Las redes sociales y sus algoritmos en los tribunales, en «defensa de la salud mental»

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  En EE.UU. se inicio un juicio en Los Ángeles, ante la jueza Carolyn Kuhl, se centra en las acusaciones de una mujer de 20 años, identificada como Kaley G.M., que sufrió un grave daño mental porque se volvió adicta a las redes sociales cuando era niña.

Como surge este juicio los acusados son los gigantes tecnológicos Alphabet, casa matriz de Google, dueño de YouTube, y Meta, propietaria de Instagram. Estarán frente a los jueces; el director ejecutivo de Meta, Mark Zuckerberg, el responsable de Instagram (filial de Meta), Adam Mosseri, Neil Mohan, director de YouTube.

En el centro del caso se encuentra una joven de 19 años identificada únicamente por las iniciales “KGM”, cuyo caso podría determinar cómo se desarrollarán miles de otras demandas similares contra empresas de redes sociales. Ella y otros dos demandantes han sido seleccionados para los juicios “bellwether”, básicamente casos de prueba para que ambas partes vean cómo se desarrollan sus argumentos ante un jurado y qué daños y perjuicios, en su caso, se pueden conceder, dijo Clay Calvert, investigador principal no residente de estudios de política tecnológica en el American Enterprise Institute.

Es la primera vez que las empresas expondrán su caso ante un jurado, y el resultado podría tener profundas repercusiones en sus negocios y en la forma en que tratarán a los menores que utilicen sus plataformas.

 

 

KGM alega que su uso de las redes sociales desde una edad temprana la hizo adicta a la tecnología y agravó su depresión y sus pensamientos suicidas. Y lo que es más importante, la demanda alega que esto se hizo a través de decisiones deliberadas de diseño tomadas por las empresas que buscaban hacer sus plataformas más adictivas para los niños con el fin de aumentar los beneficios. Este argumento, si prospera, podría eludir el escudo de la Primera Enmienda y la Sección 230, que protege a las empresas tecnológicas de la responsabilidad por el material publicado en sus plataformas.

“Tomando prestadas en gran medida las técnicas conductuales y neurobiológicas utilizadas por las máquinas tragamonedas y explotadas por la industria del tabaco, los demandados incorporaron deliberadamente en sus productos una serie de características de diseño destinadas a maximizar la participación de los jóvenes para obtener ingresos por publicidad”, dice la demanda.

Según su acusación, las firmas implementaron decisiones de diseño intencionadas, similares a las técnicas empleadas en los casinos, para fomentar la adicción de los menores y aumentar sus beneficios.

«No son simplemente daños colaterales de los productos. Son víctimas directas de decisiones de diseño de producto tomadas deliberadamente, que los empujaron a ciclos autodestructivos», señaló el texto presentado. Facebook afirmó que atribuir los problemas de salud mental de los adolescentes únicamente a las redes sociales «simplifica en exceso un problema serio» e ignorar otros factores, como la presión académica, la seguridad en los centros, dificultades socioeconómicas y el consumo de sustancias, no refleja la complejidad del asunto.

KGM es solo un caso de muchos en varios países europeos y sudamericanos: los distritos escolares de California iniciaron acciones similares por daños a menores, y Meta enfrenta más de 40 procedimientos estatales. El diario la Nación de Argentina dice sobre estos temas; «A veces, sin que ni siquiera me diera cuenta de lo que estaba haciendo, abría Instagram. Pero era una trampa un poco sin fin, porque una vez abierto (…) podía durar una hora», explica a AFP.

«Para el bien de mis estudios, fue necesario intentar poner fin a todo eso», agrega esta estudiante de Derecho, que recurrió a aplicaciones de limitación del uso del móvil.

Conectadas a otras aplicaciones del teléfono, como los juegos o las redes sociales, estas herramientas permiten a los usuarios pausas digitales, o mantener una disciplina.

Aunque surgieron hace unos años, recientemente se han multiplicado en las tiendas de aplicaciones.

«Se está produciendo como una especie de toma de conciencia colectiva», señala Laureline Couturier, cofundadora de la aplicación Jomo.

Esta aplicación, lanzada en 2022, propone restringir el uso de otras aplicaciones y webs, mediante el bloqueo del acceso en determinados horarios, el límite de tiempo por día o exigiendo esperar antes de abrir una opción.

Autofinanciada por sus dos fundadores, ahora reivindica 300.000 descargas en 149 países y se ha convertido en rentable.

En Hong Kong, Jenny Wat, asistente de investigación de 25 años, programa sus «desconexiones» de otras aplicaciones con Focus Flight, que simula un trayecto en avión mostrando en la pantalla el recorrido del vuelo o la vista desde la ventanilla, junto a un ruido de fondo aeronáutico.

«Ayuda de verdad a crear una atmósfera para trabajar», asegura. «Llevo poco tiempo teletrabajando y veo que en casa hay muchas distracciones, así que quería una aplicación para ayudarme a concentrar en lugar de escrolear», explica.

La aplicación Opal, que reivindica 10 millones de usuarios, también promete recuperar la concentración.

Según su fundador, Kenneth Schlenker, la aplicación suple las carencias de las opciones de limitación de uso ya integradas en las aplicaciones o smartphones.

Para las grandes empresas tecnológicas, «el objetivo principal es explotar las vulnerabilidades psicológicas de los usuarios», considera Schlenker. «A Google y Apple no les interesa que la gente pase menos tiempo interactuando con sus dispositivos», señala.

Opal busca que los usuarios puedan «beneficiarse de todo lo que aporta la tecnología (…) sin sufrir las consecuencias negativas», añade.

Pero incluso si se quiere limitar el uso de las plataformas, para muchos dejar de usarlas totalmente sigue siendo misión imposible. «Nunca quise eliminar por completo las redes sociales», cuenta Austin, de 33 años.

Este técnico ortopédico en París utiliza desde hace varios años dos aplicaciones para establecer el tiempo que pasa en línea. «Es realmente para tener una relación más definida, más controlada con las redes sociales», explica.

En Jomo, Laureline Couturier también aboga por este «uso voluntario». «El teléfono, lo queramos o no, seguirá estando presente en las próximas décadas», añade. Hélène, por su parte, dice que ya no necesita aplicaciones para limitar su tiempo de pantalla, después de haber suprimido Instagram de su celular para consultar su cuenta sólo en el ordenador. «De ahí a decir que lo he dejado por completo… sigo teniendo el teléfono a menos de un metro de mí 20 horas al día».

En el centro del debate esta presente la defensa y calidad de la salud mentalidad de millones ciudadanos, especialmente los jóvenes.

Mesa de prensa de La ONDA digital

 

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