Con la cuenta regresiva para el inicio de su campaña por la reelección, Donald Trump ha decidido apretar el botón nuclear para atacar a México —su principal socio comercial— en una acción que hoy muchos consideran suicida.
La decisión, que ya ha causado un fuerte descalabro de Dow Jones y el enojo entre sus propias filas republicanas, ha sido defendida por Marc Lotter, su director de comunicaciones de campaña para la reelección:
“México tiene que entender que tiene que hacer más para frenar la inmigración ilegal”, ha dicho Lotter en defensa de una estrategia electoral que, en opinión de muchos, podría costarle la reelección.
“El presidente Trump está poniendo patas arriba la economía de los Estados Unidos, y quizás poniendo en peligro sus perspectivas de reelección, con una abrupta escalada de políticas comerciales proteccionistas”, aseguró desde las páginas de The New York Times, su analista Jim Tankersley.
Desde el gobierno de México, esta decisión se veía venir. De hecho, durante su reciente gira por Alemania, el Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, comentó al Ministro de Exteriores de ese país, Heiko Maas, que el gobierno de Andrés López Obrador ya contemplaba “para dentro de un mes más o menos” los ataques de Trump en el frente migratorio.
Sin embargo, Ebrard no creía que estos ataques se producirían tan rápido. Y, sobre todo, desde un frente tan sensible como el comercial, mientras EU libraba una guerra titánica frente a China que, en las primeras horas de éste sábado, responderá a Trump con un paquete de represalias que suman 60 mil millones de dólares.
¿Cómo es posible que Trump haya decidido apretar el botón nuclear (“going nuclear”) frente a México, mientras libra una complicada batalla frente a China?, se preguntan algunos de los colaboradores del presidente Trump que le habían aconsejado no abrir un frente contra México.
Especialmente, cuando el gobierno de Andrés Manuel Lopez Obrador había preferido sufrir en silencio, mientras aceptaba a regañadientes hacerle el trabajo sucio a Estados Unidos frente a un alud de corrientes migratorias sin precedentes.
Es decir, aceptar sin rechistar las políticas unilaterales de Washington para contener la inmigración que empuja desde Centroamérica, Cuba y Africa y aceptar, en los hechos, su condición de “tercer país seguro” para aceptar a miles de inmigrantes de terceros países que han sido devueltos por la patrulla fronteriza para esperar desde México un largo e incierto proceso para lograr asilo en EU.
Desde México, la pregunta obligada es: ¿qué pasó con la promesa de una ayuda por 10 mil millones de dólares al año para impulsar el crecimiento y desarrollo en Centroamérica?… ¿El encuentro de AMLO con Jared Kushner, el yerno de Trump, en casa de su amigo, Leopoldo Gómez, fue una simulación o un ejercicio de futilidad que sólo mancilló la investidura presidencial?
Una cosa es segura. Por el momento, la prometida ayuda de Washington a México para respaldar el proyecto de desarrollo en Centroamérica, tendrá que esperar. Y, muy posiblemente, tendrá que replantearse a partir del 2021 bajo un nuevo presidente en Estados Unidos.
En el mejor de los escenarios, la opción más deseable (aunque poco probable) sería Beto O´Rourke, el aspirante a la presidencia del partido demócrata que ha considerado la propuesta de México como la idea más inteligente para combatir el imparable éxodo desde Centroamérica.
Otra opción sería el ex vicepresidente, Joe Biden, quien se encuentra a la cabeza de las preferencias, y que además es un buen conocedor de México y precursor de los programas que se intentaron implementar bajo la administración Obama para contener la inmigración indocumentada desde el llamado Triángulo Norte (Honduras, Guatemala y El Salvador).
Por el momento, el gobierno de México ha decidido aferrarse a la ayuda que le ha prometido el gobierno alemán. Aunque, según fuentes diplomáticas, esta ayuda «podría no ser mucha en términos monetarios», los esquemas de cooperación que Angela Merkel mantiene con países como Líbano, Siria o Jordania para contener a la inmigración de miles de refugiados en zonas de guerra, podrían ser un buen comienzo.
Eso, mientras pasa la tormenta y se trabaja por desactivar o contrarrestar el ataque nuclear que ha lanzado Donald Trump pensando en su campaña electoral para mantenerse en la Casa Blanca y, de paso, conservar el blindaje que le ofrece la presidencia contra un largo rosario de investigaciones que le pisan los talones.
J. Jaime Hernández
La Jornada
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