Por Sergio Schvarz
La autora del poemario Cometas rojas de memorias. Insilio y otras muertes-vivas, nació en Treinta y Tres pero vive en la ciudad de Las Piedras desde el año 1973. Este detalle es importante porque implica ese insilio del título, ese exilio del lar natal, un peregrinaje obligado por las circunstancias políticas de fines de los años sesenta y principios de los setenta.
Su padre, Manuel Toledo, maestro y profesor de Matemáticas, fue sindicalista y estuvo preso desde abril de 1972 hasta setiembre de 1978 cuando le entregaron, a su familia, su cuerpo en un cajón cerrado, maltratado, con las manos atadas con alambres. Este dato es fundamental, porque aquí la presencia del padre ausente recorre las páginas como el fantasma de la conciencia y de la sinrazón, de ese por qué que se instala en su poesía, un porqué que insiste en la injusticia de su muerte y en el sufrimiento que le fue provocado y que, a su vez, provoca en los seres queridos.
Mirta Toledo, a pesar de todo, sobreviviente del terror, se recibe de psicóloga en 1986 y trabajó en la Comisión por el Reencuentro de los Uruguayos, en el Centro de Investigación y Promoción Franciscano y Ecológico, de Conventuales, y fue activista con grupos de mujeres pedrenses, psicóloga en la Intendencia de Canelones y desde 2005 colaboró con la creación del Área de Género de la Comuna Canaria y coordinadora de la Casa de las Mujeres en Las Piedras, reconvertido como Espacio para la Memoria y los Derechos Humanos Quica Salvia, que comenzó el trabajo en los Sitios de Memoria “Los Vagones”, de la ciudad de Canelones y el Batallón de Infantería Nº 14 de Toledo. Todo esto explica su quehacer poético, en especial en este libro.
Ha publicado, entre otros, Setiembre azul (poesía, 1998), Memoria para armar – Tres (testimonio, 2003), Decires (poesía, 2007), Generación del viento (antología de poesía, 2010), Guía de actuación en Sitios de Memoria (coautora, investigación sobre Sitios de Memoria, 2018).

A modo de introducción
Las mujeres que hacen poesía lo hacen para hablar de lo íntimo de una forma velada, semi oculta, porque existe un temor a exponerse. La poesía que habla sobre la historia reciente, más precisamente sobre el terrorismo de Estado, ha sido abundante pero mayormente desconocida, y podemos encuadrarla en dos sectores. Una que es la generación de los padres, de quienes padecieron, directamente, la persecución, la tortura, la prisión y/o la muerte, y que, tras la liberación ocuparon todos los espacios de poder, en detrimento de los que sostuvieron la lucha política, social y cultural desde la clandestinidad o semiclandestinidad, y una segunda que es la de los hijos, hoy sesentones, que son los que vivieron y crecieron durante la dictadura. Esa última es, en puridad, la llamada “Generación de la Resistencia”.
En el caso que nos ocupa, Mirta Toledo se adscribe en la segunda vertiente. Su poesía, a pesar de que tiene algunos textos altamente poéticos, es, en realidad, un testimonio en lenguaje poético, y que está atravesado por el dolor de la ausencia del padre, del sufrimiento del padre en prisión –y por reflejo, un sufrimiento que se traslada al seno familiar, por lo que estará sufriendo aquél– y el dolor de la muerte del padre.
Hay una repetición de la misma idea, un machacar constante, sobre la ausencia y el dolor de la ausencia (que es, en definitiva, la ausencia del padre), la falta, el hueco, el hiato que parte en dos su personalidad, como una forma de elaborar nuevas preguntas y encontrar, de ser posible, las respuestas. Sólo que nada es seguro, todo es esquivo, inasible como arena entre los dedos. “¿Cómo puede la lengua insinuar su verdad/ si alguien no la quiere escuchar?”. A pesar de todo, y eso es lo que la mantiene en pie, “…puedo verte a ti aunque no quiera”, aunque me provoque dolor.
La imagen, esa imagen, lo es todo. A falta de su presencia, queda el recuerdo, como si de ángeles beatíficos se tratara.
Hemos de destacar, también, el vínculo, su gran amistad, con el poeta pedrense Marcelo Pareja, fallecido recientemente quien alcanzó a leer el libro y en la contraportada expresó:
“Es un libro que nos hará bien en su lectura. Un hermoso libro”, porque a pesar del repaso de los momentos terribles que vivió nuestro país, hay poesía.
Una breve mención de las secciones del poemario nos muestra el itinerario, poético, vital, sufriente y resistente: Presencias, El Sismo y Caos, Cometas rojas, Ellas, cultivos y caricias y un Anexo imprescindible para entender la obra y su contexto.
La memoria y el insilio

Una constante que se repite, el leit-motiv que recorre la obra, es “la tierra está siendo”, que es el latido, el soplo vital, pero, además, siendo, la tierra se está des-haciendo, desmigajándose hasta ser nada más que polvo, del que venimos, hacia el que vamos. Pero primero, antes que nada, estará el silencio:
La S de silencio se veía en todas partes
una puerta trasmutada en S
en el banco de la escuela o el liceo
allá en la placita de la esquina.
En el rincón de la casa vieja
en la casa de mi amiga
en el penal
en mi cara y en la cara de los otros
en la madre que tenía miedo de sus niñas.
Es un silencio opresivo, que obliga a meterse para adentro y la voz repercute en la mente, es la voz que expresa la memoria, que se resiste a morir: “Es que siempre van conmigo/ mis muertos”. Es una memoria que grita, pero necesaria para poder recordar, porque en la memoria de las cosas vividas, de lo que una es, lo que la formó, incluso con las experiencias negativas (que nos hicieron crecer y vislumbrar otro estado de nuestra personalidad y unos sentimientos, nuevos, que descubrimos con asombro apegados a la vida) también nos provoca la sonrisa, a pesar del dolor. Porque la vida, siempre, puede más, y no ceja.
Hay un “cuarto azul de la vida”, que es como el mar o como el cielo, esa libertad ansiada, el movimiento constante en el que se desenvuelve la vida. Porque cuando nos duele el mundo –en las múltiples facetas del dolor–, esa dolencia nos recuerda que, aún, estamos vivos, y que, no hay otro modo, debemos seguir hacia el mañana, hacia el futuro, anclándonos en ciertos principios inconmovibles. Esos principios, justamente, por los que cayeron otros que están en nosotros, “pleno(s) de ternura/ rebosante de memorias”.
Hay un tono triste, lánguido, que atraviesa estas páginas, un tono como de cosa perdida, irrecuperable, y por eso la poesía, para que, con otra voz, acaso elíptica, pueda hacer la síntesis de todo eso que nos pasó. Decodificar el estado de ánimo reinante, asumir la derrota, comprender la desgracia, calibrar la actitud, envolvente, en la que nos debemos desenvolver. Porque la vida es el río que moja los pies y nos da (escalo) frío (s) pero fluye, siempre, hacia un fin determinado: desagotar en el mar. La vida es el mar, azul, la furia y la quietud, la marea y la luna, un atardecer y el horizonte, acaso inalcanzable.
Pero a veces, también, la vida es laberinto, y nos puede hacer sentir que estamos acorraladas, atrapadas entre los hilos de Ariadna, y hasta “caer en el abismo sin temores/ rodeada de poesía”, porque solo la poesía puede salvarnos de lo ominoso, de la crueldad de los hombres, de la injusticia. Por la poesía baila la belleza, aunque el mundo –lo sabemos– se cae a pedazos. Por la poesía logramos trascender y, por último, ser otros, ser lo que en esencia somos: “usar las alas aunque estén rotas/ escribir las letras que sostienen/ la ternura la caricia…”. El Minotauro está allí, mítico, “el abismo del espanto siempre ahí”; no hay modo de olvidar, no se puede olvidar lo que hemos sufrido, debemos recordarlo pero no para mortificarnos, sino para que no vuelva a ocurrir. Lo que nos sucedió, lo que nos tocó, ya no lo podemos cambiar, pero sí lo podemos recordar y contarlo a los otros para que no vuelva a suceder.
El espanto, el terror –en todas sus manifestaciones– no debe existir, y eso hay que decirlo, una y otra vez. Todo parece ser extraño, como si el mundo fuera irreconocible. Así pasa cuando la idea que tenemos de la hermosura que puede ser la existencia de los hombres y las mujeres sobre
la tierra, se da de bruces con la realidad brutal de la violencia extrema que se expresa en variadas formas, en el cuerpo de las mujeres, en las relaciones de poder, en la síntesis de los que sufren, de los que mueren por hambre o por enfermedades que tienen cura. No son bienaventurados los que sufren, son seres sin alma, errantes en busca de algo que los haga sentir vivos, poblar la ausencia, porque
“Solo las sillas y el ojo que las ve
permanecen sin nadie en la esquina de la casa
de la bolsa de la nada,
del silencio del dolor
de los que hace tiempo ya no se sientan allí.
Les vemos. (latierraestásiendo)
Es La ausencia.
El color como reflejo del alma
En Toledo Graña los colores reflejan estados de ánimo, y explican, cromáticamente, el sentimiento interior. El azul parece ser la esperanza, eso de alcanzar (de tocar) el cielo o el navegar, en una libertad absoluta de movimiento. El blanco de porcelana, que amenaza con romperse, lo delicado, lo que es frágil y no se sostiene. La tinta roja (“paredón, tinta roja en el gris del ayer”, como en el tango) se derrama, se desangra y refiere, además, a lo femenino por el costado de la menstruación. Y para ver los colores está el ojo, que ve la silla vacía (incolora), la ausencia (el ausente, lo ausente), y eso duele, “de tanto llorar” y sabe a sal la lágrima, “y el pobre ojo seco duele de tanto ver”. Es que se ha visto tanto, que no hay modo de impedir el dolor. E incluso, aunque se cierren los ojos, es peor, porque la imaginación fragua imágenes más feroces.
¿Y cómo lidiar con todo eso? ¿De qué modo seguir viviendo?
Dentro de la poesía femenina testimonial, podemos mencionar un libro de ex presas políticas (La expresión poética de los presos políticos, 1ª recopilación, Vol. 1, Centro de Integración Cultural- CIC, junio 1986) que, aunque hay hombres también, la nómina de
mujeres poetas incluye a: Mabel Araujo, Lilián Celiberti, Lucía Fabbri, Alicia Locatelli, Yessie Machi, Lía Maciel, Iris Sclavo, Lilián Toledo, Ivonne Trías y Alicia Troglio. De la misma serie de Escritos de la cárcel, el volumen 2, Bitácoras del final (1987), que son relatos en forma de diario, desde el penal de Punta de Rieles y el volumen 3, que aborda. La narrativa de los presos políticos, y son cuentos (publicados 1988), pero exclusivamente debido a hombres: Hiber Conteris, Miguel Ángel Olivera, Alfredo Alzugarat, Elbio Ferrario, Jorge Bralich, Carlos Alberto Tutzó, Daniel Scasso, Marcelo Estefanell, Carlos Fernández y Ángel González. También el libro Qué diré de la cárcel, de Lucía Fabbri, la obra testimonial Los ovillos de la memoria (2006), de Gladys Castelvecchi y Tatiana Oroño, y Anunciaciones, de Martha Canfield (1973). A esto hay que agregar Mujeres liberadas, escritos sobre mujeres y por mujeres, donde hay testimonio, investigación académica y reflexión que, en este caso, es un conjunto de 26 obras, donde destacan, entre otras, Sin noticias de Margaret, de Graciela Jorge y Silvana Monzilo, Ya vuelvo, de Mariela Salaberry, La llama que no se apresa, de Nélida “Chela” Fontora y Memorias de Punta Rieles (2004).
Registros
Uno
“Nada es casual
el ojo registra el tiempo de siempre
aunque yo no lo pueda ver
y aunque parezca que nada ve
registra cada movimiento de mi mano sobre el papel
mientras escribe estas letras.
Pobre mano herida por el tiempo
no sé cómo puede escribir.
El ojo fascinado observa,
guarda en su retina este instante
y otro instante,
la gente cuando camina,
el baño de sol, el agua,
la arena cálida
y mis pies.
Sí, también registra mis pies descalzos en la arena.
Entonces vuelve hacia mis manos.
Mis manos
Como aquellas otras manos atadas (latierraestásiendo)
que sufrieron en ese tiempo de siempre
que también es mi tiempo…
No sé cómo liberarme de este tiempo de siempre
su tiempo de dolor, mi tiempo de dolor” (…)
Por eso la poeta volverá al terreno de la infancia, a ese territorio inmaculado, donde aún puede sentirse segura, con “cintas de azul y rosa” que la sostenían sin cuestionar ni cuestionarse lo vano de la existencia, “tocan violines su llanto azul en la inmensidad del Sur”.
Lo cromático (lo monocromático), se expresa en una lista de colores: verde, bronce, plata, blanca (luna), negra la oscuridad, lila (arenas aliladas, rombo lila, soledades lilas que están, además, desflecadas).
Sismo y caos
El sismo y el caos se parecen, se tocan en un punto. El sismo, telúrico o emocional, provoca (puede provocar) el caos, pero el caos no produce el sismo, a menos que se entienda este como “desbarajuste”, es decir, lo que no está ajustado a una norma, a lo que había antes de. Pero lo que hay después de (del terrorismo de Estado, en los cuerpos de las víctimas, directas e indirectas) es un gran misterio, insondable, donde sobrenada, allí en la base, el dolor, y anida en el fondo, entre los escombros. Por suerte, se puede “recordar aquella mirada que se coló con las caricias”, porque siempre hay una oportunidad de “encontrarse desde la/ cicatriz ausencia del desolvido”, el haber olvidado y vuelto a recordar, y ahora hecho memoria.
El mundo, el mundo conocido, se desmorona. Lo que era “el placer de la vida acariciando con ternura su piel” se transforma en el borde del abismo silencioso, “secuestrando su infancia/ y adolescencia” (la de la poeta). Es “lo oscuro incierto, los golpes, el Golpe y la nada”, porque “los mundos/ son a la vez pálidos descoloridos y azulados”.
“Sin luz se perderían las sombras”
Podemos encontrar, entre otras cosas, una elaboración sobre el terrorismo de Estado, una des-composición, un terror ismo desatado, lo subversivo y los subversos. Y ahora aparecerá el miedo cuando esté en el territorio del enemigo:
“(…) La corneta quería que la niña temblara
que todos temblaran.
No –se dijo la niña–, en soledad, mejor no tiemblo.
Mejor me río.
Y la risa comenzó a ahuyentarlos…”
Porque el resistir lo es todo, a como dé lugar.
El personaje de Clara (pienso en la claridad, en lo conceptual, pero también en lo lumínico) atraviesa el dolor desde la niñez, desde la no-comprensión de las cosas, pero sentidas, casi en carne propia, hasta vislumbrar que todo eso –el terror ismo de Estado– va a terminar un día, y volverá a encontrar al Pájaro Azul, el que vuela en libertad, a pesar de que “la tristeza y la bronca te abrazaban/ y te ahogabas en cada búsqueda”. Sin embargo, como contraparte: “Saldremos cada día con auroras multicolores que nos darán la luz/ para continuar el viaje”. Pero, siempre, hay que rememorar las luchas, “nuestras luchas” (y aquí se apropia de eso).
Cometas rojas
Surge, ahora la cometa del título, eso que, suspendido en lo alto, puede ver lo que sucede en la Tierra. Y hay cadenas que atan y en las que “cada eslabón (es) una historia de mujer”. Vuelve al terreno de la infancia, de los recuerdos limpios: “me embadurno de tiempos frescos/ y de olores colgados en la memoria”.
10-14 de marzo 1985
Al fin.
Se hizo el tiempo de encontrar las
palabras
escuchar
las palabras.
Verlas. (latierraestá siendo)
Marchando bajo cielo
al fin liberadas
liberados.
Queriendo caminar los tiempos
el aire, el sol
el cielo.
Otra vez vuelan los pájaros
regresan.
Acá nosotras
nosotros
hijades.
Al fin transcurren las horas, al fin.
Es claro que la liberación de los últimos presos y presas revive el recuerdo, porque entonces el mundo se reordena, los pájaros vuelan y todo puede recomenzar.
Cuando la persona (amada) no está, queda la silueta. Una silueta desdibujada que se refugia en el pasado, “su sonrisa en noches de luna/ la plaza, los juegos”. Y en ese recordar, “se escuchan violines/ en la inmensidad del Sur”. ¿Tiene color la soledad desamparada?, porque Toledo Graña usa el cromatismo para identificar el estado de ánimo, como ya dijimos, un estado de ánimo de soledad que pesa, de dolor solitario, un ala rota que “habla de cosas que nadie puede ver”, ausencias y abandonos del que emigra porque no le queda más remedio. El que desmigra. Y, sobre todo, el que se exilia una vez, se exilia para siempre. A eso le llaman insilio.
La visión del tren expresa la sensación que la envuelve: “Subir al tren/ que extraño/ el ruido va al revés (…)/ Aunque mire hacia adelante, me muevo para atrás”. Porque no puede liberarse del pasado, este se hace presente siempre, no la deja olvidar, y se manifiesta en todas las cosas.
El crepúsculo es la línea divisoria del tiempo entre lo que fue y lo que ya no es, entre la certeza de lo rememorado y lo incierto del futuro, y nos muestra que somos “solamente un punto en la inmensidad, nada más que eso”, pero que duele, sin embargo, porque “la justicia (está) ausente” para siempre.
Habitáculo
Habitáculo de paz tus pupilas
esa mirada
la ternura transita tu rostro y me mira
como si el tiempo nada.
Mientras este grillo me susurra de ti
y entonces lloro la alegría del re-encuentro
tus ojos de papel y el grillo que está acá
me dicen de ti y de mí?
que tu rostro irradia ternura
que la paz habita el papel que trajo tu rostro nuevamente a mí
entonces también me habita a mí como antaño
mi sueño azulalado.
(latierraestásiendo)
Habitáculo, como concepto, refiere, desde la etimología, habitare=habitar, y culo=instrumento, medio o lugar, y si bien en el inicio significaba habitación o vivienda, ha evolucionado para referirse a un recinto de pequeñas dimensiones; propiamente es el instrumento o el lugar para habitar. Por lo tanto, aquí, en el poema, ese recinto está compuesto por “la paz de tus pupilas”, es decir, la mirada que proviene desde el sueño azulalado (¿tal vez la conjunción de lo azul y lo alado?).
He aquí (a mi criterio), un muy buen poema que no necesita demasiada explicación:
Parir aquella
Continente de sueños
madre de mi palabra
de mis silencios rebosantes de luna
de mis vuelos
de mis alas encontrando entre las nubes del recuerdo
la vida.
¿Cómo parir más letras?
Hoy siento en mis entrañas
el vacío.
Si quedara dentro de mi
madre de mi palabra
la letra que marca su nombre
la noche, el cielo, el agua, la arena
la sombra que hizo la casa.
yo, todos,
en una noche de luna.
Desencontrar la luna
sumirse en un oscuro frío
cerrar la garganta (latierraestásiendo)
el llanto en tinajas de silencio oscuro.
Cuna de sueños queridos
te esfumas placenteramente en el agua
tras no sé que historias marinas
y me escombras.
A mí me escombras
porque nada en este mundo
vivo, o de piedra
árbol, sol o luna,
nada, pero nada es mío,
sólo mis lágrimas que lloran lo perdido.
Tras advertir que le es difícil escribir letras y palabras, porque no hay fórmula que explique el sentimiento total de la pérdida, la poeta concluirá que nada en este mundo es mío, “sólo mis lágrimas que lloran lo perdido”. Acaso de esta manera podamos entender el proceso que pasa por su interior.
La pertenencia, el pertenecer, el ser de un lugar determinado, tiempo y espacio, pero también ser de un no-lugar: “cuando la soledad ensoledada te abraza/ no hay lugar/ solo hojas desprendidas de algún árbol que alguna vez fue”. Es decir, sólo podemos ser en la medida que el recuerdo se hace presente, y somos, únicamente, lo que fuimos. Hay un vacío que se expresa así: “De cuáles amores vienes/ si luego te los quitan sin pensar”.
Por ello hay que buscar siempre, a pesar de la “soledad insolente que te asfixia”. Después de todo, el piso “quedó allí donde los pies// Ya caminaste sin los pies mientras otras partes cubren su falta./ Censurada, clandestina, cortada sin saber, encerrada,/ abrazada al silencio.”. Y, además, “Ya robada la hijades”, es decir, esa cualidad de ser la hija de, pero, además, una especie de dejadez por la que, al morir el padre, ya no es hija, ha dejado de serlo (aunque lo será para siempre, porque esas cosas no culminan nunca).
Es natural que, entonces, “Al borde el abismo me sostiene/ en el gusto del espanto acariciado”, porque es la atracción de lo insondable, del misterio de la muerte, deseada y temida a la vez, como liberación posible de esa ausencia que no tiene fin, un “querido silencio de palabras rotas”, que muestran que ya no son capaces, las palabras, para explicar y explicarnos, ya no alcanza con nombrar el miedo para conjurarlo, hay que sortear el infinito, caminar sobre el filo de la navaja, pisando el límite endeble del precipicio.
En “Arabesco y la luna”, está el adorno, la ornamentación sinuosa y entrelazada, lo que habla de la complejidad, donde hay una elegancia y repetición rítmica. Así, en “Arabesco-Dos” la constante repetición se da en la propia palabra arabesco y luna y la niña que “ahora tiene la luna y el arabesco/ se lleva consigo la luna y el arabesco./ El arabesco negro se vuelve verdeazul”. La acción de la niña, pura e ingenua, sin maldad (en un mundo feroz que nos acecha) transforma los elementos, los domina y los hace suyo, formando parte de su mundo de ensueño.
El perfume de la risa
¿Dónde quedó el perfume de la risa?
porque no se huele.
Por acá se esconden los cuencos
que la sostenían
el perfume
la risa.
Quiero ver esa arruga en tu rostro
esa arruga que produce la risa
su huella
quiero oler el perfume de tu risa
mi risa y
encontrar el cuenco que me acune
de risas perfumadas.
Ellas, cultivos y caricias
Una nueva sección se abre. Ellas, las madres, las abuelas, las tías, son “Guardianas de la vida/ en tiempos del terror/ silenciadas, temerosas y valientes./ Insiliadas.// Ellas hoy/ van siempre brillando/ con la dulce aurora del amanecer”. Es interesante la visión sobre el papel de las mujeres durante el terrorismo de Estado, y es un tema del que casi no se ha hablado. Porque tuvieron que sostener el hogar, hacerse cargo de mantener la vida y, además, luego de buscar, en un peregrinaje obligado por cuarteles y dependencias policiales y militares, a sus maridos, hasta ubicarlos (o no), debieron soportar el destrato, el desprecio y la estigmatización.
Pero, a pesar de todo, hay lugar para la ternura, porque al miedo, al terror, se lo combate con los elementos vitales que sostienen la existencia: “Es que la ternura tiene forma de caricia/ esparcida por el viento se posa en tu figura, penetra en cosquilleos por la piel/ transformándose en sonrisa de mariposa/ la mariposa deja algo de sí en cada lugar que se posa” (Sonrisa de mariposas). Y por eso, puede sumergirse “en el laberinto de los jardines de la vida y/ sonrío alas de mariposa”. Es que ese periodo de la vida es, sin duda, una especie de laberinto, del que parece nunca poder hallar la salida. Con los jardines, el florecer (lo que nos hace volver a los colores, a lo colorido y su significación cromática), la vida es el triunfo de/ante la muerte.

Hay, además de todo lo dicho, un diálogo, poético, con su madre, Blanca Aurora (y aquí está la referencia cromática que tiene su origen en el nombre materno, puesto que si ella fue símbolo de pureza, lo blanco, y los tonos pasteles del amanecer, todo puede significar el nacer del día, el renacer, el renacimiento, y la conjunción del nombre lo realza más aún). Su madre la nombra, a la poeta, a su vez, como gota-flor, que se alimenta de “caricias y sueños”, y que es “de mirada triste/ y caricia dulce”. Y la poeta dice: “Gota-flor me nombras/ en respiro”, y, además, “Convierto este aire en tu aire y te envuelve un instante/ para que respires de amores rojos/ roja la aurora de tu nombre/ rojo el amor que te cubre de encaje/ roja tu vida de mujer”. Por suerte aún se conserva “el perfume de la risa/ y tu vuelo”.
Y hay esperanza, lo hemos dicho: “Hoy desperté en freesias/ con el aroma silvestre/ con la frescura/ de quien quiere vivir sin que/ la corten/ rompan/ maten”. Porque el “Llorar las ausencias/ los sueños./ La poesía”.
En la parte final, hay un anexo, en que se nos ofrecen una serie de textos, epílogos o postámbulos, debido a otras mujeres, como María Celia (Maricel) Robaina, psicóloga, que entre otras actividades trabajó como psicoterapeuta individual y grupal en SERCOS y COSMEDDHH, con personas afectadas por el terrorismo de Estado; un epígrafe de Mariana Franco, un poema-definición sobre el insilio, más una semblanza de la autora, la nota alusiva a la muerte de su padre, Manuel Toledo, ocurrida en el Penal de Libertad en 1978, agradecimientos diversos y un último poema, “Danza de estrellas”, que dice “Pájaro azul y cometas rojas de memoria/ danzan desde un arriba como cielo/ un arriba de los pobres/ vigilante y cuidadoso/ disonante y firme/ como la danza de los abrazos…”.
(Cometas rojas de memorias. Insilio y otras muertes-vivas, de Mirta Toledo Graña, ed. Yaugurú, 2025, Montevideo, 100 páginas)
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