EE.UU. y su Holocausto en cámara lenta

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Así calificó David Simon lo que sucede en los Estados Unidos con los trabajadores desocupados, los marginados, los drogadictos, los pobres, negros, blancos y marrones.
Lic. Fernando Britos V.

 

 David Simon, que este año cumplirá 66 años, es, junto con Edward Burns (n. 1968), autor, guionista y productor de una de las series televisivas más importantes de las últimas décadas, . [i]  Junto con Los Soprano (1999/2007; HBO), Breaking Bad (2008/2013; FX); Six Feet Under (2001/2005; HBO), E.R. (Emergency Room) (1994/2009; NBC) y la miniserie La Esquina (2000; HBO), mantiene su “vigencia aumentada” en todo el mundo y especialmente en los Estados Unidos gobernados por Donald Trump, Marco Rubio y su pandilla.

Simon, el periodista que abandonó el Baltimore Sun cuando el periódico fue comprado por una cadena interesada únicamente en los beneficios inmediatos, y Ed Burns, un ex policía y después ex maestro de escuela, concibieron y desarrollaron The Wire.

 

F. Britos

Simon, como Burns, es un viejo luchador, un hombre de izquierda que nunca se ha quedado callado. Hijo de un combativo dirigente de la colectividad judía estadounidense, se ha enfrentado con gobiernos de su país en su lucha por la justicia y los derechos de los más débiles, especialmente con Trump a quien ha calificado reiteradamente como un imbécil peligroso.

Simon también reclamó a la poderosa colectividad judía estadounidense retomar el camino de respaldo a los derechos civiles y a la justicia social. Como es sabido, las grandes instituciones judías que en las décadas de los 50 y los 60 del siglo pasado veían con simpatía a los afroamericanos y su lucha contra el racismo, se han ido derechizando. Se han plegado en su mayor parte al sionismo y su versión estadounidense del supremacismo blanco ultranacionalista contrario a los afroamericanos, latinoamericanos y a los más desvalidos.

Este viraje va de la mano con la identificación de las organizaciones judías con el sionismo y con los regímenes israelíes y su militarismo y agresividad genocida contra los palestinos. Una de las mentiras que el sionismo viene difundiendo activamente, desde que el fin de la Segunda Guerra Mundial dejara al descubierto los horrendos crímenes del nazismo, el llamado holocausto que se llevó a cabo contra los judíos europeos, contra los gitanos y contra pueblos eslavos, es que este fenómeno fue único,  irrepetible, de modo que desde el punto de vista sionista los millones de víctimas del exterminio nazi justifican cualquier tipo de actos por parte del gobierno de Israel.

Las desdichadas víctimas de los campos de exterminio del Tercer Reich no solamente han servido para opacar otros genocidios, como el cometido por los turcos contra los armenios, o el genocidio en Ruanda, sino para “justificar” todo tipo de arbitrariedades, segregación racial, actos terroristas y exterminio, que los hebreos han venido desarrollando en Medio Oriente desde antes de la proclamación del Estado de Israel en 1948 y que alcanzan nuevas cotas de horror en Gaza y en Cisjordania en la actualidad.

Por eso, cuando David Simon dice que lo que hace el gobierno estadounidense con sus conciudadanos más débiles, con los afroamericanos, los indígenas, los desocupados, los pobres, es “un holocausto en cámara lenta” está tocando un nervio muy sensible de la conciencia ciudadana y democrática capaz de oponerse al ultranacionalismo, al racismo y al imperialismo agresivo de Trump y su gobierno. Sus declaraciones no pueden ser calificadas como antisemitismo, que es el recurso favorito de los sionistas para justificar los crímenes israelíes.

Una faceta fundamental del trabajo de Simon como autor y guionista ha sido fomentar la reflexión y denunciar el conformismo ante las mentiras y actos imperialistas. Hace unos años, Simon llegó a un acuerdo con la productora Mediapro para una miniserie de seis episodios que llevará por título A Dry Run y contará con los guionistas George Pelecanos y Dennis Lehane, que ya trabajaron con Simon en The Wire y Los Soprano. [ii]

Profundizar en las razones que llevaron a concebir The Wire es importante a nivel global. Cuando se le preguntó a Simon, quince años después de terminada la serie acerca de como estaba la situación en Baltimore contestó que mucho pero mucho peor. El valor universal de la serie se basa en la crónica del enfrentamiento al narcotráfico, a sus efectos desintegradores a nivel de la salud y de la sociedad, a la forma en que afecta a todos los individuos, a la corrupción de la vida urbana y a los desafíos que todo esto acarrea. [iii]

La “guerra contra las drogas” es un fracaso en los Estrados Unidos y la población ha sido abandonada a su suerte. También ha servido propagandísticamente para maquillar actos brutales como la intervención en Venezuela. A nivel de nuestro país, una gigantesca estafa piramidal y de lavado de plata sucia (Conexión Ganadera y otras) es la expresión de la conexión solapada del lavado de activos con los crímenes del narcotráfico.

Justo por debajo de la superficie de su narración, The Wire expone los motivos de las personas que intentan salir adelante en una sociedad en la que instituciones indiferentes tienen más derechos que los seres humanos. Eso incluye a los burócratas a ambos lados de la ley; las culturas de la adicción al poder, a la ambición o a la droga y las fauces del capitalismo más descarnado. Esto es lo que sostiene Rafael Álvarez, uno de los estadounidenses que fue guionista de la serie. [iv]

Sobre los orígenes de The Wire, Simon ha advertido que como medio para contar historias serias la televisión tenía poco para decir y lo había tenido durante toda su existencia porque la manera de contar historias se había estructurado, desde un principio, alrededor de las pausas para publicidad. Las tandas publicitarias eran (y generalmente son) tan vitales que los guionistas, directores y actores debían engatusar a los espectadores para que su viaje a la cocina o al baño no se convirtiera en un alejamiento definitivo del televisor o lo que es todavía peor en un cambio de canal control remoto mediante.

En ese marco, a los que desarrollan el relato no les queda otro recurso que utilizar los paradigmas más elementales: el bien y el mal, los buenos y los malos, héroes y villanos, como personajes simples. Los argumentos tienen que estar al alcance de los más ignorantes y sobre todo de los más indiferentes de los telespactadores. Lo más inofensivo y lo mas gratificante es lo que debe hacer que quienes se sienten cómodos se sientan aún más cómodos e ignoren a los que sufren, porque de esta manera se venden más autos, más calzado deportivo, más cosméticos, más gaseosas, más teléfonos celulares.

El reflejo televisivo de la experiencia estadounidense – asegura Simon – es por extensión el de “las democracias de libre mercado occidentales” que nos ha llegado desde las alturas. Los “westerns, las series de policías, de abogados, las telenovelas largas y melodramáticas, las comedias de situación, todo ha sido concebido por profesionales de la industria audiovisual que las entidades empresariales después han conformado para que calmen y tranquilicen a la mayor cantidad de espectadores, insuflándoles la idea de que su futuro es mejor y más brillante de lo que realmente va a ser y de que “nunca ha habido mejor momento para comprar y consumir”.

Hasta hace poco – dice Simon – toda la televisión tenía como objetivo vender  los espacios intercalados en esas historias, las tandas comerciales. Durante el medio siglo de existencia de la televisión que, en términos generales coincide con la segunda mitad del siglo pasado, la televisión comercial ha creado sus programas alrededor de los anuncios y no al revés como pudiera parecerle a alguno.

En América Latina, África, Asia y buena parte del mundo subdesarrollado, la televisión ha funcionado sobre todo para proyectar esa imagen del sueño norteamericano, del país de las oportunidades, de modo que para llegar a él a pesar de las tremendas peripecias y los riesgos mortales, cientos de miles de hombres, mujeres y niños, se siguen lanzando a penetrar sus fronteras y a vivir aterrorizados ante la posibilidad de ser capturados o asesinados por los encapuchados del ICE.

David Simon sabe que HBO es parte rentable e importante de Time Warner un mastodonte mediático cuyo principal interés es vender y promover el consumismo y, sin embargo, en HBO el producto que se vende ha sido o fue la programación y esa diferencia supuso una pequeña ventana de oportunidad que permitió que grandes contenidos, como Los Soprano y The Wire fueran emitidos.

Los creadores y guionistas de esas series extraordinarias tuvieron que enseñarle al público a ver televisión de otra manera, a detenerse a pensar, a prestar atención, a sumergirse en la historia en otra forma que antes no se les exigía. Según Simon, la mayor complicación fue que tuvieron que hacerlo  empleando un género y sus recursos que era el terreno de las narraciones más básicas y obvias: las series policiales se habían convertido en lo más típico de la televisión estadounidense y de lo que sucedía en cuatro de sus grandes ciudades.

El género policial había reemplazado “al vacío e implacable paisaje del Oeste como escenario principal de historias con moraleja. Las mejores series de policías trataban esencialmente sobre el bien y el mal. Justicia, venganza, traición, redención, “no queda mucho en el cruce entre lo que está bien y lo que está mal que no haya sido explorado en forma completa y, a veces, brillante”. “The Wire, en cambio – afirma su creador – aspiraba a otra cosa. En concreto, nos aburría el bien y el mal (…) Al fin y al cabo, la narración que quiere dialogar con nuestra situación actual (la de hace veinte años) y que se enfrenta a las realidades básicas y a las contradicciones de nuestro mundo cotidiano, crean historias que al final pueden plantear ideas sociales e incluso políticas. Y, para ser sinceros, The Wire no intentaba solo contar un par de buenas historias. Teníamos unas ganas tremendas de buscar pelea”.

Por eso The Wire no trata realmente sobre sus personajes o sobre el crimen y el castigo , ni sobre la guerra contra las drogas, ni sobre la política, ni sobre raza, ni sobre la educación o los sindicatos o el periodismo. Trata sobre la ciudad. [v]

En el mejor de los casos las ciudades son la culminación de las aspiraciones de la comunidad, “el depósito de todos los mitos y esperanzas de la gente que se aferra a los lados de lo que es la resbaladiza pirámide del capitalismo”. “En el peor, nuestras ciudades – o esos barrios a los que la mayoría no nos atrevemos a ir –  son recipientes que contienen las contradicciones más oscuras y la competición más descarnada que se oculta bajo la forma en que convivimos o no logramos convivir”.

Los mitos son importantes, incluso esenciales, para la psique de una nación y “los estadounidenses, en particular, se aferran desesperadamente a su mito nacional”. Es hasta cierto punto comprensible – explica Simon – que una verdad elemental sea revestida con el barniz del heroísmo y del sacrificio nacional. Pero traspasar las mismas mentiras de una generación a otra de modo que el sentido colectivo del experimento resulte más reconfortante es donde el mito cobra un precio demasiado alto, para los Estados Unidos y para el mundo entero. En una nación joven que debe abrirse paso, un grado moderado de fanfarronería estúpida posee cierto encanto rústico. En una superpotencia tecnológica militarizada y que se ha excedido en sus impulsos económicos y de política exterior, empieza a parecer orwelliano, es decir fascista y brutal como el matonismo de Trump.

Simon dice que, en el año 2002, eran observadores, pero no tenían una idea clara del futuro. “Vimos que había elementos en nuestra cultura que eran parasitarios y ególatras; que la avaricia y rapacidad de una sociedad que exaltaba el beneficio y los mercados por encima de cualquier otro marco social acabaría reclamando un precio enorme. Pero entonces ya comprobaron que en su cultura nacional había una incapacidad cada vez mayor, no ya para tratar con honestidad nuestros problemas sino tan siquiera para reconocerlos. “No teníamos idea de que la avaricia se había convertido en política oficial y tampoco nos dimos cuenta de que no se trataba de que hubiera elementos deshonestos dentro de unos sistemas corruptos sino que esos elementos deshonestos estaban al mando de esos sistemas (…) No pudimos preveer las mentiras vanas y los autoengaños que nos llevaron a la incomprensible desventura en Iraq”. [vi] 

The Wire empezó como una historia clavada entre dos mitos estadounidenses. El primero dice que, si en ese país eres más listo que los demás, si eres astuto y frugal o un visionario, si construyes una ratonera mejor que las otras, si llegas primero con una idea mejor, tendrás éxito más allá de lo que jamás hayas soñado. Por virtud de los procesos de libre mercado es justo decir – afirma Simon – que este mito hoy más que nunca es cierto. No solo en Estados Unidos sino en todo Occidente y en muchas naciones emergentes. Cada día se bautiza a uno o dos nuevos millonarios. O  diez. O veinte. Pero también existe otro mito que apoya a este primero y que ha servido de contrapeso contra el capitalismo desatado y triunfante que valora los logros individuales hasta un punto en que excluye toda responsabilidad social y por tanto valida las fortunas amasadas por aquellos más sabios y afortunados.

Hubo un tiempo, en los Estados Unidos, en que nos complacíamos en decir que aquellos que no son tan listos, ni visionarios, que no construyen las mejores ratoneras, también tienen un sitio en nuestra sociedad. El mito sostiene que quienes no son taimados ni astutos, pero están dispuestos a levantarse todos los días y trabajar duro y luego volver a su casa y mantener su compromiso con su familia, su comunidad y las instituciones a las que hayan querido servir, también ellos recibirán una porción del pastel. Puede que no conduzcan un coche lujoso, ni puedan salir a comer fuera los fines de semana, puede que sus hijos no puedan asistir a una universidad privada y que el domingo no vean el partido en una pantalla gigante pero tendrán su sitio y no serán traicionados. En Baltimore, como en tantas otras ciudades, esto ya no es un mito sino una mentira lisa y llana.

Simon dice que en Baltimore las montañas de chatarra, los muelles y fábricas abandonadas, son el testimonio de una economía que cambió y después volvió a cambiar dejando fuera a generaciones enteras de trabajadores sindicalizados. El costo para la sociedad es incalculable, aunque tampoco nadie se detuvo a calcularlo. Los dirigentes y gobernantes políticos y económicos no le dieron importancia a ese horror y sufrimiento. A veces incluso lo ridiculizaron frívolamente. La sugerencia de Margaret Thatcher de que no hay ninguna sociedad que deba ser considerada más allá del individuo y su familia es significativa del desprecio, de finales del siglo XX, hacia la idea de que las naciones-estado debían ofrecer a sus ciudadanos algo parecido a un propósito común y un sentido de pertenencia. [vii]

La gentrificación expulsó a los afroamericanos de las deterioradas zonas residenciales para reconstruirlas para los blancos adinerados, creó guetos (en una ciudad en la que los dos tercios de los habitantes son negros). La educación pública sufrió gran decadencia porque preparaba a los niños para una economía que no los necesitaba en absoluto, lo que los lanzó del desempleo a la venta de drogas en las calles. El desastre de la policía donde  se ascendía a los jefes más incompetentes y no a aquellos verdaderamente capaces de investigar los crímenes (a principios de la década de 1980 el 80% de los homicidios eran resueltos, en el 2008 los resueltos eran menos del 35%).

Los estadounidenses que sobran: ex trabajadores del acero, ex estibadores, traficantes de poca monta y adictos y un enorme ejército de hombres jóvenes contratados para perseguir y encarcelar a los traficantes y a los adictos, a las prostitutas y sus clientes y a los hombres que manejan a las prostitutas y coaccionan a los clientes, todos ellos innecesarios y separados del modelo económico del siglo XXI que hace tiempo que los considera irrelevantes. “The Wire trata sobre la porción del país que hemos descartado – dice Simon – y del costo que ello implica para la psique nacional. Nadie contempla seria y sinceramente la desesperación de esta gente.

Finalmente recordemos a los guionistas de la serie, sobre todo porque entre ellos se encuentran luchadores y algunos de los mejores novelistas actuales de los Estados Unidos.

David Simon trabajó en The Baltimore Sun hasta que Wall Street descubrió la industria periodística y la destripó buscando beneficios de corto plazo. La cadena que compró el diario descubrió que ganaba más haciendo una publicación mediocre que una buena.

Edward Burns fue policía de homicidios en Baltimore hasta que las políticas del Departamento y una serie de comandantes “que lo único que querían era salvar su culo” acabaron con el buen trabajo policial y Ed se hizo maestro de escuela pública antes de dedicarse a tiempo completo a escribir.

George Pelecanos, nació en 1957 en Washington D.C., hijo de inmigrantes griegos; trabajó en la cafetería de su familia, vendió zapatos, trabajó en un bar, fue cocinero y lavaplatos y después pasó años escribiendo novelas sobre esa parte de la capital estadounidense que sigue siendo virtualmente invisible para los gobernantes y donde la vida de los negros se marginaliza [viii]

Rafael Álvarez, nacido en 1958, en un hogar de ascendencia española y polaca trabajó desde muy joven en el Baltimore Sun hasta el año 2000. Vio como el trabajo de su padre en los remolcadores del puerto terminó en manifestaciones de protesta ante la gran empresa que lo despidió. Él mismo después del periodismo trabajaba como marinero raso en un barco tendedor de cables cuando HBO lo fue a buscar como guionista.

Richard Price pasó hora tras hora y día tras día en los barrios bajos de Jersey City buscando sus voces trágicas y perdidas. El resultado fue su gran novela Clockers de 1992. Varias han sido traducidas al español además de Clockers (en 1994). Por ejemplo: Lush Life (Vida exuberante) o The Wanderers, las pandillas del Bronx.

Dennis Lehane, nacido en Boston en 1965, descendiente de irlandeses, ha escrito novelas extraordinarias ambientadas en su ciudad, cinco de las cuales han sido llevadas al cine, la más conocida Mystic River, dirigida por Clint Eastwood. Quienes prestan atención a la liquidación de saldos que se hacen a veces en los supermercados habrán tenido la satisfacción, el año pasado, de encontrar a precio irrisorio, Ese mundo desaparecido (en español en 2016), el último volumen de una trilogía sobre el mundo de la mafia. Según Simon, Lehane trajo a The Wire el dolor de la clase trabajadora y el hambre de los barrios sin ley.

Finalmente, Bill Zorzi. William Zorzi, nacido en 1954, trabajó añares en el Baltimore Sun donde estaba a cargo de las páginas de política local y nacional. Allí trabó amistad con Simon. Es prolífico guionista pero no ha escrito novelas.

Se trata de escritores profesionales. Sería pomposo y un fraude pretender que eramos perfectos proletarios – dice Simon – porque una cosa es hacerse eco de las voces de los estibadores y de los adictos, de los detectives y de los traficantes y otra muy distinta afirmar que esas voces son las nuestras. En todas las historias de Baltimore existe una fe inquebrantable en la capacidad de los seres humanos, en el reconocimiento cuidadoso de nuestras posibilidades, de nuestro humor e ingenio, de nuestra capacidad para de algún modo sobrevivir. De forma humilde, pero al mismo tiempo convincente, hay una celebración humanista en puntos en los que la esperanza, aunque no esté enunciada, subyace claramente en la trama.

Las historias son duras pero al menos están contadas con cariño – señala el autor – con matices y afecto hacia todos los personajes, de modo que sea lo que sea que el espectador acabe pensando acerca de los policías y los traficantes, los estibadores y los políticos, los profesores y los periodistas y todas las demás almas que se mueven en el universo de The Wire, sabe que son parte inseparable de la misma tribu, que comparten las mismas calles y que están enzarzados en la misma e intemporal lucha. 

[i]    The Wire es una serie emitida por HBO en los Estados Unidos entre el 2003 y el 2008. En Uruguay, sus sesenta capítulos en cinco temporadas consecutivas pudieron verse bajo ese nombre. En otros países adoptó otros nombres. El antecedente de The Wire fue la mini serie La Esquina (seis capítulos), también emitida por HBO en el año 2000. En ella Simon, ex periodista del Baltimore Sun, se propuso superar las limitaciones y convencionalismos de los relatos detectivescos o policiales en los cuales se comete un crimen, la policía busca al autor y lo detiene. Simon se propuso mostrar las miserias de los pobres de su ciudad natal y narraba la vida de una familia que vivía en la intersección de North Monroe y West Fayette, la esquina donde existía un dinámico tráfico de drogas, con un realismo implacable. Todos los personajes mantenían algún tipo de relación con las drogas, ya fuera como camellos, consumidores, policías o simples vecinos que debían esquivar las redadas ocasionales y las jeringas tiradas por el piso cuando se dirigían a sus trabajos mal remunerados. 

[ii]            En Estados Unidos, el Batallón Lincoln fue considerado como un símbolo de la lucha contra la desigualdad y la opresión fascista y tuvo que ver con la campaña a favor de la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, después de la guerra, los más de 2.500 hombres y mujeres que participaron en el mismo fueron acusados de ser simpatizantes de la Unión Soviética y, durante la caza de brujas del macarthismo, cuando se persiguió a cualquier sospechoso de ser simpatizante del marxismo, fueron considerados un peligro para la seguridad nacional. Sus miembros supervivientes mantuvieron cierta cohesión al regresar a su país, organizando reuniones periódicas de encuentro y conmemoración en los años sucesivos. Edward Allen Carter Jr. (1916-1963) uno de los muchos negros que integraron el Batallón Lincoln, peleó en China contra los japoneses, después en España y posteriormente combatió durante la Segunda Guerra Mundial, como Sargento Primero de la 12ª División Blindada del ejército estadounidense. Recibió póstumamente la Medalla de Honor en la década de los 90 cuando se rehabilitó a varios afroamericanos que se distinguieron por su valor en la Segunda Guerra y que habían sido postergados por racismo. Ahora Trump y su pandilla están haciendo exactamente lo contrario: han prohibido recordar y reconocer las acciones valerosas de los soldados negros de todos los tiempos.

[iii]   Baltimore es la ciudad más grande del estado de Maryland, fue un puerto importante de la Costa Este de los Estados Unidos y también un centro industrial. La ciudad fue fundada a principios del siglo XVIII, más o menos al mismo tiempo que, en el Río de la Plata, se producía la fundación de Montevideo. Desde principios del siglo XXI ha ido perdiendo población y la ciudad propiamente dicha tenía unos 568.000 habitantes en 2024. A grosso modo, los dos tercios de sus habitantes son afroamericanos y un tercio son blancos. A principios del siglo actual un 20% de la población estaba debajo de los niveles de pobreza. En el 2024, el New York Times apodó a Baltimore como la “capital estadounidense de la sobredosis”. Entre 2018 y 2022, la tasa de mortalidad relacionada con las drogas fue casi el doble de alta allí que en cualquier otra gran ciudad estadounidense. El principal asesino: el fentanilo. Ahora se asegura que, desde el auge de los opioides, en 2021, el panorama ha mejorado, incluso en Baltimore, aunque por lo que dice Simon esas manifestaciones hay que tomarlas con pinzas y puede ser que el número de sobredosis fatales no haya caído un 35% como dicen (1.043 en el 2023 a 680 en el 2024).

[iv]   Rafael Álvarez (Baltimore, 1958) periodista, compañero de Simon en The Baltimore Sun, escritor y guionista ha escrito “The Wire, toda la verdad” (2013), con una introducción de David Simon, Ed. Principal de los Libros, Barcelona.

[v]    “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” figura como el más conocido aforismo de León Tolstoi.

[vi]   Simon se refiere a la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos y sus aliados (Gran Bretaña y Australia) el 20 de marzo de 2003, para ocupar el país y derrocar y ahorcar al presidente Saddam Hussein. La ocupación militar se extendió hasta diciembre del 2011.    

[vii]        Margaret Hilda Thatcher (1925 – 2013), fue Primera Ministra de Gran Bretaña desde 1979 a 1990. Su aplicación de las políticas derechistas neoliberales le valieron el sobrenombre de la Dama de Hierro. Como jefa del gobierno conservador, impuso una completa transformación del Reino Unido al apoyar la privatización de empresas estatales, de la educación y la destrucción de la protección social y el sistema de salud pública. Se opuso a la Unión Europea y fue la aliada de la política imperialista del presidente estadounidense Ronald Reagan.

[viii]  Aunque no son fáciles de conseguir varias de sus novelas han sido traducidas al español, por ejemplo: El hombre que volvió a la ciudad (2019); Lo que fue (2013); Sin retorno (2010); El jardinero nocturno (2009); Drama City (2008); Revolución en las calles (2005); Música de callejón (2004) y Ojo por ojo (2002).

 

 

 

 

 

 

 

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