El gobierno cubano no debería responder a esta queja desesperada con sus consignas habituales, repetidas año tras año.
Las soluciones que necesitamos son las que muchos ciudadanos esperan o exigen; algunos en la calle, otros en publicaciones en redes sociales donde expresan su decepción o inconformidad. Muchos lo hacen tras contar los pocos y devaluados pesos que tienen en sus empobrecidos bolsillos, y muchos, muchísimos cubanos, haciendo fila frente a las tiendas en silenciosa resignación durante horas, llueva o truene, incluso con una pandemia. Filas en los mercados para comprar comida, en las farmacias para comprar medicinas, para conseguir el pan de cada día y cualquier cosa que se pueda imaginar y necesitar.
No creo que nadie con sentido de pertenencia, soberanía o responsabilidad cívica pueda desear (ni siquiera pensar) que la solución a estos problemas provenga de cualquier tipo de intervención extranjera, y mucho menos de una intervención militar, como algunos han pedido, que también representa una amenaza porque siempre es un escenario posible.
Creo también que cualquier cubano residente dentro o fuera de la isla sabe que el bloqueo o embargo comercial y financiero de Estados Unidos (como quieran llamarlo) es real y se ha internacionalizado y endurecido en los últimos años, y que supone una carga extremadamente pesada para la economía cubana (como lo sería para cualquier economía).
Sin embargo, además de lo anterior, creo que los cubanos necesitan recuperar la esperanza y tener una visión posible de su futuro. Si se pierde la esperanza, se pierde el sentido de cualquier proyecto social humanista. La esperanza no se recupera a la fuerza. Se rescata y se nutre con soluciones, cambios y diálogos sociales. Cuando estos no llegan, se han producido muchos efectos desastrosos.
Tantos cubanos con ganas de emigrar y ahora el clamor desesperado de la gente, que también incluye a personas sobornadas y delincuentes oportunistas, estoy seguro, aunque me niego a creer que en estos tiempos haya tanta gente así, tanta gente nacida y criada entre nosotros que vende su alma o comete delitos. Pero si así fuera, sería el resultado de la sociedad que lo ha fomentado.
La fuerza y la oscuridad no pueden ser soluciones para convencer y calmar a estos manifestantes desesperados, como el apagón digital que mantuvo a muchos desconectados, pero que no ha impedido que quienes querían decir algo (ya sea a favor o en contra) se conecten. Además, la violencia no debe usarse como argumento, especialmente contra los no violentos. Además, ya sabemos que la violencia no siempre es física.
Parece que hay muchas cosas en juego por ahora. Quizás incluso más adelante, cuando llegue la calma tras la tormenta. Quizás los extremistas y fundamentalistas no logren imponer sus soluciones, y estas no se basen en el peligroso estado de odio que se ha gestado en los últimos años.
En cualquier caso, se necesitan soluciones, respuestas no solo materiales, sino también políticas, para que una Cuba mejor y más inclusiva pueda abordar las razones subyacentes de este grito de desesperación y desesperanza que muchos de nuestros compatriotas han estado profiriendo, en silencio, pero con firmeza, desde antes del 11 de julio. Estos son los gritos que cayeron en oídos sordos, y todo este lodo surgió de esta lluvia.
Como cubano que vive, trabaja y cree en Cuba, creo plenamente que tengo derecho a pensar y opinar sobre el país en el que vivo, trabajo y creo. Sé que en momentos como estos, y siempre que uno intenta expresar una opinión, normalmente recibe un «Eres reaccionario para algunos y comunista para otros», como dijo una vez Claudio Sánchez Albornoz. Yo también asumo este riesgo, como un hombre que quiere ser libre y espera serlo cada día más.
Por Leonardo Padura escritor cubano
Material tomado del Facebook de Laura Cabrera
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