La tragedia, la pasión, el amor, el inconmensurable dolor de la pérdida irreparable y la inspiración artística son los cinco pilares temáticos de “Hamnet”, el formidable film histórico y testimonial de la realizadora china Chloé Zhao, ganadora del Oscar por la inolvidable “Nomadland”. El largometraje indaga en la turbulenta peripecia existencial del dramaturgo británico William Shakespeare y de su esposa y en torno a su hijo muerto a los 11 años, lo cual, según sólidas hipótesis, pudo haber influido en el parto de “Hamlet”, una de sus obras de teatro más brillantes, más populares y más difundidas de la
historia de la literatura. El film cuenta con ocho nominaciones al Oscar 2026, entre ellas la de Mejor Película.
Aunque a priori no parece estar entre las favoritas de críticos y analistas especializados para adjudicarse la estatuilla dorada que se entregará el 15 de marzo, ciertamente es una de los títulos más conceptuosos, por sus excepcionales valores artísticos, incluyendo ambientación de época, fotografía, montaje, música y sus descollantes interpretaciones protagónicas.
Por supuesto, esta no es una nueva adaptación del formidable clásico shakespeariano, que tiene más de medio centenar de versiones cinematográficas, tanto filmes mudos como sonoros. Es que la vigencia de esta obra, que tiene más de cuatro siglos, trasciende al tiempo y al espacio. No en vano, sigue siendo estudiada por analistas literatos, investigadores y semiólogos y aun se mantiene, por fortuna, en los programas de la asignatura Literatura de Educación Media.
Por el contrario, los protagonistas de esta película son el propio literato, su atormentada esposa y su fallecido hijo, aunque no se trata propiamente de una biografía sino de un turbulento fragmento de la vida compartida del dramaturgo y de su familia, nutrido más de hipótesis y meras especulaciones que realmente de certezas. Así es, en efecto, el universo de Shakespeare, que es más conocido por su fecunda obra que por su vida afectiva.

Su auge coincidió con el Renacimiento Inglés y la época isabelina, que representan la edad de oro cultural, artística y literaria de Inglaterra, bajo el reinado de la soberana Isabel I, en cuyo contexto sobresalieron particularmente el fecundo desarrollo del teatro y la poesía, en plena expansión del imperio británico.
Aunque el autor también escribió y publicó comedias, es bastante más conocido por sus tragedias, en las cuales abundan las muertes, el ejercicio abusivo del poder, el odio, la envidia, la traición, la venganza y, en algunos casos, como en la no menos célebre “Macbeth”, la apelación a la superstición, la brujería y hasta a lo sobrenatural.
Aunque el famoso escritor nació en una familia acomodada de la alta burguesía y se crió en un ambiente de violencia doméstica, su fama creció en base a su inconmensurable genio artístico y no por su linaje social, ya que era una persona muy independiente.
Pasó a la historia por sus obras de naturaleza eminentemente testimonial, que denuncian todas las miserias humanas. Esa cualidad nos permite reconocer en sus personajes de ficción a especímenes contemporáneos como, por ejemplo, al emperador estadounidense Donald Trump, un auténtico émulo del “Ricardo III”, un rey al cual Shakespeare retrata como un villano maquiavélico, deforme, cínico y sumamente manipulador, diseñado para encarnar el mal absoluto y justificar la dinastía Tudor. Físicamente, la obra lo describe con una espalda encorvada, un brazo marchito y una cojera, características que simbolizan su mente retorcida y su naturaleza sanguinaria. Si bien el personaje literario no se compadece totalmente con al verdadero monarca, su descripción en la ficción, salvando las diferencias, puede emparentarse con el presidente yanqui.

Aunque nada es imposible, no nos imaginamos a Trump cambiando su reino (gobierno) por un caballo, como reclama el soberano de la ficción en un momento de peligro inminente.
Lo cierto es que el dramaturgo reflexionó, como pocos autores en la historia, en torno al poder, la ambición y la violencia derivada de tener potestades de perpetrar terribles actos de barbarie.
No le va en zaga “Hamlet”, que narra una historia impregnada de odio, violencia, venganza, locura y superstición, cuya frase o reflexión más célebre es. “ser o no ser, esa es la cuestión”.
Esta máxima, que tiene una clara lectura filosófica, alude al miedo a la muerte o a la delgada frontera entre la vida y el epílogo existencial que a todos nos aguarda. Tal vez la interpretación más lineal tenga relación con el suicidio, como una suerte de huida de las desgracias que nos depara la existencia. Aquí puede estar la clave de la inspiración, cuando, emocionalmente demolido por la prematura muerte de su hijo, tal vez el artista pensó en quitarse la vida para apagar el dolor. Sin embargo, optó por resucitar a su vástago a través del personaje de esta tragedia, porque es obvio que se sentía en parte responsable por haber abandonado a su familia en aras de su arte y de la fama que le deparaban los teatros de Londres.
Empero, esta película no recrea la biografía del dramaturgo en lenguaje ficcional, pero sí la historia de la elaboración de su obra cumbre y las peculiares circunstancias en las cuales esta habría sido concebida.

La película que está inspirada en la novela homónima de la novelista irlandesa Maggie O´Farrell y fue producida nada menos que por los famosos cineastas como Steven Spielberg y San Mendes, se ambienta en su tramo inicial en el medio rural, donde el futuro dramaturgo imparte clases de latín a los niños lugareños.
El relato se inicia con la formidable panorámica de un bosque tan hermoso como tupido en cuyo centro se encuentra tendida una tan joven como hermosa mujer, que por momentos parece ser devorada por el paisaje. Simultáneamente, se percibe el aleteo de un halcón, que luego de alimentarse en pleno vuelo, retorna al hombro de la mujer. Evidentemente, es su protector. El ave de rapiña simboliza la fuerza y la libertad, en sintonía con el espíritu emancipado de su dueña.
La imagen, dotada de una poesía visual inconmensurable, se asemeja a un verde y tupido vientre a punto de parir una diosa mitológica o tal vez una bruja, capaz de seducir y someter a quien la observe. En efecto, los casi espasmódicos movimientos corporales, que mixturan magia con sexualidad, también parecen sugerir una cópula o bien una práctica de masturbación.
Como si se tratara de una obra teatral, la cineasta presenta en primer término a Agnés, que era Anne Hathaway y es encarnada por la magistral actriz Jessie Buckley, una mujer que seduce por su belleza pero también por el misterio que emana de ella.

Esa suerte de fémina fatal vestida con ropas de campesina, impacta inmediatamente al joven Shakespeare (Paul Mescal). Así surge, como por arte de magia, el amor a primera vista, impregnado con una sobredosis de pasión.
Ese romance, casi contra natura entre un docente e incipiente escritor y un mujer humilde dedicada a las tareas del campo, ya de por sí rompe las barreras entre clases sociales, originando conflictos y resistencias. Sin embargo, como el amor es más fuerte, ambos jóvenes vencen todos los obstáculos, como las creencias que la fémina fue engendrada por una bruja muerta y detenta el arte de la magia. Esta suerte de apelación a lo sobrenatural, que aparece en la obra del dramaturgo en clásicos como “Macbeth” y el propio Hamlet, condimenta desde el comienzo relato que, en las siguientes secuencias deviene en una suerte de comedia romántica y familiar, antes del advenimiento de la tragedia.
De ese matrimonio, con más rechazos que aceptación, nace una niña llamada Susanna y los mellizos Hamnet y Judith, en un contexto de partos dolorosos y viscerales que evoca sin proponérselo al Génesis de la Biblia, cuando el supremo hacedor expulsa a Eva y Adán del Paraíso y proclama que la mujer parirá con dolor. De ese modo, más allá del mito, condenó a todas las féminas a pagar ese peaje para ser madres, En ese marco, es tan monumental la dramatización de Jessie Buckley, que todos se sienten, aun los espectadores del sexo masculino, como parte de esos nacimientos vivenciales explosivos.
Empero, es lógico que dos personas tan diferentes como los integrantes de la pareja tomaran caminos diferentes, que responden a los cánones de género de la época. Mientras la mujer se hace cargo del cuidado de sus hijos y de su hogar, el hombre sueña con Londres, la cuna del teatro de la época. La compulsión del hombre es tan fuerte, que ya nada puede detenerlo, porque su sentimiento de frustración trasciende al amor que dispensa a su familia, ya que se resiste a ser un mero profesor de latín en un medio chato como el rural, donde sus posibilidades de progreso personal y familiar son realmente nulas.

Empero, lo que comenzó siendo un romance casi idílico deviene en tragedia, cuando el hijo varón fallece a los once años de edad. Obviamente, este drama no es ficción, ya que el artista y su pareja realmente perdieron a su hijo varón.
Rodada con luz natural, es realmente sobrecogedora la secuencia en la cual la pareja vela al niño fallecido, en una sucesión de imágenes realmente desgarradoras que, por su realismo, conmueven hasta las lágrimas. Supuestamente, el niño murió aquejado de una intensa fiebre, en una época en la cual, por razones obvias, la mortalidad infantil era atroz y la expectativa de vida no superaba los 40 años de edad.
Empero, más allá del cataclismo emocional que supone la pérdida irreparable de un hijo, la realizadora rescata primordialmente a la figura de la mujer, quien en su tiempo fue un ser casi anónimo que vivió al costado y al margen del esplendor de su marido. Nadie duda que el artista amara intensamente a su esposa. Sin embargo, esta fue únicamente su amante, la madre de sus hijos y una mera ama de casa. Jamás tuvo relevancia. De allí la necesidad de hacer un acto de justicia con la compañera de uno de los genios más brillantes de la historia de las letras ingleas y de la literatura universal, que pasó virtualmente inadvertida como otras valiosas mujeres, en un tiempo histórico de rígidos códigos patriarcales.

Tanto la novela como la película, siguen dos cursos narrativos: el de la sufrida mujer que vive a la sombra de su marido y el del artista que fragua su obra abrevando del doloroso cráter emocional de la pérdida, hasta transformar a su personaje de ficción en una suerte de hijo redivivo. De ese modo cumple con un código no escrito, que establece que las obras, al igual que los personajes que interactúan y conviven en ellas, son siempre hijas de sus autores, porque estos son los creadores, les dan vida y las hacen perdurar en el tiempo.
Más allá que buena parte de la historia transcurre en exteriores y en paisajes de intensa y magnética belleza, esta película tiene un formato teatral, acorde con el oficio de su protagonista masculino, ya que la mayoría de su producción fue pensada para ser presentada sobre las tablas de un teatro.
Chloé Zhao corrobora toda su sensibilidad femenina y por supuesto feminista, para otorgar luz propia a una mujer que en su época no la tuvo, pese al coraje y una indomeñable rebeldía que la emparienta, más allá de singularidades, con el personaje protagónico de la inmensa Frances McDormand, en la no menos intenso y laureada película “Nomadland”, que, hasta el momento, era la obra cumbre de la cineasta china.
Queda claro que el arte es un emancipador por antonomasia, porque tiene la virtud de saltar sobre las convenciones de cada época y rescatar a los anónimos transformándolos en personajes centrales de la comedia humana, aunque en este caso la comedia mute inexorablemente en tragedia, acorde a los códigos del primigenio teatro clásico griego, que juega con la pasión dionisíaca, asociando el éxtasis con la irracionalidad y hasta con el desenfreno, que es sinónimo de libertad.
La otra línea narrativa, que es más filosófica que cinematográfica, está vinculada a la rebelión del dramaturgo que transforma a su obra en una suerte de catarsis, pero también en un triunfo sobre la muerte que, como en el caso de Hamlet, el príncipe de Dinamarca literario, es una suerte de venganza y un desafío al destino.
En ese contexto, “Hamnet”, que al igual que en el caso de la novela alude a la muerte, a la ausencia y al dolor, es una película de inconmensurable belleza estética, que contrasta la luminosidad del paisaje con la lúgubre oscuridad de la penumbra de interiores, donde laten el amor y la vida, pero también la muerte y, por ende, la tragedia. Todo es siempre parte de la realidad, aunque en este caso se trate de una mera ficción que abreva de la literatura.

En ese marco, este intenso relato destila grandeza por los cuatro costados, tanto en materia visual como sonora y ni que hablar interpretativa. En tal sentido, la labor protagónica de Jessie Buckley es realmente de antología, por la majestuosa energía emocional que se proyecta y se expande entre la audiencia.
Esta película, que es un diamante en bruto, también nos regala imágenes que parecen pintadas sobre un lienzo y una música que nos penetra hasta subyugarnos.
Como le expresé cuando abandoné la sala a quien me convocó a la función privada, este film se disfruta y se padece, porque disfrutan los sentidos de la vista, el oído y el intelecto, pero también se padece por su visceralidad y proximidad emocional, como si uno estuviera sentado en la butaca de un teatro y pudiera casi tocar a los actores sobre el escenario. Aunque ignoramos que suerte correrá en la entrega de los premios Oscar, esta película es realmente para encuadrar y para consumo masivo de los cinéfilos de buen paladar.
Por Hugo Acevedo
Periodista y crítico literario
FICHA TÉCNICA
Hamnet. Gran Bretaña 2025. Dirección: Chloé Zhao. Guion: Maggie O’Farrell y Chloé Zhao inspirado en la novela homónima de Maggie O’Farrell. Música: Max Richer. Edición: Chloé Zhao. Fotografía: Lukasz Zal. Reparto: Jessie Buckley, Paul Mescal, Jacobi Jupe, Emily Watson, Joe Alwyn, Noah Jupe, Justine Mitchell
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