La violencia, la represión, el autoritarismo, la fe ciega, la venganza, el perdón y la corrupción son los siete pilares que explora “Sólo fue un accidente”, el formidable film del realizador iraní Jafar Panahi, que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes por sus descollantes valores artísticos, pero también por su propuesta valiente y desafiante, que lo enfrentó nuevamente al criminal y patológico régimen teocrático y autocrático de su país.
Esta nueva obra confirma el superlativo compromiso del talentoso cineasta con sus más íntimas
convicciones y su audacia para seguir militando contra un gobierno realmente abominable, cuya constitución está inspirada primordialmente en el Corán, el libro sagrado de los musulmanes y no en valores del Occidente blanco y cristiano ni en los de la democracia liberal burguesa.
Esta reflexión no supone en modo alguno un radical rechazo a esa religión, sino al terrible fanatismo de la aplicación con impronta autoritaria de ese sistema de creencias. Por supuesto, hay musulmanes que profesan su fe pero no tienen estas actitudes destempladas y respetan la diversidad de credos. En todas las religiones subyacen fundamentalismos, pero también actitudes ponderadas y de tolerancia.
La historia contemporánea de Irán está marcada por los conflictos políticos y religiosos y las dictaduras, primero del criminal Sha Mohammad Reza Pahleví, un monarca instalado en el poder luego de la muerte de su padre, que asumió tras un golpe de Estado, quien gobernó con mano de hierro apoyado por los Estados Unidos y Gran Bretaña. Obviamente, este país situado en el Golfo Pérsico, es una potencia petrolera, que otrora tenía una gran importancia económica y estratégica para el Occidente capitalista y desarrollado.
En 1979, este monárquico dictador fue derrocado por una revolución islámica, tras lo cual casi todo el poder fue depositado en el ayatolá Ruhollah Musavi Jomeiní, indiscutido líder religioso y político, cuyo poder trascendía al del propio presidente o al de los ministros de Estado. Pese a que falleció diez años después, igualmente sentó las bases de un estado islámico que no otorga margen para la pluralidad política ni para la disidencia.
Hoy, 47 años después del estallido de la revolución islámica que derrocó a un sangriento dictador, hay una dictadura teocrática que tortura y asesina, mediante la aplicación de la pena de muerte a los opositores. Obviamente, sojuzga al pueblo y particularmente a las mujeres, que carecen de derechos y son una suerte de piezas decorativas, acorde a los mandatos del Corán más radical.

Por supuesto, el régimen ha sido demonizado por Israel, que es su enemigo, aunque el estado judío no tiene demasiadas credenciales para imputar nada, ya que viola flagrantemente los derechos humanos en los territorios ocupados desde 1967 y, desde octubre de 2023, a partir de la toma de rehenes por parte de la organización palestina Hamás, inició una furibunda ofensiva militar criminal en la Franja de Gaza, que derivó en la muerte de más de 60.000 personas, la mayoría de ellos civiles inocentes. Esa furia genocida está también inspirada por el fanatismo religioso de quienes se apropian incluso de territorios ajenos y, obviamente, en móviles económicos. Por supuesto, las grandes potencias juegan un rol fundamental en este proceso, en forma muy particular los Estados Unidos, que arma hasta los dientes a Israel e incluso se permite intervenir militarmente en la región.
Jafar Panahi, el cineasta más reconocido y laureado de esta nacionalidad, es recurrentemente perseguido por el régimen, que lo ha sometido a diversos actores de violencia y, naturalmente, censura sus películas, que suelen rodarse fuera del país, en la vecina Turquía y, en algunos casos, en forma clandestina, lo cual les otorga un valor agregado realmente superlativo.
Este filme puede ser perfectamente parangonado a otra obra maestra: “El fruto del árbol sagrado”, del no menos célebre realizador iraní Mohammad Rasoulof, que expone, en forma tal vez hasta más rigurosa, la represión del régimen contra la oposición. Sin embargo, la diferencia entre una y otra historia es el planteo. En efecto, “Sólo fue un accidente” tiene un abordaje muy diferente, en la medida que transforma en protagonistas más a las víctimas que a los victimarios y hasta se permite invertir el orden de los roles entre ambos, lo cual no deja de ser una novedad.

En efecto, acá el reprimido es el represor y no como sucede habitualmente. Obviamente, hay una diferencia muy importante que son las actitudes de más o menos tolerancia. Lo común entre ambos bandos es su fe religiosa, que en un caso es expuesta como una suerte de patología y en el otro como una mera expresión de una profunda espiritualidad que no deviene en violencia como sí sucede en el caso de los verdugos del régimen, que no dudan en torturar a sus víctimas y hasta en aplicarles la pena de muerte a quienes consideran infieles.
El relato comienza una noche en las afueras de Teherán, capital de Irán, cuando Rashid (Ebrahim Azizi) conduce su automóvil a una velocidad moderada por la falta de luz. Lo acompañan
su esposa embarazada (Afssaneh Najmabadi) y su pequeña hija (Delmaz Najafi). En un momento determinado, el vehículo choca contra algo que no llega a visualizarse por la oscuridad. Se trata de un perro que fue arrollado involuntariamente por el conductor, lo cual provoca la alarma de su hija. Sin embargo, la madre le resta importancia al episodio, alegando que “sólo fue un accidente”.
Por supuesto, este es el título de la película. Sin embargo, en el decurso del relato, este comentario puede ser aplicado a un asunto bastante más serio. El choque contra el can genera un desperfecto en el vehículo, que requiere ser atendido en un taller cercano.
Allí sucede lo imprevisto, Vahil (Vahid Mobasseri), uno de los talleristas, cree escuchar un sonido que le es familiar, pero que lo retrotrae a un pasando reciente de terror. En efecto, al caminar, el conductor, que es rengo, emite el sonido característico de una persona que se desplaza con una pieza ortopédica.
Las siguientes escenas, que transcurren a una velocidad de vértigo y sin mayores explicaciones, comienzan a configurar el cuadro dramático, cuando el mecánico sigue a la familia hasta su destino, a los efectos de grabarse el rostro del conductor del automóvil. Al día siguiente, en pleno centro de la capital, se le acerca, lo golpea con la puerta de su camioneta, lo ata, le venda los ojos y le tapa la boca, en una acción que es claramente un secuestro. El periplo culmina en las afueras de la urbe, donde el supuesto secuestrador cava una inmensa zanja, coloca en ella a su víctima y comienza a enterrarla. En el decurso de esta operación, le explica que lo ha reconocido como un represor del régimen que torturaba a los presos políticos. La clave es esa pierna ortopédica.

Por supuesto, en la hipótesis que ese hombre que yace amarrado y amordazado fuera realmente su verdugo, en este caso concreto el represor se habría transformado en el reprimido, que ahora recibe el mismo trato que este dispensaba a los presos de conciencia.
Sin embargo, como el protagonista no es un criminal, ante la duda decide consultar a otros eventuales testigos, que son reclutados por el camino: una fotógrafa de bodas llamada Shiva (Maryam Afshari) y su ex novio, Hamid (Mohamad Ali Elyasmehr), así como una mujer que está a punto de casarse (Hadis Pakbaten) y a su pareja (Majid Panahi). Empero, todos tienen dudas, porque nadie le vio el rostro, por lo cual los únicos indicios que permitirían identificarlo como el represor que tanto odian son su voz y, por supuesto, su pierna ortopédica. Muy poco para que este grupo se erija en un tribunal inquisidor, y tome la decisión de matar al secuestrado, emulando a los esbirros del régimen, quienes no dudan en condenar a muerte a quienes consideran infieles, pese a que todos profesan la misma religión.
El cineasta apela por momentos al humor, para describir el periplo de esos “secuestradores”, que evidentemente no tienen experiencia en faenas de estas características y por, ende, cometen recurrentes actos de torpeza que pueden malograr sus planes.
Pese a que en el país impera un gobierno autoritario y despiadado, igualmente el grupo logra zafar de las dificultades, gracias a la corrupción de la Policía, que patrulla la calle provista de un post para cobrarle a la gente por hacer la vista gorda. En ese contexto, los autores de este rapto se encuentran con dos guardias uniformados, quienes advierten que los movimientos del grupo no son normales. Sin embargo, no cumplen con su deber de registrar la furgoneta donde está el secuestrado y a cambio de no hacerlo, piden una compensación. Evidentemente, les interesa más el dinero que su fidelidad al gobierno y, cuando lo reciben, se abstienen de actuar como lo mandatan sus obligaciones.
Por supuesto, nadie puede poner en tela de juicio la denuncia del director, quien vuelca en su película su cotidiana experiencia de convivencia en un país que es a todas luces una suerte de cárcel.
Empero, por lo habitual, la corrupción en este caso parece una mera anécdota, aunque durante todo su periplo, los protagonistas se topan con situaciones similares que deben solucionar siempre apelando a sus recursos, a los efectos de no malograr sus planes.
El film parece sugerir que el odio siempre genera odio y que la intolerancia siempre genera más intolerancia, en una suerte de lógica de la venganza, como si se tratara de la Ley del Talión. La Ley del Talión es un principio jurídico antiguo que establece la pena de retribución equivalente al delito, resumido en la frase “ojo por ojo, diente por diente”. Su objetivo era limitar la venganza privada al exigir un castigo idéntico al daño causado, evitando excesos. Este principio, que no creo que siga siendo aplicado, está registrado en el Código de Hammurabi.
En este caso, las ex víctimas emplean el mismo procedimiento que el ex represor aplicó con ellos. La radical diferencia es que mientras el secuestrado es un engranaje de un gobierno autoritario institucionalizado y no tuvo piedad, sus captores son un grupo de voluntades que intentan hacer justicia por cuenta propia, pero como dudan sobre la real identidad del hombre, no actúan con la misma lógica que sí aplicó este son ellos.
No en vano, cuando se enteran que la esposa del represor está sola con su hija a punto de dar a luz, acuden prestamente a su hogar, la trasladan a una clínica y hasta pagan para que esta sea atendida sin ninguna pregunta ni ninguna pesquisa, salteándose el protocolo. En esta secuencia, que es muy trascendente, hay dos actitudes totalmente diferentes: la de la burócrata que se niega inicialmente a ingresar a la paciente hasta que recibe dinero y la del médico, quien, bajo tu total responsabilidad, se hace cargo de la parturienta. En el primer caso, prevalece el interés económico y en el segundo el compromiso profesional. Tanto la funcionaria como el galeno ignoran las reglas del sistema, que obliga a reportan todas las hospitalizaciones.
Obviamente, que el hombre ahora sea padre por segunda vez incide en forma determinante en la decisión que tomará el grupo, que tiene en sus manos la vida del ex represor, quien, por imperio de las circunstancias, ahora es reprimido y tratado con desprecio no exento de brutalidad.
El meollo de esta película es el dilema moral que afrontan estas personas que han padecido la violencia criminal de un régimen autocrático y, sin embargo, ante la falta de certezas, dudan si realmente deben tomar venganza. En cierta medida, ya se vengaron porque sometieron al esbirro del régimen y lo redujeron a la mínima expresión. Su vida sólo depende de la eventual piedad que puedan tener con él, pese a que él jamás tuvo piedad con sus víctimas.
“Sólo fue un accidente”, que tiene un título extraño que a priori no permite avizorar su trama, es un film de profundo acento testimonial, que corrobora que la violencia estatal sólo conduce a más violencia, ya que opera una radical transformación en personas que son habitualmente pacíficas, como los protagonistas de este secuestro colectivo. Es virtualmente imposible extrapolar esta situación a la derivada de la dictadura que padecimos en nuestro país, porque se trata de culturas muy diferentes e inspiradas en ideas y creencias aun más diferentes.
El inicial episodio del perro arrollado por el represor puede asimilarse al atropello que los dictadores perpetran con las personas y la oscuridad del paisaje al fanatismo.
Jafar Panahi resuelve con admirable solvencia un dilema que es bien humano, el cual transita por los territorios de la justicia y la injusticia, con todo la carga de subjetiva ambigüedad que ello supone. En ese contexto, esta historia, que aunque sea ficticia es igualmente un contundente testimonio de una realidad que golpea y nos interpela como humanos, reflexiona sobre el autoritarismo, el odio y el fanatismo religioso, pero también acerca de la piedad. En tal sentido, más allá de la eventual crudeza del planteo, el mensaje de este largometraje es claramente pacifista, a diferencia del que emana del propio régimen o de la cultura belicista de Israel, que pese a ser enemigo del gobierno de Irán también le rinde pleitesía a la barbarie irracional y a la violencia.
Sin embargo, la renguera del represor secuestrado, a causa de una herida de guerra padecida en Siria, constituye también una metáfora de la renguera del régimen, que está expresada en la falta de compromiso de algunos de sus empleados que se dejan chantajear y en la propia resistencia de la oposición silenciosa.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Fue solo un accidente (Yek tasadef sadeh), Irán, Francia, Luxemburgo). Dirección y guión: Jafar Panahi. Fotografía: Amin Jafari. Edición: Amir Etminam. Reparto: Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Ebrahim Azizi, Hadis Pakbaten, Majid Panahi y Mohamad Ali Elyasmehr.
(Síganos en Twitter y Facebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA
Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.