La azarosa vida cotidiana de un pueblo sojuzgado y radicalmente amputado en sus derechos más elementales durante una dictadura terrible, es el único disparador temático de “LS83”, el removedor documental testimonial del realizador argentino Herman Szwarcbart, que entrelaza acontecimientos cruciales de la historia política argentina con recuerdos de la infancia del escritor Martin Kohan, en una mixtura que trabaja, con singular sensibilidad, las fibras más íntimas de la memoria colectiva del vecino país.
El extraño título de esta película alude a las siglas oficiales de la licencia de transmisión de
Canal 9 de Buenos Aires, de cuyo noticiero histórico proviene todo el material de archivo inédito con el que se creó este trabajo audiovisual.
En ese contexto, este relato, que no tiene actores de ficción pero sí presenta figuras muy conocidas de la política, la cultura y el deporte, se elaboró a través de la materia prima informativa contenida en múltiples latas de película de 16mm del noticiero de dicho canal televisivo, grabadas entre 1973 y 1980, que habían quedado abandonadas y fueron rescatadas por el Museo del Cine.
Aunque este film no es ciertamente una prolija cronología de todo lo sucedido en ese período crítico de la historia argentina, abarca sí algunos acontecimiento cruciales, que coinciden con el tránsito de una frágil democracia hacia una inexorable dictadura.
En tal sentido, es menester poner en contexto lo que sucedía por entonces en la hermana nación del Plata, porque la narración, que soslaya todo encuadre temporal, abarca ocho años cruciales en su historia, que comienza en 1973, cuando el dictador de turno, el general Alejandro Agustín Lanusse, quien detentó el poder durante dos años, habilitó la reapertura democrática, en cuyo marco se celebraron elecciones libres precisamente en 1973, que fueron ganadas por amplio margen por el peronista Héctor Cámpora, quien renunció poco después de asumir el gobierno, a los efectos de permitir la celebración de nuevas elecciones, ahora sí con la participación del exiliado ex presidente Juan Domingo Perón, quien encabezó una variopinta coalición conocida como Frente Justicialista de Liberación, que aglutinaba a un amplio arco político, que iba desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda,
Aunque este conglomerado de partidos ganó la elección por una diferencia apabullante (casi un 62% de los votos emitidos), eso no redujo las tensiones ni la violencia entre los dos bloques, que ya había tenido su pico más álgido el 20 de junio de 1973, el día en el que regresó el caudillo justicialista, en la denominada matanza de Ezeiza. En ese contexto, desde el palco principal y zonas aledañas al aeropuerto, sectores de la derecha sindical y política peronista atacaron con armas de fuego a las columnas de la Juventud Peronista y el movimiento guerrillero de izquierda Montoneros. El caos obligó a desviar el vuelo que trajo abordo a Perón hacia el aeropuerto de Morón. Aunque jamás de sabrá con certeza el número de víctimas, se estima que fueron asesinadas no menos de 20 personas.

Aun bajo la efímera tercera presidencia de Perón, que falleció el 1º de julio de 1974, menos de un año después de haber asumido, la escalada de violencia se mantuvo y se prolongó durante el breve mandato de la viuda del mandatario, María Estela Martínez, más conocida como Isabelita.
Por entonces, operaban en Argentina grupos guerrilleros como Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) –ambos de izquierda- y facciones parapoliciales de extrema derecha, como la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), lo cual derivó en atentados y asesinatos. Para peor, la inflación creció en forma descontrolada e incluso se también se registró desabastecimiento de productos básicos.
Ese fue en parte el caldo de cultivo propicio para el golpe de Estado militar de marzo de 1976, que fue apoyado por Estados Unidos, con asistencia económica y militar. La dictadura se bautizó a sí misma como Proceso de Reorganización Nacional,
Los siguientes cinco años fueron de pesadilla, con persecución ideológica, detenciones arbitrarias, torturas, ejecuciones, asesinatos y desapariciones de miles de personas. Pasada la tormenta y luego de la convocatoria a elecciones y la asunción en 1983 del radical Raúl Ricardo Alfonsín como presidente, en 1974, en el denominado Informe Sábato, elaborado por el destacado escritor y su equipo, quedaron registradas denuncias y testimonios que dieron cuenta de más de nueve mil personas desaparecidas. Sin embargo, estos últimos episodios ya no ingresan en la órbita de esta crónica filmada, que sólo abarca hasta 1980.
Esa minuciosa investigación, que no estuvo exenta de riesgos, originó el complejo proceso que ulteriormente culminó, en 1985, con el procesamiento de los cinco comandantes militares que encabezaron la sublevación, impulsados por el fiscal Julio César Strassera, quien imputó diversos delitos de violaciones a los derechos humanos a los militares Jorge Rafael Videla, Emilio Massera, Roberto Eduardo Viola, Armando Lambruschiniy y
Orlando Ramón Agosti.
Durante el gobierno autoritario, bajo la conducción del Ministro de Economía de facto José Alfredo Martínez de Hoz, se aplicó uno de los primeros ensayos neoliberales en el cono sur, que tuvo su réplica en el Chile de la dictadura de Augusto Pinochet, bajo la influencia de la teoría monetarista de la Escuela de Economía de Chicago.
En ese marco, se dispuso una apertura comercial indiscriminada, con fuerte reducción de los aranceles, se desreguló por completo el sistema financiero y también fueron eliminadas las tarifas y el control de precios, mientras el mercado de cambio era regido por una “tablita” muy similar a la aplicada por la dictadura uruguaya, que era una suerte de devaluación controlada. Por supuesto, fueron congelados los salarios y fue prohibido el ejercicio del derecho de huelga, lo cual derivó en el enriquecimiento del empresariado argentino, que también fue funcional a la dictadura.
Empero, esta película no es un retrato de la dictadura, sino de parte la cotidianidad de los argentinos durante uno de los períodos más álgidos y críticos de la historia de un país recurrentemente azotado por la violencia política y las rupturas institucionales.
En ese contexto, este valioso documental tiene un origen que es mas casual que causal, cuando el cineasta Herman Szwarcbart estaba rastreando archivos familiares en el Museo de Cine Pablo Ducrós Hicken y sorpresivamente descubrió una voluminosa cantidad de latas de fílmico que llevaban pegadas unas etiquetas escritas a mano en las que se leían los apellidos de algunos de los militares golpistas. En ese marco, logró identificar el material, que eran imágenes del noticiero de canal 9, que fue estatizado por la luego depuesta María Estela Martínez de Perón en 1974 y ulteriormente reprivatizado en 1983. Ese material quedó abandonado cuando canal 9 se mudó de sede, seguramente por razones de mejor aprovechamiento del espacio. Incluso, es probable que haya sido considerado de poco o nulo valor documental.

De las 12.000 latas que hay en el Museo del Cine el realizador trabajó con apenas 120, donde encontró lo que necesitaba para desarrollar un proyecto audiovisual que retratara lo que estaba sucediendo a la vista de todos los argentinos, mientras, en una suerte de universo paralelo pero real, se estaba perpetrando el peor genocidio suscitado en un gobierno autoritario de América Latina durante los años más oscuros de la Guerra Fría.
Intercalada con esas imágenes, se puede escuchar la voz en off del escritor Martín Kohan, quien lee algunos fragmentos de su libro “Me acuerdo”, que rescata recuerdos personales de su niñez y adolescencia, justamente en plena época de la dictadura, incluyendo amores adolescentes, su vida en familia y productos de consumo masivo prohibidos.
Ya desde el comienzo, “LS82” lanza una imagen realmente contundente ambientada en 1975, cuando una periodista apostada frente a la Casa Rosada informa que “la presidenta no está dispuesta abandonar el recinto”. La toma muestra aviones militares sobrevolando la sede gubernamental como una suerte de intimidación, en un claro testimonio que los mandos castrenses ya tenían resuelto derrocar a la mandataria y tomar el poder, lo cual sucedió recién en marzo de 1976.
En toda la narración se nota que, por entonces, el denominador común era el silencio de la población, ya que la dictadura tenía el monopolio de la palabra y del relato de la historia. Ese discurso apócrifo situaba a los militares y a sus secuaces civiles como los presuntos “salvadores de la patria” y a la izquierda como una suerte de “enemigo público”. Incluso, la propia Iglesia Católica contribuyó a satanizar al marxismo y a sus aliados, apoyando el golpe de Estado y a la junta militar que asumió el poder, al justificar la represión en el entendido que constituía una defensa del modelo de vida de la civilización occidental y cristiana, contra la penetración de ideas foráneas y de connotación atea,
El material contenido en esta pieza audiovisual sin dudas imperdible, retrata, con singular inteligencia y hasta elocuencia, como funcionaba el aparato propagandístico del régimen, mediante diversas estrategias de engaño tendientes a naturalizar la situación y, por ende, la sujeción de los argentinos a los dictados de la cúpula militar y sus cómplices civiles.
Aunque por entonces no había un vocablo que calificara la grosera distorsión de los hechos, sin dudas se trató de un ensayo de posverdad, método que también fue utilizado por la dictadura uruguaya para ocultar sus crímenes y para justificar su praxis golpista y su represión.
Aunque en este trabajo aparecen conocidos personajes del ámbito cultural y también del deportivo, ya que en 1978 se disputó el primer campeonato mundial de fútbol que ganó la selección albiceleste, los verdaderos protagonistas sean los dictadores. En tal sentido, está muy bien marcada la contradicción del propio genocida Jorge Rafael Videla, quien destaca la trascendencia del rol de los medios de difusión, pese a que estos sólo podían limitarse a replicar el discurso oficial del gobierno autoritario y no la verdad de lo que realmente estaba sucediendo.

Empero, por debajo de esta superficie de aparente normalidad, igualmente subyacía la tragedia colectiva de un país azotado por la barbarie de los mastines del régimen, fanatizados, al igual que los golpistas uniformados uruguayos, por la Doctrina de la Seguridad Nacional impartida desde de Escuela de las Américas, que fue fundada en 1946 por el Pentágono en Panamá, Su función era adiestrar a las fuerzas armadas de la región en supuestas tácticas antisubversivas, incluyendo la represión, la tortura, el asesinato y la desaparición de presos políticos.
Como los militares tenían bajo su control a los medios de comunicación, era inevitable que las piezas audiovisuales estuvieran inundadas de uniformes, con el dictador Jorge Rafael Videla como figura dominante, visitando locales públicos y otros establecimientos, en algunos casos vestido de uniforme y otros de particular.
Por supuesto, este locuaz genocida lleva la voz cantante del relato en diversos eventos, como en la inauguración de la planta de Papel Prensa en 1978, cuando pronunció un largo discurso de apología del régimen, con referencias al rol de los medios de prensa, donde puso particular énfasis en el “informar” y el “formar”. Por supuesto, todo era una amarga ironía ya que se informaba lo que el gobierno permitía y se “formaba” a la población en la convicción que la dictadura la protegía del “enemigo” interno y del “enemigo” externo.
Por supuesto, la dictadura hizo un uso muy inteligente de la prensa genuflexa a fuerza de mandato imperativo, aludiendo a una supuesta campaña internacional anti-argentina, en respuesta a las denuncias de exiliados ante organizaciones de derechos humanos que condenaban, con lógica energía, las abominaciones al régimen liberticida. Naturalmente, otro tanto sucedía en nuestro país, donde la dictadura cívico militar también descalificaba la actividad de los exiliados uruguayos.
La mixtura de estos registros con las vivencias del escritor Martin Kohan funge como mera articuladora entre lo que sucedía en el mundo adulto, que estaba terriblemente amordazado por la represión y vivía una auténtica pesadilla, y lo que sucedía en su infancia y en su pre- adolescencia, cuando no le era posible racionalizar lo que estaba pasando.
En tal sentido, un recuerdo en primera persona remite al comienzo de clases de 1973, antes del golpe de Estado, cuando una cronista reporta problemas por la falta de docentes en colegios de Buenos Aires y por el alto precio de los útiles, que es el transfondo de la hiperinflación que azotaba al país. En ese marco, Kohan evoca que “los cuadernos de la mañana se forraban con papel araña color azul, los de la tarde con papel araña color verde y lapicera que usaba era una Astor 303”. Esas eran las preocupaciones de un niño, en un año clave para la historia argentina, cuando, aun bajo la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse, el líder justicialista Juan Domingo Perón regresó a la Argentina, luego de 18 años de exilio en España.
En ese contexto, Las imágenes, que retratan la vida cotidiana del pueblo argentino, trasuntan una situación de relativa normalidad, pautada por fiestas populares, niños escolares, choques, adolescentes cantando, festividades religiosas y, obviamente, multitudinarios desfiles militares de impronta triunfalista.
Además de Videla, también aparecen el siniestro Emilio Eduardo Massera y el dictador Leopoldo Fortunato Galtiere, quien en 1982 ordenó un ataque militar y posterior toma de las islas Malvinas por parte del ejército argentino, una decisión que provocó una tan sangrienta como trágica guerra contra el Reino Unido, que por entonces era gobernado por la conservadora Margaret Tatcher.
En diversos momentos de este documental aparecen también, entre otros, el popular cantante Ramón Palito Ortega, el campeón del mundo de boxeo profesional Carlos Monzón, el célebre tenista Guillermo Vilas y el excéntrico golero de Boca Junio Hugo Orlando Gatti, todas figuras destacadas de la época.
“LS83”, que es una coproducción con Alemania, es un inapreciable testimonio de una época realmente compleja, contaminada por la violencia política pero, sobre todo, por la prepotencia de una dictadura salvaje apadrianada, como la uruguaya, por los tutores imperiales de la Casa Blanca y del Pentágono. Empero, este período crítico –que está condensado en la memoria colectiva, es abordado con singular sutileza y sensibilidad y mediante una mirada más social que política, cuando la hermana Argentina estaba experimentando una abominable pesadilla, cuyo trágico saldo fueron miles de muertos, desaparecidos y exiliados políticos.
FICHA TÉCNICA
LS83. Argentina, Alemania 2025. Dirección: Herman Szwarcbart. Guión: Fernando Krapp, Herman Szwarcbart. Relator en off: Martin Kohan, Edición: Pablo Mazzolo. Sonido: Francisco Pedemonte. Música: Martín Telechanski. Producción: Herman Szwarcbart, Gabriel Kameniecki, Santiago Borensztejn. Producción ejecutiva: Santiago Borensztejn, Gabriel Kameniecki, Nicolás Gil Lavedra, Emiliano Torres y Philipp Nell Lukas Weinbeer.
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