“Modigliani, tres días en Montparnasse”: Crónica sobre un genio incomprendido

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El genio artístico, la bohemia, la adicción, la enfermedad, el antisemitismo, la discriminación, la pobreza y la guerra son los siete soportes argumentales de “Modigliani, tres días en Montparnasse”, el segundo y esperado largometraje del actor y cineasta norteamericano Johnny Depp, que indaga en la turbulenta vida del formidable pero malogrado pintor y escultor italiano Amadeo Modigliani, fallecido prematuramente de tuberculosos a los 35 años de edad, en una situación de pobreza extrema más propia de un mendigo que de un creador de superlativa enjundia.

Como muchos de sus colegas, este artista plástico, que era oriundo de Livorno, Italia, no fue debidamente reconocido en su época, porque su arte no era entendido o bien era radicalmente rechazado, por su proliferación de desnudos femeninos que escandalizaban a los conservadores y por la dureza de los rostros de sus figuras, que, según él, representaban la realidad que observaba cotidianamente y no la visión edulcorada de los conformistas.  Incluso, otro factor que casi seguramente influyó en sus creaciones, fue su adicción al hachis, que suele provocar alucinaciones y, en algunos casos, visiones pesadillescas.

Su obra está fuertemente influenciada por la denominada Escuela de París, que mixtura el expresionismo, el surrealismo y el cubismo, debido a la confluencia y convivencia de relevantes artistas entre 1915 y 1040, como el malagueño Pablo Picasso,  el bieloruso Mrc Chagall, el también bueloruso Chaim Soutine, el francés Robert Delaunay y su pareja, la ucraniana Sonia Robert Delaunay, el japonés  Tsuguharu Foujita y el propio Modigliani, entre otros

Por supuesto, era denostado también por su vida disipada,  por cierto promiscuidad y por su extrema pobreza y audacia, que lo situaban en las márgenes mismas de la sociedad parisina de la segunda década del siglo pasado.

El telón de fondo de esta historia que transcurre en apenas tres días en París, es la Primera Guerra Mundial, que azotó a Europa entre 1914 y 1918 y se transformó en la primera tragedia colectiva del siglo pasado, que dejó un tendal de víctimas que se estima en uno 30 millones de personas muertas.

El devastador conflicto enfrentó grandes bloques: las Potencias Centrales, que eran Alemania, Austria-Hungría, el Imperio Otomano y Bulgaria contra la Triple Entente, integrada por Francia, Reino Unido, Rusia, Serbia, Japón, Italia y Estados Unidos.

En ese contexto, Francia fue uno de los países que más sufrió esta hecatatombe, porque fue el escenario principal del Frente Occidental, padeciendo la muerte de casi un millón y medio de personas, la quinta parte de la población movilizada, así como cuantiosos daños materiales. Todo quedó tatuado en la memoria colectiva de los franceses, que desempeñaron un rol que debería calificarse de heroico.

En esta película, la guerra aparece como algo lejano, cuando se observan las explosiones en el horizonte, pero también como algo cercano, que generó profundo miedo y conmoción.

Empero, este dramático episodio no parece incidir mucho en la peripecia de los personajes, que se mueven en su mundillo artístico y cuasi subterráneo, caracterizado por la bohemia.

La historia comienza con una impactante pero no menos caótica escena, cuando Modigliani provoca a un hombre de la alta sociedad en un restaurante, lo cual genera un serio incidente entre ambos, que culmina con el artista destrozando un gran vitral y huyendo presurosamente del ofendido y de la Policía.

La jocosidad de la larga secuencia configura inicialmente una suerte de comedía en blanco y negro, que emula a los mejores exponentes del cine norteamericano, cuyo auge se consolidó durante el período del cine mundo,  entre 1910 y 1930, con emblemáticas figuras de la talla de Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Loyd. Su éxito se mantuvo en las décadas siguientes, por lo menos hasta bien entrados los años sesenta.

Empero, esta película no es una comedia de golpe y porrazo ni una comedia romántica, pese a que el protagonista, que es un auténtico latín lover y está interpretado notablemente por el actor italiano Riccardo Scamarcio, entabla un fogoso amorío con 

Beatrice Hastings (Antonia Desplat), una crítica de artes plásticas tan alocada como él.

En ese contexto, ambos comparten el sexo, pero también el alcohol y el hachis, lo cual los transforma en una suerte de almas gemelas. Aunque los conflictos ente ambos son permanentes, hay una complicidad que parece transcender a todo disenso.

El problema es que el pintor, que trabaja sin cesar, no logra vender ningún cuadro, porque su obra es mal vendida o bien porque resulta ser demasiado grotesca para coleccionistas o supuestos amantes del arte. Es, en definitiva, un total y absoluto fracasado y, por ende, un marginal.

Viviendo en una ruinosa pieza de pensión, el célebre artista comparte vivencias no exentas de irracionalidades con otros dos colegas: el borracho empedernido Maurice Utrillo y Chaïm Soutine, un pintor bielorruso bastante enajenado capaz de retratar toda la podredumbre que se observa y hasta se huele.

Ese es el ambiente en el cual Modigliani se siente como pez en el agua, porque tanto él como sus amigos y colegas, viven en la periferia de la sociedad, entre la mugre y la droga y sin poder obtener el reconocimiento que sus cualidades artísticas sin dudas merecen. Es claro que, más allá del talento y pasión, el arte sólo existe si alguien lo aprecia y, lo que es aun más importante, si alguien paga por una pieza pictórica y le otorga valor de mercado.

¿Realmente, el arte tiene valor de mercado?  Por supuesto. Incluso hoy, que parece ser un tiempo histórico marcado por la peor de todas las frivolidades y vacío de sensibilidad, un cuadro puede costar millones de dólares. En efecto, una pieza de Amadeo Modigliani alcanzó un récord, vendiéndose a 157 millones de dólares en 2018, Se trata de  Nu couché (Desnudo acostado), que se comercializó  en una subasta de Sotheby’s, en Nueva York.

Es decir, que si viviera hoy, el denostado Modiglani sería millonario, pese a que en su tiempo murió pobre y enfermo, el 24 de enero de 1920, en el Hôpital de la Charité, que por entonces era un centro médico que se dedicaba a atender a los mendigos.

Hace unos meses, en este mismo portal, yo reseñé el film “El cuadro robado”, del realizador francés  Pascal Bonitzer, cuyo protagonista es un rematador que trabaja para una poderosa empresa de subastas y encuentra un cuadro de un pintor que realmente existió, que fue robado a un judío por los nazis.

Por ende, de algún modo, el arte se transforma en poder económico y, aunque cueste creerlo por estos lares, en una industria muy lucrativa. Naturalmente, esta tendencia es patrimonio de los países desarrollados, donde se amasan grandes fortunas y no de las naciones periféricas que, salvo excepciones, ostentan altos niveles de pobreza. Ello no quiere decir que invertir en arte sea un despilfarro, sino todo lo contrario, porque el arte moviliza la sensibilidad y, naturalmente, también moviliza los bolsillos y las cuentas bancarias.

Empero, para el artista, su arte también es fuente de frustración, porque cuando el pintor no vende sus pinturas se transforma en un frustrado y, naturalmente, se siente fracasado. En efecto, durante todo el transcurso de esta historia, el protagonista aguarda con ansiedad que el polaco Léopold Zborowski (Stephen Graham), se encuentre con Maurice Gangnat (Al Pacino), un coleccionista rico que parece interesado en las pinturas, pro también en las esculturas del célebre creador.

Precisamente, Al Pacino fue el verdadero precursor de esta película, que se inspira en la obra teatral homónima del dramaturgo Dennis McIntvre. Sin embargo, asumió que no podía interpretar a Modigliani en el cine, porque ya era demasiado mayor para hacerlo. Tampoco lo pudo hacer el propio Johnny Deep, que tampoco cuadraba con el personaje.

Empero, el proyecto cinematográfico siguió igualmente adelante, y el actor seleccionado fue Riccardo Scamarcio, que además de tener cierto parecido físico con su interpretado, destila talento en estado químicamente puro.

De algún modo, la bohemia de esa comunidad de artistas funge como una suerte de anticuerpo contra el fantasma de la guerra, que planea como un demonio enfurecido en cada ataque  perpetrada contra París. Sin embargo, en este relato no aparecen soldados, cañones ni ni armas cortas o largas. Tampoco cuerpos mutilados. En efecto, sólo se visibiliza la guerra a través de explosiones, densas cortinas de humo y luces que en el horizonte nocturno emulan a a relámpagos.

Empero, en este relato el relámpago es dominante, pero no está relacionado con la naturaleza ni con violencia sino con la creación. Es el relámpago del genio artístico que fluye de las prodigiosas manos del protagonista. Sin embargo, este se da de bruces contra la realidad, que es la indiferencia ante su obra. En ese marco, lo que se insinuaba inicialmente como una liviana comedia deviene en un panorama radialmente desolador, porque mientras mediocres burgueses amasan sus fortunas, un talento mayor vive virtualmente en la indigencia, no sólo por su temperamento desprejuiciado sino también por la incomprensión y la falta de valoración.

Cuando el film deviene en drama, afloran los demonios interiores del protagonista, que comienza a acostumbrarse a convivir con la muerte, no sólo por la presencia muy cercana de la guerra, sino también por su tuberculosis, que aflora cada vez que tose con sangre. Incluso, la proximidad de la parca se sugiere en las pesadillas y las alucinaciones generadas por su incurable adicción a las drogas, que, aunque operan como una suerte de evasión, lo van aniquilando lentamente y anticipan un fatal desenlace.

El film aporta la magia adicional de  intercalar escenas en blanco y negro con el mismo encuadre y la misma técnica del cine mudo, en las secuencias de mayor acción. Ellos genera una sensación retrospectiva, que apunta a homenajear los orígenes mismos del séptimo arte.

Incluso, la banda sonora incluye deliberadamente una música que no se condice con el tiempo en el cual está ambientada. Sin embargo, igualmente armoniza con el conjunto de la creación.

Aunque  “Modigliani, tres días en Montparnasse” no es una película memorable ni nada que se le parezca, demuestra, sin dudas, el oficio del director para recrear una época emblemática y a un personaje sin dudas también muy emblemático y un auténtico icono del arte universal, por más que allá que fue virtualmente ignorado en su época.

En ese contexto, Johnny Depp  logra una buena mixtura entre la comedia, el drama y el testimonio, con lo cual rescata en parte el legado de una de las figuras más descollantes de las artes plásticas de todos los tiempos, que, más de un siglo después, sigue siendo admirado por su indudable genio creativo.

Igualmente, este largometraje logra condensar el espíritu libre de un personaje sin dudas muy singular, que desafió el statu quo de su tiempo y rompió no sólo con los cánones dominantes en materia artística, sino también con rígidos paradigmas culturales hasta entonces inamovibles.

Más allá de su envase histórico y estético, esta película trabaja primordialmente con el personaje en su interactuación con su entorno y en su compromiso ético, no sólo con su arte sino también con un estilo de vida. En ese marco, las críticas de sus detractores han enfatizado en esa obsesión por centrarse más en el creador que en su propia creación. Empero, esa es realmente una de las principales virtudes de este largotraje, en la medida que el creador es indivisible de su creación.

Al respecto, se le imputa la escasa relevancia que se otorga a los personajes secundarios. Empero, lo claro es que ellos no tuvieron tanta incidencia sobre su vida, en la medida que la avasallante personalidad del artista rompió con todos los moldes y las imposturas de una época contaminada por la hipocresía, por los tabúes,  por los prejuicios y hasta por el creciente antisemitismo. De hecho, el artista era judío y ese era otro motivo de rechazo.

Es que Amadeo Modigliani era realmente un ególatra y un enamorado de su arte, lo cual, al ser rechazado, lo transformó en un ser profundamente desencantado y hasta desequilibrado emocionalmente, a causa de sus empedernidas adicciones, incluyendo el alcohol y el consumo de hachis. Fue precisamente esa vida turbulenta y con escaso cuidado por su salud personal lo que lo condujo inexorablemente a una muerte prematura, antes de lograr consolidarse como artista y ser valorado por la calidad de su producción.

Caótica, rebelde y cuasi nihilista. Así fue Modigliani y así lo relata esta película que, más allá de sus eventuales carencias y por momentos caídas de tensión, constituye igualmente un valioso testimonio que rescata a una de las personalidades artísticas más singulares y relevantes del primer tercio del siglo pasado. Hoy, en un contexto histórico y cultural radicalmente diferente al de hace más de un siglo, es valorado y reivindicado. El tiempo le hizo justicia y lo puso en el lugar que se ganó por mérito propio, pese a todas las adversidades padecidas y a su propio instinto autodestructivo.

Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario

FICHA TÉCNICA

Modigliani, tres días en Montparnasse (Modi: Three Days on the Wing of Madnes). Reino Unido, Estados Unidos, Italia 2025. Dirección: Johnny Depp. Guión: Jerzy Kromolowski y Mary Olson-Kromolowski, basado en una novela de Dennis McIntyre. Fotografía: Nicola Pecorini, Dariusz Wolski. Música: Sacha Puttnam y Stephen McLaughlin EdiciónMark Davies. Reparto: Riccardo Scamarcio, Antonia Desplat, Bruno Gouery, Ryan McParland, Luisa Ranieri, Stephen Graham y Al Pacino. 

 

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