El padre nuestro Artigas

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A 125 años de su nacimiento
La última conferencia de Paco Espínola

 

Por Sergio Schvarz

Hay hechos en la vida de las personas que adquieren una singularidad única, hechos que culminan por cerrarse por completo y adquieren una forma perfectamente circular, como de cosa terminada.

En el año 1997, el Dr. Ginés me acercó un casete para desgrabar, ya que en ese tiempo yo hacía transcripciones de audio y de textos como forma de aumentar mis menguados ingresos. Se trataba de una conferencia de Paco Espínola en San José. Hice el trabajo, le di el original y yo me quedé con una copia, porque ese texto me había impresionado gratamente. Allí Francisco Espínola contaba varias anécdotas sobre Artigas, en base a una serie de datos totalmente originales, fuera de los documentos historiográficos usuales, principalmente sobre su vida en Purificación y en el Paraguay.

Durante más de veinticinco años la copia de esa conferencia estuvo entreverada entre mis papeles y quiso la casualidad que, buscando otra cosa, apareciera, en el mes de setiembre de este año. Yo tenía la sospecha de que ese texto no había sido publicado y como este 4 de octubre se cumplían 125 años de su nacimiento, se me ocurrió que sería buena idea publicarla.

Sin embargo, no sabía la fecha exacta ni el lugar donde se había desarrollado dicha conferencia. Tenía cierta idea que había sido realizada en 1972 o 1973, pero no estaba seguro.

Tirando líneas me pude comunicar con su hija, Mercedes, y ella fue la que me confirmó que le había dado el casete al Dr. Ginés y que el texto, el mismo que tengo ante mi vista, había sido publicado en una página web sobre Paco: www.paco.com.uy

De inmediato le pedí que buscara el casete, con la idea de subirlo a La Onda Digital, pero no pudo encontrarlo; tampoco tenía mayor información sobre los detalles de esta charla.

Entonces, aquí ofrecemos, como homenaje al gran escritor y mejor hombre, esta, su última conferencia, que evidencia la admiración y el sentido respeto por nuestro héroe nacional.

He realizado algunas correcciones, mínimas pero puntuales, para mayor claridad del texto, pero respetando, por supuesto, la forma y las evoluciones de su pensamiento.

PACO ESPINOLA EN SAN JOSÉ

Un saludo para todos los maragatos.

Yo elegí un tema que puede ser que haya sorprendido porque yo no soy historiador, no me he dedicado tampoco ni siquiera a hacer estudios muy sostenidos ni muy profundos de la historia nacional, pero creo que, y eso se verá, al leer lo que casi todos leemos, que tenemos la obligación de leer, para ser cada vez menos uno y ser cada vez más los otros, que es cuando un hombre se integra bien a su país, a su cultura, en esas lecturas que uno hace por obligación, por fervor, porque constituye para los que no somos religiosos casi lo equivalente a introducirse en un templo, fui viendo, fui entreviendo en aquello a que se le da importancia porque es de suma importancia, algunas cosas que me iban permitiendo acercarme al corazón, a la víscera oscura e infatigable de Artigas.

Todos sabemos, o hemos oído hablar mucho, de su grandeza militar, un general que casi siempre fue retado pero que peleó casi diez años, lo que es una hazaña militar dada la desigualdad permanente de fuerzas. Todos sabemos lo que es posterior en la investigación, la grandeza del estadista, y cómo poco a poco se ha ido, con el consenso unánime de los estudiosos, de otras patrias precisamente, colocándose en un plan de igualdad, con figuras que por estar en otros escenarios más espectaculares, pertenecen ya no a la historia de América sino a la historia universal, digamos Bolívar, por ejemplo, o Miranda.

Todos hemos visto, por lo menos sabemos que existen y que despiertan también la admiración, el legislador, el conductor de pueblos, respecto de lo militar un general derrotado. Pero en un estudio, del que en aquel momento era el profesor nada menos de Historia militar, de la escuela militar, yo leí, de manera que ese testimonio es irrecusable, que fue el primer general del mundo que aplicó, y con éxito inmediato, en la batalla de Las Piedras, las ideas de Napoleón.

Bueno, y así en todo, este hombre aparece cada vez más excepcional dentro de los grandes del mundo, al punto de que, no se puede decir en público ni aquí que no es mi público sino una familia, sino en el seno del hogar, que es muy posible, y entonces ya parece una patriotería inconducente, que sea de los más grandes hombres del mundo. ¿Qué sucederá después? Primero lo tendremos que ver nosotros, en el silencio, con el corazón, documentarlo, estudiarlo bien, y después sí, una vez que la investigación esté eficiente y científicamente hecha, ya el mundo va a comprender tal vez y a darnos la razón. Pero mirando esas cosas casi hojeando, porque uno está en otras cosas y no tiene tiempo, yo por curiosidad humana, o por necesidad humana más que por curiosidad, fui tratando de percibir, dentro de lo que la documentación deja escurrir, porque están en otras cosas, el Artigas militar, lo importante, el Artigas estadista, el natural conductor de pueblos, eso… De repente allí aparece alguna cosa chiquita, de las que tengo acá para ustedes algunos documentos, porque quería ver el seno mismo, de donde después salen esas excelencias supremas que ya les digo va siendo de Artigas un arquetipo humano. Una cosa, como arquetipo humano, que con el tiempo un francés, un italiano, un ruso, un alemán o un inglés, puedan pensar en él y sentir con orgullo de ser humano, de hombres, y decir: “éste sí, era un hombre”. Eso va a llegar, eso va a llegar…

Pero yo quería acercarme a lo que entraba en contacto inmediato con cualquier ser grande, chico, modesto, superior culturalmente, analfabeto, inteligente, poco inteligente, niños, mujeres, mujeres de todas las razas, indias, negras, y que él lograba, de inmediato, un hechizo singular. Lo que voy a mostrar ahora, son algunos testimonios de adhesión incondicional de hombres imponentes, como sus jefes y como sus enemigos, que algunos fueron nobles, y de seres anónimos, que precisamente sus nombres se han salvado por haber estado ligados en alguna circunstancia a Artigas. Pero donde yo voy a hacer énfasis ahora es en el Paraguay, que es lo que nosotros conocemos poco, de hombres como Francia, Francia con su leyenda tremenda, que fue calumniosa casi toda pero que era de cualquier manera un hombre de envergadura y además de un hombre frío, tremendo y cerrado en su patriotismo paraguayo, y que salvó al Paraguay de no caer en lo que cayeron todas las provincias nuestras, y de hombres como López, ya vamos a ver de qué manera lo admiraron y lo deshelaron. Yo voy a hacer énfasis en los 30 años del Paraguay, porque si alguna satisfacción tuvo Artigas, mientras estuvo en el Río de la Plata, de esas y algunas muchísimas más intensas las tuvo desde que pisó el Paraguay y estuvo treinta años. Y nosotros creemos, o ustedes creen todos, porque esos aspectos han sido descuidados, que fueron treinta años de martirio.

Ahora vamos a ver, lástima que hemos empezado demasiado tarde, y que yo siempre tengo la obsesión de que no se vayan por mí, y por las cosas que yo digo, tan modestas, a llegar tarde a la cena.

Una de las cosas extrañas, y muy significativas, es el señorío, la distinción que tenía. Esto en un grado excepcional, y es algo innato, ¿por qué? Porque nosotros sabemos cómo era Montevideo, cómo eran estas regiones, quiénes vinieron aquí, y salvo los militares, cuya oficialidad y subjefes eran de la flor de España, los demás eran gente muy modesta. Y como gente modesta, y esa es la influencia entre nosotros sagrada de la escuela, no tenían, o tenían muy poco, eran hombres vastos, obreros, algunos más maravillosos que nosotros, pero sin pulir. Artigas tenía un señorío tan grande que llamaba la atención a hombres como por ejemplo el general Debelia, primero hemos empezado muy tarde y yo no voy a leer, pero Debelia dice, primero en su biografía de Artigas, que era un muchacho travieso, inquieto, era muy alegre cuando joven, después vamos a ver, porque claro, esa alegría, esa jovialidad, ese andar de tertulias, ese andar de baile, puede ser un defecto por cuanto se vive así por no vivir de otra manera, más austera, pero también suele ocurrir que es que la necesidad de cariño, la necesidad de estar entre gente y entre mucha gente para consumir una energía oscura, que anda buscando adhesiones, y que las busca en donde puede, consume lo que puede, y a veces cuando se llega a ser como Artigas, después de ese caudal, ya no eran fiestas, ya no eran bailes. ¿En qué? En lo que hizo él desde el principio al fin, ¿que es qué? La exteriorización de un amor tremendo por los hombres. Dice Debelia: “sin embargo, de haber pasado la mayor parte de su vida en campaña, y qué campaña aquella, sus maneras no eran de un gaucho”, dice como que vestía “muy sencillo pero con una gran pulcritud”, y hay una cosita que no la vi yo, sino que el propio Pivel [Devoto] me la dijo: cuando él está en Purificación, que ha fundado el pueblo, y están todas las notas que mandaba, que estaban en los archivos del Cabildo, entre las cosas que mandaba, vacunas. Imagínense, cuando yo era joven, se armó la de San Quintín cuando se quiso hacer obligatoria la vacuna. Polémicas en los diarios, unos partidarios de la vacuna, otros contrarios a la vacuna, hasta se decía, pero eso en 1915 o 20, quince no porque no me acordaría, 20, 25, yo no sé, cuando se hizo la ley de vacunación obligatoria, hasta que traía la tuberculosis, bueno, pues Artigas, en el año 13, 14, 15, vacunando y tratando de que se vacunara todo el país, hasta los indios, pero con un cuidado y una vigilancia tremenda, bueno, pedidos entonces continuos de vacunas a Montevideo. ¿Y pedidos de qué, de cuando en cuando? Vean, los historiadores pasan por alto esas cosas, ¿por qué?, porque ellos están en otras cosas muy importantes, pero nosotros, que no somos historiadores, ¿no podemos ir recogiendo esas migajitas que ellos dejan porque están en una tarea de otra naturaleza, más inmediata, más urgente y más significativa, y nosotros ir juntando, que es lo que yo en este momento voy a hacer acá? Claro que sí.

¿Qué hay, de repente? Purificación, indios, gauchos, españoles, que se los había llevado para allá porque había la posibilidad de una nueva expedición, de 20 mil, de una expedición española que se estaba preparando para venir acá. Imagínense qué despreciable sería un español aquí que si llega una invasión se queda en su casa, era de presumir que se iba a ir con los españoles, como haríamos nosotros si se tratara de uruguayos los que invadieran un país, una colonia nuestra. De manera que se los llevó para allá a todos, y con qué atención, y con qué cuidado de que se remediara una situación violenta que no había más remedio. Eran muy religiosos y lo primero que hizo fue ponerles una escuela en primer lugar, después vamos a ver qué atención tenían los niños, y en segundo lugar una capilla, manda buscar campanas, porque una capilla sin campanas… Vamos a ver después otra cosa muy importante, en que no se ha insistido, o cuando se habla de esto, odiosamente, se falsean las cosas, los religiosos para hacerlos más religiosos, que sería muy humano, y los no religiosos para hacer creer que Artigas era un descreído. A mí no me parece mal ni bien ser un descreído, lo que les puedo decir, señores creyentes, que es bastante triste, bastante triste, ser descreído, y que no es de ninguna manera una suerte. Hay veces, y son los momentos más angustiosos de un hombre, en que se busca a Dios y no se le halla. Pues Artigas, después lo vamos a ver, iba mucho a la iglesia en Asunción, iba todos los domingos en su caballo, un caballito que era morisco; él entró al Paraguay con un zaino, que se le murió allá, el último que tenía era un morisco, y un perro que se llamaba ¿cómo?, miren qué lindo, qué nombre le fue a poner. Ven, los historiadores tienen que estar en otras cosas, pero nosotros, que no somos historiadores, tenemos que estar en estas pequeñas cositas. El perro se llamaba “Charrúa”.

Nosotros tenemos muchísimo, si tendremos motivos de cariño por Artigas, ya no de agradecimiento, sólo de cariño, pero cuando sabemos que le puso “Charrúa”, ¡ay!, es un motivo más para quererlo, para quedar más contentos con él, hasta para darle las gracias porque le puso “Charrúa” a su perrito. Que no debía ser muy perrito. ¿Por qué? Porque los perros de acá, que después se fueron involucionando, como los caballos también, enseguida adaptándose al ambiente, eran galgos, eran unos perros muy grandes, y delgados, claro, porque a veces se tenían que buscar su propia comida, por eso los perros cimarrones eran tan peligrosos, porque eran unos perros tremendos, grandes.

No podemos entrar en detalles porque sino no salimos más de acá. Es una lástima, por eso yo quería empezar más temprano. Además de construir una iglesia, lo que él no quería es que los curas se metieran en sus asuntos. Ahora, eso no quiere decir hablar mal de los curas. Yo, si fuera cura, tendría que hacer un esfuerzo muy grande para no meterme en las cosas de la política, de los demás, y aconsejarlos si yo honradamente creo, pero la cosa es que cuando va uno como sacerdote no es la persona entonces la que juega allí, es toda una institución, entonces vuelca el peso de una cosa que está para otras cosas y no para eso, de manera que ahí sí me los paraba, inflexible, y en lo demás no sólo era respetuoso sino que tenía un sentimiento religioso, serio, y después vamos a decir una cosita al final que yo creo que debe ser un error, pero hay que decirlo por las dudas. Y que venían expresos de vacuna de árbol…

Y ustedes pueden creer que en este momento, yo oí los otros días una conferencia a un ingeniero agrónomo, que era emocionante oírlo hablar de cómo esta mortandad de animales por el frío y todo, se debe en parte a la intemperie en que viven. ¿Por qué? Porque se han acabado los árboles, los hemos cortado, los árboles, y no los repusimos. Ustedes pueden creer que en Purificación han pedido al gobierno de Montevideo, que estaban por ver aquí, para mandar a buscar, para plantar árboles. Artigas plantaba árboles en 1814, él, allá arriba, en Purificación. Pero, ¿qué mandaba buscar? Hay pedidos allí: almidón. Pero, ¿para qué? Él andaba muy serio, todo mundo dice que él usaba una chaqueta azul, con sus vivos rojos, con sus botoncitos acá, muy sobrio, pero eso sí, puño y cuello duro. Allá, y entre aquella gente, con un porcentaje de indios imponente, y con el otro porcentaje de gente campesina, de Montevideo no fue casi a la revolución. Montevideo, el comercio y la industria, si se podía llamar industria, esos esperaban, como casi siempre ocurre, en medio de aquella gente, y para presumir no, después vamos a ver con qué modestia, vamos a ver que él que tenía tres platos de lata y que tenía dos cucharas, eso lo dice Larrañaga, y cada cual con su cuchillo, cuchillos no habían, pero eso sí, por decoro personal, puños y cuellos duros.

Pero respecto de su vanidad, de su decoro de señor, que es muy importante eso, nosotros lo hemos perdido un poco, hay que ser cortés, delicado, fino en un boliche, en un club, en el café más modesto, hay que ser gentil, pero anduvieron por aquí dos hermanos Robertson, comerciantes ingleses, mitad comerciantes mitad aventureros, además imagínense andar con barcos cargados de mercadería vendiendo en estos países lleno de gente de toda clase y condición y costumbre; para unos hombres de pelo en pecho era más aventura que afán de lucro. Ahora estos dos, de los que después vamos a hablar un poquito, se fueron a Inglaterra y escribieron después sobre sus viajes, y allí hay esto. Uno de los barcos de ellos, cargados de mercaderías, se los secuestra la escuadra de Artigas, y claro, le agarran casi todo. Además, la escuadra era muy graciosa. Graciosa…, era muy ingeniosa, porque era la única escuadra del mundo que llevaba gauchos de deveras que no eran marinos, entonces, para los abordajes, los marineros lo que hacían era la faena de marino y algunos tendrían sus armas, pero después empezaban a tallar los gauchos. Imagínense un abordaje con marinos españoles, italianos o lo que fuera, y se aparecían estos gauchos. Eran el terror, capaz de tirarse al agua antes de ser herido, frente al miedo que causaba uno de estos hombres de bota y potro, chiripá y vincha. ¿Y qué dice Robertson, uno de ellos? Va a Purificación, a quejarse a Artigas. Artigas lo recibe con un señorío bárbaro, le dice que no le puede pagar, que se imagine cómo está, y es, textualmente: “al leer mi carta de introducción, por la vía del cónsul inglés, su excelencia” (fíjense: ¡su excelencia!) “se levantó del asiento…”. Para un inglés, un rey, que lo recibe una vez, dos sillas, una  muy rota, los secretarios, Artigas dictando (dictaba tres, como Napoleón, podía dictar tres cartas a la vez, tres distintos comunicados), lleno de papeles el suelo, una ramadita fuera del rancho, con azahar permanente, porque a cada momento estaban viniendo chasques, que era la única comunicación que había, de las cuatro provincias que habían aceptado como jefe y conductor a Artigas, y miren qué cosa: “al leer mi carta de introducción, su excelencia se levantó de su asiento y me recibió, no sólo con cordialidad, sino también, lo que me sorprendió más, con los modales de un caballero y de un hombre realmente bien educado”. Esto dice un inglés.

Pero, bueno, era así. Pero que tenía que ser mucho más como para que en un documentillo que voy a leer, al comunicar una cosa grave, que voy a hacer mención: en 1810, antes de la revolución, cuando era Blandengue Artigas, y esto ocurre en Santa Fe, me parece, Juan Bruno de Parente está con su familia en la estancia de Pablo Ezeiza, es el apellido Ezeiza que sigue, todavía, en la Argentina, y yo pobre no los conozco a ninguno, pero me parece que hace años que ninguno, ni el abuelo ni el nieto trabajan, y son una extensiones imponentes de campo, ¿no?, este Pablo fue el que las consiguió, supongo (risas y comentarios)… está con su familia porque hay muchos líos en Buenos Aires, y escribe esto: le dice que ha estado en la estancia el capitán Artigas con 200 hombres persiguiendo al rubio chileno, un ladrón, un bandolero que había. Entonces lo que tiene que contar es nada más que andaba por allí el bandolero, que vino Artigas con 200 hombres, no hay ni necesidad de eso, pero qué dice (ahora, esto no creía que iba a pasar a la historia), asistió a la mesa con el mayor orden de caballero y desviando a las señoras de sus temores, porque andaban unos bandoleros imponentes, con unas bandas ahí, pero no, sino esto, para, en medio de una cosa de importancia y grave, han pasado con el Jesús en la boca por estos bandoleros, vienen 200, Artigas llevaba 200 hombres, y le llama la atención, le llamó, y todavía cuando escribe le sigue llamando la atención, el mejor orden de caballero ese que tenía.

Bueno, eso, me demoré un poquito, en cuanto a si, a su cosa, que era deber inmediato, asomaba a los demás.

Le gustaba mucho la música. Si le gustaba mucho la música tenían que gustarle las otras artes también, en mayor o menor grado; entonces qué contento estaría acá, en un pequeño pueblo y un pequeño país viendo esto. Así se cumple con Artigas. Además de la reforma agraria y eso, que es otra cosa, pero mientras no se pueda hacer esas cosas, esto que se puede hacer muy fácil, esto es cumplir con Artigas.

Le escribe a Andresito, a quien quería tanto él, y que es jefe, y ya ven que la historia está tan mal hecha, es decir, ahora es tan tarde ya que no se podrá seguramente reconstruir nunca la figura de este hombre maravilloso: “No eche usted en olvido, los músicos que le tengo pedido para su ejército”, porque Andresito andaba con gente, y yo les voy a decir de dónde los sacó. “No eche usted en olvido los músicos que le tengo pedido…, ellos deben venir con los instrumentos”, por miedo de que, como a Andresito le gustaba mucho la música, que le mandara los músicos y no les mandara los instrumentos. Ustedes dirán, y bueno, ¿para qué quería los instrumentos sin los músicos? Porque Andresito le daba un instrumento a cada indio, y cada uno tocaba lo que quería y se deleitaban todos. Ahora les voy a contar una cosa preciosa. “Ellos deben venir con sus instrumentos, así podremos celebrar…” (ahora miren qué lindo esto, no era sólo ir de noche, tocar…, no, era como un armonio en un templo, bajo las estrellas estas que queremos tanto), “así podremos celebrar el triunfo de la patria y anunciar al público los laureles con que los pueblos orientales han coronado la época feliz de la libertad”. Y como los músicos no llegan, vuelve a escribir: “nada me dice usted sobre la música que me ofrecieron los diputados (de allá de Corrientes), y que recomendé tanto para su remisión, yo la esperaba. Yo le recomiendo a usted este asunto como interesante para celebrar las glorias de la libertad, por lo mismo que traigan sus instrumentos, para poner este cuartel (del ejército en marcha) en todo el adelanto posible”.

Y una vez más, todavía, la tercera que se conserva como documento, otra nota: “Igualmente espero con ansia los músicos”. Ahora, ¿qué es lo que podía pasar? En esta oportunidad la razón era esa o no. Los Robertson, que ya les dije después escriben cartas sobre Sudamérica, y que son preciosas, ya les digo, ahí se sabe cómo estaba Artigas, y cómo vivía cuando estaba en Purificación… Esto se conoce poco, que les voy a contar, porque por lo menos en la traducción que yo tengo, que se hizo en Buenos Aires, y relativamente hace poco, de las cartas de Robertson, no están completas, y esto que les voy a contar falta, y es precioso. Claro, no tenía el interés histórico, en el sentido general y común de la historia, pero ahora la historia también se está encarando en el sentido de buscar lo chico que puede ser enormemente significativo, y ahí explicar las cosas grandes. Llega Andresito, indio charrúa puro, y miren qué lindo lo de Artigas, Artigas no sólo quería fundar el reglamento del 15, repartir tierras también a los indios, y empezar, dice, por ellos, que son los verdaderos dueños de este suelo, pero, ¿qué hacía también?  Ya los había puesto en pie de igualdad. Y hay jefes de divisiones, ese estudio va a haber que hacerlo, y es relativamente fácil, jefe de división mandando a uruguayitos, a orientalitos de sangre y madre española, mandando indios, jefes de división una cantidad, y de los últimos hay un siqui que después se portó medio mal, y hay unos cuantos pero de los grandes jefes, lo que la gente no entendía bien eso, y por eso las generaciones siguientes los olvidaron, pero la documentación está. Llega el gobernador de Corrientes, se acuerdan que lo primero que hizo fue agarrar, fue juntar todos los niños, y sus tropas eran indios todos, más, y después del primero o segundo año, casi todos los soldados de Artigas eran indios y negros, y los blancos eran pocos, además, y como en las primeras batallas ya hubo derrotas tremendas, volvían a salir de los montes indios a ayudar a Artigas, lo primero que hizo, y esto está muy conocido, hizo encerrar a todos los niños, habían hecho una masacre de indios, bárbaro, allí en Corrientes, imagínense como quedaron los padres y las madres, en un cuartel todos los niños de la ciudad, esperó a matar. Al otro día mandó a buscar a todas las madres, estaban los niños allí, y dijo: bueno, llévense cada uno a su casa, pero no se olviden que los niños indios tienen madres también. Es imponente eso.

Bueno, este hombre, ¿qué hace enseguida? Requisa, le gustaba, como a Artigas, la música, requisa todos los instrumentos de música que había en el pueblo, en la ciudad de Corrientes. Vienen todos al cuartel y le da a cada indio, que habrá elegido, un instrumento. Imagínense, tocaban cada cual lo que quería. Y había el cónsul inglés, que ya tenían los ingleses cónsul, acá, ya habían venido a esto, les había ido mal, volvieron a insistir y después insistieron bastante. Y tenía una muchacha, una chica, el cónsul, que debía ser adorable, inteligentísima, y que la quería muchísimo a Andresito. Iba muy frecuente a comer Andresito, y cuando los Robertson se van para Inglaterra, tienen correspondencia con el cónsul inglés, y con la muchacha, y por eso se sabe esto que les voy a contar. Andresito, este indio tremendo y maravilloso, iba a comer muy seguido. Cuando formó su orquesta o banda, era banda y era orquesta porque si había arpa o un violín también marchaba un indio con él, en homenaje al cónsul, que se ve que era una monada, y a la chica, todas las tardecitas llegaba la banda, o la orquesta, o mezcla de banda y orquesta, y tocaba una sinfonía allí, a la puerta del consulado. Pero iba a comer, a veces, y era proverbial en el ejército el cariño que tenía Andresito por la chica. Y llega el carnaval. Y llega el carnaval y cuando faltaban pocos días se aparecen unos indios, esto es lo que cuenta ella, y eso, por lo menos en la edición que yo tengo traducida al español, no está, por eso se los cuento, llegan unos indios, muy nerviosos, querían hablar con la chica, la chica los recibe, y le dicen que querían que le pidiera una cosa al coronel, Andresito, que debía pasar a caballo por su lado recorriendo el pueblo ese, ¿eh?, y ¿qué es lo que le tienen que pedir? Que querían que lo dejaran disfrazar en carnaval. Entonces la muchacha les dijo que sí, y cuando vino el coronel le dio una vuelta por ahí y le dijo que habían unos cinco que se querían disfrazar, que los dejara disfrazar. Pero claro, le debe de haber parecido espantoso, pero no le iba a negar a la chica eso, entonces concedió que se disfrazaran. Les da la noticia a los indios, y muy contentos los indios. Se le aparecen otra vez los indios a la chica, para decirse si no les hacía el disfrazar, porque no tenían ese disfraz. La chica dijo que sí, pero ¿qué era ese disfraz? Miren entonces, sí, toda la devoción que tuvo por ellos Artigas. Eso de darles tierras para que estuvieran tranquilos no lo merecían en medio de aquella turbulencia, y de aquella cosa salvaje, porque no había civilización, mire qué material hay de inocente, mucho más bueno que ustedes no sé, pero que yo sí. ¿Saben de qué se querían disfrazar? Y a ver si ella les vestía… de ángel (risas). Y entonces la muchacha, yo no sé cómo, se las ingenió, les hace un traje de ángel, les hace unas alas de papel y ya se pasaron en el carnaval. Y como ya sabemos lo aficionados que eran al alcohol los indios, imagínense qué espanto estos ángeles, no sólo con las ganas naturales de un indio de tomar alcohol, de tomar caña, sino con la euforia de su disfraz, que se habían hecho el gusto. Y culmina el carnaval, termina el carnaval y lo que no terminó fue otra cosa. Se le aparecen los indios a la muchacha otra vez, ¿y qué? Esto sí que era bravo. Que le pidiera al coronel que les dejara seguir vestidos de ángeles (risas). Ahora, la muchacha después fue explícita en eso, me imaginé lo que habrá sucedido, la sentada que habrá hecho Andresito, pero concedió, porque a la chica no le podían negar. Ahora miren eso, miren una niña inglesa, más que España ya en esa época, más civilizada todavía, más al día en la evolución de la civilización, y esto era un indio charrúa puro, dominándola con su fuerza blanca, con su sonrisa, con su gracia, con su delicadeza. Y estos indios siguieron disfrazados de ángeles cuando ya no era carnaval.

Poco después vuelve la guerra. Se forma otra vez el ejército, y se pierde en la soledad de los campos ahí, a los nuevos combates, en las nuevas batallas, al ángel lineal, y en medio de esos entreveros, fueron cayendo también unos ángeles. ¿Qué me dicen de esto?

Bueno, noten entonces que no era que Artigas saliera de una cosa hacia los demás, sí, salía, pero era porque ya Artigas percibía lo que los demás no percibían. El problema, entonces, está no en tener excelencias en el corazón, hay que tenerlas, pero hay que, con los ojitos, estar mirando dónde está el sitio de proyectar esas energías, porque si no nos morimos los seres más buenos del mundo, y no hemos hecho nunca un bien. Y eso es espantoso. El hombre debe morir vacío, como un engarce vacío, entregarse, consumirse todo, a fin de que la muerte, para los que no son religiosos, se lleve el chasco de no llevarse nada porque todo, todo, lo hemos entregado nosotros antes.

Bueno, iba a hablar de la familia, pero eso es muy conocido, ustedes han visto la devoción, ustedes saben que Artigas se casa, la casa donde va a vivir, Pivel, ese que tanto quiere a este museo y a este instituto, entre las cosas que hizo en su ministerio ya está comprada la casa, que hay un bar en Piedras y Colón, esa fue la casa donde el matrimonio de recién casados, de Artigas y su mujer. Por supuesto, hay un bar, ya lo han desalojado, se tienen que ir, y allí se va a restaurar una casita chica, pero no se crean que muy chiquita. Yo siempre espero el ómnibus allí, de manera que la miro siempre. Y ganaba 45 pesos, que ese era el sueldo que tenía de oficial mayor no sé qué, era un sueldo grande ese, él tiene un niño fijo, y después tiene una niña que se muere de meses, y ella a resultas del parto hay una fiebre puerperal, que sé yo, que no se podía curar en esa época, es decir se curaba sola pero dejaba unos trastornos imponentes, y ella ya perdió la razón y murió loca, murió cuatro años después de Artigas. Bueno, hay que ver la devoción de Artigas por ella. Ahora les digo que es excepcional. ¿Por qué? Ser cariñoso y devoto de su mujer y tenerla enferma, eso es normal, pobre del que no lo sea, pero en medio de las cosas imponentes que tenía Artigas, atendiendo aquello, y atendiendo ¿cómo? Como un simple ciudadano, no volcando el poder que podía tener más. El Cabildo de Montevideo le fijó a ella, a la suegra, que era maravillosa la suegra, una mujer bárbara, y al chico y a la pobre enferma, una pensión de 100 pesos. Artigas acepta, en una carta de gratitud, un documento precioso, pero dice: no, nuestro país está muy mal, él está peleando allá, su corazón está volcado, sí, él como persona, pero como conductor de un pueblo, ah, no, él ya tiene su plata y no, 50 pesos, rebaja en 100, era más o menos el sueldo que él hubiera tenido si hubiera sido nada más que lo que era antes, un oficial de un ejército, ¿no?

Pero hay cosas conmovedoras, porque las cartas son a la suegra, y ustedes… bueno, no vamos a hablar de eso, porque no vamos a tener tiempo, es una lástima, y además son bastante conocidas. Ahora, el niño, ese chiquillo, viene en una carta, esto es antes de la revolución: “Aquí estamos pasando trabajos siempre a caballo para garantir a los vecinos de los malevos, siento en el alma el estado de mi querida Rafaela”, y esto: “venda usted cuanto tengamos para asistirla, que es lo primero, y atender a mi José María que para eso he trabajado. Venda todo lo que tenga”. Todavía no era la revolución, estaba de Blandengue. “De Rafaela sé que sigue lo mismo, como ha de ser, cuando Dios manda los trabajos no viene uno solo, Él lo ha dispuesto así y así me convendrá, yo me consuelo con que esté a su lado, porque si usted me falta serán mayores mis trabajos. Y así el Señor le conceda a usted la salud”.

Después, cuando está en Purificación, le manda una vez una barrica de grasa, mataban los animales, fundían, ¿cómo se llama?, bueno, eso para sacar la grasa más líquida, más refinada, le manda una barrica y aprovechando una barca que iba a Montevideo, y ¿qué más? Sabe que un soldado trae del Brasil un monito, y se lo pide. Juguetes de adorno, y le manda el monito al niño. Él ya era el general Artigas. Pero esto de los niños, de lo cariñoso, de lo tierno que era con la gente, y como se preocupaba dentro de un maremágnum de cosas, imagínense. Esto, por ejemplo, es de 1819, está casi perdido ya, en este momento o un poquito después, ha quedado en Purificación el hijo, él tenía un hijo natural, y hay una carta y se ve que es un testamento, él creía que en cualquier momento no sólo lo derrotaban sino que lo mataban, y entonces a este hijo natural, que fue muy bueno, le dice que se preocupe por su hermano, por el chiquito. Pero esta carta a Latorre, que fue maravilloso Latorre, en 1819, en medio de la alegría de la victoria, de una victoria que han tenido ahí en las provincias argentinas, en Ibirapitá, les dice que, usted saben que en el ejército marchaban las chinas, las esposas de los soldados, eran las compañeras hasta en eso, después nosotros miramos un poco con otros ojos, pero aquello era sagrado, montaba a caballo del rancho a servir a su patria, y la mujer marchaba con él, para acompañarlo. Igualito que en nuestra época, pero cuidando allí a su marido, y sacándolo de los entreveros, o cuidándolo de sus heridas, y entonces, ¿de qué se acuerda para celebrar? Hay una cantidad de cosas que hace que se distribuyan, “no se olvide darle a las chinas de San Antonio, de mi parte, para unas polleras”, porque imagínense, andaban en andrajos. Miren qué cosas lindas del corazón de este hombre. Y una cosa que solamente, de las que me pasan a mí, miren qué cosa: quiere a una persona, la quiere porque la ve, y se le importa un pito ni se acuerda quién es, cómo se llama, quién es, sí, se olvida el nombre, él. Por lo general nosotros vemos los nombres y no vemos a la gente.

En 1808, antes de la revolución, dona un terreno en Batoví, sin  ningún interés, dice el documento, a Cosmegari, para él y sus hijos, este hombre pobre. Otro terreno, en el mismo término, esto textual, de puño y letra de Artigas, en el mismo término, a un tal que por apodo llaman Carreta, que ignoro su nombre. Carreta, Carreta, Carreta, lo quiere a Carreta. Carreta, maravilloso, le quiere hacer un regalo, manda allá a Carreta y cuando va a extender el documento no se acuerda el nombre. Estos son hombres, ¿eh?

Y esta carta que les voy a leer, que se salvó por casualidad. Narancio, nuestro historiador, que es mi amigo, trabajando en Buenos Aires descubre este documento que les voy a leer. Si alguna cosa se ha salvado por casualidad, ésta es de las cosas que se han salvado por casualidad. ¿Por qué? Es de una carta de Artigas a un cacique Manuel, que aparece varias veces. Charrúa, con soldados charrúas. Artigas le manda esta carta en el momento en que estando Argentina, tasa rápida el ejército porteño hay guerra con nosotros. De manera que esta carta va con un chasque y corriendo peligros. Y lo pescan al chasque, le agarran la carta esta, no sé qué le pasó al pobre, y esto va con otros documentos a Buenos Aires, y quedó perdido ahí hasta que los encuentra Narancio hará unos veinte años.

Ahora, pero este documento, ¿qué cosas graves dirá? Que es de Artigas a un caciquillo indio, todos dicen el caciquillo Manuel, no se dice cacique, de manera que era un cacique menor, qué cosa más importante mandar un chasque, en plena guerra, atravesando el campo enemigo… ¿no? Las cartas que nosotros debiéramos escribir más seguido y no escribimos a nuestros amigos, que es simplemente para decirle desde Montevideo a allá, o de allá a acá, ¿qué tal?, ¿cómo te va?, me estoy acordando de ti, y no lo hacemos, que es tan lindo. Cuánta gente se acuerda de nosotros, y nos consolaría, a veces, que se acuerden y no sabemos. ¿Por qué? Ni aún cuando debemos decir cosas importantes, es decir, si nos separamos, ya no hay comunicación espiritual. Bueno, en esto está Artigas con el caciquillo Manuel. Les voy a leer la carta. Corriendo esos peligros y en medio de todas las cosas, se acuerda de su memoria y le manda a su amigo… Escuchen una cosa: “Cuando tengo el gusto de hablar al noble cacique…”. Antes les voy a decir otra cosa. Bueno, muy bien, la carta es así, pero a Zapicán. Era a uno que debemos recordarlo ahora que en este momento está actuando, que es coligorbo, que es el cacique-venado, que es imponente, ¿no? Es un caciquillo, pero miren cómo lo trata, es que éste es el que se asombra el inglés de esto, y todos, pero éste es una dama, es un caballero, claro que sí, por lo menos de porte, sólo era de alma. “Como tengo el gusto de hablar al noble cacique don Manuel Artigas”, le dice don, había cambiado el nombre charrúa por el apellido del jefe y por el nombre de pila de su hijo natural, que está sirviendo con Artigas, “cuando tengo el gusto de hablar al noble cacique don Manuel Artigas, lo hago con toda la satisfacción que me inspiran sus nobles sentimientos”. Como me quieres tanto tú, yo escribo. “Yo estoy muy seguro de estar siempre con vos, así como vos debéis estar siempre conmigo”. “Seguros los dos”. “Nada habrá capaz de dividir nuestra unión, y cuando los enemigos se presenten al ataque nos verá el mundo ostentar nuestra amistad que mantenemos. Yo estoy convencido de tener buenos sentimientos, por las demás cualidades que te adornan será siempre un amigo tuyo y de los que te siguen (los soldados de él) quien tu padre adoptivo”. Es decir, esta misiva se ha conservado porque gracias a que agarraron al chasque, las demás, si había muchas, ni tenían archivos los indios, ni tenían dónde guardarlas, de manera que alguno que sabía leer la leía y eso desaparecía. Cuántas habrá, esto es el perfume de un alma, y de qué alma, el de la batalla de Las Piedras, el de la reforma agraria, es el conductor de pueblos, es el de todos esos pensamientos imponentes que hoy son todavía lecciones para gobernantes y gobernados, porque no es para gobernantes sólo, daba lecciones para nosotros también, que precisamos bastante, sino no hay quién nos gobierne. Miren en qué cosas estaba esto.

Bueno, pero después, yo no me acuerdo quién, un extranjero que va a Purificación a conferenciar con Artigas, tiene que esperar un momento porque Artigas está comiendo con dos visitas. ¿Quiénes son? El cacique Manuel y la esposa, que han venido pasando trabajos y corriendo peligro de que los agarren, a venir a conversar un rato con Artigas, que los recibe, y están los tres con tres platos y dos cucharas comiendo, contentos. A mí me parece que esto es muy importante que la gente sepa, porque entonces aparece este Artigas, tan humano, tan sencillo y tan simple, que hasta entonces provoca el sentimiento de gratitud de que sea tan bien, además de esa cosa inconmensurable, que sea también un poquito, sino como nosotros, como nosotros quisiéramos ser. Y con un poco de esfuerzo podemos ser un poco eso, que no cuesta tanto.

Pero, ya tan tarde, quiero apurar para mostrar algo de lo que pasa en el Paraguay, que es inaudito y se conoce poco. Artigas se ha ido del Uruguay pero ha ido a pelear con Ramírez, que se le ha sublevado. Artigas no se va de acá directo al Paraguay, peleó diez batallas, lo menos, algunas las ganó, otras peleó, otras las perdió, y después es derrotado por Ramírez en la batalla de Abano. En un combate anterior, lo salva el hijo, en ancas del hijo. Miren qué lindo, este hijo tan bueno, qué lindo que lo salve el hijo, es hijo de una misteriosa mujer cuyo nombre se conoce, que es Isabel Sánchez, de allá de Soriano, del pueblo de Soriano, del que no se sabe nada, fueron unos amores juveniles, pero él se lleva después al chico, y cuando viene la guerra, los primeros meses, los primeros tiempos, lo deja con la suegra, con la esposa, cosa que era muy natural en el campo, o que las mujeres, las esposas verdaderas eran las que… ésta estaba enferma, estaba loca, pero la suegra no. Pero las mujeres nuestras han sido… esas sí que eran matronas, ¿no? Era muy común llevar a la casa junto a la esposa legítima los hijos naturales, y todavía a causa de esto nadie podía diferenciar entre los hijos naturales y los hijos de la mujer que estaba allí, la esposa, ¿no? Nuestra raza, imponente. Ahora, es que nosotros, no es que nos hayamos olvidado, es que no sabemos lo que éramos, o lo que tenemos que ser por lo que fueron los antecesores nuestros; cada casa, por modesta que sea, cuando tiene algunas generaciones aquí, hay unas lecciones tremendas, que no las oímos a veces porque los que las pudieron darnos ya están muertos, pero se puede hacer algún esfuerzo y recordar.

Dos barcos contra el Paraguay. No los masacran a todos porque… Y si me parece que si sigo un cuarto de hora, es medio tarde, son las ocho y media ya, pero me falta esto, que es muy importante. Esto, porque es lo que no se sabe, o se sabe muy poco, son los años en el Paraguay. Con Francia, esa especie de tigre que ha hecho la historia. La historia que fue la misma historia que hizo que Artigas fuera un bandolero y un asesino, ¿no? Son los mismos hombres, y por la misma razón. Ustedes saben que hay un Ledesma que aparece para la mayoría de la gente que era asistente, no era asistente, era soldado, fue de los que iba en el Paraguay, y los distribuyeron a todos, los que pasaron para el Paraguay los distribuyeron en distintos lados. Es Ledesma el que cuenta, es Ledesma el que cuenta esto. Un grupo se queda, el otro pasa el río, con Artigas. Se despiden. Y Ledesma cuenta, años después, en el Paraguay, a un historiador, ¿qué cuenta? Todos lloraban. Estos y Artigas. A Artigas muy frecuentemente le brillaban los ojos, muchas veces en sus documentos habla de llorar, y nosotros, que somos tan chicos, no lloramos ni aunque nos peguen. ¿Por qué? Porque no somos grandes, nos hacemos una idea de cómo son grandes, entonces hacemos la comedia que no corresponde a la realidad. Lloran todos, en La Ilíada lloran todos, a Napoleón le brillaban los ojos también, en El Cid, el Cid empieza la epopeya de los vasallos y los parientes llorando, así empieza la epopeya del Cid, nada menos, y con él llorando entra en la historia de la literatura el mundo, pero bueno, no vamos a entrar en eso.

Y, ¿cómo hizo? Era muy protocolar Artigas. En los abordajes había que andar con cuidado. Pisa el Paraguay, en La Candelaria, que es un puertito argentino, y está Tatuá, enfrente, paraguayo; pisa tierra paraguaya y espera. Y al jefezuelo de allí, paraguayo, que tiene una guarnición militar, dice que solicita al gobierno paraguayo entrar. Van a Asunción como bala, y como bala vuelven. ¿Cómo vuelven? Está Francia allí, nada menos. Le manda una escolta de veinte húsares, y entra al Paraguay, a Asunción, como un jefe de Estado. ¿Y qué dicen por ahí? Que lo metió preso en un convento. Bien, señor, en una celda, sí, el convento no tenía más que celdas, las piezas le llaman celdas ellos. Pero, ¿en qué celda estaba? En la que era para hospedar al visitador de la orden, el que anda visitando todos los países del mundo y después lo hace en América que sería, lo menos, además de un obispo, que sé yo, de una jerarquía de un hombre tremendo, también, de la orden franciscana creo que es. Pero, ¿qué era el Convento de la Merced? Donde se hospedaban los huéspedes ilustres, de manera que ni preso en un convento, ni metido en una celda. Pero esto es muy importante. ¿Por qué? Primero, de entrada, porque nosotros, todos los uruguayos, tenemos una gratitud, que no saldamos porque no conocemos, con Francia, con el Paraguay entero y con López. ¡Y qué deuda! Eso es lo primero. Pero, además de esto, que creo que era lo primordial, qué hombre que era Artigas. Francia, aisladito, sin querer saber nada con las otras provincias porque, y por suerte para el Paraguay, hasta el desastre de la guerra inicua que se les llevó después la Triple Alianza, porque era la manera de no estar en los conflictos que eran guerras permanentes, que siguieron durante tantos años después en la Argentina y acá, estaba allí. Pero haciendo ¿qué obra? Ya el Paraguay era mucho más civilizado que nosotros y que los argentinos, y que todos, ¡ojo! Pero miren ustedes, se avisa a Francia y le manda una escolta militar. Tremenda escolta, que entra como un jefe hasta donde se hospedan los huéspedes ilustres y lo meten en la celda, no donde están los otros curas, sino la que se tiene reservada para el visitador de la orden cuando anda de inspección por todos los países del mundo.

¿Y qué más? Ni siquiera escribe, ordena, verbalmente. Por suprema orden verbal piensa Francia, bueno es, están peleando como locos allá, lo barren contra aquí, ¿cómo vendrá? Ah, tenemos que arreglar eso. Y yo, por ejemplo, o ustedes, recibimos eso, sí señor, Artigas que pase, yo le mando veinte húsares para que entre con todo el honor, pero es que se preocupa Francia de esto, por suprema orden verbal se le suministre a don José Artigas a su llegada a esta capital todo lo necesario para su decente vestidura y ropa interior. Rápido, acá. De manera que en el convento, cuando éste llega con sus húsares, venía casi desnudo, la chaquetilla, algún chiripá y una maletita, ya tiene la ropa pronta. Esto es maravilloso, nos mueve a una gran gratitud.

Y ahora esto, que yo lo copié, con todo el trabajo que me dio copiar este documento, voy a leer las cantidades, pero miren si esto no es el ajuar de un novio rico hoy, cómo sería antes. Miren la relación que está en la Tesorería de Guerra argentina. Les voy a leer rápido, para así, como quien de un baúl muestra prenda, así, sin que las vean muy bien ni nada, pero para que vean cómo se comporta Francia, y qué hombre es el que entonces Francia siente que tiene delante. Miren lo que hace comprar, están todos los precios, y los precios son suma de 400 pesos de aquella época, eran ocho meses de sueldo que tenía como oficial Artigas: ocho varas casimir fino color aplomado, etcétera, seis de sarasas finas, tres piezas de bretaña de Francia, veinte varas de bramante para ropa interior y todo, seis pares de medias de hilo, siete varas cotoña, lo que no sé lo que es, y pregunté y no se sabe, son telas que había antes, acolchada, dos varas paño fino azul, diecinueve varas pimpillí de hilo, cuatro pañuelos para cuello, ¡eh!, un estanciero tiene uno o dos, ¡cuatro!, dos sombreros finos y a siete pesos los sombreros, siete varas piel arrasada, no sé qué es, nueve trucos de varas bramante, seis varas sarasa, siete octavas raso negro, dos media varas coleta, que era una cosa para poner aquí, en la coleta, que se ponía, dos medias varas paño azul fino, dos estuches de navajas, es conmovedor, pero yo le regalo que con una navaja tiene, no dos, miren ustedes qué importante esto, y que bien habla de Francia, pero además Francia a quién estaba recibiendo, estaba recibiendo a un príncipe… Dos estuches de navajas, media docena de cubiertos, dieciséis botones, dos pares de botas, ¡dos pares de botas mandó!, si venía descalzo, dos pares de botas; un almofriz, que es una funda en que se lleva la cama de viaje, no sé cómo la llamamos nosotros, eso que viene que usan todavía, los soldados usan ahí, para poner el capote y esa cosa de la almohadita y eso…, tres levitas, dos levitas de sarasa, siete chalecos, cinco pantalones, una chaqueta, un frac, dos jarros de latas, etcétera, etcétera, cuatro piezas de bretaña más, porque unos días después, más, cuatro piezas de bretaña, dos varas de casimir, cuatro varas de muselina, cuatro pañuelos, otra vez, cuatro pañuelos, un frasco, y escuchen, un frasco de aguaviento y otro de mistela, dos frascos de vino, dos frascos vino carlón, dos frascos vino de la tierra, siete varas de encaje ingleses, cuatro pañuelos, otra vez, de mano, dos peinadores, que eran unos mantitos que se ponían acá para después empolvar la peluca, tres piezas mahones, que era una tela fuerte de algodón, diez varas cotoña, etcétera, no les leo más, pero para que vean, entonces, qué fue esa llegada a Asunción.

Ahora bien, todos los días iba, de mañana, y de tarde dos veces, el secretario del dictador supremo, y dos veces también el prior que ha contado algunas cosas, a saludarse, como un jefe. Un día, le dice el prior si se encontraba a gusto, y Artigas le dice:

–Y dígame, si usted fuera yo, y yo usted, ¿qué diría usted?

–Pero entonces, claro –dice–, no está a gusto.

–Claro, no me he quedado de pie ni a caballo.

Va a estar en una ciudad sin absolutamente intervenir en nada por decoro político. Y entonces el secretario se entera, y al otro día, al otro día, Eusquestá le manda decir que si no está a gusto lo va a mandar a Curupayty, donde va a estar más limpio. Pero Curupayty, que ahora va uno y no la encuentra, porque es espantoso, era la segunda ciudad de Paraguay, y era el emporio comercial del Paraguay, y tenía catorce mil habitantes y Montevideo no tenía, en esa época, catorce mil habitantes. Quiere decir que era, para Artigas, una gran ciudad. Lo que sí, lejos, separado. ¿Y por qué? Porque habrán de saber ustedes, muchos pueden que lo sepan, que el año antes de llegar Artigas, unos meses antes, había habido una conspiración imponente, y con Yegros, que era un general bárbaro, para matar a Francia. Y los agarran. Y habían tenido relaciones, eran muy amigos Yegros de Artigas. Y Artigas después fue amigo del hijo. Un poco después lo fusilan a Yegros, que han dicho una de las cosas, de los crímenes, de fusilarlo, pero ningún jefe de Estado, en todos lados es pena de muerte, pero además, digo en los jueces, si se abre una conspiración y se prueba que fue a matar al presidente, pues está condenado a muerte, en toda la historia está, de manera que qué más, se demoró mucho porque se hizo un juicio con todas las de la ley, y lo fusilaron a Yegros. El hijo de Yegros después lo conoce a Artigas, en el Paraguay, y ahora está en la Cámara nuestra un libro, dedicado por Artigas al hijo de Yegros. O sea, había una convulsión espantosa, y Artigas era un hombre internacional. Si Artigas se liga con esto, mejor que se vaya lejos…

Pero, ¿qué había pasado? Un poquito antes de que llegara Artigas, había habido una cosa, y yo aproveché que un amigo iba al Paraguay, pero no tuvo tiempo, porque yo quería la copia del documento. Una noche, un grupo paraguayo, cantores y músicos, en el Paraguay, andaban con sus arpas que están lindas también, de manera que había artistas, y otros más, cantando borrachos por las calles y ¿qué? Por eso, yo quería la canción entera, y los historiadores no citan más que los dos versos que yo voy a citar, yo quería el documento y quería los nombres, porque a esos sí hay que ponerles una calle, aquí, aunque sea media chica, en Montevideo, cantando, Artigas estaba peleando allá, eran gente de Yegros, de los que estaban con la conspiración, y se desacataron, son borrachos, gente del pueblo, músicos, cantores, cantando por las calles de la Asunción a grito pelado: “¡Viva el general Artigas! Su tropa bien arreglada…”, un ejército precioso, tenía causa y tenía hasta músicos, y, de los que yo sé los nombres, miren quiénes eran, presos todos, yo no sé qué inviernos van a pasar, Domingo Irrazábal era uno de los borrachos cantores, Juan Manuel Cantero, Baltazar Galeano, todos esos presos porque estaban cantando y anunciando a los de la Asunción la esperanza en que Artigas fuera también a libertarlos a ellos.

El documento en que le dicen que va a Curupayty, “donde vivirá con más soltura y comodidad. Saldrá al día siguiente”. Y salen al día siguiente, pero, ¿cómo salen? Hacen venir al gobernador de Curupayty, que era un coronel, con una escolta, y sale como un jefe de Estado.

Y muere Francia, y se hacen cargo cuatro o cinco generales y coroneles, que empezaron a hacer los horrores más grandes. Pero miren quién era Artigas. Muere Francia el domingo 21 de setiembre a la una y media de la tarde, y el chasque que mandan a Curupayty debió recorrer setenta y seis leguas para entregar el despacho el martes a mediodía. Miren si era urgente eso. Muere y en el momento de morir los que se hacen cargo ya piensan en Artigas, y sale a raja cincha, setenta y seis leguas, ¡pero qué leguas!, entre pantanos, bosques, hoy mismo la gente no puede ir sin llevar un mosquitero, telas, porque hay unos mosquitos chiquitos que se meten lo mismo en la piel. Y ese mismo día, el comandante militar, y hay un documento que dice que cumplió la orden, va y lo encadenan a Artigas.

Pasan unos meses, el mariscal López hace una revolución, los echan a los usurpadores del poder, hay dos cónsules, viene un régimen de libertad, se abren los puertos, empieza una obra que era la continuación de la de Francia, allí se hace una reforma agraria, que todo eso se ha ocultado, miren qué cosa, se fundan escuelas, se traen profesores extranjeros, se construyen caminos, templos, colegios, se envían jovencitos a estudiar a Europa, abolición de la esclavitud y de las penas de tormento, juicios de confiscación de bienes, se suelta a todos los presos políticos. Inmediatamente que esto, se dirá a Artigas lo que recibe de López el gobernador de Curupayty, se dirá a Artigas que si quiere volveré a su patria lo podrá verificar en alguno de los buques mercantes que hay, que van desde Corrientes a Pilar, y se nos enviará de su resolución a primera oportunidad que se ofrezca. Artigas no salió porque no quiso, ya sabemos, estábamos peleados aquí. Y el gobernador, que se llama Gauto, contesta: “Hice comparecer ante mí a Artigas y le hice saber la suprema orden que vuestra excelencia se ha servido dirigirme, y licenciado de ella me contestó que quedaba muy reconocido al beneficio singular que vuestra excelencia se había servido dispensarle, y que a impulso de él reviviría en una inmoral gratitud, pero que él, muy distante imaginar el volver a su país nativo, suplica a vuestra excelencia sirva conceder la gracia de que finalice en esta villa el resto de sus días el cual habrá de ser ya muy limitado debido a estar ya en edad bastante avanzada”. Enseguida se le manda ropa y dinero, porque estaba preso, porque esta junta ya no le pasaba pensión, se le lleva, y entonces, de ese dinero, el gobernador dice (que fue para él) una gran gratitud y se va, porque él no quiso estar en Curupayty, el gobierno le dio un campito a una legua y pico, que tenía animalitos, tenía gallinas, le gustaba mucho cuidar gallinas, y repartía todo a los pobres.

Pero lo que yo no traje acá, es esto. Cuando Francia recibe la comunicación del gobernador de que Artigas le había dicho que quería irse a una chacrita y no vivir en el pueblo, por eso estuvo tan poco en Montevideo, siempre, se alarma Francia. Yo no lo tengo aquí, si lo traje no lo vamos a leer, porque es conmovedor, que si es porque es insuficiente lo que recibe de pensión, que diga y se le manda, se le provee de todo lo que precisa, ahora, si es por su gusto, el otro pensaría “este hombre de campo qué va a hacer en un pueblo sin un real”, y que si es por su gusto, entonces que se le dé un campo, la casa tenía cuatro piezas, que le hicieron, y que se le den animales, implementos y qué sé yo. Miren qué cosa, y que distinto de la leyenda que anda por acá.

Pero como Artigas dice que quisiera estar…, ah, pero estamos ya en el gobierno de López, le mandan decir, como vimos, que puede irse a su país, hasta le dicen cómo, por el río, y Artigas contesta lo que vieron, pero dice que ya le queda poco de vida. Y se alarma López. Además, en un documento que hay, del gobernador, dice que está viejo. Y había estado, en ese momento, enfermo, había tenido sus caídas Artigas. Y entonces viene esto. Se da por enterado el mariscal López, dirá a don José Artigas que “hemos tomado en consideración su resolución de concluir el resto de sus días en esa villa, en lugar de verificar el regreso a su país que se le había propuesto con el objeto de facilitarle cuando gustase verificarlo, y en consecuencia lo atenderá usted cuando lo exijan las circunstancias, y llegado el caso de su fallecimiento, se le hagan los honores fúnebres correspondientes”. Miren también qué alma maravillosa esta, en qué está. Y estaba gobernando un Paraguay que había sido convulsionado y roto por la junta militar anterior, pero no se contenta con eso, le parece poco. Y enseguida, eso es del 9 de diciembre, le parece poco, y el 28 del mismo mes de diciembre, se amplían en forma reservada las órdenes de honores fúnebres que debían rendírsele, y en eso dice, entre otras cosas, “las honras fúnebres prevenidas para el caso de fallecimiento de dicho señor se harán del modo y con la solemnidad que permita la villa…”. Ese es nuestro Artigas, miren qué cosa tan sabia, “del modo y solemnidad que permita la villa, convidándose de asistencia a los vecinos principales”. También que vayan los vecinos principales. Ojo, que como el gobierno aquel era tremendamente duro, si recibe la invitación un vecino va, aunque sea a regañadientes, ¿no? Y pasa esto después.

Estamos en 1845. Parece que se viene la guerra con el Brasil. El Paraguay, imagínense, y López, como está. Artigas tenía 81 años, y recibe esta comunicación del gobernador, ya habiendo barcos brasileros ahí, que los atacaban. El gobernador decide esto para que le comunique a un viejo de 81 años: “tan luego como reciba esta orden hará llamar a don José Artigas y le dirá, dice el mariscal López, que me he acordado de él para instructor de un ejército de la República, le hago este propio a fin de saber si el estado de su salud y edad le permitirán aceptar el cargo en la inteligencia de que si él se allanara a aceptar ese servicio a la República le proporcionará usted todos los auxilios necesarios a fin de que venga a la brevedad posible. Cualquier ya sea el resultado me avisará usted inmediatamente…”. Se quedan pendientes, Artigas dice que no. Y pasa enseguida, por suerte no hay guerra.

Y viene lo último que yo les voy a decir, muy brevemente, porque esto es un abuso, un abuso que se permitirá disculparme por el tema, que es sagrado, ¿no?

Y entonces López detecta el cambiecito, y entonces lo invita a que se venga a Asunción. Pero a él no le gusta Asunción, no le gusta la ciudad. Entonces, ¿qué hace López? Se lo trae lo mismo, con la promesa de que en los fondos de una inmensa chacra, de una quinta preciosa, dicen que el lugar es maravilloso, que tiene a las dos leguas de Asunción, que es donde va a pasar los fines de semana el mariscal, es donde está la escuela ahora, y eso, a unas dos o tres cuadras, le hace hacer una casa. Como hay una acuarela, la casa era preciosa, pero no estaba pronta. Y López quiere que se venga, y éste no quiere estar en Asunción, entonces lo manda a otro pueblito de un secretario que tenía, para que esté allí, hasta que le hagan la casa. Y de eso hay también una acuarela. Y les digo esto. Donde fue, ahí, a la casa del secretario, esperando que le hicieran la casa, y  yo no conozco una casa en el campo de este país, y he andado tanto, más linda que esa, es preciosa. Allí estuvo hasta que estuvo la casa propia y entonces se va.

Y entonces está a dos cuadras, dentro de la quinta, que es preciosa, y ahí pasa él sus cinco últimos años. Los fines de semana va López, con su mujer. Artigas viene y conversa. Artigas, ustedes saben que el hijo legítimo, que era coronel en el ejército nuestro, fue después, y estuvo dos meses con él, a ver si se lo podía traer a Montevideo, y no quiso, y entonces a él le cuenta que conversaba mucho con López, y que claro, López, que era mariscal también, pero éste era otro mariscal, siempre le buscaba la conversación que le contara, Artigas, sus campañas militares. De manera que miren que dentro de la melancolía de no estar en su país, pero sin ganas de volver porque ya estábamos más peleados nosotros, blancos por un lado y colorados por otro, porque ya no podía, además, no era lo que quería la Constitución nuestra, si viene Artigas acá no deja un constituyente sano, eso fue un delito, la bandera que nos hace llorar y exhalar nueve gritos si la vemos en el extranjero, pero a mí me hace llorar más, yo la vi un día en París y lloré de veras, ¿por qué? Porque es tan linda, es la que más he adorado en la escuela, hemos cantado el himno con ella delante, es inocentemente tentadora. ¿Por qué? Porque cuando nos independizamos, los soldados y los jefes eran los soldados y los jefes de Artigas, eran los que podían en realidad tener voluntad y hacerla cumplir, y no se dejó, la bandera que querían era la suya, la de Artigas, la que se inventó, ésta, que no tiene culpa y que tenemos que adorar, esa pobrecita fue puesta para que no estuviera la de Artigas. Latorre, que era maravilloso, agarró y no volvió nunca más. Y Lavalleja quedó el pobre aguantando por lo menos con un puntal un edificio que se vino abajo. Nosotros seríamos socialmente mucho más dichosos si las ideas de Artigas se hubieran cumplido.

Muy brevemente, Artigas queda allí, va los fines de semana. Yo vi en el museo, el mate de Artigas, que se lo regalaron a Zorrilla de San Martín, era un mate chiquito, chiquito pero cargado, es que se ve que ya estaba mal, y entonces tomaba muy poquito mate y tomaba mate dulce, y allí conversaba con el mariscal, pero aparece esto, con lo que quiero terminar.

Este hombre imponente tuvo un amigo, el último amigo que tuvo. Y, ¿quién era el último amigo de este hombre, ya de 82, 83 hasta 86, en que se murió? Un niño. Era un niño que cuando murió Artigas tenía ocho años, de manera que la relación empezó a los tres. Era un hijo natural del hijo del mariscal López. Hijo natural entonces del otro López que fue el héroe de la guerra del Paraguay, y ese niño se encariña Artigas con él. Hay testimonios de que a veces, Artigas en su morito… (termino ya), Artigas en su morito que tenía ahora, el perro “Charrúa”, y el chico, se iban a la orilla del Paraná, que era un paisaje maravilloso, a pescar. Y este niño cuenta, después, todo esto que les digo, y lo cuenta ¿cuándo?, cuenta cuando tenía 102 años de edad. Y se lo cuenta a Elisa, que fue maestra de la escuela Artigas, que hay que hacerle un homenaje, una mujer maravillosa, era una maestra, fue a una jornada de devoción allí, siempre se pasó revisando los archivos y escribió un libro precioso. Y ¿qué hizo? Como vivía el viejo, todavía, lo fue a ver, y son los testimonios que hay. Entonces el viejo de 102 años, el amigo último de Artigas, cuenta:

Primero, pesca y qué sé yo, y que Artigas andaba siempre con un bastón, pero se ve que era muy erguido, porque lo que dice el viejo es que no sé para qué le servía el bastón, porque no era ni rengo ni era manco, de manera que el viejo andaba muy derechito y eso lo ha llevado casi con señorío. Pero escuchen, cuenta también que se juntaban otros niños, que serían de la servidumbre, él tenía una guardia permanente allí, el mariscal, y si no iban a estar los soldados y sus mujeres, de manera que niños, indios seguramente, parece que Artigas los juntaba, y ahora esto se los digo con toda honradez, que es posible que este viejo de 102 años algunas cosas las imagine, pero lo que dice él es que juntaba todos, y les daba, no sé cómo se dice, la doctrina, es posible que Artigas les hiciera cuentos, y es posible también que esas cosas que hemos recibido de la tradición familiar tan lindas de la leyenda cristiana, de esos milagros, de esos santos, que son un perfume de nuestra cultura, tal vez le dijera, yo no creo que les enseñara a rezar ni eso, pero de cualquier manera eso es lo que dice el viejo.

Pero, y termino, Artigas se muere. Hay el testimonio de una chica que cuando van a preparar, ya ven que está gravísimo, y los de la quinta López llaman al sacerdote para que le dé la extremaunción, ella se mete adentro, con la tía, que es la que arregla un altarcito allí, unas cosas en el dormitorio vespertino. Se aparece el cura, y Artigas, que está en coma, recobra el conocimiento, y se quiere bajar de la cama. Entonces lo contiene seguramente el mismo cura, porque después de hacer eso, claro, hay que acostarlo, y Artigas dice que no, que él quiere recibir al… (¿cómo es la palabra?, eso me pasa por no llevar los papeles), no dice Dios, dice una cosa muy magnífica, lo magnífico o una cosa así no lo va a recibir, es claro, un general de esos, no va a recibir en la cama, y hay que vestirlo al viejo. Y entonces, toda esa ceremonia, la extremaunción o confesión, no sé bien cómo se llama, se realiza de pie. Después se acuesta, claro, él ya sin aliento, y vuelve a perder el conocimiento. Y de repente abre los ojos y dice: “Mi caballo, que me ensillen mi caballo”.

Ahora hay que pensar en esto, ¿qué soñó el viejo? Ah, no era para montar en su estado, ha soñado que era joven y que volvía o que estaba en lo que la desgracia había interrumpido. De manera que sus sueños últimos, miren de qué naturaleza eran.

Bueno, ¿y cómo se entera el último amigo de Artigas? Ah, lo cuenta el viejo, a los 102 años, y por suerte, porque murió a los 103, de manera que si hubiera habido un historiador ahora no hablaría, murió en 1945, pero además qué lindo hombre era de ser el último amigo de Artigas. Cuando después muere López y viene el segundo López, el hijo, y viene la guerra del Paraguay, ustedes saben que de las hazañas más tremendas de América, porque fue todo el pueblo, no quedaron más que mujeres, viejos y niños, peleaba todo el mundo, Mitre dice, cuando proclama el ejército para invadir, que fue la Triple Alianza, “en veinte días en la frontera y en dos meses en la Asunción”, y estuvo dos años y hubo que destruir todo el país. López se va retirando, se va retirando, se va retirando, y al llegar al río Aquidabán no quiso atravesar y se hace matar allí. Allí muere él y todos, muere un hijo legítimo que tenía 16 años, y quien caerá del interino que ya tenía un mocito como era él, que era amigo de Artigas, era digno amigo de Artigas.

Pero esto, y termino. ¿Cómo se enteró el niño en Asunción que había muerto Artigas? Lo cuenta el viejo de 102. Se le aparece el mariscal, con aquella barba y aquella cosa imponente que tenía López, y miren qué lindo esto, si esto parece no realidad sino escrito por Esquilo o por Shakespeare. Pone la mano en la cabeza y le dice: hemos perdido a nuestro hijo. Así se enteró. Bueno, López perdió y el niño perdieron su amigo, lo que América no sabía es que había perdido, también, a su amigo, y que, en vez de ser vencido, Artigas hubiera sido vencedor, todavía hoy estaba la gratitud de América entera. ¿Por qué?, porque todo este dolor y este espanto, que creo que son cinco niños por minuto que mueren de miseria en América, no se hubiera realizado. Perdió entonces su amigo el viejo López, perdió el niño, heroico después, y hemos perdido todos, como ven.

Muchas gracias por esta cosa tan larga.

¡Ese es el Artigas nuestro!

 

 

 

 

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