Luis Pereira Severo es un poeta nacido en Tacuarembó que a esta altura tiene una larga trayectoria en la producción cultural y literaria uruguaya.
Sus primeras publicaciones datan del año 1980 (Muralla, Libros de Granaldea), a los que luego siguieron: Señales para una mujer (1985), Poemas de acción y mujeres delgadísimas (1992), La Tinta de Alcatraz (1993), Retrato de mujer azul (1998), Manual para seducir poetisas (2004), Pabellón Patrio, serie de relatos íntimos (2009), Poemas para mi novia extranjera, milonga rioplatense (2015 en Argentina, 2018 en Uruguay, Premio Nacional de Letras en 2017), Poemas para leer en una pantalla de 5” (2019), Otros poemas sucios, manual de castellano estándard (2022). Además ha participado en varias antologías, en presentaciones en festivales literarios y en paralelo ha sido gestor cultural.
En una reseña anterior (“Las marcas de Pereira”, en La ONDA digital) señalaba que “el poeta ha quedado marcado por un
periodo en que, a la par de los sucesos de la vida nacional, le ha costado vivir con el dolor y el miedo…”, y por esa razón le adscribía, al poeta, en una por mí llamada “generación de la resistencia”.
Sin embargo, hay quien ha llamado a esa generación, la que se vio atravesada por la última dictadura cívico-militar, como la “generación del silencio”. Quiero advertir, en primer lugar, que el término “generación”, como herramienta historiográfica, fue desarrollado por Ortega y Gasset alrededor del año 1923, y se utiliza de un modo totalmente arbitrario para agrupar una tendencia literaria que tiene puntos en común en una época más o menos determinada.
En ese sentido, si tomamos en cuenta una serie de acciones culturales que confluyeron hacia 1980 –unos años antes y unos años después–, llegaremos a la definición que he propuesto. Es decir, desde Cuadernos de Granaldea (impulsada por Alejandro Michelena y que se reunían en el sótano del bar Mincho), las publicaciones de Washington Benavides o de Circe Maia desde el interior profundo, Ediciones de Uno (Gustavo Wojciechowski, Héctor Bardanca y Agamenón Castrillón), la revista La Plaza (de Marcos y sobre todo Gonzalo Carámbula, pero en la que escribieron plumas destacadas de todos los sectores políticos y sociales, como “Perico” Pérez Aguirre), Canciones para no dormir la siesta (que sorteó, hábilmente, la censura), Rumbo, con la canción-protesta “A redoblar” (compuesta por Mauricio Ubal y Ruben Olivera), las murgas Falta y Resto, Diablos Verdes y La Reina de la Teja, el trabajo sostenido del teatro independiente, sobre todo La Gaviota y el Teatro Circular (con “La cacatúa verde”, de Arnold Schnitzler o “El lazarillo de Tormes”, en la versión de Héctor Vidal y Horacio “Corto” Buscaglia, que tuvieron un resonante éxito y permitía la vinculación de un público que estaba contra la dictadura), más todos los creadores que desde el exilio siguieron construyendo cultura y, en una proyección en el tiempo, el Grupo Fabla de integración poética (en 1988-1989, en el que también estuvo Pereira Severo junto a Aldo Mazzuchelli, Atilio Duncan Pérez “Macunaíma”, Víctor Cunha y Elder Silva), podemos ver que existió un movimiento que se expresó dentro de los intersticios legales, semi legales y/o semi clandestinos y que mantuvo la resistencia cultural al proyecto de la dictadura que, como sabemos, buscó asentarse en una estética grandilocuente y totalitaria, de tipo fascista, con esculturas monumentales (por ejemplo el monumento a Artigas en el Cerro Artigas de Lavalleja), la canción “Disculpe”, de Los Nocheros, o la reivindicación solitaria a Amalia de la Vega, y la constante censura que buscó alinear la creación artística sobre la base de la triada Familia, Patria y Tradición, en el marco de una orientalidad vaciada de contenido.

En el prólogo, de Helena Corbellini (quien también participó de ese movimiento), dice: “su poesía emergió de los años de represión y más tarde atravesó el derrumbe de la utopía comunista”, lo que le da un marco temporal e incluso ideológico a la creación literaria del poeta.
Debemos decir, y anotarlo, que Pereira Severo es un poeta que vindica y reivindica a otros poetas y, en general, a diversos artistas. Y aquí están muchos de ellos: Circe Maia, Texeira Cuello, Pessoa, Bordieux, Gravina, Haroldo Conti, Horacio Cavallo, Arlt, Marosa, Falco, Cúneo, Zitarrosa, Lena, Sabalero, Zurita, Monterroso, Denise Levertov, Néstor Groppa, Gianuzzi, Parra, Lamborghini, Yanko, Eline, Brodsky, Benavides.
Son, de algún modo, compañeros de ruta.
Lo poético y lo extrapoético
El poemario está separado en siete partes bien definidas: Pampa, Ciudades, Cuaderno, Guerras, Injurias, Güeso y Diario, con la dedicación a dos grandes poetas que (nos) faltan: Elder Silva y Gabriel Di Leone.
A nivel general hay una estética de “contrapoesía” (Gerardo Ciancio), y de “materiales poéticos y extrapoéticos” (Esteban Moore). Helena Corbellini señala que el poeta escribe “con los desechos de la lengua”, y cifra las características de su poesía de la siguiente manera:
“Las tipologías de versificación chocan con estos versos de métrica disímil, que en un límite pueden expandirse hacia la prosa y en otro, optar por construir textos enteramente univerbales (…). Pereira Severo contempla sus versos, escucha sus silencios por el interlineado, por las cesuras, por los cortes silábicos. Luego corta y recorta con tesón minimalista. Logra textos llenos de elocuente silencio. El resultado es que estamos ante una poesía reñida con la belleza extática de la vertiente culta pero que también se aparta de la sencillez y el candor de la poesía popular”. (p. 9)
Lo cierto es que hay huellas del paso del tiempo, unas huellas que bucean en lo personal pero también en lo histórico, así como un presente capaz de mezclar diversos elementos y que se compone de pensamientos, de ideas y de acciones realizadas o a realizar. Por ejemplo: “Amores amputados a sabiendas/ La inutilidad de toda poesía/ Chajá mejicanos una banda” y, como una cuestión pendiente que hay que resolver: “Leer poesía de autores que residen en México”. (p. 23)
En Brocal enumera todo lo que está relacionado (y hasta podría dialogar con Ismael Smith y su poemario Brocales, del año 2023). Dice:
Brocal
agua de pozo
partes del brocal, el pozo, lo empozado
los alambres
tumbados sobre el brocal del pozo
tumberío, mosquera
reconstruir el sitio, como respira
memoria de objetos
banal
narrar sobre el asunto
descriptivo
recorrer
volver ahí
Hay una sensación de “extranjerez”, de una visión que se sorprende (y nos hace sorprender) de lo que se va registrando en una sucesión que viene de lo que hubo antes, de lo que existe y de lo que, quizás, habrá. A la vez hay una transtextualidad, una metapoesía, y un diálogo con otros poetas.
Como dice Corbellini: “Las palabras crean la realidad y la ordenan”, y en una especie de poesía épica, el poeta “ha tomado la voz de las víctimas, de los desposeídos”.
Hay un uso de signos como los dos puntos, la barra diagonal o el paréntesis que se abre y no se cierra, que plantea algo que no está terminado, que admite otras lecturas, pero que es parte del todo, uno de sus costados, una reflexión que se deriva de otras sin que tenga que ser concluyente. Significa que allí hay, además, otra voz, como si el poeta hablara como poeta y como vehículo de la conciencia poética, del pensamiento. Una voz dentro de la voz, una multiplicidad de registros poéticos que se pretende inagotable. (Tiene razón Corbellini cuando habla de palabras antipoéticas pero que Pereira Severo logra convertirlas en parte del paisaje del poema. Palabras como tilingo, guiso de papas pucheros, cuidados paliativos, cascarria o chabola).
A veces el poeta pone el título del poema al final, entre paréntesis. Y una particularidad es el uso de “lo”, la categoría de lo objeto (lo otoñal, “lo que sombra bien que tiene”, lo orillero, lo lonja y lo lonjado, lo rasgado, etc.), con una certeza de identidad y de identificación. También hay un mecanismo de repetir un verso pero para darle, sumarle, otro significado, de modo que nos podríamos representar, gráficamente, una espiral ascendente que da una vuelta entera, masticando un concepto, una idea, que llega al mismo punto y allí sube un escalón (o lo baja) y nos ofrece, por contigüidad, otra idea, otro concepto. Por ejemplo, sobre la lengua y el lenguaje:
2.
El efecto de la lengua
lo que produce el sentido
la lengua poblada
(Lo que arrastra la lengua
despojos
porquerías
plástico)
Desechos de la lengua
tufos
mal olor…
Pampa
Si bien el territorio pampeano se lo ubica más en relación con la llanura central de la Argentina, por extensión podría abarcar una amplia zona que comprendería a Uruguay y al sur de Brasil (casi coincidente con la idea de la Liga Federal artiguista), sobre todo porque en esta sección es un territorio donde concurren el mestizaje, los ranchos, el sancocho, “galpones ferroviarios/ vagones/ salas de/ encarcelamiento…”, y presidiarios, lo que nos indica que, a pesar de ser un territorio abierto, sin fin, pretendidamente libre, está acotado, restringido, por la acción del hombre. Allí habrá taperas, cachimbas, milongas, baqueanos, adobe y relinchos, un territorio atravesado por ríos y desiertos. Es un medio de una naturaleza casi salvaje pero en cierta medida hostil, donde sus habitantes están confinados por las delimitaciones arbitrarias de los dueños de la tierra que, siempre, son los otros.
Ciudades
De entrada Pereira Severo nos dice que “la periferia es un buen sitio para la poesía (porque) no llegan hasta allí los perfumes de/ free shops/ ni la falsa galantería de las columnas de/ espectáculo”, es decir, porque lo que está en los bordes de las ciudades es la pura necesidad sin adornos, la vida cruda, y la vida cotidiana y los ciudadanos están ahí, con “el olvido de los significados”, existen, son. Y todo eso son “distintas formas de nombrar” lo existente.
“Esta no es mi casa/ ni mi calle ni la ciudad que quise/ (…)/ no conozco los amoríos los abandonos las fiestas/ no soy invitado a las tardes de garuada/ no conozco los versos que ahora se escriben ni la/ fe que tengan los poetas…”, lo que no es termina siendo por descomposición; todo eso que no es, es todo. Una ciudad que no vale la pena, donde “los únicos poetas conocidos/ ya habitan el camposanto”.
La ciudad, en Pereira Severo, es una constante que se repite en sus poemarios, a pesar de haber nacido en el interior. Aquí dialoga con la pampa, pero también con todo lo demás que hay en el mundo. Y es, en todo caso, el terreno en donde el hombre, ya no el poeta, puede actuar en la difícil tarea de la clandestinidad:
Ahí una noche abrazamos a Gravina
Ahí el mozo se llamaba García
Ahí había pintadas en el setenta y seis
Ahí eran los orines de la City
Ahí estaba el almacén del viejo
Ahí Sierra Lima Batoví
Ahí los films de Rosellini
Ahí leímos Apalabrar
Ahí una tarde oíamos OPA
Ahí mi nombre era Roberto
Ahí el miedo lo inseguro
Ahí lo delgado era el poema
Ahí una noche te perdí
Ahí la tristeza fue rotunda
Ahí los gomones no te rescatan
Ahí el viejo de la caldera
Ahí la calle Colonia
Ahí el enlace con Felipe
Ahí era la casa de Ademar
Ahí la calle Paysandú
Ahí los camiones de verdura
Ahí comimos pescado frito
Ahí con mi padre bebimos
Ahí mi hermano era Gullar
Ahí una noche leímos El Pozo
Ahí un héroe se llama Pacella
Ahí fui compadre de Eladio
Ahí una tarde con Christine
Ahí secuestraron a Paula
Ahí una noche Darnauchans
Ahí la plaza Treinta y Tres
Ahí tu nombre era Mariela
(Proyecto Tristán Narvaja)
Además, en una visión crítica y autocrítica, un tanto ácida si se quiere, “He visto a los de mi generación, yo/ mismo me he visto ansioso por el/ premio de las letras, leyendo los/ obituarios, nervioso por el sitio/ reservado en el panteón nacional”. Esto me trae a la memoria la sentencia de Onetti, en Periquito el aguador: “Hay un solo camino: El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos”.
Por supuesto que “conviene/ no ser amigo de los poetas”, porque usan palabras que terminan siendo otras y se prestan a la conf(e)usión.
La ciudad, entonces, es algo caótico, ajeno, pero a la que se vuelve con la seguridad de lo conocido por ciertas marcas que la marcan, la demarcan y la establecen.
Cuaderno/ (Restaurar el mundo desde la palabra)
Aquí hay una poética en torno a la lengua (como órgano físico) pero también como parte del idioma, el lenguaje, y un metalenguaje que habla mientras habla, una teoría mientras práctica (praxis), una “lenguarada”. En ese sentido la lengua es una pieza de exhibición de lo que hubo, y una “literatura intrusa”, y es intrusa porque se mete ahí donde no la llaman, en la intimidad de las cosas, sin pedir permiso, utilizando de las cosas la sencillez usual, sin vuelo poético, justamente. Una literatura que toma del habla común, sin pretensión de culto, así como el uso y hasta el abuso de “palabras impropias de la literatura”: “Ducto/ andamiaje/ almacén de granos/ (pulpero/ bayano/ chacra/ mamboretá)/ Mocoretá/ Yucutujá/ Yacuí”.
Hay un reclamo de la poética verdadera: “Precaria la poesía la pobre/ se va de boca/ de lengua// Lacra/ sainete público/ chatarra/ la mala poesía/ ¡Poética poética Zurita!”. Y la mención al poeta chileno es acertada por cuanto Raúl Zurita arriesgó incluso su propio cuerpo en aras de elevar la poesía a su máxima potencia.
Guerras
Está, en primer lugar, la palabra compatriota que marca una frontera, y la idea (falsa) de que aquí hay una cosa y a partir de allí hay otra, se expresa en la introducción de este bloque: “Cuando/ el que combate/ del otro lado de la frontera/ cae// ¿qué trozo de tu humanidad/ cae?”. Lo que aquí se dice refiere a la hipocresía de la guerra, lo hipócrita de brindar por la paz en medio del teatro de la guerra, y, a la vez, un cuestionamiento a la idea de patria, de defenderla de qué o hasta dónde. De ser matarife en nombre de.
De haber sido un combatiente
te habrías quedado conmigo
de haber sido jefe de brigada
secretario del buró
o jefe del contingente de asedio a los del Palacio
de haber sido incluso de cdr te habrías quedado conmigo
de haber estado en Angola o con los tanques en Praga o
ordenando las filas de los fusilados
te habrías quedado conmigo.
Nada de lo que digas podrá suavizar la idea de lo brutal de la guerra, todo lo que es, es muerte, destrucción, dolor, “cualquier cosa que digas/ será frívola/ banal”, y hay un ritmo entrecortado, una sucesión de palabras en hilera que componen la noción poética de otro tipo de guerra, la personal, la que nos toca, cotidiana, en un ambiente donde se destaca la naturaleza: “…terrón/ changas// :jornaleros el que hace/ changas/ suda/ carpe traza/ zanja”.
Una bomba es ciega (unabomber no, y un poeta puede serlo, porque hace un discurso dirigido, dirigido a una muchacha que no nos hace caso, a una pérdida irrefutable o, un 24 de marzo, una diatriba a los dinosaurios que van a desaparecer), una bomba: “troza, arranca, desgarra/ descuartiza”. Y, finalmente, haciendo a un lado lo que acaba de decir, desgaja la palabra incluso la palabra, de modo que no quede nada, y el mismo proceso que otorga, niega.
La guerra son las cosas concretas de los enfrentamientos bélicos, que a veces se nos olvidan: “los mutilados la vanagloria/ de los vencedores// los rufianes los saqueos/ el desplazamiento de personas…”, o “una colección de escombros y de pena…”.
Injurias
Esto es, a nivel del lenguaje, sinónimo del habla popular en tono despectivo, que injurian al otro y que demuestran cómo opera la estigmatización social en nuestras sociedades capitalistas, occidentales y (falso) cristianas. Esa sucesión de palabras se muestran en orden alfabético, aunque las presento (yo) en una elección aleatoria como ejemplos: palurdo, muyinga, ladino, parva, grasa, hijo de la fregona, sabandija, atorrante, aguachento, babieca, bichicome, bocón, badulaque, cajetilla, cazurro, camandulero, crápula, cagatintas, cuzca, chanta, chupacirios, don nadie, energúmeno, falluto, fantoche, granuja, guampudo, jodedor, lambeta, mamerto, malandra, malparido, mamarracho, nabo, ñoño, pelele, pichi, chuzo, pelagato y hasta mal poeta.
Todo depende del contexto.
Güeso
La expresión denota el habla campera, de tierra adentro (¿habla campesina?), por el que el sujeto hablante es el que se transporta en “Trenes vagones de segunda clase/ carromato, cacharpas/ útiles de invierno”. Y la descripción de lo que ve y lo que supone.
“No escatime sangre de pobre
no se ponga melindroso
no se ande con
contemplaciones
no ahorre sangre del
gauchaje
paisanada pobre
es el indiaje
no escatime lazo
es la negrada”
El güeso es, también, lo que queda, el residuo, lo que sobrevive como evidencia del paso de los hombres y de las bestias por nuestra Tierra, pero también es la evidencia (cruel) del terrorismo de Estado, en “la lengua de los sobrevivientes”, y la pertinencia, blanca (pura, inmaculada) de los huesos, en la cal:
Cargo con contornos cuerpos la carcoma cal. Eso se carga.
Contornos líneas donde hubo. Restos de material güeso así.
Hay que nombrar el güeso el metraje
narrar la superficie
lo excavado
Diario
Finalmente, cerrando el poemario, el poeta habla sobre sí mismo, en una recorrida no exenta de ironía y de recalculo imperfecto: “datos para que Peláez escriba mi necrológica:// Poeta maldonauta,/ empleado de la empresa proveedora de/ electricidad./ redactor de diarios del interior./ ha sido metodista/ deshollinador./ empleado de la pesca,/ ferroviario,/ tablerista.// poeta local./ carente de abolengo”.
Hay aquí recuerdos y añoranzas de familia, en donde entre ellos “comparten la manera de reír/ Cierto entusiasmo casi/ inadvertible/ por los himnos de los derrotados/ Se encuentran sus pasados en/ trenes que viajan hacia los crematorios…”.
En suma, pasa la humanidad adolorida por estos poemas, antiguas melodías, fragmentadas, de lo lúgubre, de lo desierto. Y para cuando el poeta muera, que, acaso, sucederá un día, “…las memorias del ochenta no tendrán ya quien las cuente”.
(Diario del forastero (Partitura/ reversiones), de Luis Pereira Severo, editorial Sitio de Poesía, 2025, Montevideo, 120 páginas)

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