejemplo, inspiró a los militantes del denominado Mayo Frances en la década del sesenta, un movimiento que, en su momento, conmovió a la intelectualidad,. Sin embargo, el fuego sagrado se diluyó rápidamente.
Empero, así como esta pareja de líderes es implacable cuando entra en batalla contra el enemigo, en la intimidad es todo lo contario, ya que se comporta como una familia, máxime cuando la mujer da a luz a una niña, que, desde muy pequeña, se parece fisonómicamente mucho a ella, para quien la maternidad no supone un freno ni apaga su pasión insurgente.
Detrás del tinglado de esa escenografía de enfrentamiento entre el sistema y los que intentan derrocarlo aunque no parecen tener un modelo alternativo, subyace una organización cuasi secreta de “notables”, integrada por ricos, racistas y tan vez hasta supremacistas, que, aunque parezca insólito, aun existen en pleno siglo XXI. No en vano, muchos de los partidarios de Donald Trump enarbolaron banderas confederadas que ondearon el 6 de enero de 2021, cuando una turba tomó por asalto el Capitolio intentando impedir que el presidente Joan Biden asumiera. Esa enseña, que jamás fue oficial, era la que distinguía a los sureños durante la sangrienta Guerra de Secesión, que dividió radicalmente al país entre lo ellos, que eran partidarios de mantener la esclavitud, y los norteños, que promovían su abolición. Felizmente, luego de un cruento conflicto bélico fratricida, triunfaron estos últimos y la esclavitud, que es la peor violación de los derechos humanos, fue abolida en todos los Estados Unidos. Sin embargo, aun hoy persisten esto pujos racistas, detrás de la cual se alinean los miembros de este club exclusivo de la ficción cinematográfica, en el cual sólo son admitidos los multimillonarios fascistas o los cretinos útiles, como el inefable pero no menos contradictorio Sargento Steven J. Lockjaw, que es funcional al sistema, un mérito suficiente para acercarse a este Olimpo e incluso para aspirar a integrarlo.
Esta suerte de comunidad elitista sería muy similar a la denominada República de Parva Domus, fundada en nuestro país en 1878, en plena dictadura del colorado Lorenzo Latorre, que es un conglomerado de burgueses ridículos que hacen del ocio un estilo de vida y cultivan la “religión la alegría”, ya que se dedican únicamente a celebrar fiestas, en las cuales comen, cantan y desempeñan otras actividades de pasatiempo. Sus miembros tienen títulos honoríficos ficticios y sólo se admiten hombres, ya que se trata de una “sociedad” sumamente conservadora.
Los cierto es que esta organización secreta o no tan secreta que sostiene en la película al sistema desde las sombras, como si se tratara de una suerte de gobierno entre bambalinas, representa el elitismo de la burguesía, en un país en el cual subyacen radicales diferencias sociales, pese al intento de sus apólogos por “vender” al país como si se tratara de un modelo ideal.
Más allá de su eventual pátina política, “Una batalla contra otra” es una suerte de sátira que, sin embargo, tiene un formato de thriller, porque la acción no tiene pausas en el decurso de una historia que tiene casi tres horas de duración. Sin embargo, jamás aburre, porque no le otorga respiro al espectador.
Hay, incluso, algunos guiños cinéfilos, cuando Bob, el protagonista y revolucionario, visualiza en la televisión nada menos que “La batalla de Argelia” (1962), el formidable alegato anticolonialista del maestro comunista italiano Gillo Pontecorvo.
Obviamente, hay otras alusiones políticas muy pertinentes, ya que Willa (Chase Infiniti), la supuesta hija de Bob y Perfidia, es apadrinada por el mexicano Sergio St. Carlos (Benicio del Toro), con quien se adiestra en técnicas de artes marciales. Obviamente, los mexicanos son el objetivo predilecto de la política de Trump, que odia, segrega y deporta a los inmigrantes.

El film es una suerte de apología del caos desde que comienza hasta su no tan previsible epílogo, en la medida que casi nunca tiene freno y trabaja permanentemente con los golpes de efecto. Si bien este relato está alimentado por el combustible de la violencia, ésta nunca escala a un nivel escabroso. ¿Por qué? Porque todo en realidad es una gran farsa, una ficción alocada e irónica, que igualmente convoca a la reflexión, sobre el odio racial, la violencia, el autoritarismo y la libertad, entendida como el pleno ejercicio de la voluntad ciudadana sin cortapisas, salvo los límites que impone el orden jurídico.

En ese contexto, “Una batalla tras otra” funciona como thriller, pero simultáneamente también como comedia y hasta como una film político, pero jamás deviene en drama, porque realmente esa no es la intención del realizador. Esta película demuestra que se puede entretener y a la vez proponer algunos costados reflexivos en torno a tópicos de debate que perduran en el tiempo.
El film vale por su trama argumental, pero también por su estupendo trabajo de fotografía y montaje y por su banda sonora, así como por las actuaciones protagónicas. En tal sentido, es magistral la interpretación de Sean Penn, en uno de los mejores papeles de su carrera, bien secundado por un siempre muy sólido pero a menudo desmesurado Leonardo DiCaprio, por Benicio del Toro y por la muy joven debutante Chase Infiniti.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Una batalla tras otra (One Battle After Another, Estados Unidos/2025). Dirección: Paul Thomas Anderson. Guión: Paul Thomas Anderson (sobre la novela Vineland de Thomas Pynchon). Fotografía: Michael Bauman. Edición: Andy Jurgensen. Reparto: Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Teyana Taylor, Regina Hall, Chase Infiniti, Benicio Del Toro, Tony Goldwyn, Alana Haim, John Hoogenaker, James Downey y Kevin Tighe.
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