“Bugonia”: Una irreverente oda al nihilismo

Tiempo de lectura: 9 minutos

El demencial y compulsivo instinto suicida del ser humano, la patológica predisposición a aniquilar la naturaleza, funcional  a un modelo productivo infame, el pánico al presente y al futuro, la alienación individual y colectiva, la manipulación mediática y mentirosa y el poder económico son los seis primordiales ejes temáticos y conceptuales que desarrolla “Bugonia”, el nuevo y revulsivo film del controvertido y ácidamente iconoclasta realizador griego Yorgos Lanthimos, un autor abundantemente galardonado por su talento pero también por su paleta artística radicalmente desafiante.

Esta película, que es una remake del film de cienciaficción “Salvar al planeta” del cineasta surcoreano Jang Joon-Hwan, es una potente alegoría sobre la aguda crisis ambiental que está impactando a la Tierra, con sostenido calentamiento global a causa del denominado Efecto Invernadero, que devine, además, en sequías, inundaciones, huracanes y tifones, entre otros desastres climáticos que están asolando a la Tierra.

También indaga en la alienación colectiva y en el miedo, que, aunque no se especifique en ningún momento en este film, es claramente derivado de la dramática pandemia de Covid 19, que azotó a la humanidad durante tres largos años, provocando millones de muertos, desocupación y miseria.

Más allá de los negacionistas que suelen considerar que la epidemia es una mera invención para manipular a la gente y controlarla y hasta para imponer un nuevo orden mundial gobernado por las corporaciones, lo cierto que el virus es real. No menos cierto es que evidentemente fue creado en un laboratorio, en forma voluntaria o involuntaria, y que este fenómeno le permitió enriquecerse a la industria farmacéutica y también a la medicina privada, mientras algunos estados se desangraron intentando salvar miles de vidas y paliar los estragos sociales derivados de esta grave patología.

Empero, el letal virus no es el único que agobia al planeta. El peor virus es el virus del capitalismo predador y extractivo que devasta al mundo con sus prácticas radicalmente desquiciadas, que tala selvas y bosques nativos y contamina el agua y el aire, desafiando lo recomendado por el Protocolo de Kyoto de 1997, cuyos miembros se comprometieron a reducir sustantivamente la emisión de gases de Efecto Invernadero, con el propósito de mitigar los riesgos ambientales, aunque para ello debieran renuncian a parte de sus apetencias económicas. Más allá que se haya o no se haya cumplido con los compromisos contraídos, lo cierto que este acuerdo no fue suscrito por Estados Unidos y Canadá y que China y Jaspón nunca se sintieron comprometidos a hacerlo, alegando que la resolución no era vinculante. En efecto, los mayores emisores de gases del planeta siguen provocando estragos como si el Protocolo de Kyoto no existiera. Es decir, ya es letra muerta, porque nadie puede contra el poder económico, pese a la intensa militancia de las organizaciones ambientalistas.

En buena medida, este tema, además del miedo y la paranoia, es el disparador de esta película que tiene la estética del autor y contiene todos los ingredientes característicos del cine del iconoclasta cineasta griego, quien es una suerte de nihilista, por sus miradas dotadas de singular acidez en torno a las conductas descarriadas del ser humano.

Al respecto, la obra de Yorgos Landthimos destaca por su estilo singular, que mixtura el humor negro absurdo con el drama, creando universos distópicos y extraños y explorando con acento crítico la conducta humana, la moralidad y el poder, mediante una estética de impronta simétrica y encuadres únicos, que destacan por su intrínseca creatividad y versatilidad. En ese contexto, de su admirable filmografía destacan, particularmente, hitos como “La favorita”, sin dudas su obra más fermental y decantada, “La langosta”, la alocada parafernalia “Pobres criaturas” y su más reciente “Tipos de gentileza”, que precede precisamente a “Bugonia”.

Más allá de lo meramente estético y de sus escenografías habitualmente impactantes, su discurso cinematográfico es implacable con todo y con todos. Incluso, sus producciones más fantasiosas discurren a través de los territorios del surrealismo y de la indagación de las turbulencias psicológicas del ser humano, en su a menudo frágil equilibrio entre lo racional y lo emocional.

Esta película, como todas las creaciones de este griego irreverente, dividió a la crítica entre quienes lo admiran hasta la veneración y sus detractores que, más allá de eventuales gustos, se sienten interpelados por los planteos de un artista mayor del denominado ´séptimo arte, partiendo de la premisa que el realizador es un creador cuyos trabajos siempre incomodan. No en vano, desuele demoler tabúes y prejuicios y siempre se las empeña en molestar a los apólogos del sistema y aun a aquellos que cuestionan a ese sistema. En este caso, la única revolución válida es la de la imaginación y la de la creatividad, porque sólo estas dos cualidades otorgan realmente libertad.

El comienzo del relato, con imágenes de vivos colores, muestra a un enjambre de abejas volando entre flores y cumpliendo con uno de los roles que le asigna la naturaleza: la polinización. ¿Qué es la polinización?  Es el proceso de transferencia del polen (que contiene los gametos masculinos) desde la parte masculina de una flor (antera) a la parte femenina (estigma) de otra o de la misma flor, permitiendo la fecundación, la formación de semillas y frutos, y la reproducción de las plantas. Este proceso crucial puede ser ejecutado por agentes abióticos (viento, agua) o por seres vivos como insectos, aves y murciélagos, que son atraídos por el néctar y polen, transportando accidentalmente el polen entre flores. Es una de las funciones de las abejas, que resulta crucial para el desarrollo del ecosistema.

Este fenómeno natural nos induce a reflexionar sobre estos insectos, que son protagonistas de un modelo de convivencia cuasi socialista, donde las que trabajan primordialmente son las obreras, aunque poseen una reina, que es fecundada por el zángano para asegurar la reproducción. Hay, incluso, abejas guardianas, que son las que protegen la colmena de intrusos y ataques exteriores.

Esta apelación pretende claramente extrapolar a estos insectos con el ser humano, aunque, a diferencia de las abejas, el homo sapiens en lugar de defenderse de las amenazas externas –como los desastres naturales, terremotos, maremotos, huracanes y sequías- en cambio se autodestruye. Es decir, carece de espíritu de colmena, porque salvo excepciones, no tiene sentido de comunidad, ya que prevalece, en casi todos los casos, el rampante individualismo, consustancial al sistema capitalista.

En ese contexto, dos de los protagonistas son apicultores:   Teddy (Jesse Plemons) y su estúpido y casi mudo primo Donny (Aidan Delbis), quienes viven en una casa muy modesta con paredes y ventanas cubiertas con papel de aluminio, para blindar a la vivienda contra la radiación. Incluso, están convencidos que existe una conspiración de una empresa farmacéutica que experimenta con humanos y produce plagas que matan abejas y contaminan a la naturaleza. Lo insólito es que creen que esta poderosa empresa está encabezada por alienígenas mimetizados con las personas, que aspiran a destruir a la humanidad y apropiarse del planeta. El primero de ello trabaja en una tarea de baja calificación en ese lugar, que es un edificio de ensueño.

En esa suerte de desvarío, planean secuestrar a la gerente general Michelle (Ema Stone), quien vive en una suntuosa e inmensa finca futurista, se levanta a la madrugada, hace una hora de gimnasia y luego se traslada en su automóvil hasta su trabajo. Como para los dos humildes paranoides esta mujer es una alienígena, el plan es raptarla y encadenarla en el sótano, donde podrán interrogarla y, de ese modo, malograr sus planes de eventual invasión y exterminio.

En ese marco de confinamiento compulsivo, la mujer es rapada, sometida a maltratos y a despiadados interrogatorios, mientras es amenazada con una escopeta, con el propósito que confiese que es parte de una conspiración alienígena. Obviamente, se declara inocente y hasta manipula psicológicamente a sus captores.

En este tramo del relato, que pasa de la mansedumbre inicial de la recolección de miel en las colmenas, a la violencia y la amenaza, el film muta de una suerte de comedia apacible que ridiculiza a los protagonistas a un formato de thriller, con dos hombres que devienen en una suerte de inquisidores y que amenazan a la secuestrada con torturarla o matarla.

Sin embargo, la voz cantante la lleva la ensangrentada mujer que luce sucia y desalineada, pese a lo cual refuta las desmelenadas teorías de los dos secuestradores y hasta intenta persuadirlos  que la verdadera amenaza no es ella ni su empresa, sino la humanidad que está devastando a la Tierra.

En una historia de ficción que transcurre entre pausas y caídas de tensión no exentas de violencia, afloran todas las patologías del ser humano, aun aquellas más persistentes y tóxicas,  porque los protagonistas no tienen claro quién es el enemigo, Tal vez, el enemigo sea el diferente o en este caso el rico o el aliado proletario, miembro de la misma clase social.

En este film, más que una revolución intelectual lo que hay es una insurrección contra el statu quo, aunque el peor enemigo sea el miedo a lo desconocido y la verdadera pandemia sea la del  egoísmo, la indiferencia y la de la falta de empatía con el otro. Estas disfunciones están encapsuladas en el poder económico, que nos agrede casi sin que lo podamos advertir y nos coloniza, entre bambalinas, mediante las leyes del mercado.

En efecto, el eventual extraterrestre no es el ignoto colonizador. El verdadero colonizador de conciencias es el sistema y sus actores protagónicos, que nos cautivan con discursos edulcorados pero, en el fondo, muy tóxicos.

En ese contexto, “Burgonia” es una suerte de fábula con mensaje filosófico, que mixtura la comedia negra, con el drama y hasta con el thriller, porque contiene abundante acción física y también violencia. En esas circunstancias, este es un agudo retrato de nuestro tiempo, donde la alienación se torna aun más visible que en el pasado, cuando las patologías no se expresaban con la misma libertad con las que se expresan en el presente ni podíamos observar tanta violencia en vivo y el directo. Lo grave es que esta violencia está cada vez más naturalizada, porque la consumimos diariamente en las pantallas más grandes o más pequeños que nos devuelven el verdadero rostro de la crueldad y el autoritarismo.

¿Por qué esta película se llama “Burgonia”? En efecto, Bugonia (del griego bous -buey- y gone -generación-) se refiere a una antigua creencia y mito mediterráneo sobre la generación espontánea de abejas a partir del cadáver de un buey, un ritual simbólico de la vida que renace de la descomposición, popularizado por el poeta Virgilio en sus Geórgicas, donde se relata cómo del cadáver de un novillo nacen espontáneamente todo tipo de insectos voladores y que tal fenómeno puede aprovecharse para crear enjambres de abejas. El concepto, que está ligado a la generación espontánea, es perfectamente aplicable a esta película, la cual sugiere que de la extinción de esta especie, en este caso la humana, nacerán otros seres que, como las abejas, saben proteger muy bien sus colmenas.

En este caso concreto, la colmena sería el planeta tierra, devastado desde hace miles de años por el homo sapiens, única especie que mata a sus semejantes o bien los esclaviza. En un análisis no demasiado científico pero bien comprensible, el hombre o mujer, más allá de géneros, es el único prescindible en el planeta, ya que no ocupa un lugar relevante en la cadena alimentaria. Es decir, si no estamos, la naturaleza seguirá funcionando y evolucionando sin la interferencia del mayor predador, que despliega prácticas extractivas irresponsables, consume vorazmente, deteriora el medioambiente y le aporta lo mínimo de valor agregado. Es más lo que destruye que lo que construye.

Aunque esta película por momentos tenga un formato de cienciaficción y la historia sea de ficción, casi nada de lo que sucede en ella es ficción, porque lo observamos todos los días, en las grandes ciudades, en el medio rural, en la naturaleza y en todos los sitios, regiones o calles pisadas por el homo sapiens, que pisa a otros pero también se pisa a sí mismo, por el rampante tenor de su irracionalidad y por la aguda alienación que le aqueja y le impide visualizar que, cada día, por sus propios desvaríos e actitudes demenciales, está acelerando su inexorable extinción.

No en vano, alienígena, que es sinónimo de extraterrestre, deriva de la expresión latina Alien, que significa ajeno o extraño. Incluso, antes de la teoría del psicoanálisis instituida por el eminente neurólogo suizo Sigmund Freud, ya se calificada a quienes padecían afecciones mentales como alienados. Hasta que la psiquiatría comenzó a humanizar el abordaje de esas patologías, los enfermos eran tratados como animales o bien como extraterrestres.

Esta película, que es tan irreverente y rupturista como es habitual en el cine del realizador Yorgos Lanthimos, es, sin dudas, una suerte de oda al nihilismo. Sin embargo, no es ciertamente una apología de la alienación, sino todo lo contrario. Es una convocatoria a la reflexión, en torno a los riesgos del suicidio colectivo, el miedo y la violencia implícita y explícita, concebida con un formidable envase estético poblado de encuadres llamativos, planos secuencia y formidables imágenes a color y en blanco y negro, que cuenta con una descollante actuación protagónica de la dos veces oscarizada actriz Ema Stone y con una interpretación realmente estremecedora de  Jesse Plemons.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

 

FICHA TÉCNICA

Bugonia (Reino Unido, Estados Unidos, Corea del Sur/2025). Dirección: Yorgos Lanthimos. Guion: Will Tracy. Fotografía: Robbie RyanEdición: Yorgos Mavropsaridis. Música: Jerskin Fendrix. Reparto: Emma Stone, Jesse Plemons, Aidan Delbis, Stavros Halkias y Alicia Silverstone. 

 

 

 

(Síganos en TwitterFacebook)
INGRESE AQUÍ POR MÁS CONTENIDOS EN PORTADA

Las notas aquí firmadas reflejan exclusivamente la opinión de los autores.